miércoles, 20 de marzo de 2013

Robert Silverberg. El libro de los cráneos y Muero por dentro


El saldo de libros perpetrado bienalmente por La Factoría de Ideas es un acaecimiento matemático, una certeza tan indiscutible como lo es el relevo de las estaciones cada año. Lejos quedan las palabras que el responsable de la editorial, Juan Carlos Poujade, escribiera hace casi cuatro años como contestación a un artículo escrito por Julián Díez en la web Prospectiva.
Las circunstancias de este saldo, que he explicado por activa y por pasiva, son coyunturales. No tienen nada que ver con que La Factoría de Ideas sea una editorial que salde de manera habitual. Ni que haya que esperar más saldos. Probablemente, de hecho, no vuelva a haberlos. Cualquiera que nos haya seguido en los 10 años que llevamos publicando ficción lo sabe.
Desde aquello, la editorial ha realizado al menos otras dos operaciones semejantes. Les aconsejo que lean el mencionado artículo, titulado Consecuencias de un saldo, en el que se da un repaso tanto a las causas que pueden motivar semejante estrategia como a los ulteriores efectos perniciosos que ésta tiene para la propia empresa y para el mercado. Si por alguna razón extraña no imaginan cómo afecta esto al cliente, les sugiero que lean la entrada que Nacho Illarregui, ganador el pasado año del premio Ignotus por su artículo sobre la desidia de la editorial Gigamesh, dedicó a ese mismo saldo del año 2009 bajo el ingenioso y harrisoniano título "¡Hagan sitio, hagan sitio!", gritó la Factoría de Ideas. Illarregui muestra una envidiable cualidad visionaria en sus comentarios:
Mi postura les sonará; es la misma que la de ocasiones precedentes. Tengo ganas de leer Brasyl, la nueva novela de Ian McDonald. Me encantaron El río de los dioses y Camino desolación. Pero ¿para qué voy a pagar 21 euros si dentro de dos o, a más tardar, cuatro años la voy a tener a 6? Lo siento por McDonald, que puede quedarse mucho tiempo sin volver a ser editado en España porque no venda lo suficiente. Pero por tonto paso una vez.
Cuatro años después, Brasyl, de Ian McDonald, se incluye en el lote saldado a un precio de 3,95 euros, dos menos, incluso, que los predichos en el artículo. Yo, supongo que como muchos, tomé la misma determinación por los mismos motivos, y confieso que me tiemblan las orejillas cada vez que calculo cuánto dinero me he ahorrado estos años. Si después de leer esto deciden ustedes correr a la librería en busca de la ganga perdida, sepan que, además de Brasyl, hay dos libros muy potables: Tiempo de cambios y La torre de cristal. Pertenecen a la mejor época de Silverberg, uno de esos autores de ciencia ficción que merecerían haber obtenido una consideración mucho mayor de la que tienen. Su novela Muero por dentro es, para mi gusto, una de las mejores obras literarias del siglo XX.



Robert Silverberg es uno de los autores más prolíficos del género. El elevado número de novelas escritas por el norteamericano se torna inabarcable si nos referimos a sus cuentos. No obstante, a la hora de calibrar la calidad de sus obras, crítica y lectores se han mostrado generalmente unánimes: los libros que publicara entre finales de los sesenta y principios de los setenta constituyen, sin duda alguna, su cumbre literaria. Y entre todos ellos, la joya de la corona lleva el título de Muero por dentro.
David Selig está perdiendo su poder telepático. Sin que nadie lo sospechara, desde que era un niño ha tenido la capacidad de entrar a voluntad en la mente de los demás, y ahora, cercano a los cuarenta, asiste con desesperación a la progresiva decadencia de ese don. Debido a su poder anormal, Selig se sabe un monstruo, un ser asocial a quien su sentido ético tortura en demasía. Piensa que la utilización de su poder es amoral y se castiga a sí mismo con una vida mediocre, a través de la cual busca su redención. Odia y ama su poder al mismo tiempo, y carga sobre éste toda la culpa de su aislamiento hasta el punto de considerarlo un ente aparte. A pesar de su don, es un auténtico loser que no se acepta a sí mismo, ni siquiera cuando encuentra a un semejante, personaje que contrasta llamativamente con él por sus desinhibiciones. Al final, Selig consigue ser normal pagando un alto precio. Deja de ser un dios, pero a cambio consigue la felicidad anhelada. O quizás no, pues la frase final, un prodigio de concisión, apunta hacia algo muy distinto.
La narración describe el desarrollo del proceso y los recuerdos del protagonista con una gran destreza, de tal modo que al final del libro el lector sabe más del propio Selig que él mismo. Novela escrita desde las entrañas, Muero por dentro es un prodigio en el difícil arte de la descripción interior (seguramente la novela más rica del género en lo que a profundidad de personajes se refiere), un detallado estudio, oscuro y pesimista, sobre el sentimiento de pérdida y la resignación como única respuesta viable. Escrita por un Silverberg de edad próxima a la del protagonista, la novela supura desencanto y se abre a posibles paralelismos que parecen apuntar hacia una profunda crisis del autor.
No se puede hablar de influencia de la new wave en esta obra, sino de rendición e integración, lo cual la convierte en uno de sus máximos exponentes. La telepatía, el elemento fantástico de la novela, no importa per se, son sus consecuencias en las personas, en su sentido moral y existencial lo que cuenta, de tal modo que al final nada se sabe, no hay respuestas al porqué de ese poder, sólo existe el cómo. El sentimiento de pérdida tiñe toda la novela, pero también, y sobre todo, el de la soledad del diferente, que ha castigado a Selig desde su nacimiento y que al final parece desaparecer con su don.
El estilo narrativo es extraordinario. Mezcla persona y tiempos verbales en lo que debería ser un caos, pero en realidad, gracias al ritmo de la narración, acaba produciendo un efecto devastador que acerca el estado mental del protagonista al lector con tremenda intensidad. La inclusión de los escritos de Selig apoya aún más la exploración del personaje, incisiva disección de un perdedor trufada de momentos que alcanzan una intensidad hiriente, como por ejemplo el episodio alucinatorio del LSD, la paliza que marca su caída total al abismo o la violación interior de uno de los personajes.
David Pringle, descontento con la amargura que destila la novela, la ve como una revisión de El lamento de Portnoy, de Philip Roth, una de las mejores obras del maestro de Newark. Si bien es cierto que el parecido estilístico está ahí, hay diferencias cruciales. El cinismo y la ironía de la obra de Roth se convierten aquí en autocompasión y amargura. Aun compartiendo la misma sensación de interioridad que logran llevar al lector, Silverberg no deja espacio para el humor, y esa renuencia a otorgar concesiones convierte su obra en puro sacrificio, un ejercicio de signo contrario.
Más allá de los encorsetamientos que marca el género, se puede decir que Muero por dentro es una obra maestra absoluta.




Uno de los mayores aciertos de La Factoría de Ideas ha sido el de reeditar en Solaris Ficción los grandes clásicos de la época magistral de Robert Silverberg, autor que durante cerca de un lustro se vio iluminado por una epifanía literaria que dio como resultado una sucesión de novelas introspectivas de calidad sobresaliente. Tras Muero por dentro y Regreso a Belzagor, le llega el turno a El libro de los cráneos, una obra esencial difícil de etiquetar.
La novela sigue, como si de un diario de viaje se tratara, el recorrido de cuatro jóvenes norteamericanos por la ruta 66 y otras anónimas carreteras comarcales estadounidenses en busca de un monasterio perdido que alberga, según un antiguo manuscrito, el secreto de la inmortalidad. Escrita en primera persona, la narración salta capítulo a capítulo de la cabeza de un protagonista a la del siguiente, de manera que el lector conoce secuencialmente los diferentes puntos de vista de los cuatro. Este drama itinerante, de regusto sureño, disecciona las psiques de sus protagonistas, arquetipos de sus correspondientes procedencias sociales, en un viaje cimentado en la recurrente búsqueda de autoconocimiento adolescente. Silverberg estira la tensión emocional al máximo al proponer un método extremo de acceso a la inmortalidad: dos de los miembros han de morir -suicidio y asesinato respectivamente- para que los otros dos cobren el premio. Semejante propuesta sirve en bandeja al autor la posibilidad de explorar a fondo, una vez más, temas que le son afines, como la búsqueda de integración, la crisis de conciencia y la prevalencia de los demonios interiores.
En el mismo intervalo creativo de Muero por dentro, cima de su obra, Silverberg se mueve aquí a máxima potencia. Impresiona la facilidad con la que penetra en el núcleo moral y psíquico de sus personajes, así como la rotundidad con la que logra exportarlo más allá de las páginas para lograr que un indisimulado estudio de psicología juvenil provoque una voracidad lectora difícil de refrenar. Una historia que en otras manos se habría convertido en un folletín banal de adolescentes se transforma bajo su pluma en una crónica existencialista de la búsqueda de identidad sexual, el rechazo a la muerte y la dependencia del propio origen. Para dar vida a este discurso introspectivo, mezcla tiempos verbales y salta alternativamente hacia el pasado de sus protagonistas, técnicas que estilística y narrativamente aportan vitalidad y frescura a una obra en la que exteriormente no ocurren grandes cosas. Es una novela realizada desde dentro, alimentada por conciencias más que por acciones.
Si sobre la calidad de esta novela nunca se han albergado dudas, sí las hay a la hora de ubicarla en un nicho literario determinado. El motivo se encuentra en la aparente ausencia de elementos del género en sus páginas. Superficialmente, sin duda así es, puesto que esa posible clave de la inmortalidad perseguida por los cuatro protagonistas durante todo el libro no se descubre indiscutiblemente cierta ni siquiera al final de la narración. Sin embargo, todo depende de cuánto tenga el objetivo de quimera y cuánto de real. Sabiamente, Silverberg deja la elección al lector. Si todo es falso, estamos ante una excelente muestra de mainstream literario; si la promesa de inmortalidad se decide cierta, entonces hay que definir El libro de los cráneos como elemento singular e inusualmente intenso de ese cajón de sastre denominado género fantástico, ya que el proceso por el que se llega a la inmortalidad abarca toda la narración. El viaje, la forma de pensar y actuar de sus protagonistas, sus reacciones finales, todo ello, constituyen a la vez fórmula magistral y condición sine qua non para burlar a la muerte: una disciplina vital que conlleva la vida eterna.
Ante la noticia de una próxima versión cinematográfica dirigida por William Friedkin, no cabe mas que preguntarse cómo demonios se puede trasladar a imágenes un libro tan definitivamente introspectivo. Mientras llega la solución, esperemos que Solaris Ficción continúe con algún otro Silverberg inencontrable de su “época fetén” (Julián Díez dixit), uno de los mayores vergeles que haya dado el género en lo que a riqueza literaria se refiere. Por proponer que no quede: ¿tal vez El hombre en el laberinto?


Los textos originales de estas reseñas fueron publicados en los números 32 y 40 de la revista Gigamesh respectivamente.

lunes, 18 de marzo de 2013

Cruce de realidades

Guardo en mi memoria los acontecimientos vividos aquellos días. El 15-M acababa de estallar, y todos los que aún manteníamos viva en nuestro interior una pequeña llama de esperanza nos acercábamos con cierta asiduidad a Sol, a reunirnos con la gente que participaba de nuestra inquietud y nuestra fe en que había otros caminos, otra manera de hacer las cosas. Muchos de los que estuvimos allí, estoy seguro, compartiremos por siempre los mismos recuerdos, las mismas imágenes revivirán cada primavera en nuestras viejas cabezas. Tal vez como instantáneas borrosas, difíciles de identificar, pero edificadas sobre los mismos hechos, sobre aquella milagrosa comunión urbana. La marea reivindicativa abarrotando aquella plaza, las manos abiertas alzadas al aire, el silencio espectral en torno a un reloj que marcaba una medianoche muy distinta a la que le dio fama, las caretas blancas y los rostros desnudos, iluminados por una luz que yo jamás había visto. Y sobre todo lo demás, aquel paseo nocturno, ya de madrugada, por una ciudad imposible, hecha de retales y situada en el centro del mundo.


Guardo todo aquello en mi cabeza, y me aferro a ello para no perderlo, para salvarlo del cruel desgaste al que el tiempo somete a la memoria. Aquellas imágenes se asientan en una misma región de mi cerebro, seguras, entre circunvoluciones, en la zona donde reposan los momentos singulares de mi vida, lo valioso y lo reivindicable. Y sin embargo, si alguien me pide que recupere el suceso que mayor impresión causó en mí durante aquellas jornadas, éste aflorará de un lugar distinto, desde aquél que registra las contradicciones del ser humano, los cuantiosos indicios de nuestra pequeñez, una zona de mi disco duro interno que tras todos estos años ocupa más espacio del que quisiera haberle otorgado. Recuerdo los porrazos en Sol, la estampida, las carreras cuesta arriba por la calle Montera, y recuerdo aquel momento, el extrañamiento, la perplejidad que me causó ver al paso las terrazas de los bares, repletas de personas ajenas, atentas sólo a sus bebidas y a las tapas, apenas cincuenta metros más allá del naufragio.
Cincuenta metros. Fue como atravesar una fina tela entre dos mundos. En el número 2 de Montera una incipiente revolución era acallada por las porras, pero nada se sabía de ella al final de la calle. Más abajo, una parte del pueblo era sometido por la violencia, mientras arriba, de espaldas al suceso, otra parte tapeaba como si no ocurriera nada. No me imagino mejor acto contrarrevolucionario, pensé, que sentarte tranquilamente a degustar unas raciones con la servilleta puesta. Mientras chopitos y bravas caían al calor de la noche, la democracia se desangraba a un par de pasos.
Tenemos la costumbre de falsear la realidad, de aplicar nuestro preconcebido concepto de las cosas incluso al hecho más crucial, así que creemos que entre la cotidianeidad y la guerra median abismos, que los chopitos y los porrazos son opuestos que se dan en continentes distintos, alejados millones de kilómetros entre sí. Pero no, la violencia y la seguridad, el compromiso y la indiferencia cohabitan en el mismo suelo. Aquel día, allí, en el kilómetro 0, lo vi más claro que nunca.
Han pasado apenas dos años, lo cual no es nada, y las calles refrescan mis recuerdos cada vez que voy al centro. El sabado, por ejemplo, estuve en la plaza del Callao, y aquella sensación volvió a importunarme. En esta ocasión con mayor intensidad que otras veces, porque algo de semejante signo volvió a darse. No les aburriré con obviedades sobre la situación del país; todos ustedes, víctimas de la quiebra, la conocen. Simplemente diré que me acerqué allí para escuchar a un profesor, como uno más de sus alumnos. La Universidad, al igual que en ocasiones anteriores en distintas ciudades, salió a la calle. Profesorado y alumnado se repartieron por distintos puntos de la capital para realizar a cielo abierto su actividad diaria (en este enlace tienen ustedes los motivos de los actos reivindicativos.)


Entre el gran número de clases a las que podía asistir me decanté, naturalmente, por aquella que cubría la materia que más me interesa. Fernando Ángel Moreno, amigo mío, doctor en Teoría de la Literatura y una autoridad en el campo de la ciencia ficción, daba una clase magistral. El título no podía ser más sugerente: La inexistencia del objeto estético. Durante unos cuarenta minutos, nuestro profesor abogó por la importancia de la obra por encima de los diferentes estudios que sobre ella se han hecho, reivindicando el objeto estético en sí mismo, al margen de las capas con las que las distintas escuelas han ido cubriéndolo e, ineludiblemente, enmarañándolo. Hay que liberarlo y dejar que estalle en nuestra percepción y que nos lleve por delante, defendió Moreno, quien mostró su escepticismo ante la perfección y defendió toda aquella obra que sublima por alguna característica aislada, aunque en conjunto no sea redonda.
Fue una clase tan divertida como interesante, una sorprendente amalgama de conocimientos y humor en la que el docente mezcló con gran pericia academicismo y cultura popular, Heidegger con Star Wars. La lección fue seguida con gran interés por una audiencia que no paró de crecer; con el paso de los minutos se fueron sumando espectadores anónimos, gente que pasaba por la calle. Los alumnos realizaban múltiples anotaciones mientras los curiosos miraban y escuchaban con atención. Yo, a medio camino entre ambos, quedé gratamente sorprendido y en lo personal muy satisfecho. Aprendí cosas nuevas e incluso tuve la osadía de estar interiormente en desacuerdo con algunas otras. Fue una experiencia enriquecedora en muchos aspectos, pero no es el contenido de la clase lo que centra el interés de esta entrada.
Verán, los responsables del evento me contaron que éste debía haber tenido lugar en la plaza del Callao y no en un lateral de la calle Preciados. Tenían los permisos del Ayuntamiento, concedidos hacía tiempo, pero la casualidad quiso que la clase coincidiera en hora y lugar con la organización del flashmob promocional de una película. Sobra decir qué acto hubo de ser desplazado a los alrededores. Puesto que se había anunciado en aquel lugar, se intentó no alejarlo mucho. Por desgracia. La música de fondo, el jaleo montado por la multitudinaria asistencia al hecho mediático, obligaba a los profesores a alzar la voz y a quienes los escuchábamos a esforzar los oídos. La suma de todas estas cosas me devolvió aquella sensación de la que les hablaba al principio, la de encontrarme cruzando realidades distintas. Un profesor de Teoría de la Literatura hablaba de la belleza en la obra literaria mientras sus alumnos tomaban apuntes. Detrás de ellos, al mismo tiempo, una multitud bailaba y reía celebrando el último producto de esa cultura en cuya defensa los chavales habían salido a protestar a la calle. Mientras un profesor y sus alumnos luchaban por la continuidad de la educación y la cultura de base en su país, un producto destilado de esa cultura los desplazaba para celebrar una comedia.


Yo me encontré en medio de todo esto y recorde todo aquello, lo de hacía dos años. Esta vez era más ruidoso. El modesto altavoz libraba una batalla con sus más sofisticados y potentes hermanos, y producía en mi cabeza una alternancia desquiciada. Conceptos como estructuralismo, formalismo y metaficción luchaban denodadamente en el aire por llegar a mí con claridad, pero mi cerebro les respondía I'm So Excited. Harold Bloom libraba batalla con las Pointer Sisters y caía derrotado. Pero eso no fue todo. Para demostrar la relatividad de las cosas, un tercer elemento entró a formar parte del conjunto. A la carrera, un pequeño grupo de manteros vino a refugiarse al soportal que teníamos a mi derecha. Como simples espectadores, aquellas siete personas, negras como el ébano, nacidas en un mundo más pobre a miles de kilómetros del nuestro, encontraron refugio al socaire del acto universitario.
De repente, la plaza del Callao adquirió propiedades de género literario, mostrándose ante mí como el punto de solapamiento de tres realidades en conflicto, el escenario de un relato que perfectamente pudieran haber escrito Jose Antonio Cotrina o M. John Harrison. Pensé en la ajenidad, en lo poco que le importaba este acto a las personas que saltaban en Callao, y en qué pensarían aquellos africanos, supervivientes diarios en nuestra tierra, de la irrelevancia que para nosotros tenía su problema. En medio de aquel barullo pensé en ello, y luego lo guardé en su sitio correspondiente.

jueves, 7 de marzo de 2013

Imágenes de cf. XVII

"No puedo describir la sensación de abominable desolación que pesaba sobre el mundo. El cielo rojo al oriente, el norte entenebrecido, el salobre mar Muerto, la playa cubierta de guijarros donde se arrastraban aquellos inmundos, lentos y excitados monstruos; el verde uniforme de aspecto venenoso de las plantas de liquen, aquel aire enrarecido que desgarraba los pulmones: todo contribuía a crear aquel aspecto aterrador. Hice que la máquina me llevase cien años hacia delante; y allí estaba el mismo sol rojo -un poco más grande, un poco más empañado-, el mismo mar moribundo, el mismo aire helado y el mismo amontonamiento de los bastos crustáceos entre la verde hierba y las rojas rocas. Y en el cielo occidental vi una pálida línea curva como una enorme luna nueva.


Viajé así, deteniéndome de vez en cuando; a grandes zancadas de mil años o más, arrastrado por el misterio del destino de la Tierra, viendo con una extraña fascinación cómo el sol se tornaba más grande y más empañado en el cielo de occidente, y la vida de la vieja Tierra iba decayendo. Al final, a más de treinta millones de años de aquí, la inmensa e intensamente roja cúpula del sol acabó por oscurecer cerca de una décima parte de los cielos sombríos."

martes, 5 de marzo de 2013

Ian McEwan. Chesil Beach

Para quien no lo recuerde, circunstancia lógica debido a la cantidad de tiempo que ha pasado, cerré la segunda entrega de Los meses perdidos prometiendo que dedicaría un par de reseñas más largas a las dos novelas que, de entre todas las leídas entonces, más me habían gustado. Una de ellas era Chesil Beach, de Ian McEwan, a mi parecer extraordinaria; la otra era Nova Swing, de M. John Harrison, un autor por el que siento una gran devoción. Pues bien, mientras esperamos la publicación de Sweet Tooth y para celebrar que la edición en bolsillo de Solar ya reposa en mi biblioteca, aquí tienen la primera parte de lo prometido. Para el cumplimiento de la segunda, me temo, van a tener que esperar algún tiempo más.
Ian McEwan es un escritor elogiado por crítica y público. Casi todas las novelas del británico han entrado en la lista preliminar del Premio Booker, el cual ganó en 1998 por Amsterdam, curiosamente y siempre según los entendidos, su peor trabajo. Desde entonces, este antiguo narrador de lo macabro ha ido recibiendo alabanzas y consiguiendo éxitos de ventas obra tras obra. Expiación, Sábado y Chesil Beach, sus novelas de la pasada década, estuvieron presentes en las principales listas laudatorias con las que se cerraron los correspondientes años de publicación. Este éxito compartido de crítica y ventas es uno de los denominadores comunes en la llamada generación Granta, el grupo de escritores británicos a quienes la famosa revista literaria puso nombre y en el que se encuentran la flor y nata de las últimas letras inglesas, los Ishiguro, Barnes, Amis, Boyd, Kureishi o Rushdie. Grupo al que también pertenece Ian McEwan, uno de sus miembros más populares. Por dar un dato concreto, Chesil Beach, la novela que nos ocupa, vendió más de 1 millón de copias y permaneció 34 semanas en las listas de ventas, un éxito en el que si bien fue fundamental la fama del escritor, tuvo mayor peso la indudable calidad de la obra.

Tienen poco más de veinte años y se conocieron en una manifestación en contra de las armas nucleares. Florence es una chica de clase media alta. Edward, en cambio, pertenece a una familia que vive en la zona baja de la clase media. Ambos son inocentes, y vírgenes, y tras un largo cortejo se han casado. Es un día de julio de 1962, y el tsunami de la revolución sexual no ha llegado a Inglaterra. Edward y Florence van a pasar su noche de bodas en un hotel junto a Chesil Beach.

Lo que acontece esa noche de bodas es el detonante de la historia. El ímpetu sexual de él se estrella con una barrera infranqueable, la falta de deseo de ella, incapacitada para disfrutar del sexo por razones que nunca se enuncian y a las que el lector sólo puede acceder por deducción. La vergüenza (e incluso repulsión) que a ella le provoca el sexo colisiona con la conducta liberada del joven. Desde ese momento, el amor es puesto a prueba y sale finalmente derrotado. McEwan indaga en el pasado de la pareja y propone una lectura paralela que cuestiona la perdurabilidad del amor cuando el sexo está ausente. La liberación de los 60 se llevó todo por delante; acabó con una época de repudiable oscurantismo, pero también con valores esenciales. En toda guerra siempre hay víctimas, parece concluir el autor.
A pesar de la defensa del amor, evidenciada en la reflexión final del protagonista, no es Chesil Beach una novela reaccionaria. Somete los hechos al juicio del lector. No se decanta, no ofrece respuestas, por mucho que éstas parezcan situarse al alcance de los dedos. Escrita con pulso chejoviano, las cosas importantes ocurren a menudo fuera de foco. Hay que leer entre líneas en el entorno, en las actitudes de los familiares, preguntarse por el carácter del padre, quizás un abusador quizás no, como origen del trauma, o plantearse si no será la impericia y el anhelo del joven lo que impide el entendimiento. Es todo sutil, nada evidente, una virtud que ni siquiera llega a desmentir la explicitud sexual mostrada en algunos párrafos.
McEwan es un escritor consagrado, sobra decir por tanto que la novela cuenta con una prosa pulcra y un excelente tratamiento de los personajes. La narración salta de la cabeza de uno a otro, de forma que la visión que se tiene de la pareja es completa, como la que se obtendría al leer un diario personal escrito por ambos y narrado en tercera persona. El paso del tiempo está excepcionalmente señalado en la novela, en general y en pasajes como el de la playa, una metáfora sobresaliente en la que el escritor utiliza el número y tamaño de los guijarros que la conforman como recordatorio del desgaste que producen los años. Pero quizás lo más reseñable de este libro sea su redondez. A pesar de que el contenido parte de un hecho que algún lector podría considerar anecdótico (por lo llamativo, no por su relevancia), McEwan dibuja el retrato de un momento crucial en la historia de la moderna Inglaterra, logrando, a pesar de la brevedad del texto (no llega a 200 páginas), darle cuerpo de novela más amplia.
La pureza del amor y su dependencia del sexo es el tema central de la novela, pero no el único. En las últimas páginas, el protagonista masculino, pasados los años, mira hacia el pasado y recapacita sobre el camino recorrido a lomos de la revolución sexual y se pregunta si todas esas experiencias le han resultado más satisfactorias, le han dado más de lo que podría haberle dado el amor con Florence. Edward imagina otra vida posible, la que hubiera tenido de no haber separado sus caminos, y esa reflexión suscita preguntas en el lector sobre el amor y el sexo, ahora como entes independientes. El cuestionamiento final de Edward saca a la luz el otro gran sustento de la historia, la importancia de las elecciones tomadas en nuestras vidas, de los caminos abandonados que ya nunca disfrutaremos.
Chesil Beach me parece una novela extraordinaria, de las que provoca preguntas y sacude nuestra capacidad reflexiva. Me ha seducido tanto su lectura como fascinado la misteriosa nota que la finaliza, una innecesaria aclaración sobre el carácter ficticio de los personajes y la historia. Algo que no puedo interpretar sino como evidencia de lo contrario.



lunes, 25 de febrero de 2013

Criminal Blurbs


"Esta es la trágica historia de una hermosa mujer y parte de mi inspiración para Cincuenta sombras de Grey."

-E. L. James, autora del bestseller Cincuenta sombras de Grey


Recuperando el espíritu de algunas frases promocionales de los últimos años, aquí tienen una nueva muestra de cómo denigrar un clásico convirtiéndolo en parte del último bestseller subliterario. Lo de vender Drácula como la novela que recoge el mito en el que se basó Elizabeth Kostova para escribir La historiadora ya fue chocante. Lo de anunciar Orgullo y prejuicio y Cumbres borrascosas como "Los libros preferidos de Edward y Bella", una vez superada la sorpresa, fue hasta divertido. Esto que ven aquí arriba va claramente en la misma dirección, pero ya empieza a producir un cierto cansancio entre quienes valoran la literatura de calidad.
Por una parte es hilarante, por la otra da bastante lástima. Consolémonos pensando que este tipo de maniobras editoriales tal vez consigan más lectores para Hardy, Austen o Brönte. Lo más probable es que los lectores de la trilogía erótica dejen Tess, la de los d'Uberbille a las diez páginas, pero al menos habrán gastado su dinero en buena literatura, e incluso puede que para alguno suponga una iluminación.


jueves, 21 de febrero de 2013

Terra Nova, un viaje al pasado

Debido al fiasco que supuso para mí la primera temporada de Revolution (o al menos los capítulos emitidos hasta el momento), una decepción más en la larga lista de series norteamericanas que han tratado últimamente de forma bastante penosa temáticas de ciencia ficción, pedí a mis amigos que me sugirieran algún producto televisivo de corte postapocalíptico; si podía ser, una cosa decente. Uno de ellos me recomendó Survivors, una serie de la BBC estrenada hace tres años en la que se siguen las desventuras de un grupo de supervivientes tras una pandemia que ha diezmado a la población mundial hasta casi hacerla desaparecer.
Lo confieso, me suele tirar para atrás la estética televisiva inglesa, excepto cuando se trata de series de época. La diferencia con la televisión norteamericana en cuanto a diseño de producción no es tan abismal como con la española, pero aun así, se nota. Sin embargo, las series británicas se permiten cosas que para las originarias de EE. UU. son imposibles. No están sujetas a las obligaciones de plantilla, cuotas de representación y demás zarandajas que a veces mediatizan el contenido de aquellas series hasta darles esa apariencia de clónicos manufacturados, como recién salidos de una cadena de montaje. Sí están sometidas, como en todas partes, a la tiranía de los datos de audiencia, pero el contenido es más arriesgado, más libre.


"Sencillamente, es algo que ahora mismo los norteamericanos no pueden hacer", me dijo mi amigo. Y es cierto. Survivors no es Black Mirror, la joya de la corona británica en eso, pero las series del otro lado del Atlántico parecen productos infantiles en comparación con ella. Es como The Walking Dead sin zombies, pero las cosas que ocurren son las normales que uno esperaría encontrarse en una situación real semejante. En uno de los capítulos, un iluminado habla con Dios y arrastra adeptos, hasta que se hace evidente que se trata de un esquizofrénico; en otro, la apacible protagonista pide a un asesino que torture a quien ha escondido a su hijo hasta que confiese dónde lo tiene. Y no hay rescates de última hora que salvaguarden la ética de los protagonistas, las cosas son como son. El héroe absoluto de la serie (Tom Price, un personaje para el recuerdo) es un asesino confeso que no muestra propósito de enmienda. De hecho, los acontecimientos acaban determinando que su postura es la correcta.
Survivors es un remake de la serie homónima de los años 70 de Terry Nation, también responsable de la inolvidable (para los que tenemos una edad) Los siete de Blake, pero a quien quizás muchos conozcan más por ser el creador de los Daleks del Doctor Who. Su visionado constituye una oportunidad magnífica para darse cuenta de cuál es la diferencia que existe actualmente entre las series que se realizan ahora mismo a ambos lados del Atlántico, que a mí se me antoja la misma que se da entre el cine moderno y el añejo. A un lado la espectacularidad de la imagen y los medios, al otro la profundidad de guión y los buenos argumentos. Si lo que buscan son historias inteligentes y atrevidas vean Survivors. Si lo que necesitan, sin embargo, es desconectar al llegar a casa después del trabajo, háganse la cena y disfruten de series como Terra Nova. Cada cosa tiene su momento, sólo hay que saber identificarlo.




Dijo Steven Spielberg en una reciente entrevista que su relación con la serie Terra Nova no pasa de testimonial, que él se limita a poner su nombre y que a cambio recibe alguna carta o llamada telefónica cada cierto tiempo. Asegura que ni siquiera se pasa por el estudio de rodaje. Si esto es cierto, hay que felicitar a los auténticos responsables de llevar la serie adelante, porque el proyecto ha sabido imitar con cierta pericia, ya desde el principio, el estilo y las constantes del mítico director. Jason O’Mara, uno de esos secundarios itinerantes que tanto abundan en la televisión norteamericana, ahora protagonista de esta serie, afirma que “Terra Nova tiene el sello Spielberg”. La factura, desde luego, es similar. Sin embargo, debido seguramente a la ausencia del gran patrón, el producto se presenta ante el espectador como un sucedáneo jurásico algo descafeinado.

Sin el pulso del popular director, en ausencia de los tonos oscuros con los que éste suele rebajar la presencia infantil en sus historias, Terra Nova resulta excesivamente blanda para el espectador adulto. Sin embargo, es un excelente producto de entretenimiento para edades más tempranas. Quizás no estuviera en el plan inicial de los responsables (el guión del lujoso episodio piloto de 20 millones de dólares fue transformado por un sinfín de manos), pero lo cierto es que la primera temporada de la serie ha conducido su marcha por terrenos más afines al consumidor de productos Disney que al espectador global del blockbuster palomitero. Para su disfrute es necesario rebajar el nivel de exigencia, abordar cada capítulo con el mismo espíritu con el que uno comparte con sus hijos una película enmarcada en la categoría familiar.
Branonn Braga, guionista y productor de series como 24 y Flash Forward, así como de diversas encarnaciones de la franquicia Star Trek, es uno de los máximos responsables de Terra Nova. Él la define como una aventura familiar, y en esencia es exactamente eso. La serie presenta puntos en común con un clásico cinematográfico de aventuras realizado en 1960 y que en España se tituló “Los robinsones de los mares del sur”. Si cambiamos la remota isla desierta por el período Cretácico, el espíritu de esta aventura es el mismo. La familia Shannon, a diferencia de los Robinson, convive con los habitantes de una comunidad, pero, como aquellos, habrá de defenderse de una naturaleza salvaje y del peligro que representa otro grupo de humanos. La improbable fauna isleña que aparecía en la película de la Disney pasa aquí a ser la propia de la era Mesozoica, aunque falta de rigor, a medias real a medias inventada. Como si de piratas se tratara, un grupo denominado los Sextos incordian el bienestar de la pequeña aldea futurista, y aunque los Shannon no huyen del Imperio Napoleónico, sí lo hacen de un presente, el del 2149, en el que los recursos escasean.
Aunque el entorno prehistórico dicta que haya grandes aventuras, el peso de la serie recae en la crónica familiar y en los distintos roles que interpreta cada uno de sus miembros. La familia es, sin duda, el núcleo de todo lo que ocurre en Terra Nova, incluso más allá de los Shannon. Los padres (Jim y Elisabeth) y sus tres hijos (Maddy, Josh y Zoe) cargan con el protagonismo, pero tanto los secundarios como las subtramas que se suceden a lo largo de la temporada guardan también una relación directa con el entorno familiar. El villano principal es el hijo del héroe (Nathaniel Taylor), y su rebelión nace del resentimiento por la muerte de su madre. El infiltrado traidor (siempre hay uno) se ve forzado a serlo debido a que su madre, enferma, es prisionera de los Sextos, poseedores de la medicina que la mantiene con vida. La intrépida Mira, líder de los renegados, se ha visto obligada a formar parte de ellos para salvaguardar el bienestar de su hija, retenida en la Tierra futura. El remate a este despliegue familiar lo pone la mascota de la pequeña Zoe, una cría de dinosaurio que tras varios capítulos es devuelta a su enorme madre en una escena excesivamente tierna.
Aunque hay trazas de un mensaje ecologísta, Terra Nova no se vuelca en él, no hay sermón alguno. El mundo del siglo XXII está en las últimas, ha sido esquilmado hasta las heces, y el pasado remoto se ofrece como una nueva oportunidad para los seres humanos. Y para los esquilmadores, claro. Si bien la moraleja es inevitable, en ningún momento se hace hincapié en el tema, es más un punto de partida desde el que contar la consabida historia de nuevos comienzos, una suerte de borrado y cuenta nueva. La serie apunta hacia la creación de una mitología propia, pero poco se ha podido ver en una primera temporada en la que la dependencia de la tecnología futura por parte de los personajes es remarcable. Aún así, esa intención se hace patente en el noveno capítulo, en la representación teatral que en la Fiesta de la Cosecha conmemora la primera llegada al nuevo mundo, precisamente la del gran patriarca, el comandante Taylor, y que supone el minuto cero de la regenerada Historia.
En cuanto al tono moral, Terra Nova es una serie maniquea, con inequívocos buenos y malos. El personaje más carismático es el que interpreta el veterano Stephen Lang. Aunque aparenta cierta oscuridad en los primeros capítulos, el comandante Taylor se destapa en los últimos como un héroe ejemplar, un tipo duro pero bondadoso que intenta mantener la pureza del nuevo mundo, aunque eso suponga morir o tener que matar a su propio hijo, el malo de la historia. Tanto los miembros de la familia como sus amigos (especialmente la bella Skye) carecen de claroscuros, y sólo los errores adolescentes o las circunstancias perturban su natural proceder bondadoso. Entre la limpieza moral de los personajes y la poca peligrosidad de los dinosaurios, más escasos de lo que al espectador le gustaría, la serie es un remanso de placidez sin grandes tensiones, lo que le confiere un carácter ideal para los públicos más jóvenes.
En definitiva, Terra Nova es un viaje al pasado, un producto anacrónico cuya esencia guarda paralelismo con el elemento temporal de su argumento. En ella no encontrarán individuos rarunos, sociópatas extremadamente inteligentes, asesinos en serie bondadosos ni enfermos terminales metidos a camellos. Su narrativa es lineal, ajena a esa deconstrucción narrativa con la que la mítica Lost infectó al resto del mundo televisivo. No hay cierre musical, no hay tonos grises, ni tampoco complejidad argumental. Sólo hay aventuras a la antigua, buenos, malos y valores familiares atemporales. Una serie propia de otra década, naíf para lo que se estila en los últimos años, pero perfecta para quien quiera desconectar y pasar un rato entretenido sin tensiones ni cavilaciones. Sin complejidades, tan inmaculada pero sugerente como lo eran aquellas series de los 70, Terra Nova es un producto ideal para compartir con los hijos. Un entretenimento sin compromisos.


El texto original de esta reseña fue publicado en la web Prospectiva.

jueves, 14 de febrero de 2013

Pellizcos

La ciencia ficción ha tenido que crecer de hecho, por sí misma, creando sus normas desde dentro, entre sus propios escritores, editores y lectores. Esto quizás haya retrasado su crecimiento, pues la autocrítica no florece en condiciones de aislamiento intelectual.

-Kingsley Amis-


martes, 12 de febrero de 2013

Subte en C

Le decía yo hace poco a una buena amiga que la magia puede aparecer en cualquier parte y en el momento más inesperado. Entiéndanme, no me refiero a ese elemento tan cercano a lo religioso que esencia el género de fantasía (o más propiamente, el Fantasy), sino a esas casualidades que parecen de diseño, que alteran nuestro sentido de la realidad y producen en nosotros un sentimiento inefable. Hablo de esa extraña serendipia que despierta nuestra fascinación por un instante y hace que nos preguntemos por la posible virtualidad de todo esto que llamamos vida. Si prefieren una referencia más trivial, piensen en ello como un fallo en Matrix, o "una de esas cosas que volvieron chalado a Dick".
Saco el tema a colación porque es algo que me acaba de ocurrir. Si me preguntaran qué es lo más reseñable de todo lo leído en estos dos últimos años respondería de inmediato sin tener que pensarlo: la obra de Rafael Pinedo. Conforme leía cada una de las tres únicas novelas que escribió, editadas con loable gusto por Salto de Página, mi sorpresa y admiración iban creciendo. También mi desazón por la circunstancia de su temprana muerte y mi enojo por el poco espacio que se les dedica a él y a su obra en la Red. Una vez cerrada la lectura de Subte, su última entrega, declaro sin rubor ninguno que la Trilogía del desastre es, en mi opinión, la mejor serie conceptual de la ciencia ficción escrita en español de todos los tiempos. Si adolece de algo es precisamente de su carácter único, de ser apenas todo lo que hay en la bibliografía del autor.
Movido por la necesidad más que por el capricho, busqué en Internet alguna migaja perdida, algún texto más de este gran escritor ya fallecido con el que calmar mi ansiedad. En una de las pocas páginas dedicadas a Pinedo encontré el dato. Parece ser que escribió tres cuentos titulados "Mari", "Desencuentro" y "El laberinto". Sólo pude encontrar el último, publicado en la revista Axxon, y hubo algo que me llamó la atención durante su lectura: me sonaba, me sonaba mucho. El dato al final del cuento me aclaró por qué. "El laberinto" quedó finalista en una de las ediciones del Premio Internacional Terra Ignota de Cuento Fantástico de México, un concurso literario hoy extinto. Yo fui jurado de aquel premio en aquella edición.
Imagínenselo. Yo, un don nadie, juzgando si uno de los cuentos de Rafael Pinedo, escritor al que ahora venero, autor de una obra literaria para mí imprescindible, debía ganar un concurso. El mundo a veces es muy grande, y a veces muy pequeño. Las cosas que ocurren..., la relatividad de todo, la insignificancia de la palabra sentido. Alguien ya fallecido, a quien hoy me gustaría saludar, estrechar su mano con admiración, esperaba hace más de diez años, al otro lado del mundo, que a mí, anónimo afortunado, me gustara su relato. Fue una conexión nimia, pero real, lo suficiente como para despertar en mí la interesada ilusión de que una vez estuve en contacto con Rafael Pinedo.
Si quieren leer una reseña de Subte, en la estupenda web C pueden hacerlo (sigan este enlace). La ha escrito Santiago L. Moreno y estoy de acuerdo con él en muchas de las cosas que apunta, sobre todo en la última: alguien debería editar en formato de lujo la obra completa de Rafael Pinedo.


viernes, 8 de febrero de 2013

Música en los talones

Cuando echo un ojo a las estadísticas, y especialmente a las palabras de búsqueda que los han conducido hasta aquí, me doy cuenta de que entre los lectores que se acercan a este blog hay de todo. No voy a hacer ahora un recuento de ellos, pero hay un tipo de lector que al principio me dejaba algo perplejo, al cual, con el paso de los años, he empezado a comprender y a apreciar especialmente. Me refiero a aquél que utiliza la dirección de correo (literaturaenlostalones@yahoo.es) y no la casilla de comentarios para opinar, para ponerse en contacto conmigo. Quiere comunicarme cosas sobre el blog, pero de forma privada. Por los motivos que sean, no quiere que esa comunicación sea vista por los demás. Confieso que no sólo no me molesta, sino que me engorda el ego, ya que por lo general sus misivas no contienen críticas al contenido de una entrada, sino inmerecidas alabanzas o incluso propuestas originales para enriquecer la bitácora.
Conozco casos de blogueros que, al no recibir comentarios públicos a sus escritos, se lo toman como algo personal y entran en una suerte de depresión creativa e incluso deciden cerrar el blog. Creo, sinceramente, que esas personas lo abrieron siguiendo motivos equivocados. Si hacen ustedes un recorrido por las entradas de Literatura en los talones se encontrarán con decenas de ellas desnudas, sin un sólo comentario, circunstancia que jamás produjo ni una pequeña mella en mi intención de continuarlo. Por supuesto, escribo para que me lean, pero la popularidad, como Scarlett a Rett en aquella inmortal escena, siempre me ha importado un comino. Algún día, cuando me encuentre inspirado, intentaré hacer inventario de todo lo bueno que me ha proporcionado este espacio a lo largo de sus ya casi siete años de vida, que ha sido mucho más de lo que yo en un principio esperaba.


Volviendo a esos misteriosos y queridos lectores, uno me recordaba el otro día, tras leer la entrada relacionada con los videojuegos, que aún quedaban espacios por tocar, que, por ejemplo, jamás había dedicado mención alguna a la fotografía. Otro se sorprendía al encontrarse inesperadamente en el ciberespacio con Música en los talones, la hermana pequeña de este blog. Es cierto que, aunque hace ya tiempo que integré el enlace en la columna lateral, jamás he hecho una sola mención al canal de youtube. La razón de ello es que en realidad no me parece un complemento, sino un ente independiente que cree en su día por motivos en algunos aspectos menos ambiciosos a los que dieron origen a Literatura en los talones. Sí, una de las listas de reproducción está dedicada a este blog, y en ella pueden encontrar interesantes entrevistas, coloquios y presentaciones de carácter literario, pero el alma del canal no lo constituye la literatura, sino la música.
Pero vamos al asunto, porque esta es una de esas ocasiones en las que mato dos pájaros de un tiro. Si bien las maravillosas músicas con las que he elaborado los pocos vídeos de propio cuño que he ido subiendo al canal proceden de fuentes totalmente ajenas, de autores más o menos conocidos, las imágenes me han sido cedidas en algunos casos por amigos, fotógrafos que, a pesar de mi exiguo conocimiento en la materia, me parecen auténticos maestros. Bajo las hipnóticas y relajantes músicas de Paul Lawler o Tim Story es un auténtico gozo disfrutar de las imágenes captadas por admirados compañeros como Arturo Villarrubia o Loren González
Vayan esta entrada y la belleza del vídeo que viene a continuación en respuesta y homenaje a los lectores discretos.





viernes, 1 de febrero de 2013

Greg Bear. La radio de Darwin

Esto ya lo he dicho antes. La pérdida del atractivo que poseían los antiguos idearios de la ciencia ficción entre el público (la carrera espacial, por ejemplo, importa hoy un comino) se debe en gran parte al hecho de que vivimos sumidos en un mundo perfectamente etiquetable bajo ese nombre. Sólo hay que mirar los noticiarios de cada día, las secciones dedicadas a la ciencia y la tecnología en los rotativos, para darse cuenta de que el realismo hace tiempo que perdió la batalla como principal descriptor de nuestra realidad. Ya no nos hace falta imaginar lo sorprendente, puesto que lo tenemos a tiro de calle todos los días. La ciencia ficción ha dejado de producir aquel agradable escalofrío en nuestra imaginación porque casi se ha convertido en una crónica de nuestro presente, evidencia que tipos como William Gibson llevan años proclamando. Un ejemplo de esto se pudo apreciar hace un par de semanas en las páginas de El País.
En el artículo ingeniosamente titulado Neander Park se asegura que hay planes para recuperar al homo neanderthalensis por medio de la clonación. Lo cierto es que la noticia parece más propia de una continuación de la serie Jurassic Park que de la realidad, pero ahí está. Cada vez que una propuesta con apariencia de ciencia ficción sorprende al mundo la cabeza se me va, irremediablemente, al género literario de mis entretelas. Si nos ciñéramos exclusivamente a la figura del Hombre de Neandertal, a la ficción paleontológica desde un punto de vista histórico, habría que citar obligadamente obras como Los herederos, del premio Nobel William Golding, o Los hijos de la tierra, la serie superventas de Jean M. Auel. Son libros en los que se presenta, muy imaginativamente, el encuentro entre neandertales y cromañones allá por el Paleolítico. Pero la aventura científica que ahora quiere llevarse a cabo, salta a la vista, se corresponde más con la literatura de otro género, precisamente el más querido en este blog.
Así pues, mi memoria se ha sumergido en la ciencia ficción para sacar a flote un par de cuentos. El primero es, supongo, el que antes habrá venido a las mentes de todos ustedes. "El niño feo", de Isaac Asimov, es uno de los relatos más prestigiados de su autor. Escrito a finales de los 50, presenta bastantes puntos en común con el contenido de nuestra noticia. En la narración, un niño neandertal es traído al presente, no mediante la técnica de la clonacíon, sino por medio de una máquina del tiempo. Se trata de un relato, más que emotivo, sentimental. En otro cuento titulado "El misterio de los orígenes", el español León Arsenal propone la existencia de neandertales en nuestro presente apoyándose en una idea tan provocadora como inverosímil. Estos homínidos han sobrevivido durante milenios amparados en el anonimato. Son esos grupos de personas a los que nadie quiere mirar, de los que todos rehuimos; gente achaparrada, de piel marchita, que subsisten desapercibidos entre los despojos de las grandes urbes.
En cuanto a obras más largas, mi memoria ha rescatado del pozo oscuro de mi cerebro un best-seller titulado Neandertal, de John Darton, y la novela Homínidos, el premio Hugo de Robert J. Sawyer. En la primera, dos tribus de neandertales, ambas con poderes mentales, una de ellas canibal, sobreviven en una remota cordillera asiática. De la segunda, comienzo de la trilogía denominada El paralaje neandertal, pueden encontrar una antigua reseña en este mismo blog. También he recordado un tercer libro en el cual los neandertales tienen cierta importancia, aunque más por su extinción que por su presencia. Su título es La radio de Darwin, fue premio Nebula en tiempos y, a pesar de sus brillantes especulaciones científicas, se trata de una mala novela de ciencia ficción.


Greg Bear vuelve a visitar, como ya hiciera años antes en Música en la sangre, el candente escenario del genoma humano y el estudio de los virus como vehículos de información genética, aunque en este caso sin abusar del artificio nanotecnológico. Como es habitual en sus novelas, el autor opta por la profusión de personajes y se luce en el empleo de la técnica de narración simultánea como medio para añadir profundidad a una interesante trama de pretendido trasfondo humanista.
La primera parte del libro compone un interesantísimo tratado de ciencia ficción dura desde el punto de vista biológico, muy bien apoyado en unos personajes que rezuman verosimilitud y que, en algún caso, llegan a recordar la maravillosa novela Cronopaisaje, de Gregory Benford, por su tratamiento de los vericuetos del mundillo científico.
El hallazgo de dos momias neandertales en los Alpes se une al estallido de un misterioso virus culpable de un creciente número de abortos en Estados Unidos. Aunque la confluencia de las dos tramas, así como la resolución del misterio al que apuntan, es bastante previsible, Bear logra mantener el interés hasta el ecuador de la novela gracias a los diversos personajes que conducen la historia.
Desgraciadamente, a mitad de libro todo está dicho, y lo que por lógica debería ser un rápido y digno final se convierte, a causa de otro virus muy conocido últimamente en el género (paginitis aguda), en una gratuita sucesión de aburridas e inaguantables páginas. Para rellenar este ejercicio de insano estiramiento, Bear cambia de registro y hace derivar la narración hacia las empalagosas latitudes de la novela rosa. Los personajes que tan bien había sabido construir son impasiblemente desmantelados y puestos del revés. Al final de las 500 páginas, de la personalidad anterior de los protagonistas sólo queda el nombre; del interés inicial por la trama, absolutamente nada.
La bióloga Kaye Lang, personaje central de la novela, comienza representando la figura del científico serio inmerso en problemas personales, pero ante todo profesional, para terminar transformándose en la liberada protagonista de una versión bastante meliflua del On the road de Kerouac. El lenguaje técnico de una candidata al Nobel muta, con el transcurrir de las páginas, en una colección de fragmentos panolis que, de venir de una persona real, provocarían vergüenza ajena. Baste poner como ejemplo ese "Sé mi hombre" (oh, yeah) que la antes fría doctora le dedica repetidas veces a su consorte, un hombre "moderno" que da la sensación, a pesar de sus estudios en Paleontología, de estar continuamente al borde de un ataque de nervios.
Si el libro ofrece un mensaje éste también es polémico, ya que como última solución el autor propone un retorno a la naturaleza en contraposición a un tratamiento más científico. Voluntaria o involuntariamente, las propuestas finales de Bear acusan un marcado tono reaccionario, algo que choca con un comienzo de novela racionalista. Para completar la jugada, el autor no ha perdido tiempo en anunciar la continuación de la novela. Bajo el título de Darwin's Children cabe temer un nuevo ejemplo de elefantiasis vacua. Hasta entonces, los aficionados al clembuterol literario pueden entretenerse leyendo este premio Nebula, que vuelve a demostrar el terrible daño que el mercantilismo le está haciendo, de un tiempo a esta parte, al mundo de las letras.
Nada nuevo bajo el sol.



El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la red.