lunes, 20 de julio de 2009

Cénit

Hojeando Lunáticos, de Andrew Smith, uno de esos libros publicados estos meses al socaire de la efeméride que hoy celebramos, he encontrado dos focos de atención. Uno en la ingeniosa transmutación del título, que delicioso en su doble sentido, sacrifica sin embargo la poética del original, Moondust, quizás, reconozcámoslo, demasiado norteamericana. El otro punto de atención tiene su origen en unas líneas perdidas entre el texto que adorna la contracubierta. En él puede leerse que el volumen recoge una serie de entrevistas a los moonwalkers que aún permanecen con vida*, cuyas existencias, tras su paseo lunar, parecen haber estado marcadas por la excentricidad. Resalta el citado texto que el autor del libro ha realizado sus entrevistas “sabiendo que, un día, en un futuro no muy lejano, posiblemente nadie en la Tierra sabrá lo que es poner un pie en otro mundo”. Esa frase, tan sencilla, me ha calado hondo, pues se me antoja certeramente apocalíptica.
Hace tiempo que los aficionados a la ciencia ficción somos conscientes de que una de las principales causas de la escasez creativa y cualitativa que vive el género en su rama literaria (dentro de sus muros, quiero decir, puesto que a nivel general seguramente estemos en el mejor momento de su historia) ha sido el abandono real del espacio. Mientras que en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo la aventura espacial tuvo apoyos y gran predicamento, en estos últimos 20 años, perdidos en el perfeccionamiento lento y mal presupuestado de las tecnologías espaciales, las grandes gestas se han dado de lado. La conquista del cosmos ya no está en el imaginario común, no interesa a nadie, y otras tecnologías y espacios han ocupado su lugar reconduciendo los anhelos y esfuerzos del ser humano: la informática, la genética... El futuro que prevemos, si es que lo hay, es ciberpunk, centrado en las realidades ficticias y el acondicionamiento de este planeta; el espacio ya no nos fascina, se ha convertido en el gran olvidado.
Si contemplamos un futuro desde el optimismo, este vendrá de crear mundos a medida, propios, no de conquistar los ya existentes. ¿Por qué arriesgar con lo desconocido, llegar más lejos, cuando podríamos moldear lo conocido al gusto propio? La cf, por supuesto, ya ha tratado este nuevo rumbo profusamente, no sólo dentro del subgénero ciberpunk. Obras tan distintas como El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer, o La edad de oro, de John C. Wright, por poner dos ejemplos, hablan de la inmersión en mundos virtuales, o de la alteración de nuestros sentidos para captar la realidad como queramos. Puede que haya futuro, pero, desde luego, cuando pensamos en él ya no imaginamos colonias espaciales en otros planetas, en otros sistemas solares, sino universos ficticios, falsos pero más satisfactorios. Algo a lo Matrix.
Por eso, la llegada a la Luna se me antoja nuestro cénit. Aquél lejano día de julio tocamos techo, nuestra civilización llegó lo más lejos en el espacio a donde va a llegar jamás. Olvídense de Marte (dudo que eso ocurra), de las sondas espaciales sin vida (arrojar algo a metros de distancia no es haber estado allí). No. Nuestra aventura acabó en la Luna. Esta frase perdida en el envés de un libro me ha traído la certeza de esto que les digo. Dentro de pocos años, cuando muera el último de los doce, el último moonwalker, con él se irá la prueba viva de nuestra hazaña más grande. Inertes, allí arriba, para futuros visitantes, unas huellas indelebles, unos pocos artefactos, vieja cacharrería de una civilización que saltó hasta donde pudo, y acto seguido renunció. Nunca habíamos estado tan lejos, ni lo volveremos a estar. Jamás.


* Resulta paradójico que el moonwalker más popular, ese que no pisó nunca la luna, haya fallecido precisamente hace unos días.

jueves, 16 de julio de 2009

No estaba muerto

Estaba de mudanza. Esa ha sido la razón por la cual el silencio ha imperado en estas tierras durante los últimos meses. Ha habido otro motivo anexo, claro, ese que sin duda nos conducirá al fin de la civilización en breve: la atención telefónica informatizada. De este último prefiero no hablar, bastante bilis he criado por su causa. Además, uno podría acabar siendo acusado de reaccionario, de ludita y hasta de racista, qué sé yo. Sólo me gustaría que, cuando esa peste acabe con el mundo tal como lo conocemos, recuerden que yo, aquí, lo avisé hace tiempo.
Del primer asunto, sin embargo, sí me apetece charlar, en concreto del traslado de libros. Para ser exactos, del traslado de 27 cajas llenas de libros. Cajas bastante gordas. Salón con cajas al fondoSupongo que a algún visitante no le impresionará nada esta cifra, e incluso le parecerá bastante modesta, pero en mi caso resulta sorprendente. No soy dado a hacer grandes acopios de nada, y, como ya he mencionado más de una vez, hace unos años que me curé (o eso creía) de ese afán coleccionista que infecta a todo tipo de lector. Sin embargo, ahí estaban. Una vez ordenada y guardada, mi pequeña biblioteca arrojaba una cifra, en cajas repletas, de 27. En realidad 29, puesto que antes de mudarme realicé una criba de volúmenes prescindibles, dos cajas en total, de los que me deshice.
Lo cierto es que me ha sorprendido mucho tal cantidad. Los últimos años, despreocupadamente, he ido comprando todo aquello que me apetecía, sin miramientos, ya que contaba tanto con el dinero como con el espacio necesario. Y ni siquiera había dedicado una fracción de segundo a reparar en otras consideraciones. Es ahora, cuando he de mudarme a un piso de menores dimensiones, cuando me doy cuenta de que mis libros, perdón por la grandilocuencia, "mi única posesión en este mundo", son en realidad un problema.
Podría almacenarlos en el trastero, pero si hay algo que tengo claro es que mi disfrute de ellos depende de que estén ahí, a la vista, al tacto, a mi disposición para las rondas dominicales, esas en las que voy recorriéndolos con la vista y eligiendo alguno al azar para hojearlo y olerlo, para ojearlo y elegir algún párrafo con el que avivar el recuerdo de su lectura. Así pues, no valía con amontonarlos o esconderlos en un cuarto oscuro. Para los libros, eso y el olvido son la misma cosa, pues, por pereza y dejadez, uno no vuelve a acordarse de ellos hasta el siguiente traslado. No, hay que buscarles acomodo, comprar y montar estanterías (si es que caben), y después colocarlos en ellas. Y esa colocación, esa ordenación, en contra de lo esperado, no acaba siendo tan disfrutable como pueda presumirse, pues en una mudanza uno es presa del agobio y del deseo de terminar con todo eso, y no hay tiempo para lirismos y reencuentros, pues lo que se busca es acabar cuanto antes con ese engorro.
Ha sido, como digo, una tarea ardua, aunque ahora que está hecha, reconozco la satisfacción que me inunda al mirar las estanterías. Ahora, probablemente, debería reconocer que ha merecido la pena, pero no, desgraciadamente no es así. La edad nos cambia, nos convierte en seres cansados y reorienta nuestras prevalencias de antaño. Este oneroso trance me ha convertido a la nueva fe. Ya no hay dudas. La promesa de reconvertir 27 cajas de libros (alguna más para entonces) en una bobina de discos, o en un pequeño disco duro, se me hace demasiado atractiva cuando pienso en la próxima mudanza, a unos escasos cinco años en el futuro. No sin dolor, pues, digo adiós a la liturgia dominical y doy la bienvenida al libro electrónico.

jueves, 5 de marzo de 2009

Pellizcos


Pero los únicos que pueden cambiar el mundo son los pesimistas. A los optimistas ya les parece bien como está.


-José Saramago-

viernes, 27 de febrero de 2009

Brian Aldiss. Invernáculo

Esta mañana he realizado una compra que había venido posponiendo durante meses, desde el día en que descubrí el volumen cuya cubierta tienen ustedes ahí abajo, a su izquierda, colocado en una de las muchas estanterías con que cuenta una tienda de libros usados que frecuento. Su elevado precio y la irregularidad en su contenido componían una mezcla disuasiva. Y es que este viejo ómnibus reúne cinco novelas de calidad muy dispar. Las pertenecientes a los poco afamados John Mantley Ciencia-Ficción Inglesa. Obras Escogidas Iy Dan Morgan no me interesaban mucho. Para colmo, de las tres restantes, escritas por el gran Brian Aldiss, ya tenía dos en otras ediciones (Invernáculo y Galaxias como granos de arena). Por tanto, sólo una quinta parte del libro despertaba mi interés, la novela titulada Viaje sin término.
Creo que ya lo hemos hablado en alguna otra ocasión. Hace años que me liberé de ese extraño mal que acucia a la mayoría de los seguidores de este preciado género literario, esa necesidad imperiosa de cubrir todo hueco del pasado comprando libros y libros, rebuscando como un poseso en los mercadillos y las viejas tiendas ocultas hasta dar caza a la preciada y elusiva pieza que falta en tu biblioteca. Como decía, a mí ya no me afecta, pero aún así, hay casos aislados, ausencias imperdonables que han de ser subsanadas por obligación, y ésta era una de ellas. Porque Viaje sin término es La nave estelar, y La nave estelar es, en mi opinión, la Gran Novela de Brian Aldiss. Y eso es decir mucho.
Este es uno de esos casos en los que uno se pregunta por qué tal o cuál novela no es reeditada, especialmente cuando sí se están recuperando otras obras de calidad inferior. Seguramente, habrá razones poderosas para ello, puede que incluso obvias, pero para mí representa un misterio absoluto. Aldiss es, sin duda, uno de los grandes del género, tanto en el campo de la teoría como en el de la narrativa. Es uno de esos tres o cuatro escritores (Silverberg, LeGuin; el propio Dick... ¿dónde estaría Dick sin el decisivo apoyo del séptimo arte?) que cualquier lector bregado en la ciencia ficción situaría muy por encima de los que cuentan con más fama, pero que por no se sabe qué motivos nunca lograron cruzar la frontera.
El binomio que conforman La nave estelar e Invernáculo es, sin duda, uno de los más fascinantes e imaginativos logros del género. La fuerza de sus imágenes, el exotismo y la vitalidad de los viajes que en ambas novelas se narran, así como la riqueza y originalidad del conjunto, constituyen uno de los hitos de la ciencia ficción escrita. Ojalá algún editor se animara a recuperar la primera de estas maravillas. Con una nueva traducción, si es posible. Y, puestos a pedir, quizás bajo el viejo título, Viaje sin término, por aquello de evitar el que sin duda es el mayor spoiler literario de la historia. En la (seguramente) larga espera, pueden ustedes leer o releer, tal sea su caso, la segunda novela de este maravilloso díptico, fácil de encontrar en su edición de Minotauro y también presente en esta antología de aguilar, y cuyo primer título, En el lento morir de la Tierra, de nuevo prefiero por encima del más moderno Invernáculo. Aquí tienen una crítica:


Curiosamente, cuanto más se aleja de los dictados científicos, más se acerca la ciencia ficción a la anhelada calidad literaria. Es difícil encontrar una obra de temática hard que pueda ser mostrada sin recato fuera del género, y sin embargo, novelas como ésta que nos ocupa, como Ciudad o como Crónicas marcianas, libros que contienen ficciones imposibles por su escaso respeto hacia los dictados de la ciencia moderna, se destapan como fácilmente exportables gracias a sus valores narrativos, sus descripciones y su riqueza imaginativa.
Invernáculo vio la luz de forma algo compleja. Publicada inicialmente como una serie de cinco relatos cortos en la revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, fue galardonada con el premio Hugo en 1962 en la categoría de relato, aunque, sorprendentemente, por toda la serie conjunta. A modo de fix up novelizado, se publicó ese mismo año con el título Hothouse en el Reino Unido, y bajo el más sugestivo The Long Afternoon of Earth en EE. UU., en una versión reducida que contaba con 8000 palabras menos. Hom, de Carlos GiménezEn España, la primera edición se tituló En el lento morir de la Tierra y obtuvo una gran consideración en la década de los 70. Fue incluida por algunas revistas especializadas de entonces dentro de la lista de las 10 mejores novelas de todos los tiempos. El gran dibujante y guionista Carlos Giménez utilizó la novela, en plena Transición española, como punto de partida de un cómic inolvidable, el ya mítico Hom. Años después la obra de Aldiss caería en manos de la editorial Minotauro, que lo publicaría con el ya definitivo título de Invernáculo.
Considerada por el propio Aldiss como sucesora de La nave estelar, Invernáculo desarrolla la travesía, en un futuro extremadamente lejano, del niño-hombre Gren y su pareja, Yattmur, desde su hogar en las frondosas ramas del gran baniano que cubre la mitad iluminada de la Tierra, estática en el espacio desde hace millones de años, hasta la cara oscura, poblada por extrañas mutaciones de las antiguas especies pobladoras del planeta. Tras millones de años de exposición a la radiación incrementada de un Sol moribundo, una explosión de fertilidad vegetal se ha extendido hasta abarcar todo el lado iluminado, relegando a los pocos animales que quedan (insectos gigantes en su mayoría) a una supervivencia frágil adaptada al nuevo medio, y sometiendo al hombre a una involución que le ha sumido en el olvido.
Aldiss desborda imaginación y construye un mundo con identidad propia, extraño, rico en detalles, fascinante y aterrador, auténtica exhibición de atrocidades en la que lo vegetal batalla por el sustento diario en una depredación continua, donde los pocos vestigios de la Humanidad que quedan son caricaturas sórdidas, apenas despojos de la antigua dignidad del Hombre. Invernáculo es, sobre todo, una novela que se fundamenta más en la descripción que en el fondo argumental. El viaje iniciático del pubescente Gren y la morilla parásita que lleva en su cabeza, que es también el de toda la posthumanidad, sumerge al lector en un escenario desasosegante, un ecosistema de violenta belleza que subyuga con sus fascinantes aunque imposibles imágenes. Los gigantescos traveseros y su trasiego continuo por el sistema Tierra-Luna a través de kilométricas telas de araña, los combates entre las voraces algas y los árboles costeros por conseguir un Invernáculo, de Brian Aldisscentímetro más de espacio o el paso por el Terminador hacia la oscuridad, a lomos de enormes plantas zancudas, constituyen momentos brillantísimos de una imaginería que delata una mayor preocupación del autor por la espectacularidad del escenario que por la plausibilidad de la historia.
La novela, hay que decirlo, se resiente de su origen serializado. Mal construida, parece derivar en un principio hacia una trama paralela que no tarda en desaparecer y que no vuelve a dar muestras de vida hasta el final. El uso del narrador omnisciente lastra a ratos el acercamiento del sentido de extrañeza al lector, ya que utiliza constantemente terminología moderna para describir un mundo en que todo vestigio de civilización ha desaparecido, provocando en ocasiones una sensación de anacronismo. En todo caso, no parece un error de concepción sino una elección voluntaria, germen estilístico del Aldiss que, pocos años después, se convertiría en uno de los abanderados de la new wave inglesa, tan dada a la experimentación.
Invernáculo pervive, pues, como un compendio de vívidas imágenes que describen la fisonomía de un mundo cercano a su fin, un mundo que pasa los últimos días de existencia inmerso en una fértil degeneración. En la conciliación perfecta de estos opuestos radica su mayor grandeza. Si, tal como aseguran los grandes maestros de la literatura, el principio de una novela ha de condensar, ha de resumir el espíritu del libro entero, esta obra se muestra modélica en el cumplimiento absoluto de la norma. Al igual que David Pringle en su famoso ensayo canónico, no puedo evitar reproducir aquí la primera frase de Invernáculo, en traducción de Matilde Horne:

“Obedeciendo a una ley inalienable, las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas.”



La versión reducida de esta reseña fue publicada en el nº 38 de la revista Gigamesh.

viernes, 20 de febrero de 2009

Isaac Asimov. Trilogía del Imperio

'Alamut ediciones' recupera la Trilogía del Imperio, un ómnibus asimoviano previamente publicado por 'Bibliópolis'. Al mismo tiempo, el escritor Rodolfo Martínez publica en su blog el interesante artículo que complementa a las tres novelas incluidas en el libro. Finalmente, un servidor decide aprovechar la coyuntura y cerrar el círculo arrastrando hasta aquí una crítica que, confesémoslo, tampoco tiene mucho de nueva.
Perdón, ¿he oído oportunista?



Tiempos inauditos, estos que vivimos los aficionados españoles a la ciencia ficción. Primero fue el notable incremento en el caudal de novedades. Como si alguien hubiera abierto las compuertas de una presa, decenas de volúmenes, publicados por nuevas y viejas editoriales dedicadas al género fantástico, se desparramaron por los mostradores y anaqueles de las librerías, hasta anegar el mercado. Luego llegó el anhelado reconocimiento y la normalización, con muchos de los mejores narradores contemporáneos alimentando sus nuevas obras con las temáticas del género, inoculando con ello el virus de la cf en casi todas las editoriales generalistas y asentándola, al fin, en la sección más prestigiosa de las tiendas de libros. Y desde hace bien poco, y para acabar con todas las carencias históricas, el sueño definitivo, la llegada de formatos más económicos, como los libros de bolsillo y, finalmente, las ediciones ómnibus de cf.
En los últimos años, la publicación de este tipo de compilaciones en nuestro país, especialmente en el campo de la cf, había rozado lo anecdótico. Era más fácil encontrar en un solo volumen divisiones de novelas que conjuntos de ellas. Y es extraño, porque La Trilogía de las Fundaciones, en edición ómnibusen el mundo editorial anglosajón el ómnibus es un formato bastante popular. Tanto, que a uno se le colorean los mofletes de envidia al comprobar, buscando en internet, el gran número que hay de ellos. El momento del reencuentro con estos containers tan anhelados (me vienen a la memoria aquellos librazos en piel de Orbis) se ha hecho esperar, pero, gracias sean dadas, por fin ha llegado. La posibilidad de conseguir en un solo tomo varias novelas de Brown, o las tres obras magnas de LeGuin, o el tríptico del Imperio asimoviano a un precio inferior a los 30 euros constituye una bendición para los nuevos aficionados y, por qué negarlo, también para los bolsillos más añejos.
Centrándonos en esta Trilogía del Imperio, es innegable que el hecho de tener recopiladas las tres primeras novelas del autor de las Fundaciones, en las cuales se desarrollan historias propias de ese mismo universo, cuenta de salida con un importante valor intrínseco. Cosa distinta es analizar la calidad literaria que atesoran, asunto complicado tanto para el crítico como para el lector debido a la intromisión de un factor de difícil ponderación. En el análisis interfiere una variable que está magníficamente resumida en una de las citas con las que M. John Harrison abre su brillante último trabajo, Nova Swing: “La nostalgia y la ciencia ficción están escalofriantemente relacionadas”.
Y es que resulta difícil aparcar las subjetividades cuando se le guarda cariño al objeto de estudio. De las tres novelas aquí incluidas había leído dos, las tituladas Guijarro en el cielo y Las corrientes del espacio. Sólo Polvo de estrellas me era desconocida. Volverlas a leer ha sido como abrir el baúl de los recuerdos, un reencuentro con sensaciones olvidadas hace mucho tiempo, un viaje al pasado hacia la mente de un adolescente fascinado por las estrellas, hacia espacios y objetos cubiertos por las telarañas de la memoria: el Bibliobús todos los jueves, cubiertas negras gastadas por el uso, hojas de bordes amarillentos, noches de verano a la luz de un flexo, Supertramp sonando muy bajito en un casete de un solo altavoz, ruido de grillos en la oscuridad… Variables de origen parejo se entrometen en la apreciación de esas novelas: los recuerdos, la emoción de entonces, aquel chaval... Es increíble cómo pasa el tiempo. Lo que entonces me parecieron novelas repletas de acontecimientos, continentes de vastos universos, se han transformado, muchos años después, en meras refacciones. En mi cabeza, el análisis ha intentado dejar de lado el recuerdo, se ha batido con él, y, me temo, no ha logrado una victoria completa.
Isaac Asimov forma parte de los denominados "Tres Grandes de la Edad de Oro" de la cf junto con Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke, y, como sus pares, carga con su propio sambenito. Heinlein suele ser tachado de fascista, y al recientemente fallecido Arthur C. Clarke (a mi entender el más grande de los tres) se le acusa de plagiario y de no haber producido más que basura a partir de los 80. Asimov ha cargado siempre con la cruz de su escasa capacidad literaria, lo que no deja de ser curioso en un género tan poco exigente con lo formal y estilístico. Si incluso desde esa idiosincrasia literariamente relajada se reconocen las limitaciones de Asimov en ese sentido, y aun así es considerado una leyenda de la cf, es evidente que algún otro factor especial han de poseer sus narraciones.
Observado con detenimiento, el pecado estilístico del escritor viene dado más por ausencia que por deficiencia. Hay una famosa anécdota que resume perfectamente la naturaleza de su estilo literario. Cuenta Asimov que cuando le presentó en medio de un mar de dudas su primera novela, precisamente Guijarro en el cielo, a Walter I. Bradbury, entonces director de la colección de cf de la editorial Doubleday, éste le preguntó:

- Isaac, ¿sabes cómo escribiría Hemingway ‘El sol salió al día siguiente’?
- ¿Cómo?
- El sol salió al día siguiente.


Viendo su obra en conjunto, hay que admitir que Asimov tomó buena nota de aquel encubierto consejo, pues su pluma no volvió a perderse en florituras. Claridad, concisión y sencillez rayana en la simpleza son las principales características de su prosa. Sus textos dan cuenta de una cierta escasez de vocabulario, una ausencia casi total de figuras retóricas y un abuso más que notable de los diálogos. Esto último, sin embargo, conforma el pilar básico sobre el que Asimov ha construido su estilo. Y si se calibra detenidamente el peso que Trilogía del Imperio, de Isaac Asimovadquieren en la narración esos diálogos, se acaba por reconocer que el norteamericano mostraba una loable pericia en su uso, no sólo para hacer avanzar la trama, sino también para aportar los datos y el fondo argumental en que ésta se apoya.
Para hacer funcionar su sistema de información basado en diálogos el escritor añade una serie de herramientas internas. Una, invariable, es la del individuo ignorante, casi caricaturizado en su estupidez. Mientras otro personaje le pone al día de lo que ocurre, también el lector es informado. También invariablemente, tras la fachada de estupidez suele esconderse la inteligencia en lo que se descubre finalmente como una interesada pantomima por parte del personaje, estrategia que tanto a él como al autor les resulta muy fructífera. Los diálogos aportan también verosimilitud mediante la creación de aparentes cabos sueltos. Con ellos, se siembra la duda en el lector, que perspicazmente cree haber pillado al escritor en un renuncio para, a continuación, comprobar en su resolución que todo estaba calculado. Esta continua delación de los pensamientos y dudas del lector por boca de los personajes va apuntalando la confianza de éste y su interés por la trama. Así, la elaborada farsa no alcanza sólo a la historia narrada, sino también a la narración misma.
Los diálogos sirven también para caracterizar a los personajes y jugar con las relaciones entre ellos. Donde peor se maneja el escritor es en el trasfondo amoroso entre los protagonistas. Su afición por el almíbar peleado y tontorrón, propio de la década de los 50, es quizás el elemento más castigado por el paso de los años. En el otro extremo, el barniz político que cubre a los personajes secundarios es, sin duda, uno de los aspectos más interesantes de sus historias. Dotados de una cierta complejidad moral y alejados de maniqueísmos dicromáticos, siempre más de lo que aparentan a primera vista, suelen ser hombres de Estado que concilian pragmáticamente sus ideas personales con las debidas a sus respectivos cargos. Su forma de ver las cosas a veces no concuerda con la oficial, aunque sus fines sí lo hagan. Se trata de individuos sensatos, adaptados al sistema pero con ideas propias, a veces tan atractivas que, tal como señala acertadamente Rodolfo Martínez en el artículo que cierra la edición española, se ganan el cariño del lector con más facilidad que los presuntos protagonistas. Y es que a poco que se estudie a éstos, se hace evidente que el papel que interpretan es el de simple detonante. Biron Farril, el amnésico Rik y el terrícola Joseph Schwartz, protagonistas centrales de estas tres novelas, no son más que víctimas ignorantes del gran guiñol político, cuyo equilibrio, de un modo inconsciente, destruirán con su presencia. En realidad, a pesar de que sus nombres brillan en las sinopsis promocionales de estas historias, su auténtico protagonismo es más que discutible.
Está claro que el entramado de personajes dispares es fundamental en las novelas del Imperio. Pero aun teniendo su atractivo, no son tan importantes per se como por la función global que desempeñan. Asimov sabe mezclar bien las intrigas a dos niveles, micro y macro-cósmico. Sabe conjugarlos de forma que los primeros acaban siempre al servicio de los segundos, partiendo de historias particulares que desembocan en asuntos de trascendencia global, que afectan a las sociedades y culturas enteras en juego. Esa direccionalidad ascendente, de lo individual a lo global, de lo personal a lo planetario, tiene una gran capacidad de enganche. El lector comienza intrigado por el periplo personal del protagonista y acaba inmerso en una historia de calado cósmico.
De la intencionalidad política de estas narraciones se puede extraer una de las principales convicciones de Asimov: su fe en el individuo como motor de la Historia y causa de sus cambios. No es ningún secreto el gran interés que tenía el escritor por el pasado, a cuyo estudio dedicó muchos de sus libros. Sus Fundaciones, por ejemplo, están basadas en Historia y decadencia del Imperio romano, de Edward Gibbon. Las novelas que componen este tríptico del Imperio también son reflejo de otros períodos históricos (y, por no repetir, les remito de nuevo al interesante artículo de Martínez). El resultado de todo ello es que, en conjunto, las novelas del Imperio parecen, por momentos, libros de Historia escritos en un futuro lejano, en los que se resumen los procesos políticos que llevaron a la creación o desaparición de diferentes regímenes y naciones. En esos marcos globales, sin embargo, los actos de un solo individuo, de un elemento desestabilizador, pueden derribar imperios. Por muy insignificante que éste sea, puede marcar la diferencia y afectar al gran tablero cósmico. El mulo, personaje central de Fundación e Imperio, es, seguramente, ejemplo máximo de esta convicción asimoviana.
La celebrada reunión de estas tres novelas permite también constatar una cierta evolución en los contenidos ideológicos de las narraciones. Mientras que en los tres casos el argumento gira en torno al universal tema de la opresión política, tanto el enfoque como el resultado final varía. Si en los dos libros creados con posterioridad, Polvo de estrellas y Las corrientes del espacio, los opresores se ven abocados a abandonar el statu quo por la liberación de los oprimidos, en Guijarro en el cielo, sin embargo, son los supuestamente oprimidos quienes fracasan en su intento de exterminar al opresor. En ésta novela, que aun siendo la primera cuenta con un ideario más complejo, hay además matices políticos que no están presentes en las otras, en las que los papeles respectivos de ambas facciones están mucho más claros. Donde sí coinciden es en el eje argumental y el desenlace, pues son los actos del ignorante protagonista los que provocan el cambio en los Las corrientes del espacio, en Martínez Rocatres casos, tanto la liberación de los oprimidos como la salvación del teórico opresor.
Pero es evidente que si Asimov ha logrado interesar a millones de lectores no ha sido sólo por el trasfondo político de sus historias. El lector va a encontrar en este tríptico los elementos más conocidos de la narrativa asimoviana. A saber: un marcado optimismo humanista, habitual en los escritores de su generación; una marcada interconexión con el resto de su obra, la cual conforma una monumental serie que, si se es riguroso, no parece tal cosa; tramas de un marcado tono detectivesco, enfocadas siempre hacia un hecho u objeto secreto que enfrenta a distintas facciones y cuya localización suele estar, como en “La carta robada” de Poe, oculta pero a la vista; protagonismo humano absoluto, en un entorno que carece de alienígenas, y, finalmente, un peculiar sentido del espectáculo marca de la casa. Asimov se esforzaba con igual intensidad tanto en la construcción de la intriga como en su presentación, que muchas veces llegaba a exagerar hasta lo circense. Valgan como muestra los títulos de los episodios finales de Polvo de estrellas (¿Dónde?, ¿Aquí?, Allí), que releídos hoy promueven la sonrisa.
Este monovolumen asimoviano permite al lector más curtido no sólo acceder a todas aquellas características que han convertido al escritor en uno de los más reconocidos de la cf mundial, sino también evaluar si el paso del tiempo ha afectado a estas novelas y, de ser así, cómo ha repercutido esto en la filosofía que tenía el autor acerca del género. Asimov fue un escritor fiel a sí mismo, a su estilo, a sus temas y tipos de personajes en todas sus obras, con la única excepción, quizás, de Los propios dioses, magnífica novela que contaba con unos alienígenas de fascinante biología, y que escribió, según el propio autor, por encima de sus posibilidades. En la línea marcada por John W. Campbell, tenía una idea personal clara de lo que debía ser la cf. Había de ser siempre rigurosa con la ciencia y con lo posible, parecer real. Todo lo que no se ajustara a esa rigurosidad era, para él, mala cf. Así, y por esas razones, calificó de esa forma, por ejemplo, a 1984, la obra maestra de George Orwell, una de las indiscutibles cimas del género.
En mi opinión, los cambios que han traído estas décadas han puesto en entredicho poco de lo contenido en estos títulos, pero sí una de las ideas principales del escritor. Uno de los pilares de su ficción, su apuesta por la amnesia galáctica, cada vez tiene menor crédito. La caída de su Imperio Galáctico, sus argucias argumentales, provienen casi siempre de un olvido de la Historia. Si miramos al pasado, que es de donde Asimov extrae su inspiración, pudiera tener cierto sentido, pero el presente, sin embargo, parece correr en dirección opuesta. Especialmente tras un siglo XX invadido por lo que Javier Marías catalogó irónica pero acertadamente como “erudición exhaustiva y tantas veces inútil”. Sentado ante mi Pentium 4, con la ventana al mundo de la información global abierta, con millones de personas empeñadas en conservar el pasado diariamente, se me hace difícil pensar en un futuro que haya olvidado su historia.
En el mismo orden de cosas, me intriga también, conociendo esa exigencia del rigor científico que pedía para la buena cf, cómo encajó las rectificaciones que, tras los descubrimientos científicos que negaban la verosimilitud de sus ideas, se obligó a sí mismo a colocar en las reediciones de Polvo de estrellas y Las corrientes del espacio. ¿Pensaría que, siguiendo su propia lógica, había escrito mala ciencia ficción? ¿O admitiría finalmente que la ficción está por encima de la realidad y que sus narraciones, por muy desapegadas que estuvieran de lo posible, conservan otros atributos que las seguirán haciendo válidas? ¿Descubriría al fin que la ficción, aunque sea “ciencia ficción”, no se debe a la realidad, sino como mucho a sus posibilidades, y que para la literatura es más importante hacer creíbles las mentiras que basarse en verdades? ¿Qué la literatura es, antes que nada, literatura?
Pero antes de ponerme discursivo, volvamos al principio. En un tono más personal, ¿qué resultado final arroja mi reencuentro con estas novelas? ¿Qué impresión me causan hoy en día, tamizadas por la nostalgia?
Veamos:
Polvo de estrellas, la única que no había leído, me parece un mero aperitivo. Correcta en su construcción, la intriga parte de una tirada de dados argumental (“ve allí, a ver qué sale”), el enredo amoroso ha quedado desfasado y la naturaleza del arma más peligrosa de la galaxia, veneno puro en la actualidad antiamericana, me ha sacado los colores. Imaginar a un escritor españolRetrato de Isaac Asimov proponiendo algo semejante hace que me muerda las uñas.
Guijarro en el cielo, de la que guardaba un recuerdo mítico por aquello de que un humano de mi propio siglo decidiera la suerte de un Imperio galáctico monstruoso, peca, sobre todo, de una mala construcción y un ritmo irregular. Aun siendo el más arriesgado en su especulación ideológica, no acaba de conjugar bien contenido y continente. Se nota, excesivamente, una cierta bisoñez en la que fue su primera novela.
Las corrientes del espacio, de cuya lectura adolescente quedaba bien poco en mi cabeza, ha sido, sin embargo, la novela que mejor regusto me ha dejado. En cuanto a ritmo, estructura, trama y personajes, la más redonda. En el aspecto narrativo es, además, la más sofisticada. Cuenta con un goteo bien medido de adelantos previos de la trama que van empujando al lector poco a poco hacia su desenlace. Su carga ideológica es relevante, y en lo anecdótico, cuenta con algún detalle precursor del Arrakis herbertiano.
Es decir, que, actualizando mi dietario mental, ni Guijarro en el cielo era tan mítica, ni Las corrientes del espacio mediocre. Polvo de estrellas desaparecerá pronto de mi memoria. En todo caso, más allá de calificaciones, me ha satisfecho esta lectura. En un género de iniciación adolescente, que le debe tanto a la nostalgia, encontrarse de nuevo con estas historias, y consigo mismo, es casi un acto obligado para el buen aficionado. No puedo negarlo: me ha encantado volver a verte, chaval.




La versión original de este texto fue publicada en C, el hijo de Cyberdark.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El lamento del androide

En 1982, un androide al borde de la muerte componía, entre lágrimas y gotas de lluvia, un lamento existencial pleno de poesía y de sentido de la maravilla. Con él, la ciencia ficción dejaba para la historia del cine un monólogo inmortal, que sería repetido hasta la saciedad durante los años posteriores y acabaría instituyéndose en materia de culto. Con él, la ciencia ficción demostraba cuán profunda puede llegar a ser cuando suma con talento metáfora y maravilla.
Han pasado casi 30 años. Hace apenas unos días, la ciencia ficción ha vuelto a regalarle al espectador un momento irrepetible que, se hace evidente en su contemplación, guarda bastantes similitudes con aquel otro. Esta vez el medio bendecido ha sido la televisión. Seguramente, dado el buen momento por el que atraviesan las series norteamericanas, y dada la abulia del aficionado actual, la escena atravesará nuestro presente sin pena ni gloria, pero espero, deseo, que pasado el tiempo, cuando en el futuro se reivindique esta pequeña joya del género audiovisual que es Battlestar Galáctica, estos dos monumentales minutos sean redescubiertos y alabados como merecen.
Hasta ahora, ningún guión cinematográfico había visitado Literatura en los talones. Déjenme solventar esa imperdonable ausencia con mi modesta traducción de este maravilloso extracto, del cual lamento no dar nombres ni más datos por no fastidiarles, a quienes la siguen, la continuidad de la serie.




-En todos tus viajes, ¿has visto alguna vez una supernova?

-No.

-No... Bien, yo lo hice. Vi una estrella explotar y expulsar los cimientos del Universo. Otras estrellas, otros planetas, y a veces, otra vida. Una supernova: pura creación. Estuve allí, quise verlo y ser parte del momento. ¿Y sabes cómo percibí uno de los eventos más gloriosos del universo? Con estas ridículas y gelatinosas órbitas de mi cráneo. Con ojos diseñados para percibir una pequeña fracción del espectro electromagnético. Con oídos diseñados sólo para percibir vibraciones en el aire.

-Nosotros cinco te diseñamos para ser lo más humano posible.

-¡Yo no quiero ser humano! Quiero ver los rayos gamma, quiero oír los rayos X, y quiero...quiero oler la materia oscura. ¿Ves la absurdidad que soy? Ni siquiera puedo expresar estas cosas con propiedad, porque tengo que...tengo que conceptualizar ideas complejas en este estúpido y limitado lenguaje hablado. Pero sé que quiero poder agarrar con algo mejor que estas garras prensiles, y sentir el viento solar de una supernova fluyendo sobre mí. Soy una máquina. Y podría conocer mucho más, podría experimentar mucho más, pero estoy atrapado en este cuerpo absurdo. ¿Y por qué? Porque mis cinco creadores pensaron que Dios lo querría así.


Maravilloso. Pero, tal como ocurre con las obras teatrales, las líneas de un guión escrito para el medio audiovisual sólo pueden ser valoradas en su justa medida tras ver, en una pantalla, la interpretación que, apoyados en ellas, realizan los actores. Si no le tienen miedo al enorme spoiler que representa, pueden disfrutarlo aquí* tal como debe hacerse.



Extraído del episodio 15 de la cuarta temporada de Battlestar Galactica.


* Desgraciadamente, el vídeo ya no está disponible, pero sí pueden acceder al audio desde este enlace:
   I don't want to be human!

domingo, 25 de enero de 2009

Catherine Asaro. Rosa cuántica

Anna Paquin
Hace unos días, Anna Paquin recibía de manos de los nuevos Kirk y Spock un merecido Globo de Oro como premio por su interpretación de Sookie Stackhouse, la protagonista telépata de True Blood. He de confesar que comencé a ver la serie con cierto recelo, y quizás fue ese el motivo por el cual, a los pocos capítulos, me sorprendiera tanto su disfrute. Ese recelo partía de la fuente literaria, que sin haber leído, situaba yo de antemano entre esas decenas de sosias que le han salido, por un lado, a los glamourosos vampiros de Anne Rice, y por otro, a los acníticos chupasangres del "Whedonverso", léase Buffy y compañía. Pero la HBO raras veces defrauda, y en esta ocasión ha sabido acentuar la parte más jugosa de la serie, su esencia de gótico sureño y una cierta morbosidad sexual, para lograr un producto televisivo de interés.
Las Southern Vampire Series, escritas por Charlaine Harris, forman parte de una de esas modas que inundan de vez en cuando las librerías, y que en esta ocasión nace de la mezcla entre el género vampírico y la novela romántica. Desde Rice y Whedon, el medio audiovisual ha fomentado la popularización de éste fenómeno, merced al éxito de películas como Crepúsculo, basada en la serie homónima escrita por Stephenie Meyer, o de series como la que nos ocupa. La novela romántica de terror es, desde hace tiempo, un subgénero muy popular en EE. UU. En España está empezando a arrojar cifras de venta importantes, así que no es extraño que algunas editoriales estén empezando a emplear todas sus fuerzas en explotarlo. La serie de Sookie Stackhouse nos llegó de la mano de La Factoría de Ideas, editorial que publicó los tres primeros títulos en formato de bolsillo, y que llegó incluso a saldarlos a un precio cercano a los tres euros. Ahora anuncia una reedición (supongo que más lujosa y a mayor precio), basándose en el éxito de la serie, y no ha podido evitar (supongo de nuevo) que la editorial Santillana se haga con los derechos de los siguientes libros, los que van del cuarto al octavo.
La novela romántica tiene su público, en su mayoría femenino, y parece ir a más desde que decidió apoyarse en otros géneros con los que parece complementarse a la perfección. La Factoría de Ideas ha creado, incluso, una colección, de nombre Pandora, dedicada a este tipo de literatura. La cosa no queda ahí, pues no sólo el terror, sino también géneros afines como la ciencia ficción han sido aprovechados por numerosas escritoras (suelen ser también mujeres) como plataforma de sus historias románticas. El ejemplo más significativo que nos ha llegado es, sin duda, el de Catherine Asaro, quien, además de numerosos premios de novela romántica, llegó a ganar el Nebula con Rosa cuántica, obra perteneciente, como no, a una serie.
Sin duda, hay quien disfruta mucho con estas hibridaciones. Desgraciadamente, no es mi caso. El tiempo mostrará si esta suma de géneros ha llegado para quedarse o si se trata de algo pasajero. Dejo aquí la reseña original que escribí sobre la mencionada novela vencedora en los Nebula del año 2001.



Obras como La máquina del tiempo, 1984 o la más reciente Tránsito constituyen claros ejemplos del gusto por el uso de alegorías y metáforas en la ciencia ficción. La idiosincrasia del género lo convierte en terreno propicio para trasladar cualquier tema importante de nuestro tiempo a la literatura de lo improbable. Catherine Asaro, siguiendo ese camino, propone uno de los paralelismos más desquiciados que se hayan dado jamás y transmuta, cual reina Midas, un proceso de mecánica cuántica en una historia de ciencia ficción... romántica.
La novela consta de dos partes cuyos escenarios son dos entornos seudomedievales: la provincia feudal de Argali en el planeta Balumil, y Lyshriol, un mundo de aspecto pastoril. En la primera, la gobernadora Kamoj se casa obligada por una cláusula legal con Havyrl Leostelar, un misterioso extraño venido de tierras lejanas, cosa que enoja a su prometido, Jax Ponteferro, dueño y señor de una provincia vecina. Kamoj descubre en seguida que su marido es en realidad el príncipe de un imperio estelar, hombre maravilloso y buen amante, pero ¡oh tragedia! también aficionado a la botella. El pérfido Ponteferro, que la maltrataba con asiduidad, y a quien pese a todo sigue atada por condicionamiento genético, no se resigna, y pondrá en peligro el destino mismo de la galaxia. En la segunda parte, el príncipe Vyrl lleva a Kamoj a conocer a su familia, y se asiste a un episodio presuntamente trascendental para el equilibrio político estelar.
Rosa cuántica, pese a lo ya comentado, no es un hard romántico, ya que la cf dura sólo se muestra en la alegoría y el discurso cuántico con el que, de forma espontánea, sorprende al lector el provinciano Ponteferro. En realidad se trata de una space opera de carácter light, sin acción galáctica alguna, cuyo único momento «fuerte» reside en la violación de la protagonista. Curiosamente, la parte que mejor funciona es la Rosa cuántica, de Catherine Asaroprimera, el drama romántico medieval. Asaro sabe dosificar bien la información que ofrece y logra que no decaiga cierto interés morboso por la trama. Cerca del final de esa primera parte se atisba la única aportación interesante de la novela: el condicionamiento genético para crear esclavos, una práctica que condiciona no sólo la fisiología de la víctima, sino también su carácter. La protagonista, perteneciente a una cultura inferior expuesta al cambio, debe superar los acondicionamientos internos de su propio ser para ejercer la libertad de elección. Ecos leguinianos en los que la autora no quiere —o no sabe— profundizar y que no suponen más que un breve espejismo.
La trama galáctica posterior, el contenido real de ciencia ficción, va decididamente cuesta abajo, no sólo por la impericia en los diálogos de opereta, redundantes y aburridos, ni por la pobre descripción de escenarios, escasa en el desarrollo de situaciones, sino porque además la carga dramática de la trama no resulta clara. Las irrisorias maniobras a gran escala y el lío genealógico están sojuzgados a la relación sentimental de los amancebados y al dolor afectado con que se separan. La causa de esta falta de profundidad hay que buscarla en el hecho de que Rosa cuántica es la sexta novela en la saga del Imperio Eskoliano, que desarrolla los sucesivos avatares de la dinastía Rubí, con lo que algunas referencias pierden fuerza y significado por desconocimiento de la historia en que está inmersa.
Desgraciadamente, hay que anotar una nueva tropelía en la edición. El texto, que aparece como servido directamente de la mano del traductor, presenta anomalías tales como preposiciones y artículos mal situados, párrafos repetidos y una media de erratas inadmisible por página. Esperemos que la presencia de un corrector de estilo, anunciado en los próximos números, sirva para detener esta sangría.
Asaro, distinguida hasta la fecha con varias nominaciones y triunfos en los premios Pearl y Sapphire, de marcado carácter romántico, consiguió con Rosa cuántica el Nebula 2001, lo que para este crítico supone un revelador indicativo, más que de la calidad del libro, del estado de los premios en el género durante los últimos años. Sin duda, la peor novela publicada hasta la fecha por la colección Solaris Ficción.



La versión reducida de esta reseña fue publicada en el nº 38 de la revista Gigamesh.

sábado, 24 de enero de 2009

Edgar Allan Poe. Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket

El pasado día 19 se cumplieron 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe, genio y escritor, escritor y genio cuya influencia en la literatura posterior, especialmente en los géneros más afines a este blog, fue decisiva. Los medios informativos se han volcado estos días con la efeméride, pero de todos los especiales y noticias dedicados al evento, me quedo quizás con el escueto y certero resumen que Fernando Savater realiza hoy en Babelia, titulado Los hijos de Poe.
Vaya, como homenaje por mi parte, esta reseña que realicé hace años, un breve comentario dedicado al que es, para mi gusto, su mayor logro literario. Sé que hablar de Poe es hablar de sus cuentos, pero yo me quedo con la oscura complejidad, con el misterio que domina esta novela. Ese continuo misterio que insufla vida a la mayoría de sus creaciones, y que podemos encontrar tanto en la obra como en los últimos días del escritor, los previos a su muerte.
¡Tekeli-li!



La única novela que escribió Edgar Allan Poe es, seguramente, su obra más polémica. El tiempo ha coronado a la mayoría de cuentos del autor como clásicos indiscutibles de la literatura, arrojando sobre Poe, además del título de maestro supremo del terror y lo fantástico, el blasón de la paternidad de la novela de detectives. Son tan populares sus relatos cortos que ni siquiera hace falta mencionarlos. Esa unanimidad de criterios se rompe, sin embargo, con esta Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket, en la que el Poe más complejo despierta disparidad incluso entre sus más insignes hermeneutas.
El libro es, en realidad, la crónica de un viaje, una odisea que transcurre por los cauces del más crudo realismo para devenir, finalmente, en irresoluta aventura marcada por lo fantástico. Las peripecias marítimas del señor Pym, a pesar de la innatural sucesión de momentos pavorosos, de situaciones inmersas en el más puro horror humano (claustrofobia y catalepsia, amotinamientos sangrientos, antropofagia y buques fantasma), muestran un realismo poco usual, un aire de veracidad al que sin duda contribuyen las continuas referencias documentales con que Poe salpica la novela, y que no resultan extrañas en manos de un personaje que dice estar recordando acontecimientos vividos que le marcaron profundamente.
Sin duda, el origen de la controversia que produce esta obra reside en los sorprendentes últimos capítulos, que abundan en un tono fantástico chocante con el realismo expuesto anteriormente. Ese elemento último no resulta ser el natural desenlace de algo previamente insinuado en la historia (ni siquiera sutilmente, tal como aconsejaba el maestro argentino Adolfo Bioy Casares), sino que responde a una aceleración de sucesos inauditos forzada por el autor, hasta tal extremo, que le resulta imposible, más allá de cierto punto, continuar la narración. Poe opta por una finalización inesperada, que escatima al lector su conclusión natural.
Es el mismo escritor quien ofrece, en apariencia, la clave del misterio. Incluido como personaje de la novela, dice de él mismo que nunca llegó a creer en esta última parte del testimonio del señor Pym, lo que no deja de ser una ilustrativa confesión de los motivos por los que la novela podría haber acabado tan abruptamente. El final, repleto de sugerencias que el lector ha de concluir con la imaginación, parece señalar intenciones alegóricas, aunque Julio Cortázar, prologuista de esta edición, asegura que Poe siempre se desmarcó de este tipo de apreciaciones. Si se acepta esto, se puede deducir que, quizá, la única forma de hacer creíble todo el conjunto era dejarlo inconcluso.
El interés que provoca el desarrollo de esta historia es tan intenso que el primer sentimiento que invade a quien concluye su lectura es de ansiedad, de anhelo por continuar con los avatares del señor Pym y su pericia para la supervivencia. A pesar de la mencionada anomalía argumental, cuando al cabo se considera el resultado global de la lectura se hace difícil no concluir que se ha experimentado, tal y como está, el disfrute de una obra magna. Las influencias e influenciados por este libro son muchos: Defoe, Coleridge, Stevenson, Hodgson, Verne o Lovecraft aportan o beben de las aventuras marítimas de Arthur Gordon Pym. Grandes nombres para tratarse de un error. De hecho, los dos últimos intentaron continuar esta extraña historia por sus propios medios, escribiendo dos maravillosas novelas: La esfinge de los hielos y En las montañas de la locura.
Me temo que la polémica asociada a esta joya de la literatura sobrevivirá al paso del tiempo. Algunos seguirán viendo en ella una novela fallida, producto del cansancio o de la falta de confianza de su autor; otros, sin embargo, apostarán, como muchos lectores antes que ellos, por el talento y el genio de Poe, fascinados aún por esa misteriosa figura blanca que aguarda, silente, en el abismo de lo inefable. Cuéntenme entre estos últimos.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.