lunes, 25 de noviembre de 2013

Breves: Carrión, Boyne, Capote

Los muertos, de Jorge Carrión

Si tuviera que definir Los muertos en una sola frase, sería esta: una buena idea mal llevada a cabo. La ambición que muestra el autor no se puede poner en duda, pero es precisamente ahí, en la osadía de intentar trasladar el lenguaje televisivo al papel, donde éste yerra. No en el orden conceptual, sino en el formal.
Al igual que hiciera Stanislaw Lem en Vacío perfecto, Carrión propone un juego metaliterario, la creación de ensayos sobre obras inexistentes, pero al contrario que el maestro polaco, no deja lugar a la imaginación. El autor acompaña los dos artículos y la entrevista que componen el núcleo de la novela con el material que en estos se analiza, las dos primeras temporadas de una serie de televisión de género fantástico y contenido metaliterario. Donde Lem ofrecía un vacío que llenar con la imaginación del lector, Carrión construye todo un universo, el purgatorio al que van a parar los personajes fallecidos en las obras de ficción.
El reencuentro con los protagonistas de Blade Runner o de Los Soprano, junto a otros muchos personajes reconocibles de la ficción, es tan sugerente como la historia que da vida a la serie, pero el autor pretende fusionar artes distintas, trasladar el lenguaje narrativo audiovisual a la literatura, y no elige el mejor camino. Cada medio tiene su forma de expresarse, y las adaptaciones suelen funcionar mejor cuanto más se alejan de su origen para acercarse al lenguaje de adopción. La literalidad, como era de esperar, condena de inmediato a la novela. Carrión somete el texto a un montaje televisivo, cada párrafo una nueva escena, y eso revierte en un caos difícil de disfrutar. O se tiene una memoria ciclópea para las situaciones, carentes de anclajes, o uno se ve abocado a retroceder en la lectura a cada momento.
Es una lástima, porque la idea original contenida en este artefacto posmoderno era realmente atractiva. El experimento formal, como ha sucedido tantas veces, va en detrimento de la obra.



El niño con el pijama de rayas, de John Boyne


Esta novela fue publicada en una época en la que los libros con protagonista entrañable se pusieron de moda. Su mayor activo, como era usual en ellos, se encuentra en la elección del tipo de narrador. Si Mark Haddon acertaba de pleno al elegir la voz que en primera persona, desde la mente de un adolescente autista, narraba los hechos de su novela El curioso incidente del perro a medianoche, Boyne se va al extremo opuesto y utiliza a un observador neutro, favoreciendo así el contraste que se establece entre el conocimiento de la realidad con el que cuenta el lector y la ignorancia presente en la mirada del niño que protagoniza la historia.
El autor apuntala este efecto con pequeños detalles narrativos. Por ejemplo, la descripción que se hace de un espejismo sin mencionar su nombre, pues el niño no lo sabe. La alcoholemia de la madre o su relación sexual con el joven Kotler, e incluso la alegría de Schmuel son hechos interpretados de forma distinta a lo que en realidad representan por el protagonista. Este artificio narrativo, presente incluso en los títulos de los capítulos, exige la complicidad del lector, y es el mayor responsable del efecto de ternura que el relato produce. Gracias a él, Boyne logra que se establezca una relación à la Benigni, de falsedad teñida de inocencia, entre los hechos que suceden en los aledaños de un campo de concentración nazi y el modo como el niño los percibe.
La novela se engrandece en el último tramo, precisamente desde la aparición en ella del personaje que le da título. El crimen del nazismo se hace presente en toda su magnitud, y el escritor cierra su relato de forma admirable, con una frase que añade un último escalofrío a los ya coleccionados durante el terrible desenlace. Bajo la doble mirada a la que el libro ha acostumbrado al lector, las últimas palabras adquieren un significado macabro.



Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote

Truman Capote es alabado especialmente por A sangre fría, un libro que fue etiquetado como nonfiction novel (término que no goza de mis simpatías) y que hoy se señala como padre del Nuevo Periodismo. Los dos biopics con los que el cine nos sorprendió hace unos años dieron cuenta de la complejidad de la persona; leer el resto de sus obras atestigua la colosal talla literaria del escritor. Desayuno en Tiffany's es más recordada por el rostro y la voz de Audrey Hepburn que por sus páginas, y sin embargo es una novela corta magnífica, en cuyo texto sobresalen la sofisticación que hizo a aquella historia tan atractiva para el público y una mayor profundidad en el tratamiento del tema más escabroso.
Sin dejar la sutileza, hace que el lector se haga preguntas sobre las distintas clases de prostitución, negando al dinero su protagonismo indispensable dentro del término. Quizás utilizar las armas propias de tu sexo para conseguir lo que quieres, aunque sea otro tipo de cosas, pueda considerarse también como tal. La condición de Holly se hace más evidente en el texto, pero el objetivo que persigue Lula Mae con su ajetreada vida social no es la riqueza, sino el renacimiento, la reinvención de sí misma. A través de sus conversaciones con el anónimo narrador, a quien ella llama Fred, Capote hace un elogio de la literatura, situándola por encima del cine. Paradójico, teniendo en cuenta el éxito posterior de la película.
La guinda del libro es, en este caso, tan suculenta como el plato principal. Tres cuentos acompañan a la pieza que le da título, todos ellos excelentes. El estilo de Capote es sutil y emotivo. El autor muestra una gran capacidad para despertar sentimientos intensos en el lector. El primero, titulado "Una casa de flores", remite al gótico sureño y trata sobre la libertad de elección, con un tipo de amor peculiar de fondo. "Una guitarra de diamantes" es un relato maravilloso, lectura obligada para todo aquel que disfrutó con el film Cadena perpetua y el cuento de Stephen King que le dio vida. De "Un recuerdo navideño" sólo puedo decir que, por su tremenda carga dramática, llenó mis ojos de lágrimas. Estos tres magníficos relatos son una invitación para acceder a sus Cuentos completos.


jueves, 14 de noviembre de 2013

La importancia de tomar notas

Igual ya se lo he contado a ustedes, pero tengo la costumbre de poner mi firma y la fecha de fnalización en los libros cuya lectura completo. Los considero pedazos de mi ciclo vital y conservo, desde hace un tiempo, todos los que leo, me hayan gustado o no. Durante algunos años, precisamente aquellos en los que más libros leí, cogí la costumbre de incluir en ellos un resumen de apenas dos o tres frases, lo que me habían parecido, acompañado de alguna nota sobre lo que acontecía en aquel tiempo en la realidad cotidiana, tanto personal como general. Los libros mismos se convierten así en un conciso y peculiar diario, un pequeño testigo de la vida. Confieso que me supone un pequeño placer descubrir estas notas cuando repaso mi biblioteca. Los recuerdos de entonces me roban a veces una pequeña sonrisa. Les sugiero que hagan la prueba; no es un ejercicio cuyos frutos se recojan al instante, pero les aseguro que merece la pena.
Pero no es este el asunto del que quería hablarles. A veces encuentro cosas distintas dentro de esos libros. Aunque he escrito bastantes críticas de mis lecturas, hay un número importante de ellas que en su día pretendí reseñar y que, por mútiples razones (la pereza especialmente), quedaron sin comentario. Son libros que localizo rápido entre el resto por un detalle en particular: aparecen hinchados. Entre la cubierta y la guarda suelen contener varias hojas arrancadas de un bloc de notas, manchadas en su día por mi escritura. Cuando las encuentro, las leo, y si recuerdo lo suficiente del libro como para que sigan teniendo sentido, intento darles salida escribiendo algo breve para el blog. Pero es algo que no siempre ocurre. De hecho, lo normal es que ya no recuerde por qué escribí algunos de los comentarios, y entonces vuelvo a colocar las hojas en donde las encontré y devuelvo el volumen a su sitio, por si en una relectura próxima me sirvieran para algo.
Notas, sí, de eso quería hablarles.
Nadie que se maneje en internet y en las redes sociales será ajeno a uno de los fenómenos que ambos han potenciado. Me refiero al síndrome del escritor: todo lector lleva a un escritor frustrado en su interior. Antes, la dificultad para publicar y un pudor hoy inexistente mantenían a ese grupo de riesgo a raya. La población de escritores se reducía a unas cifras sensatas. Desde la aparición de internet todo ha cambiado, las dificultades que ejercían de limitador han ido desapareciendo una a una. Los procesadores de texto con sus autocorrectores, el envío de originales a la editorial o a concurso mediante el e-mail (adiós fotocopias), la autoedición al gusto, los cientos de incautos contactados en redes sociales a los que acosar enviando spam..., todo son facilidades. El único coto para el escritor novel es su propio sentido común, pobre defensa contra el entusiasmo ignorante que lo lanza a emular a sus ídolos. Hoy, todo el mundo escribe ficción, y eso configura un mercado, lo cual conduce inevitablemente hacia la proliferación de los manuales de escritura. Ya saben, Cómo ser un autor de éxito, Aprenda a escribir ficción en diez cómodos pasos, Los secretos de la escrituraEl método Dan Brown y toda esa vaina.
Permítanme que llame su atención sobre el detalle que más me sorprende de todo esto. No todos los lectores se han lanzado a escribir ficción, claro, muchos (yo mismo) han tirado por otro camino. Blogs, portales y revistas digitales favorecen el crecimiento del crítico literario aficionado. Con tanto libro que analizar era irremediable. El número es tan alto como el de los presuntos escritores, y sin embargo, no veo un fenómeno docente paralelo, no hay manuales del buen crítico. Lo sé, sería estúpido asegurarle a alguien que se hará de oro con la ensayística, pero es que ni siquiera hay manuales escritos por aficionados, algo que sí es común en el terreno de la narrativa. No dejo de verlo como un síntoma de lo mal que están las cosas en esa disciplina, al menos por estos pagos. Otro día les hablaré de los analistas del fandom, de su difícil independencia y de los diversos conceptos que hay de crítica y reseña, de los blogs y de si se puede exigir profesionalidad a un aficionado, cuestiones con bastante miga.
A fin de cuentas, cada uno es responsable de lo que escribe. Personalmente, creo que hay dos palabras que están en la base de todo: autoexigencia y respeto. El conocimiento y las herramientas para escribir bien llegan con lo primero, lo segundo es lo que me impulsa a leer el texto de alguien o no leerlo. Respeto por quien va a leer tu texto, pero también por quien ha escrito el libro que analizas. Desde luego, estás en tu derecho de dar tu opinión, pero cómo la das te convierte en mejor o peor crítico. Creo que la mayoría de los que intentamos hacer cosas en este campo somos autodidactas. Yo no me atrevería a dar las claves de cómo hacer una buena crítica; hay varias maneras, y todas válidas. Si una persona joven me pregunta, le diría que, a falta de esos manuales, el secreto es el de siempre: leer. No sólo libros de ficción, esos que le hacen a uno querer escribir sobre su contenido, sino precisamente aquellos en los que se trata la materia que queremos dominar. Hay ensayos de autores como Philip Roth, J. M Coetzee, Somerset Maugham, Mario Vargas Llosa, David Lodge, Harold Bloom, Cyril Connolly y muchos otros dedicados a la crítica literaria. Leerlos es aprender a escribirla.
La crítica (reseña, análisis, llámenlo como quieran si les rechina el término) también es cuestión de estilo, y hay cosas que son optativas, pero puedo asegurarles que algunas son imprescindibles. Una de ellas es la toma de notas, tan obligada como la reescritura para el autor de ficción. No se puede analizar una obra partiendo sólo del recuerdo, de la impresión final, porque uno se olvida de cosas de las que se ha ido dado cuenta durante la lectura, y porque un final potente o flojo adultera la valoración que teníamos de las partes del texto que lo preceden. Si uno se toma la crítica en serio, ha de tomar notas. Para mí son la clave de todo. Sobre ellas construyo mis conclusiones finales, en un pulso feroz con la impresión que me ha dejado el cierre del libro, y en base a ellas estructuro y escribo mis reseñas. Son notas de contenido diverso, algunas de ellas meras impresiones, otras datos, otras valoraciones, otras destellos de párrafos de mi futuro texto. A veces complejas, a veces absurdas, a veces ingenuas. Un caos.
Volviendo al principio, les decía que, cuando repaso mi biblioteca, encuentro a veces este tipo de notas olvidadas en los libros. El domingo pasado, por ejemplo, comprobé que en el ejemplar de La Tierra permanece había unas cuantas. Recordé perfectamente qué hacían allí. Cuando leí La carretera, en el año 2007, pensé que sería una buena idea hacer una comparativa con una obra de temática similar perteneciente al género. En algunas webs especializadas norteamericanas comenzaban a equiparar el libro de Cormac McCarthy a Cántico por Leibowitz, la magnífica novela de Walter M. Miller Jr., quizás por el indudable parecido entre sus escenarios, pero a mí me pareció que daría más juego la comparación con el clásico escrito por George R. Stewart, una de las obras esenciales del subgénero postapocalíptico. Las dos novelas mostraban personajes itinerantes, pero tenían múltiples puntos de contraste. Decidí releerla y comparar impresiones con las que ya tenía anotadas de La carretera, bajo el objetivo de escribir algo al respecto. Y ahí se quedó, en el limbo de los proyectos olvidados. Ahora leo las notas que tomé durante la lectura y me doy cuenta de que no recuerdo la procedencia de algunas frases, así que no puedo darles uso. ¿O tal vez sí?
A veces olvido la libertad que da un blog. Es un rincón de tu propiedad, una finca privada en el planeta internet: tu casa. Puedes hacer lo que te plazca en él, así que, ¿por qué no? A continuación tienen ustedes la transcripción de las notas que tomé en su día sobre La Tierra permanece, seguidas del proceso de hilación y destilado al que posteriormente las someto. Seguramente, esto no interese a nadie. O puede que sí. Puede que algún chaval que esté empezando a escribir sobre sus lecturas, ante la carencia de material teórico sobre esta actividad, lo encuentre útil. Puede que alguien tenga curiosidad por conocer el proceso interno de construcción de mis reseñas, como yo tengo interés por conocer esa mecánica en las de los demás. Con esto no pretendo enseñar a nadie cómo hacer una reseña. Como dije, cada uno tiene su sistema, pero estoy convencido de que la toma de notas está presente en todos ellos, sean estas complejas, sofisticadas, ingenuas, caprichosas o simples.  Esto que viene a continuación es mi método. Así es como yo lo hago, sólo eso.




  • Mala traducción, sudamericana: refrigeradora por nevera, señales de tránsito por señales de circulación. Sin duda el mal más acusado de la Minotauro de Porrúa.
  • La portada es cojonuda. Esa imagen de los cimientos del Golden Gate sobre secano es fascinante.
  • Con la amenaza del cambio climático el subgénero postapocalíptico se vuelve a poner de moda. Salvo excepciones como THE ROAD, el subgénero ha caído en manos del best-seller. En los años posteriores a la IIGM y en los pertenecientes a la Guerra Fría el peligro nuclear también aumentó el miedo por el fin del mundo, que no sólo venía de la mano de la bomba atómica. La cf fue pródiga en tales obras.
  • La esencia de la cf está en los finales de los 40 y todos los 50. Sencilla, sin barroquismos. Los personajes y el medio, y el sentido de la maravilla en lo simple.
  • Ante la evidencia de que antes de llegar al espacio habrá que solucionar los problemas que tenemos en casa, la cf espacial, tan en boga en sus orígenes cuando la esperanza de progreso parecía infinita, ha perdido el interés que tenía antes para el público general.
  • La nube púrpura, Soy leyenda, The Road.
  • PREVALECE.
  • El comienzo del último párrafo de la pág. 36 es un buen resumen del tipo de traducción. "De pronto pensó en el teléfono. Levantó el tubo y oyó el zumbido familiar. Discó un número; cualquier número."
  • Ya desde el principio pasajes breves para el recuerdo: el "entierro" del alcoholizado en una sepultura automovilística, entre mantas; la conquista del protagonista por parte de una perrita abandonada; un luminoso que sigue anunciando intermitentemente en la noche de la desierta ciudad. No llega a Bradbury en el tono lírico, de todas formas.
  • El rebaño aún cuidado por dos perros, ya sin su amo. La travesía del desierto es evocadora.
  • No hay género novelístico al que le siente mejor el lirismo elegíaco que a la cf. La Tierra permanece, Crónicas marcianas, Ciudad...
  • Canto a la madre Tierra.
  • Sólo los parásitos echarán en falta al hombre.
  • Cuando el hombre no esté. Recuerda al cuento de Bradbury de Crónicas marcianas. Los procesos naturales continúan, pero sus creaciones se degradan.
  • Al contrario que SHIEL, pasa de puntillas sobre el tema religioso del hombre.
  • Los incendios, las hormigas, las ratas, el apagón.
  • El fin del mundo pone las cosas en perspectiva. Igual que en la enfermedad vemos la pequeñez de nuestras cuitas diarias, la agonía del mundo delata la estupidez de las convenciones sociales. En un pasaje simple pero maravilloso, ella le confiesa llorando que le ha mentido, que es mulata. La reacción de él al soltar una carcajada coincide con la del lector, que se da cuenta del absurdo.
  • Situados a lo largo de la narración, alternándose con ella, breves párrafos en cursiva describen la lenta agonía del mundo creado por el hombre: sus animales domésticos, sus plantas, sus objetos ahora abandonados. Suman de forma decisiva para conformar el tono elegíaco de la historia. Bellísima. El entorno es el fin fundamental, la Naturaleza recuperando lo que el hombre le había quitado.
  • STEWART se descubre como un gran optimista. Su concepto del hombre es esperanzador. Aunque remarca la bajeza intelectual de la mayoría de la Tribu, sus actitudes morales siempre invitan a la esperanza. No hay peleas entre ellos, ni envidias, ni adulterios, ni gusto por el alcohol. Es decir, el ser humano desprovisto de la civilización actúa tan limpia y honestamente como los animales. Esa visión edulcorada desvirtúa ligeramente el argumento. Los bajos instintos del hombre, parece decir, provienen de la civilización, no de su esencia. Y sin embargo, la civilización es el objetivo final a alcanzar, porque también es la máxima expresión y logro del hombre.
  • "Pero hemos honrado a los muertos, y cuando dejemos de hacerlo, no seremos hombres." Emocionante párrafo que acaba así. Tras el funeral de Joey. La cruda realidad raras veces sigue los planes de los hombres. El elegido muere.
  • A pesar de que ISH niega que para él el martillo sea un símbolo, sí que lo es. ¿De qué?
  • La llegada del extraño, su asesinato como primer hecho de Estado, su vuelta a la Universidad, los libros bajo el polvo. En un futuro sin lectores, ¿de qué sirve? ¿No sería mejor quemar todo y comenzar un nuevo mundo? El protagonista de LA NUBE PURPURA quemaba por megalomanía, él estaba solo, y eso hace la diferencia.
  • Somos animales sociales con idea de progreso. La vida del protagonista, lo que le espera, cambia cuando decide tener un hijo. De pasar el resto de su vida sobreviviendo en soledad, aislado de los demás supervivientes, a volver a edificar una sociedad humana, una civilización que acoja y dé sentido a la vida de su hijo. Eso, el tener un objetivo, le devuelve la esperanza y la fe. Somos más en conjunto que como individuos.
  • El último párrafo de la p. 239 se puede integrar en The Road. "¿Y los pumas, los osos, los toros salvajes? Los toros que incluso parecían despreciar al hombre, como en otros tiempos."
  • "Sin valor, la vida es una muerte lenta."
  • La parte final me ha emocionado aún más que cuando la leí con menos años, porque ahora tengo una perspectiva cercana sobre la vejez de la que entonces carecía. Otra prueba más de que se trata de gran literatura, pues no se disfruta más de jovencito, como mucha cf, sino al contrario; y por otra parte, no es literatura de ideas, sino de personajes, otra prueba más del error de considerar la cf como tal cosa.

Como ya adelanté, hay de todo. Citas, pequeños discursos, impresiones, reflexiones, palos y alabanzas; lo que la lectura va despertando en mi cabeza en diferentes momentos. A veces se puede adivinar, incluso, el estado anímico que me provocan las sucesivas páginas. Suelo dejar un par de días para reflexionar sobre generalidades, ya saben: de qué va el libro en realidad, qué temas aborda y cómo está escrito. Bajo el paraguas de las conclusiones finales intento después hilar lo anotado. Si les parece, probemos a elaborar un hipotético borrador.
Sin duda, habrá un apartado para el tema de la traducción, título incluido. La ilustración de cubierta exige citar a Ballard. Los diversos puntos discursivos..., si los puedo aprovechar en algún párrafo, bien; si no, a la papelera. Puedo compararla con otras obras, hacer hincapié en su tono elegíaco y calibrar su lugar entre las novelas de mayor lirismo que ha dado el género. Buscaré y encontraré que el título del cuento de Bradbury es Vendrán lluvias suaves. Tengo suficientes pasajes apuntados sobre los que pensar, reflexionar si suman algo más grande entre ellos, por qué están ahí, y qué me dicen de los personajes. Citar el optimismo será fundamental en la reseña, porque sitúa al autor en el extremo conceptual opuesto a La carretera. Los paisajes exteriores también son contrarios. La ciencia ficción suele ser bastante pesimista, así que me resulta muy curioso el hecho de que la obra perteneciente al género en esta ocasión no lo sea, y sin embargo, la obra de McCarthy, del escritor "de fuera", sí. Esta parte me encanta, porque es de este tipo de conclusiones desde donde puedo ponerme a investigar y teorizar.
El tema religioso y el respeto por la Naturaleza, quizás la misma cosa, tendrán su cabida. Pensaré qué simboliza el martillo. Y desde luego, una de las partes fuertes del texto habrá de ser el mensaje político de la obra, la difícil conciliación entre su aparente elogio de la sociedad como sublimación del hombre y su crítica a la civilización moderna. Eso me remite a Aristóteles y su "animal social" por un lado, y me da la posibilidad de complementarlo con el "hombre como lobo para el hombre" de Hobbes, una subtemática permanente en los postapocalìpticos, lo cual me obliga a profundizar en los conceptos descritos por ambos filósofos. También está el tema de la perpetuación, de darle sentido al futuro sólo a través de los hijos. Y sin duda el tema final de la vejez dará para más conclusiones (el problema que tendría actualmente es que esta parte es una de las que ya no recuerdo). Para la parte estilística mencionaré las cursivas como elemento diferenciador de los pasajes en los que se describe la naturaleza. Finalmente, recordar una vez más y con un ejemplo de primera mano que la cf no es sólo literatura de ideas es siempre una buena forma de acabar una crítica.
Tras este proceso de unión y ampliación de lo recogido en las notas viene el análisis personal, la manera de desarrollar y dar sentido unitario a todo esto. Por supuesto, es necesario tener unos conocimientos mínimos de redacción para poder presentar todo en condiciones óptimas al lector. El uso del diccionario es imprescindible. El estilo de escritura es importante, aunque no tanto como que todo esté correctamente escrito. Estimo que con el mío esta reseña se irá hasta las 1500 o 2000 palabras. Luego la repasaré varias veces, y le daré vueltas a más de una frase, y borraré otras cuantas. Sólo después de este largo proceso la criatura estará lista para ser presentada a los posibles lectores, que la leeran o no, le encontrarán utilidad o no y coincidirán con ella o no.
Así es como hago yo lo que hago. Todo el proceso de elaboración descrito es posible gracias a la toma de notas. Sin ellas podría hablar de generalidades, de si los personajes están bien o mal y de cuánto me ha gustado la obra, pero nada más, no habría en mi análisis mayor profundidad que en una palangana. La toma de notas, como la reescritura en la narrativa, son fundamentales. Quien quiera tomarse esto de la crítica/reseña/comentario de libros en serio deberá tenerlo muy presente.






jueves, 24 de octubre de 2013

Últimos días en el Puesto del Este, en C

No sé si les ocurrirá lo mismo, pero cada vez que cometo un error de esos que te sacan los colores, lo que se conoce vulgarmente como una metedura de pata, el recuerdo de la escena me persigue durante mucho tiempo. No hablo de la escritura, sino de la realidad, eso que todavía existe más allá de nuestros ordenadores. No recordaba ya la última vez que caí en una, así que tenía que haberme imaginado que el cosmos pronto se iba a equilibrar. En mi última visita a la Feria del Libro por fin sucedió. Tenía una lista mental de compras posibles, y dos libros marcados como obligatorios. Uno de ellos era Últimos días en el Puesto del Este, la novela corta escrita por Cristina Fallarás.
No recuerdo si fue por la mañana o por la tarde, sólo que tenía prisa. A mitad de recorrido, divisé la caseta de Salto de Página, y viendo que en esos momentos no tenía visitantes, aceleré el paso para poder buscar el libro con tranquilidad, algo que en muchas ocasiones es muy difícil debido a la aglomeración de gente. Los apelotonamientos enfrente de los puestos suelen ser mayúsculos, así que quise aprovechar la coyuntura para despachar la compra con rapidez. Ni me fijé en los carteles, la verdad. Llegué por la parte izquierda y bendije mi buena suerte: estaba repleta de ejemplares del libro que quería comprar. Creo recordar que la dependienta me dijo hola alegremente, y que yo respondí por reflejo, sin mirar. Agarré uno de los volúmenes, comprobé que estaba en perfecto estado, lo olisqueé como hago siempre, y se lo planté en la mano a la vendedora con un sonoro "¿cuánto es?". Hubo un pequeño silencio, o al menos así lo recuerda mi mente, quizás por dramatizar la cagada, y a continuación, Cristina Fallarás, con el rostro y el cuerpo de Cristina Fallarás y el libro en la mano, me dijo: no soy una vendedora, soy la autora.
Bien, les ahorro el detalle de los balbuceos posteriores para no aburrirles, pero estuvieron a la altura de lo que los había causado. Afortunadamente, la escritora tiene un talante estupendo, bromeó conmigo, intentó quitarle hierro al asunto y escribió una dedicatoria en el interior de mi ejemplar que conservaré en los años venideros como si fuera oro en paño. No les diré cuál era el texto de esa dedicatoria, pero sí que tenía mucho que ver con lo que uno va a encontrar dentro de la novela. Una vez leída, no me cabe duda de que aquello era cierto. Si les interesa echar un vistazo a las conclusiones que saqué tras su lectura, pueden leer la reseña que basándose en ellas ha escrito Santiago L. Moreno para C, la estupenda web de crítica literaria.
Aquí: Últimos días en el Puesto del Este.


domingo, 4 de agosto de 2013

Imágenes de cf. XIX

"Poco después de medianoche hubo un visible incremento de la deflagración, cuando por todas partes empecé a ver edificios que lanzaban llamaradas hacia el cielo, entre grandes hurras de entusiasmo, cinco, diez, veinte y cuarenta, todos a la vez; hasta donde alcanzaba mi vista, saltaban, se detenían un momento, caían, mientras mi espíritu experimentaba misterios de la sensación cada vez más profundos, estremecimientos más dulces. Disfrutaba de mi placer despacio, a sorbitos. Cuando algún ángel de llamas más alto que los otros se alzaba para mantenerse con los brazos extendidos, y desparramarse después, me levantaba un poco y le aplaudía, como si fuese un actor, o me ponía a dar voces, llamándoles con nombres de mujer, "más alto, Polly, loca", "salta, Cissy, que eres una pulga", o "estalla, Bertha": porque ahora era como si viese el pandemonio a través de unas gafas rojas, el aire espantosamente caliente, mis ojos como los de quien mira detenidamente el corazón de calderas ardientes, y un picor que corría por la piel. Hubo un momento en que me puse a tocar en el arpa la Cabalgata de las Walkirias, de Wagner.





Hacia las tres de la mañana alcancé la cima de mis perversas delicias, los párpados borrachos se me cerraron de placer, y mis labios se abrieron en una sonrisa babeante; una sensación de ansiada paz, de poder sin límites, me consolaba: porque todo lo que alcanzaba a ver, entre lágrimas, juntando sus cien mil truenos, y rugiendo al sur con la voz de su tormento más allá de las nubes, se tambaleaba hasta el horizonte como un océano de fuego sin humo, en el que jugaban y se bañaban todos los que habitan en el Infierno, entre gritos, carreras y algazara; y yo —el primero de mi especie— había enviado una señal a los planetas más próximos."



jueves, 25 de julio de 2013

Evgueni Ivánovich Zamiátin. Nosotros

Enlazando con la entrada anterior, en la que cargaba contra la espantosa adulteración a la que se está viendo sometido el término "distopía" (que al paso que vamos acabará por sustituir al mismísimo "ciencia ficción"), me es obligado rescatar la siguiente reseña. ESTO, señores, es una verdadera distopía.



En las conferencias recogidas en el libro En torno a la literatura, el autor chino Gao Xingjian defiende el concepto de “literatura fría”. Según proclama, el escritor no debe estar sujeto a obligaciones ideológicas de ningún tipo, ni propias ni provenientes del Estado. El escritor ha de verse libre de este tipo de presiones para poder realizar el acto de creación literaria de la forma más pura, ajeno a utilitarismos, con una total autonomía. Este concepto de la escritura cobra aquí relevancia tanto por sus implicaciones como por la singularidad de quien lo propone, el único autor chino premiado con el Nobel de Literatura, obligado a emigrar por motivos ideológicos. El régimen comunista, incómodo con las innovaciones formales que introducía en sus obras, puso bajo vigilancia “cultural” a Gao Xingjian, quien tuvo que andarse con cuidado tras la denominada “campaña contra la contaminación intelectual”. Su transgresión no era política, sino cultural, pero no le dejaron otra opción que el exilio.
La biografía de Evgueni Ivánovich Zamiátin coincide en muchos puntos con la peripecia del Nobel chino, sobre todo en lo relativo a la compartida visión del acto literario y a que por ella se viera obligado a abandonar su patria. Abocado al exilio a causa de las reacciones políticas y culturales que provocó su obra, el ruso estaba también convencido del predominio de la propia literatura sobre cualquier servidumbre ideológica. Su vínculo con los Hermanos Serapion, comunidad defensora del arte por el arte como hecho ajeno a compromisos políticos, es un ejemplo más de que el Zamiátin escritor no reconocía débitos literarios con el aparato ideológico de la Revolución. Lo principal para él era la literatura. La singularidad de ese principio, sumada a hechos vitales de su biografía tales como el historial de exilios previos y su ambición viajera, dio a Zamiátin la imagen de un intelectual atípico, sospechoso para el Estado y la sociedad rusos.
El gran pensador marxista León Trotski, autor de Literatura y revolución, daba gran importancia a la relación entre los nuevos autores y el compromiso revolucionario. En su ensayo habla precisamente de Zamiátin y su obra Los isleños describiéndolo como un sujeto poco convencional y un escritor obsesionado por los elementos formales.

A decir verdad, el tema lo cogió de los ingleses. Zamiatin los conocía y los pintó bastante bien en una serie de esbozos no malos, pero sí superficiales, como buen extranjero observador y de talento que no tiene pretensiones especiales. (…) Aunque Zamiatin es aquí más sutil, tampoco alcanza gran profundidad. Después de todo, él mismo es un “isleño”, habitante de una isla muy pequeña de la Rusia actual.
Escriba sobre los rusos de Londres o sobre los ingleses de Leningrado, Zamiatin sigue siendo un emigrado interior. Por su estilo, algo ampuloso y exponente de las buenas normas literarias que le son propias (y que rayan con el esnobismo), Zamiatin parece haber sido creado para enseñar a los círculos de jóvenes “isleños”, instruidos y estériles.

Así lo presenta Trotski: ajeno al sistema y responsable de una literatura, aunque sofisticada, no comprometida, estéril, carente de prestancia ideológica. Este último punto es fundamental, pues incide en esa obligatoriedad política situada en el extremo opuesto al que comparten Xingjian o Zamiátin, y que escritores como Jean-Paul Sartre (“La literatura es sólo una excusa para el compromiso político”) o George Orwell (quien cargando de contenido político los descubrimientos de Zamiatin crearía 1984, la distopía definitiva) consideraban fundamental. En su ensayo, Trotski sentencia como falsa la postura del autor no involucrado en la realidad sociopolítica del momento.

El rasgo más peligroso de los “Serapion” es su jactancia de carecer de principios. Eso es estupidez y tontería. Como si pudieran existir artistas “sin tendencia”, sin relaciones definidas con la vida social -aunque estén implícitas y no se formulen en términos políticos-.

El escritor, en respuesta a las críticas recibidas por Nosotros y a la persecución ideológica a la que fue sometido tras su publicación, acusó a sus detractores de no haber entendido la novela. Contra las premisas propias del formalismo ruso del que Zamiátin era simpatizante, Nosotros fue considerada como una herramienta al servicio de las ideas sociales y políticas del escritor. “Ideas” tremendamente subversivas, para algunos contrarias a la Revolución, pues aunque la novela cuenta con varias posibilidades de abordaje, es el carácter distópico lo que resalta sobre el resto. Así, el estado totalitario que presenta la novela resultó para muchos identificable. Zamiátin tuvo que pedirle a Stalin la merced del exilio para evitar algo peor. Murió en Francia, pocos años después, dejando para la posteridad, además de una obra ingente, la primera gran distopía de la literatura del siglo XX.
Al margen del debate intencional, el contenido político en Nosotros salta a la vista. Aunque la novela ofrece diversos niveles de lectura, el punto de interés se centra en su carácter distópico. El protagonista, D-503, es poco más que un número en una sociedad homogénea conformada por individuos que han renunciado de forma casi total a su individualidad. La privacidad no existe, excepto para la relación sexual, un corto periodo de tiempo al día en el que, como excepción, se pueden correr las cortinas del hogar y ocultar tu actividad a los demás. El fin principal de la sociedad es la producción, llevada a cabo bajo la doctrina taylorista, una teoría real basada en la organización científica del trabajo defendida por Frederick Winslow Taylor en su Principles of Scientific Management (1911). Los ciudadanos, considerados sin rubor simples números, rinden pleitesía a la figura del Gran Benefactor, el dictador de facto de un Estado en el que se glorifica la razón en la misma medida que se condena la imaginación como fuente de todo mal.
El enfrentamiento entre estos dos elementos aparece en la novela ya en su primer capítulo, titulado ANOTACIÓN NÚMERO 1. La Integral, uno de los motivos centrales de la historia, es el cohete que llevará el “bienhechor yugo de la razón” al cosmos, a los habitantes de otros mundos. El Periódico Estatal pide a todos los números la escritura de poemas y odas que loen la grandeza del Estado Único y la felicidad matemáticamente infalible que proporciona, que compongan versos sobre la mayor obra de ingeniería realizada. La matemática como símbolo de perfección, de imposibilidad de error, está muy presente en los capítulos del diario que escribe D-503. El lector la verá enfrentada al caos incontrolable de las emociones, formando parte de una dualidad que acabará por desestabilizar la cabeza y la vida del pobre y patético ingeniero.
Antes de entrar a analizar el escenario que presenta Nosotros, tanto en el aspecto político como en lo social, hay que tener en cuenta que la voz narrativa con la que Zamiátin acerca ese mundo distópico al lector, mediante un diario escrito, tiñe de subjetividad el contenido de la historia y pone en duda su veracidad. El lector no es testigo de la realidad del Estado Único, sino de la visión que de él tiene D-503. Y eso es sumamente importante, no sólo por la evidente carga de parcialidad que conlleva, sino porque el responsable técnico de la construcción de la Integral es, además, lo que podríamos catalogar como, seré explícito, un lechuguino. El protagonista, ingeniero como el propio Zamiátin, es presentado como un hombre inflexible, alienado, entregado al sistema. Su enfrentamiento al Estado, su vulneración de las normas, no partirá de una reflexión moral, ni de nuevas inquietudes políticas, sino del motivo más prosaico imaginable: el encaprichamiento amoroso.
Todas las convicciones previas del ingeniero, tan convincentemente descritas en los primeros capítulos de su diario, son dejadas de lado debido a la arrolladora fuerza de la pasión. El protagonista, tan estirado como intransigente, se sumerge en un proceso de acercamiento obsesivo a I-330, una mujer a la que conoce por casualidad. Ella le arrastrará, sin que él llegue a ser siquiera consciente de ello, hacia la insurrección. No hay en el protagonista una toma de conciencia, ni siquiera un atisbo de rebeldía contra el sistema. No es mas que una herramienta neutra utilizada por los auténticos revolucionarios de la novela. Incapaz de pensar por sí mismo, para él sólo tienen sentido los preceptos que le llegan por los medios de comunicación de masas del Gran Benefactor, el dogma estatal. Cuando finalmente lo transgrede, es para poder cobrar su recompensa carnal.
La relación entre ambos números es, de hecho, más física que romántica. El narrador alude a aquello que le fascina de forma velada, como quien estuviera reconociendo la caída en lo pecaminoso. Las alusiones a sus labios y al triángulo que conforma su frente, a su cuerpo cada vez que rememora sus instantes con ella, son frecuentes. La lucha interior de semejante individuo, estirado, contradictorio, débil, patético en suma, choca con la realidad distópica exterior con cierta sorna, dando una sensación de humor inteligente bajo la superficie sin cuya patencia la lectura de Nosotros pierde contexto y significación. Un humor con más de un matiz, que se torna sarcástico en los párrafos en los que el protagonista ataca la creencia católica y sus inconsistencias, ridiculizándola en contraposición a los logros del Estado Único. Fernando Ángel Moreno, autor de la extensa introducción a la obra, señala en ella, precisamente, la importancia que cobra el humor en esta novela, imprescindible para hacer una lectura apropiada en su conjunto. Es quizás esta parte la que los críticos rusos no entendieron, un clavo más en el ataud de amargura que debió sentir Zamiátin a su alrededor tras su aparente fracaso.
En cuanto a la característica por la cual Nosotros perdurará en la historia de la Literatura, esto es, su cualidad distópica, cabe resaltar su condición seminal dentro del subgénero. Esta novela no es sólo la primera gran distopía del siglo XX, es también, por influencia y presencia de algunos de sus elementos en obras posteriores, la madre de todo un subgénero. Y sin embargo, se puede afirmar que la construcción de la anti utopía en Nosotros es casi minimalista. Apenas se conocen detalles de ese Estado Único más allá de quien lo gobierna y del resultado principal de sus acciones, el sometimiento agradecido de sus habitantes a la muerte de la individualidad y a la lógica como motor de la producción. Las paredes de las casas son transparentes, y la ciudad está encerrada tras un muro que protege a sus habitantes del barbarismo creado por antiguas guerras. No hay nada más. Ese estado totalitario apenas está bosquejado. Y sin embargo, imprime su sello con fuerza en la mente del lector.
La descripción que se hace de esa sociedad en la novela es casi una generalización. Apenas se dan detalles de ella, sólo pequeñas particularidades que atañen al protagonista, evidencias de su admiración por la belleza de un Estado cuasi matemático, pero son pocos los hechos en los que se ve envuelto. El lector recibe la información sobre el Estado Único de una sola fuente, a través de los rendidos escritos en el diario, y es precisamente la alienación de quien los escribe el elemento que permite adquirir una lectura correcta de la magnitud distópica de esa sociedad. El ideario reflejado por D-503 en sus escritos, su percepción del Estado, más que elogiosa, ditirámbica, obliga a realizar una doble lectura. La ironía subyacente en el exagerado tono del ingeniero delata una realidad opuesta, la de un sistema totalitario del que no son necesarias más descripciones. El pensamiento de los rebeldes no llega a estar nunca al alcance del lector, ya que ni I-330 ni S-4711, por motivos evidentes, hacen partícipe de él al protagonista.
Tampoco hay mucha peripecia en la novela. No es este un libro extravertido, abierto a grandes acciones. Prepondera el contenido ideológico. Pocos acontecimientos de relevancia suceden en sus escasas 200 páginas: contadas visitas a una casa antigua, otra al exterior del muro y el corto viaje de prueba de la Integral. No hay nada más. Y sin embargo, el contenido de la novela resuena alto y claro en la cabeza del lector. Gracias a esa escasez de elementos, a la parquedad en los detalles que conforman ese Estado totalitario, la obra ha atravesado casi una centuria manteniendo su vigencia, a salvo de las inconsistencias y exageraciones que han acabado con otras distopías más explícitas. De hecho, como señalé antes, se la puede considerar como la madre de las grandes obras posteriores con las que el subgénero ha ido poniendo sobre aviso a la Humanidad.
La influencia de Nosotros en novelas como Un mundo feliz, Farenheit 451 y 1984 es bastante evidente, no sólo por el reconocimiento explícito de sus autores, sino porque en ellas se pueden encontrar materiales semejantes a aquellos con los que Zamiátin creó su obra. Aunque es cierto que hay obras anteriores que tratan la misma temática, en Nosotros se establecen las bases definitivas de la anti utopía, un Estado futuro que el sistema de gobierno asegura perfecto, pero que en realidad se asienta sobre la eliminación de los elementos de libertad o humanidad que definen al ser humano. En definitiva, la distopía se instaura por definición como el reverso de la utopía, como una utopía falsa. Esa circunstancia se revela meridianamente clara para cualquier lector que se aventure en la lectura de Nosotros. Así lo fue, desgraciadamente, para los críticos marxistas.
La guinda de este magnífico libro la pone su impecable edición. Nosotros es el tercer número de la nueva colección de Cátedra dedicada a las letras populares. La ilustración de cubierta corresponde a un sello de 1967, año del lanzamiento de la primera Soyuz, conmemorativo de la exploración espacial soviética. La traducción es nueva, directa del ruso, a cargo de Alfredo Hermosillo y Valeria Artemyeva. Y como es norma en la prestigiosa editorial, la novela viene complementada con un extenso artículo de 90 páginas escrito por el teórico de la literatura Fernando Ángel Moreno, uno de los mayores expertos españoles del género. Si bien es más que discutible la inclusión de algún nombre y subgénero en el estudio sobre las distopías, el análisis tanto de la vida como, especialmente, de la obra de Zamiátin (aborda el estudio de Nosotros desde diferentes niveles de lectura e interpretaciones: cristianismo, psicología, política...), lo convierte en un texto de acompañamiento imprescindible, el mejor ensayo español de ciencia ficción publicado en 2011.
Quizás no sea esta la mejor novela distópica del siglo XX (este honor le corresponde a 1984, por su confección extremadamente compleja y visionaria de un Estado anti utópico), pero se trata sin duda de una obra extraordinaria. En el cuarto punto de su ensayo “Por qué escribo”, George Orwell, precisamente autor de 1984, distopía deudora de Nosotros, asegura que lo hace en gran medida por propósitos políticos. Escritores como Evgueni Ivánovich Zamiátin y Gao Xingjian intentaron ejercer su oficio ajenos a esos propósitos, pero fueron juzgados precisamente por ellos. Desde nuestra actual perspectiva, pocos podrían negar que en el fondo de una novela como Nosotros y detrás del premio Nobel concedido al escritor chino refulge el hecho político. Una vez más se demuestra que la obra del escritor, al igual que hace un hijo, se libera de sus padres al llegar a cierta edad y se convierte en un ser independiente.



Esta reseña fue publicada originalmente en la web Prospectiva.

martes, 23 de julio de 2013

El nombre de la cosa

En un determinado momento de la película Parque Jurásico, el matemático Ian Malcolm, personaje interpretado por el actor Jeff Goldblum, asegura muy convencido: "la vida se abre camino". Es una frase que suelo utilizar como ocurrente comodín cuando me encuentro con un conflicto que, sospecho en ese momento, se acabará resolviendo por sí solo. Generalmente el tiempo me da la razón; en muchas ocasiones, para mi infortunio. Hace años, por ejemplo, que andamos buscando una nueva nomenclatura, algo que sustituya al malhadado término "ciencia-ficción" con la idea de acercar este tipo de literatura a los lectores y críticos externos. Durante décadas, el deseo de encontrar un sustituto a la palabreja, causante de evidentes gestos de disgusto en los rostros ajenos, ha suscitado enconadas discusiones en el fandom. A mí, la verdad, nunca me preocupó mucho esta historia, siempre pensé que la cuestión se acabaría solucionando por sí misma, que cuando los grandes autores comenzaran a utilizar las temáticas y escenarios propios del género, la vida se abriría camino.
Cuando a mediados de la pasada década la cf comenzó a ser tratada (por fin) con legítimo interés fuera de sus fronteras, Julián Díez propuso el término Prospectiva, y Fernando Ángel Moreno se sumó a esa propuesta aplicándole sus propios matices (les recomiendo que lean los dos artículos de Díez incluídos en los números 2 y 10 de la revista Hélice). Aquello tuvo continuidad en una web, Prospectiva, y un libro, Teoría de la literatura de ciencia ficción, y algunos de ustedes recordarán incluso la pequeña guerra que propició lo que en realidad no era mas que una nueva corriente de pensamiento, abierta como todas a discusión. En el fandom siempre se ha preferido la bronca al debate, eso es un hecho, así que la cosa no ha dado (aún) los frutos deseados. Personalmente, no me adscribí al movimiento porque siempre pensé que el término ciencia ficción, con su mala fama, sería dado de lado por las editoriales y críticos generalistas, pero que, tal como se iba demostrando con cada novedad que aparecía en las librerías, las etiquetas que emplearían no serían nuevas, sino que bajarían al nivel siguiente y utilizarían los subgéneros propios de la cf como definición y asiento particular de cada obra.
Así fue. De repente las librerías se llenaron de thrillers futuristas, parábolas post-apocalípticas, historias alternativas y todo tipo de imaginativas mezclas que jamás habíamos visto. Por supuesto, al lado de ellas nunca aparecía el término ciencia ficción, cosa, en mi opinión, irrelevante. Era una manera válida de reconocer a la bicha sin nombrarla. Jamás me he sentido talibán en esto de las denominaciones. Cuando los tebeos se convirtieron en cómics me pareció bien, y cuando estos lo hicieron en novelas gráficas me pareció aún mejor, puesto que empezaron a ser leídos por personas que antes no lo habrían hecho. Eso amplió el universo del arte secuencial, sobra decir que para mi propio beneficio. Pensé que con la ciencia ficción ocurriría lo mismo, pero claro, olvidé las palabras de Ian Malcolm que precedían a las anteriormente citadas:
"John, el tipo de control al que usted aspira no es de ningún modo posible. Si algo nos ha enseñado la historia de la evolución es que la vida no puede contenerse, la vida se libera, se extiende a través de nuevos territorios y rompe las barreras dolorosamente, incluso peligrosamente, pero así es."
Así es, sí. Vean si no.
Saben que hace escasamente un mes falleció Richard Matheson. Algunos de ustedes recordarán que le dediqué una entrada a tan funesto acontecimiento. Como ocurre siempre que muere alguien de cierta notoriedad, el diario El País lo mencionó en la sección de obituarios. Allí fue donde me di de bruces con el aborto que pueden ustedes encontrar en la foto que tienen abajo: fantasía distópica.
Soy leyenda.
Fantasía.
Distópica.
...
Lo reconozco, me quedé corto. Jamás supuse que llegarían tan lejos, no sólo a sortear el nombre del género, sino a intentar cambiar la definición de sus categorías temáticas, la propia historia de un género literario con miles de obras a sus espaldas, una taxonomía asentada tras más de cien años de recorrido. No me enfado por lo anecdótico, porque un ignorante tilde de fantasía y distopía a la vez lo que no es ni una cosa ni la otra, sino uno de los mejores post-apocalípticos que ha dado la ciencia ficción. No es eso. Jamás he dicho nada cuando la han catalogado como novela de vampiros, porque eso sí cuela. En realidad, me indigno porque esto es sólo un guijarro más en una playa de burradas. Busco en Google, y para "fantasía distópica" me salen más de 7.000 resultados, y cada día que miro, la cifra sube. El escritor Emilio Bueso gana el premio Celsius con su novela apocalíptica de futuro cercano Cenital y corre presto a calificarla como distopía. Toda obra literaria o cinematográfica que transcurre en el futuro es presentada ahora mismo como distópica. El horror, el horror...
Esta aberración proviene, se lo pueden imaginar, del éxito obtenido por Los juegos del hambre, la novela que inicia la trilogía precisamente distópica de Suzanne Collins. Sucede que, para abrirse camino, la industria elige siempre los senderos del dinero. El petardazo de esa serie provocó un estallido de novelas distópicas en el sector de lo que los norteamericanos llaman young-adult, literatura para jovenes en proceso de maduración mental. El término distopía empezó a ser identificado, por una suma de ignorancia, falta de respeto y sentido del negocio, con el futuro, fuera éste del signo que fuera. Vendía, daba dinero, y sonaba bien como sustituto del punto temporal en el que sucede la mayor parte de la ciencia ficción. Suena mejor que futurismo y demás sinónimos, pero lo cierto es que es una simplificación vergonzosa de lo que verdaderamente significa esa palabra.
En realidad, el término "distopía" fue acuñado por John Stuart Mill en la segunda mitad del siglo XIX, y es normal que naciera de la mente de quien fue parlamentario, economista y filósofo, pues en esencia reúne política, economía y pensamiento.
"It is, perhaps, too complimentary to call them Utopians, they ought rather to be called dys-topians, or caco-topians. What is commonly called Utopian is something too good to be practicable; but what they appear to favour is too bad to be practicable." 
Esas son las palabras de Mill que encontrarán en el Oxford English Dictionary si buscan el significado del término Dystopia. Recurramos a la etimología de la palabra para recalcar aún más su sentido no sólo negativo, sino antitético. Distopía viene a significar "mal lugar" (dis-topos), y nace, como pueden comprobar en el extracto anterior, por oposición a utopía, o sea, "no lugar" (ou-topos). Igual les cansa por sabido, pero quien concibe la utopía tal como hoy la entendemos es Tomás Moro en su libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. El estado soñado como ideal político de perfección. No existe la propiedad privada, todos son iguales, hay libertad religiosa, derecho al voto... Ignoro a quiénes se refiere Mill en la definición antes citada, pero es evidente que los acusa de practicar lo contrario a la utopía, y buscando una denominación para ese nuevo concepto opuesto, inventa la distopía. Osea, una política presumiblemente buena, pero en realidad perniciosa: el reverso de la utopía,
Como ocurre tantas veces, con el paso del tiempo el término va adquiriendo complejidad, pero sin perder nunca su esencia. La ciencia ficción se apropia del concepto y, mediante las historias recogidas en sus obras, le da su sentido final. Las principales distopías del siglo XX no dejan lugar a dudas sobre qué es una distopía. Nosotros, Un mundo feliz, 1984 y Farenheit 451, por citar las cuatro principales, se sustentan en los mismos pilares. Describen sociedades fácilmente identificables como antiutopías o falsas utopías. El Estado somete a sus ciudadanos, se presenta como ideal pero coarta la libertad del individuo. Cada una de esas novelas presenta sus particularidades, pero las cuatro son idénticas en ese aspecto.
La última de estas cuatro novelas se publicó hace ya más de 50 años, y desde entonces el género ha dado un gran número de distopías, y en todas ellas han estado presentes Estados opresores disfrazados de bienhechores, naciones instituidas como falsas utopías. Lean las definiciones de distopía que localicen en los numerosos tratados del género y en todos encontrarán lo mismo. En la "Ultimate Enciclopedia of Science Fiction" de David Pringle, que es la que más a mano tengo, se habla de distopía en estos términos: "a politically nasty place to live (opposite of Utopia, a good place)". La crítica política y social están siempre presentes en una distopía, siempre dimanadas de una lectura inversa de su apariencia. Por mucho que lo utilicen críticos ignorantes desde fuera del género o autores decididos a conseguir una mayor comercialización de su producto, un futuro cercano, un futuro apocalíptico, un futuro, en definitiva, sin esos elementos de falsa similaridad con la utopía, no son distopías. Lo serán algún día si, presos de la indulgencia, nos rendimos y damos pábulo a semejante error. Y luego también al siguiente, hasta que todo se borre y nada quede, y aceptemos comenzar desde cero.
Y entonces, cien años de historia se habrán ido, gracias a nosotros, por el retrete.



miércoles, 3 de julio de 2013

Nuevas publicaciones

Dos viejos amigos virtuales vuelven a ponerse en marcha, al menos de momento. Lo bueno que tienen las publicaciones en internet es, precisamente, que su cierre nunca parece definitivo. El medio permite una suerte de hibernación que, si las ganas acompañan, puede suspenderse en cualquier momento. La web Prospectiva, convertida ahora en Literatura Prospectiva, parece desperezarse y lavarse la cara. La revista Hélice, tras un importante lapso de tiempo, resurge con un interesantísimo nuevo número. Quien esto escribe se alegra por ello, y no sólo porque ambas reapariciones cuenten con textos de mi honorable imitador, Santiago L. Moreno. Aquí les dejo los enlaces por si tienen tiempo y les apetece echar un vistazo:

· Presentación del sello Fantascy, en Literatura Prospectiva

· Reseña de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick, en el volumen II nº 2 de la Revista Hélice, reflexiones críticas sobre ficción especulativa
Reflexiones:
-Hard y Prospectiva: Dos poéticas de la ciencia ficción: Desarrollo del contrato ficcional en dos subgéneros de la ciencia ficción, por Fernando Ángel Moreno
-Drinking up green matter: Ray Bradbury: The Proto-environmentalist in Farenheit 451, por Hayley Keight
-Time paradoxes in science fiction, por Cornel Robu
Críticas:
-Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Philip K. Dick
-Steampunk: Antología retrofuturista. Félix J. Palma [ed.]
-La nave. José Pablo Barragán 
Doble Hélice:
-Cenital, Emilio Bueso
Textos Recuperados:
-Leimar Garcia-Siino

martes, 25 de junio de 2013

Mi relación con Richard Matheson


Hay escritores por los que no sentimos una especial predilección, autores a los que recordamos por alguna novela puntera o por aquel par de cuentos que nos tocaron la fibra sensible, pero que tampoco nos vuelven locos. En contadas ocasiones sucede que, al repasar su obra, te acaba sorprendiendo cuán presentes han estado en tu vida. Ayer murió Richard Matheson, a quien siempre he respetado principalmente por ser el autor de esa obra maestra titulada Soy leyenda, pero hoy, al hacer memoria, he podido constatar con cierta perplejidad el gran número de veces que me he cruzado con él, o él conmigo, a lo largo de los años.
No tengo muy claro cuándo se dio nuestro primer encuentro, dudo entre dos recuerdos. Uno pertenece a aquellas mitificadas noches de la primera adolescencia en las que, sentado en la oscuridad del comedor, no me perdía ni una sola de las películas que programaban en La clave, el magnífico programa que presentaba José Luis Balbín en el UHF y que tan afín era al género fantástico. La película, en este caso, era El increíble hombre menguante, y muchas de sus escenas quedaron grabadas en mi memoria: la lucha con el gato, la araña monstruosa, aquel discurso final del protagonista tan cercano a los tebeos de trasfondo cósmico que leía entonces...
Aquella pudo ser la primera ocasión en la que me topé con Matheson, a oscuras, sentado en el sofá del salón. O tal vez no. Nuestro primer encuentro pudo también ocurrir en una butaca, en una de las sesiones dobles de El Pilar a las que acudía siempre que lograba estirar la paga semanal (35 pesetas) que por entonces me daban mis padres. El Pilar era uno de aquellos cines de barrio en los que reponían películas bajo el dudoso calificativo de reestrenos a precios que no tenían nada que ver con los actuales. Allí fue donde vi, junto a uno de los muchos productos de la Hammer que tenían al conde Drácula como protagonista, La leyenda de la casa del infierno, a la que yo siempre he llamado "La casa Belasco", por abreviar y por su relación con los tebeos que la editorial Vértice publicaba del Hombre Lobo de la Marvel (Werewolf By Night), que a mí me pirraban y que en la última época de Doug Moench no fueron otra cosa que una indisimulada adaptación de La casa infernal.



Tras aquellos primeros encuentros casuales, yo aún no relacionaba sus obras con el apellido Matheson. Mi verdadera toma de contacto consciente con el escritor fue aquel libro de páginas gastadas que, a mediados de los ochenta, cogí prestado del Bibliobús, una biblioteca móvil cuya llegada yo esperaba con cierta ansiedad tras las sobremesas de los jueves. Soy leyenda me gustó mucho, especialmente porque, a pesar de la apariencia interna de novela vampírica, de terror, era ciencia ficción. Sólo en la relectura de años posteriores me di cuenta de que además era ciencia ficción con mensaje, y de la relevancia de su extraordinario final. Cuando se habla de la mentalidad distinta del lector de ciencia ficción, de su mente abierta, se está hablando en realidad de la influencia de novelas como ésta. Soy leyenda es, sin duda alguna, una de las novelas del siglo XX que mejor han sabido denunciar lo relativo que es el concepto de normalidad.
Siguió pasando el tiempo. Cuando el fenómeno Spielberg barrió el mundillo cinematográfico de los 80, obligando a sacar a la luz sus primeras películas, reconocí, ahora sí, el apellido del escritor a la primera. El diablo sobre ruedas, primer trabajo largo del director norteamericano, estaba basado en un cuento de Richard Matheson, lo cual para mí empezaba a ser ya un signo inconfundible de calidad. La presencia del escritor en los guiones fue, de hecho, lo que despertó mi interés en conseguir capítulos de la serie The Twilight Zone. Desgraciadamente, aún no habíamos entrado en la era de internet, y por muchas gestiones que hice la cosa fue imposible. No volví a leer nada suyo en bastante tiempo, y su nombre fue bajando puestos en mi memoria.
Pero Matheson era pertinaz. Algunos años después, escuchando recopilatorios de las bandas sonoras de cine compuestas por John Barry, quedé fascinado por el tema central de En algún lugar del tiempo, una película desconocida para mí y de la cual comencé a buscar datos (ahora sí, estábamos en la era de internet, gracias sean dadas). Por supuesto, descubrí que estaba basada en una novela de Richard Matheson. Vi la película, me gustó, y decidí prestar más atención en adelante a aquel viejo escritor cuyo principal haber, según decían todos, eran sus cuentos. Afortunadamente, pude comprobar esa afirmación de primera mano, fácilmente. De la noche a la mañana, su nombre comenzó a aparecer con periodicidad por todas partes.



La editorial Valdemar publicó Pesadilla a 20.000 pies, una colección de relatos de terror en la que se incluían algunos de los cuentos de la serie televisiva que en su día no pude localizar. Se llevaron al cine nuevas adaptaciones de su obra, como Más allá de los sueños y Acero puro, se publicaron más antologías e incluso cierta editorial, desgraciadamente no muy de fiar, anunció la publicación de sus cuentos completos. Finalmente, su opus magnum, Soy leyenda, fue llevada de nuevo al cine, con Will Smith en el papel que en su día interpretaran Vincent Price, Charlton Heston e incluso Mark Dacascos. La película era bastante digna, siempre que en el blu-ray le cambiaras el final oficial por el alternativo, claro.
Hace apenas un par de meses, un amigo me dijo que debido a una promoción tenía varios libros repetidos. Me dio a elegir entre la famosa saga de fantasía medieval que parte el bacalao o una selección breve de cuentos de Richard Matheson. No tuve que pensarlo mucho; Martin nunca tuvo posibilidades. Matheson ha estado ahí, insistentemente, a lo largo de todos estos años, dándome toquecitos en los hombros, aumentando en prestigio y presencia continuamente hasta ocupar más espacio en mi vida que algunos de los escritores situados por encima de él en mis preferencias. Ahora dicen que ha muerto, y no logro sacudirme de encima la sensación de que voy a echar mucho de menos esa presencia casual pero continua en los próximos años.

martes, 11 de junio de 2013

Una cuestión de tiempo

A lo largo de estas dos semanas he mantenido con varios amigos un cruce de mensajes electrónicos y algún que otro encuentro cervecero en los que hemos intercambiado opiniones sobre un tema algo complicado: la paradoja temporal en Looper. Uno de ellos defiende la posibilidad de un tiempo independiente, ajeno a nuestra percepción lógica, basándose para ello en la física cuántica; el otro apuesta por la paradoja como herramienta y fin de la propia narración, como parte del discurso; yo, el más clásico de todos, sigo anclado en la vieja dualidad de causa y efecto, es decir, en el tiempo lineal de toda la vida.


Desde esta última perspectiva, la película no se sostiene. Los cambios temporales que se dan en ella parecen sufrir una dilación bien argumentada, pero sólo en las acciones y los pensamientos de los protagonistas. En el plano físico, sin embargo, las heridas que se infligen los sujetos del pasado tienen un efecto inmediato en su yo futuro. Eso, opino, es pura trampa. El guiónista considera ese elemento de demora sólo cuando le conviene; cuando le supone un problema contra el efectismo que otorga la inmediatez, fundamental en las dos mejores escenas de la película, lo hace desaparecer.
El resto de películas suele ofrecer una posible salida al espectador entendido. La realidad paralela es una treta que convalida un gran número de posibles paradojas, sirve tanto para un roto como para un descosido. Si la línea temporal queda coja, decimos que el elemento de cambio procede de otra realidad o dimensión y listo. En este caso, sin embargo, la sucesión de hechos que se dan en el filme niegan esa posible solución. Como ocurría con la mano de Marty en Regreso al futuro, lo que acontece en el presente que vemos en Looper afecta a la versión futura del protagonista, y eso es garantía de que estamos ante el mismo individuo.
Al charlar de estas cosas he recordado que hace unos meses escribí un artículo sobre el tema para la gente de Frikimalismo, una web realmente divertida. Si les place, pueden leerlo a continuación.



Imagínate que te encuentras con Hiro Nakamura o con el mismísimo Jacob. O que el duodécimo doctor aparca la TARDIS enfrente de tu casa y te propone hacer un viaje en el tiempo, ¿a qué época te gustaría ir? ¿Al futuro o al pasado? ¿Reciente o lejano? De todas las imposibilidades con las que nos gusta fantasear, quizás sea esta la más repetida. El mundo de la ficción, mezcla de imaginación y deseo, no se ha mantenido ajeno a este anhelo universal. La historia de la narrativa está trufada de relatos en los que sus protagonistas realizan un viaje temporal a otra época, algunas veces remota, otras dentro de la propia vida del personaje.
A pesar de tener todo el tiempo cósmico a su elección, no son pocos los que preferirían circunscribirse a algún momento de su propio futuro o de su pasado, especialmente a los años de instituto. Poder revivir como adulto aquellas clases y convertirte, merced a tus conocimientos actuales, en el rey del curso es una fantasía que todos hemos compartido. Creo que el autor que mejor ha tratado este tema ha sido Jiro Taniguchi en su imprescindible novela gráfica Barrio lejano, muy superior a la adaptación cinematográfica europea realizada posteriormente por Sam Garbarski, pero si nos ceñimos al cine, quizá el ejemplo más reseñable sea Peggy Sue se casó, película en la que una todavía apetitosa Kathleen Turner retrocedía hasta su época de estudiante y vivía una segunda oportunidad.


Más allá de lo individual, el tema de “la vuelta al cole” casi ha llegado a convertirse en un subgénero, alimentado por excusas fantásticas como el intercambio de mentes entre familiares o incluso la suplantación. En otra vertiente del "High School travel", a todos se nos viene un título a la cabeza: Regreso al futuro. La trilogía que recoge la odisea por el tiempo de Marty y Doc en su intento de arreglar las cuitas familiares de los McFly se ha convertido por justicia propia en un icono del género fantástico. Es tan popular que resulta ocioso hablar de ella, aunque la pondré de ejemplo más adelante para explicar algo de sustancial importancia.
Saliendo del entorno personal, la aventura con viajes temporales canónica se muestra mucho más ambiciosa al incluir itinerarios de larga distancia. La máquina del tiempo, novela con la que Wells asentó las bases del subgénero, cuenta con dos versiones cinematográficas bastante aceptables, El tiempo en sus manos (1960) y La máquina del tiempo (2002). Aunque el film dirigido por George Pal goza de mayor consideración, la modernización realizada por Simon Wells, bisnieto del mismísimo H. G. Wells, se adapta mejor al gusto del espectador actual, tiene (lógicamente) mejores efectos especiales y cuenta con una banda sonora, responsabilidad de Klaus Badelt, extraordinaria. En esta modalidad de viajes largos es imposible obviar esos dos repasos a la Historia que son Los héroes del tiempo y la muy friki Las alucinantes aventuras de Bill y Ted, con un Keanu desatado y mucho más molón de lo que llegaría a ser en el futuro.
Hay multitud de películas que incluyen grandes saltos temporales, y no en todas tienen estos un origen científico. Desde la astrofísica delirante en Star Trek, una franquicia que suele abusar del cronoviaje, al porrazo en la cabeza de Un yanqui en la corte del rey Arturo, cualquier evento vale para viajar por el tiempo. Dentro del subgénero hay, además, sitio para todo. Para películas románticas como En algún lugar del tiempo o Kate y Leopold; cómicas como Jacuzzi al pasado o El caballero negro; tangenciales, sin desplazamiento temporal de los protagonistas, como La casa del lago o Frequency; de viaje involuntario, como Más allá del tiempo; complejas, como El efecto mariposa; apocalípticas, como 12 monos; de acción, como Timecop y Freejack y hasta españolas como Los cronocrímenes. E incluso para alguna obra maestra como Atrapado en el tiempo.
En la mayoría de estas películas existe una preocupación expresa por evitar un evento que es, en realidad, la estrella del subgénero: me refiero a la paradoja temporal. Curiosamente, casi todas ellas salvan los muebles de forma involuntaria, al sumirse sin pretenderlo en una complicada teoría científica. Te lo habrán explicado muchas veces con el ejemplo del abuelo, así que yo voy a hacerlo tirando de una de las peores películas de la historia, El sonido del trueno. Si pisas una mariposa en la prehistoria y eso crea un futuro caótico, no existirá jamás la maquina del tiempo con la que puedas viajar a la prehistoria a pisar una mariposa. Eso es la paradoja, una incoherencia en la línea temporal. En muchas de estas películas, eludirla se convierte en un punto crucial de la trama. Lo cierto es que la inmensa mayoría de ellas fracasan incluso cuando creen haberla evitado. Siempre que el cambio en el pasado afecta al futuro de quien lo causa, se produce la paradoja, ya que impide el punto de partida.


Si el T-1000, en su viaje al pasado, logra eliminar a John Connor, John Connor estará muerto en los tiempos de Skynet, no dirigirá la rebelión y por lo tanto las máquinas no tendrán la necesidad de enviar a un T-1000 al pasado para matar a quien ni siquiera existe, lo cual provocará que no sea asesinado y que en el futuro se convierta en el líder que hará retroceder a las máquinas, obligando a Skynet a repetir un bucle que se disparará hasta el infinito. El problema que supone la paradoja temporal en las películas de viajes en el tiempo se presenta como un escollo infranqueable en lo que respecta al cuidado de la coherencia argumental. Si aceptamos sólo una línea temporal, lo que se nos muestra en pantalla es, casi siempre, pura incongruencia.
Para no sentirse estafado, el espectador ha de apoyarse en la “Teoría de los Mundos Múltiples” propuesta por Hugh Everett en el campo de la física cuántica. Lo que el viajero del tiempo hace al cambiar el pasado es crear una nueva línea de realidad, semejante en todo a la anterior (todavía vigente) menos en aquello a lo que los cambios han afectado. Doc Brown se lo explica muy bien a Marty utilizando una tiza y una pizarra. En el 99,9 por ciento de las películas, el protagonista, aunque lo piense, no logra arreglar el problema por el cual ha sido enviado al pasado, se limita a crear con sus cambios una nueva línea temporal, una suerte de what if de la propia en el que el problema está solucionado. El resultado arroja dos realidades en curso, pero en aquella de la que el viajero proviene nada habrá cambiado.
La ciencia ficción literaria ha tratado esta cuestión muchas veces y de forma más seria que la cinematográfica. El escritor Gregory Benford lo explica a la perfección en Cronopaisaje, una novela imprescindible para todo aquel a quien le interese el asunto. Cuando se toquetea el pasado, el cambio abre universos nuevos, pero no cambia el propio. A veces, el embrollo es tan grande que llegan a originarse, no una, sino varias líneas temporales, como en Regreso al futuro. Un vistazo al timeline de la trilogía se convierte en un dolor de cabeza seguro. Lo cierto es que por muchas realidades que visite Marty, en la original, aquella a la que nunca volvió, el abusón de Biff Tannen sigue dándole capones al pringado de George McFly.
Basado en el punto de divergencia entre realidades alternativas existe todo un subgénero: la ucronía. En ella, la acción transcurre en mundos que se diferencian del nuestro por haber seguido una línea temporal distinta, la cual ha revertido en una progresión histórica contrafactual, diferente. El momento en el que ambas realidades se separan, marcado siempre por el hecho diferencial, es denominado Punto Jonbar (españolizado a Jumbar), y puede dar lugar a realidades muy parecidas o muy distintas. Mientras que la literatura de ciencia ficción ha ofrecido bastantes novelas ucrónicas, el subgénero no ha sido reflejado con la misma profusión en el cine.
Quizás la película de este subgénero más significativa sea Patria, cuya acción transcurre en una Europa en la que los nazis han ganado la Segunda Guerra Mundial, pero la casi totalidad de películas desarrolladas en una realidad alternativa son identificadas más con otros subgéneros, como el steampunk (Wild Wild West) o el de superhéroes (Watchmen), que con el de la ucronía en el que estos están incluidos. Sí existen, sin embargo, documentales de ficción en los que se ha jugado con el concepto, generalmente en plan de coña, eso que los norteamericanos llaman mockumentarys. En C.S.A.: Los Estados Confederados de América el Sur venció en la Guerra de Secesión, y en ¡Viva la República! la Guerra Civil española fue perdida por los insurgentes.


Pero historias contrafactuales al margen, la conclusión de todo este asunto es que el viaje temporal no es válido como solución a los problemas del presente, por mucho que películas como las recientes Men in Black III o Looper (potente a pesar de su incoherencia) así lo propongan. Si te pone crear universos paralelos, darte un rulo al pasado está bastante bien, pero no vas a lograr arreglar nada. Sí podrás quedarte en esa realidad ucrónica que has creado, aunque para ello, antes de usurpar su identidad, deberás eliminar a tu versión alternativa, es decir, asesinarte a ti mismo.



La versión original de este artículo fue publicada en la web Frikimalismo.

lunes, 10 de junio de 2013

Criminal Blurbs



"Las dos tramas paralelas atrapan al lector desde la primera frase. Estuve inmerso en la novela hasta la nota final del autor, haciendo realidad ese mundo, no tan ficticio, al que estaba enganchado. Felicidades, Bruno, eres un genio."

-David Bisbal