"En el momento en que el Comisario General dio la señal de partida, su madre estaba retorciéndose por las contracciones, amordazada, para no interrumpir el sueño del resto.
Sus vecinos la levantaron, le ataron las manos al más alto de los carros y le dieron un fustazo en las nalgas cuando comenzó la caminata. Le sacaron la venda de la boca.
Cuentan que ahí iba, medio caminando, medio colgada, emitiendo un sonido indistinguible, entre lamento y letanía.
Llovía desde hacía una semana. El agua lavó la mugre que corría por sus piernas cuando rompió bolsa. Nadie se enteró.
Iba desnuda de la cintura para abajo. Detrás suyo iba la vieja Goro, mirando al suelo. Como siempre.
Recuerda la vieja que en un momento le pareció ver un bulto entre las piernas de La Cantora. Que no prestó atención porque en la parada le había tocado Brigada de Servicios Dos, y hacía una semana que no se sentaba.
La hizo reaccionar un berrido, un ruido sordo, amargo, en el charco de barro que tenía adelante.
Se agachó y lo levantó. Su madre no reaccionó: solo caminaba.
La vieja cortó el cordón sin dejar de caminar. Le hizo un nudo a cada parte.
Lo metió en su morral. Sabía que habría una breve parada cuando se perdiera de vista el Lugar para que los Secretarios discutieran el resultado del trueque.
Cuenta la vieja que se prendió a la teta de su madre con las manos, como un mono. Que así, por la vieja y por sus manos, se salvó.
Su madre lo miró, balbuceó algo, y no habló más, ni cantó, ni le dirigió otra mirada. Nunca más."
La editorial Edhasa publicó el mes pasado La libertad interminable, continuación de La guerra interminable, un extraordinario libro de ciencia ficción escrito por Joe Haldeman. Como estos últimos meses ando algo desconectado, la sorpresa al encontrármelo ha sido mayúscula. La novela fue publicada en EE.UU. en 1999, y recuerdo haber compartido entonces en algún foro, con cierto aspaviento, mi deseo por leerla. Más de una década después, cuando ya la tenía olvidada, aparece al fin en las librerías. En otra época, mi instinto me habría empujado a agarrar el libro y sacar la cartera del bolsillo, pero ya no. Ni siquiera lo he comprado, hace años que aprendí a contenerme.
Ya no soy presa de aquellos arrebatos de antaño; me he vuelto más frío, y el libro no tiene ahora lo mismo que ofrecerme. Por un lado, se trata de una continuación innecesaria, cuyo poder de atracción parte del cariño que se tenga a unos personajes y un universo determinado. La guerra interminable es una novela redonda, autoconclusiva, y cuenta con un final extraordinario que está a la altura del conjunto. La libertad interminable contiene aventuras nuevas de los protagonistas, pero no completa nada. Para recuperar ese cariño por ellos lo más indicado sería leer de nuevo el primer libro (cayó hace casi tres décadas), cosa que estaría bien dada su gran calidad, pero en realidad no hace falta.
Lo cierto es que ya he leído esta continuación, pues fue publicada hace un par de años por Norma Editorial. Me refiero a la adaptación al cómic realizada por el dibujante belga Marvano, fiel al texto original y recogida en un ómnibus que incluía las dos novelas, la segunda bajo el título Libre para siempre. Si se tercia, hablaré más profusamente de esa novela gráfica otro día, pero lo que quería decirles es que gracias a su lectura ya conozco la trama. Así pues, ahí se queda el libro, en la librería, como muchos otros a lo largo de estos últimos años. Quizás algún día acabe, de un modo u otro, en mi biblioteca.
Hay una tercera novela escrita por Haldeman de título similar, Paz interminable, pero no tiene nada que ver con las otras. El parecido es una engañifa comercial. Ganó los premios Nebula, Hugo y John W. Campbell Memorial, lo cual, como saben, no es garantía de nada. De hecho, esta es otra de esas obras que demuestran lo poco válidos que son algunos de estos premios como baremo de calidad de un libro.
Esta novela nace con un serio handicap de salida: la comparación con una obra maestra del género. Semejante inconveniente no se debe, como sí sucede otras veces, a un error de criterio del lector, sino que es responsabilidad directa tanto del autor como del editor. Del primero, si es que fue él el responsable, por titular esta nueva novela de forma clónica, justo con el antónimo de su mayor éxito. Del segundo, por prometer, tanto en la contraportada como en la introducción, que se trata de una versión actualizada del clásico escrito por el autor hace veinte años, que como ya habrán adivinado, no es otro que La guerra interminable. El handicap es, sin embargo, anecdótico, pues se tarda poco en apreciar que el parecido empieza y acaba justamente en el título, lo cual facilita al lector cambiar el chip. Ambas novelas difieren, no sólo en lo referente al argumento, sino también, desgraciadamente, en cuanto a su calidad.
Consideremos tres aspectos a la hora de analizar un libro, tres elementos que son fundamentales en su percepción. Uno es la idea central, el núcleo del relato sobre el que giran los demás elementos. Otro es la historia de la que nos vamos a servir para hacer llegar esa idea al lector, la trama. El último es el estilo. En cuanto al tercer apartado, que suele suponer la diferencia entre acabar un libro y no acabarlo, la realidad es que en este caso no tengo pega ninguna. Haldeman es un buen escritor. Paz interminable no es un libro pesado de leer, aunque haya veces en que las cosas no quedan muy claras, y además he de confesar que, al contrario de lo que parece ser la norma, el libro me ha gustado más al final que al principio. Creo que lo que es interminable son las doscientas primeras páginas en las que no sucede nada. A mitad de novela no recordamos que hayan pasado grandes cosas, y eso es siempre veneno para el lector, que necesita de una fuerza impulsora que le haga seguir leyendo. Paz interminable no es, como digo, un libro pesado, pero sí aburrido. Es aburrido porque el segundo elemento del que hablábamos falla. La historia a través de la cual nos llega la información, aparte de estar innecesariamente alargada, carece de interés, no engancha. Los personajes no llenan en absoluto, tienen repentinos ataques de incongruencia consigo mismos y su importancia global acaba por minar la suspensión de incredulidad. Haldeman ha querido contar el cambio total de la Humanidad a manos de un reducidísimo círculo de amigotes, quizá porque no ha sabido hacerlo de otro modo, y eso enciende la alarma de las casualidades forzadas. Todos "saben" de repente qué cosas hacer y cómo hacerlas, y no se paran ni un instante para recapacitar sobre lo que suponen sus acciones. El grupo y sus habilidades está elegido demasiado a propósito de lo que luego necesitará hacer.
En cuanto a la fabulosa extrapolación socioeconómica de la que se habla en la cubierta, aparece en dosis tan pequeñas y tan pobremente desarrolladas que no es en absoluto significativa. El mundo que se describe no es ninguna novedad, es como la realidad llevada unos años adelante en el tiempo (todos sabemos que el primer mundo cada vez será más rico y el tercero más pobre). La fascinante "máquina para todo" de la que habla sin parar el editor en la introducción, es decir, la nanofragua, podría haber dado para un inteligente relato especulativo, pero se queda, por falta de ánimo del autor, en una simple "lámpara maravillosa" de la que nuestro protagonista saca un bonito collar para su novia, y de la que no se da ningún tipo de información técnica.
Todo lo explicado anteriormente es una auténtica lástima, porque el primer elemento del que hablaba, el que solía ser fundamental en la cf de antes, es decir, la idea, me parece verdaderamente interesante. Es el verdadero centro de una novela que mejor tratada quizás hubiera sido importante. La pregunta que se nos plantea es extraordinaria y muy válida. ¿Sería beneficioso arrancar de raíz la peor cualidad humana si eso supusiera dejar de ser humanos? Haldeman trata de comprometer al lector en la causa, haciéndole partícipe de una cruzada cuyos objetivos están muy claros moralmente, pero cuyos medios son criticables. La narración busca las simpatías hacia un bando de moralidad dudosa, que actúa bajo la misma autoridad que el peligroso razonamiento del dictador que realiza sus actos de fascismo "por el bien del pueblo", pero sin consultarle.
Como decía al principio, es una idea fascinante, y sin duda es lo que ha empujado a Haldeman hacia el Hugo, aunque para mi sin merecerlo. Paz interminable es, en resumidas cuentas, un libro aburrido que trata de manejar un tema de enorme relevancia sin lograrlo.
El texto original de esta reseña fue publicado en el Sitio de ciencia ficción.
Hora de seguir tocando palos, en esta ocasión con una trilogía de videoclips pertenecientes al grupo M83. El dúo francés ha compuesto la banda sonora de Oblivión, una película de ciencia ficción estrenada hace un par de semanas que desde aquí recomiendo a todo buen aficionado al género. Si se acercan al cine van a disfrutar con un buen argumento, con una Tierra desolada que fascina en su apariencia ballardiana y con la presencia de un Tom Cruise en plena madurez interpretativa. Es un filme sumamente entretenido e interesante cuya conclusión defraudará a no pocos, no por una inexistente falta de calidad, sino por las muchas similitudes que presenta con el final de otra película, una de las más vapuleadas dentro de la filmografía de Roland Emmerich.
La banda sonora compuesta por M83 complementa muy bien las imágenes, dotándolas de un halo a ratos futurista, a ratos épico, una agradable mezcla cuyas notas recuerdan por momentos (a veces demasiado) al Hans Zimmer de Origen en las partes rítmicas y al de El último samurai en las melódicas. Aunque es la primera vez que el grupo compone un score completo, algunos de sus temas ya habían figurado en los de otras películas. M83 es en realidad una banda que lleva más de diez años especializada en música electrónica. En 2012 dieron la campanada con una serie de tres vídeos que conformaban una magnífica historia de, por supuesto, ciencia ficción.
Tres temas musicales, incluidos en el álbum Hurry Up, We're Dreaming, fueron el soporte musical de un argumento que incluye varias de las temáticas de la cf y que va adquiriendo capítulo a capítulo una carga de simbolismo que eclosiona finalmente en un festival de referencias dirigidas al conocedor del género; Akira, El pueblo de los malditos, 2001 una odisea del espacio, La princesa Mononoke, Perdidos y un sinfín de guiños que se nutren del acervo acumulado por el espectador afín al género fantástico. Ese continuo apuntalamiento de imágenes reconocibles es a la vez fin (por el potente efecto que produce su unión con la música) y medio, pues va configurando una trama narrada à la Lindelof, una estrategia que funciona particularmente bien en el terreno del videoclip y en la que el juego de rellenar huecos ofrece grandes satisfacciones.
Anthony Gonzales, uno de los miembros del grupo, es el responsable inicial del proyecto, pero los directores de esta videopelícula en tres actos son el dúo Fleur & Manu, que demuestran, como otros hicieran antes, lo bien que se complementan las imágenes de cf y la música. Las canciones son excelentes, cada una en un registro diferente, desde el muy rítmico Midnight City al más pausado Wait, y se amoldan perfectamente a las imágenes, las cuales incluyen unos efectos visuales que podrían competir con los de cualquier superproducción hollywoodiense.
Disfruto una y otra vez de la historia que componen estos tres vídeos y me vienen a la memoria productos similares. Son innegables las deudas que mantiene esta trilogía con la película de dibujos animados Interstella 5555, suma de los videoclips del álbum Discovery creado por el también dúo francés Daft Punk, el espejo al que parecen mirarse M83. Pero hay otros ejemplos en territorios cercanos, como Heavy Metal, aquella inolvidable película en la que a golpe de guitarra eléctrica se midieron los mejores dibujantes de la época, o la maravillosa versión musical de La guerra de los mundos imaginada por Jeff Wayne, de la que por cierto tuvimos nueva versión el año pasado.
Viendo el fascinante resultado de todas estas producciones me pregunto por qué no se hacen más cosas de este tipo.
El cambio de piso constituye una buena oportunidad para soltar lastre, lo cual no es posible sin revisar todas aquellas cosas que pueden ser calificadas como tal. Esa revisión, cuando se produce, acaba siendo a menudo un ejercicio de redescubrimiento. Siempre aparecen prendas, libros, discos que no recordábamos tener guardados. No les voy a dar cuenta de lo reencontrado estos días, al menos en lo material. Cuatro años no dan para perder mucho si eres, como yo, un tipo ordenado. En lo virtual, sin embargo, algunas sorpresas han sido mayúsculas, varias de ellas por triplicado. Incluso a mí, que como les digo odio el caos, se me acumula lo que Philip K. Dick, de estar vivo, denominaría kipple digital. La culpable en este caso es mi memoria, que cuenta con menos capacidad de almacenaje que un pendrive de gama baja. Mis vivencias se sobreescriben encima de las anteriores con gran rapidez.
No es coña, miren si no. Uno de los olvidos concierne a algo que guardé hace sólo cinco meses. Se trata de la serie documental titulada Profetas de la ciencia ficción. Consta de ocho episodios (todos en youtube a su disposición) en los que el director Ridley Scott presenta a algunas de las figuras más populares del género con la intención de calibrar la capacidad de acierto de sus predicciones. Grabé la serie hace cinco meses, y ahora, al ver los dos discos, no me sonaba en absoluto. Mi mala memoria. El caso es que ni siquiera recuerdo por qué decidí guardar aquellos capítulos. Supongo que porque algunos de los entrevistados son escritores del género a los que respeto, y porque seguramente, además del tema central de estos documentales habrá otro tipo de datos más interesantes. Lo cierto es que este asunto no me atrae nada. Lo de cargar las tintas en el carácter adivinador de la ciencia ficción es algo que incluso me desagrada. Porque se centra en la anécdota y deja de lado la parte artística, que es lo que realmente me interesa.
La ciencia ficción habla del presente, aunque la gran mayoría de sus narraciones transcurra en el futuro. Los posibles aciertos de la ciencia ficción tienen tanta importancia como los de la novela rosa en el mundo de las relaciones. Cuentan en el análisis de la obra, pero como un valor añadido, no como su objetivo central. Son algo divertido, charleta de frikis con cervezas en la mano, pero le hacen más mal que bien a la literatura y al cine de este género. Accelerando, por ejemplo, es, en su primera parte, una de las novelas más visionarias entre las escritas en los últimos años, pero quizás sea ese el valor menos importante del libro. En la reseña que escribí sobre él dedico una breve introducción a este tema.
De entre las muchas falacias contra las que ha de combatir el género de ciencia ficción, una de las más molestas es la que concierne a sus presupuestas dotes adivinatorias. “La cf acertó, la cf erró”, ya saben. Y digo molesta por no decir sangrante, puesto que si hay una cosa que los aficionados al género detestan es cualquier acercamiento a lo sobrenatural, a lo magufo, de tal modo que proponer parentescos con la videncia es, para la mayoría de sus seguidores, casi un insulto. El futuro es una de las esencias de la ciencia ficción, la cual presenta escenarios proyectivos no con la intención de medir su propia capacidad de acierto, sino para utilizarlos como campo especulativo, como metáfora, como simple decorado e incluso como advertencia. El futuro no es, en suma, otra cosa que su laboratorio literario.
El escritor de cf no se asoma a una bola de cristal cuando escribe, lo que intenta es, sencillamente, conseguir lo mismo que todo buen literato, hacer creíble su propuesta narrativa utilizando para ello las herramientas que tiene a su disposición. Los futuros que plantean los autores de distintas generaciones son muy diversos, pero no por los diferentes grados de anticipación, sino porque parten de presentes cambiantes. Un autor de los 50 jamás podría haber descrito los futuros digitales que imperan en la cf moderna, sencillamente porque el concepto no existía. Como artista, como ser humano, el escritor no puede evitar ser hijo de su tiempo, así que los futuros que construye parten de una mezcla de realidad actual e imaginación. El autor usa como fermento de ambos factores aquello que respira, ve y abstrae de la propia época en la que vive. Ni el objetivo inicial ni el resultado final son ejercicios proféticos; al contrario, son una consustancialización del éter que esencia el presente, convertido por el escritor en la más bella de las artes, la literatura.
Señalar como adivinatorias las ocurrencias escritas hace años en un libro debido a sus posibles coincidencias con los hechos actuales es tan espurio como afirmar que los clásicos griegos profetizaron al Hombre Moderno. En realidad, se limitaron a describir la naturaleza humana, el motor del individuo de su época, que incluía valores perennes en nuestra condición y a los que el paso del tiempo ha puesto a prueba, pero no ha cambiado. ¿Creen que aquellos viejos maestros elaboraron sus textos con una intención prospectiva o, más bien, se limitaron a cartografiar la cualidad interna del hombre que conocían? Que sigamos siendo los mismos no delata ninguna capacidad adivinatoria de los textos, sino el resultado casual de un mero proceso evolutivo. Con la ciencia ficción pasa lo mismo. Fue Ursula K. LeGuin quien dijo que la cf es en esencia metáfora. Y yo diría que es cierto, al menos en lo que corresponde a la parte de ella que no se resume en mero escapismo.
Accelerando es un libro publicado en 2005, un fix-up a la antigua conformado por tres partes de tres relatos cada una escritos entre los años 2001 y 2004. Leído en 2012, uno lo podría considerar profético por varios motivos, y sin embargo no fue esa la intención original de Charles Stross. De hecho, cuando se le ha preguntado al autor por la plausibilidad del concepto central de su libro, la singularidad tecnológica, la respuesta no ha podido ser más significativa: “Santa Claus no existe”. Lo cierto es que en el primer lustro del nuevo milenio, periodo en el que fue escrita la obra, ya se encontraban pululando en el ambiente algunos presagios de la actual realidad. Stross, motivado por la crisis de la burbuja punto com realizó una magnífica lectura de los indicios que apuntaban hacia nuestra actual época. Especular sobre los avances informáticos, muy presentes ya entonces, podía parecer lo más oportuno para un relato de cf, pero colocar en el centro de la historia al gran monstruo que inmediatamente después devoraría el mundo, esto es, el sistema económico neoliberal, fue sin duda una cuestión de talento.
El más llamativo de los aspectos en los que Accelerando se muestra cercano a nuestra actualidad es el tecnológico, aunque en realidad esa cercanía sólo se hace patente en la primera parte. Los tres primeros capítulos conforman un near future que plantea un presente informatizado e impulsado a la enésima potencia, una suerte de universo gibsoniano desbocado que, paradójicamente, no concede privilegios a Internet (el ciberespacio) y prefiere centrarse en el intercambio de información a traves de mil y un adminículos electrónicos que, en continuo crecimiento, configuran un complejo exocortex en cada individuo. La información y sus múltiples receptores son la estrella de la primera parte, con cuyo inicio se puede sentir una fuerte identificación. Por ejemplo, mientras leía los primeros capítulos del libro, una noticia en el diario El País, fechada el 15 de diciembre, vino a constituirse en el mejor elemento contextual de esos tres primeros capítulos. Decía así:
De aquí al 2020, el tráfico mensual de datos móviles podría multiplicarse por mil. Lo que para los consumidores es una revolución en el acceso a información y la forma de comunicarse, para las operadoras supone un gigantesco dolor de cabeza: cómo crear una red celular capaz de soportar tal avalancha de datos.
Para que se hagan una idea, cuando en un momento determinado de la narración Manfred Macx, el personaje más importante de la novela, se planta ante una estantería repleta de libros, un concepto ya obsoleto, el narrador la define como “pared de datos”. Ese punto de vista resume a la perfección el tono de la historia. La morfología de los datos, la cantidad de información y la capacidad de procesamiento son el campo de batalla de una novela que le debe al ciberpunk más de lo que en un principio pudiera parecer. Si en los inicios del libro está presente el espíritu de William Gibson, en las dos últimas partes la narración se emparenta con las propuestas transhumanistas del mejor Bruce Sterling, abandonando cualquier sujeción a nuestro presente y configurándose en un brillante ejemplo de ciencia ficción hard absolutamente moderna.
El caballo de batalla en ese aspecto es la Singularidad tecnológica, concepto seudocientífico que predice la llegada de una progresión exponencial subsiguiente a la creación de Inteligencias Artificiales, un Big Bang tecnológico que llevará al ser humano, aceleradamente, a trascender su propia naturaleza. Stross convierte esta idea en el telón de fondo sobre el que desarrollar la aventura de sus protagonistas, los Macx, a lo largo de tres generaciones. Como hiciera Clifford D. Simak con los Webster en el clásico Ciudad, Stross recurre a la historia personal de los miembros de la familia para elaborar una crónica de la evolución humana, en este caso un salto al infinito que dura apenas un siglo. Manfred, Amber, Sirhan y una plétora de personajes secundarios, con el gato Aineko a la cabeza, juegan su papel en la imparable evolución de los hechos, aunque es más notable el efecto que el contexto de la singularidad ejerce sobre ellos. Cada uno de los nueve capítulos cuenta su propia historia personal, constituyéndose a su vez en sumandos que van uniendo detalles a la evolución transhumana (y finalmente posthumana) que se desarrolla al fondo del escenario. Paralela a la aventura, la intercalada presencia de bloques informativos pone en conocimiento del lector los avances que van teniendo lugar, capítulo a capítulo, en un Sistema Solar en continua remodelación.
La conclusión que Stross aporta a la teoría singularitaria defendida por Vernor Vinge y Ray Kurzweil es bastante original y ofrece, por sus numerosas implicaciones, una buena oportunidad para el debate entre los aficionados al subgénero hard. En Accelerando, la conversión de toda la materia útil en computronio en diferentes órbitas alrededor del Sol da paso a la realización del fin último de la singularidad, la creación de un cerebro Matrioska enrocado alrededor de la estrella madre. La latencia y los problema de ancho de banda derivados de la distancia obligan a esa resultante a permanecer anclada en el centro de su sistema. Stross propone ese punto y la posterior inevitable degradación como culmen, no sólo de la progresión posthumana, sino de toda civilización que haya accedido a la singularidad. Semejante conclusión barre, por un lado, con la Paradoja de Fermi, ofreciendo una solución al misterio de por qué no atisbamos en la actualidad rastros de vida de civilizaciones más avanzadas en el cosmos: la singularidad es un callejón sin salida que mantiene a una civilización anclada a su estrella de origen, ocultándola, además, a la vista. Tal conclusión muestra un notable paralelismo con la realidad de nuestros últimos 30 años, en los que hemos dado la espalda al espacio a favor de la promesa virtual.
Por otra parte, y haciéndose eco de las teorías trasnhumanistas, Accelerando niega la necesidad de un Punto Omega tal como lo concibe Frank Tipler, ya que la progresión tecnológica exponencial y el aumento de la capacidad de procesamiento harían posibles, como se muestra en la novela, la digitalización y posterior recreación de seres humanos sin necesidad de esperar al fin de los tiempos. En ese aspecto, Stross se sirve del concepto sin llegar a profundizar en él. No hurga en la herida metafísica que la transferencia de la conciencia entre medios, del físico al virtual, sirve en bandeja. Al menos no a la manera concienzuda de Greg Egan. Lo que hace Stross es dar por sentada la cuestión, utilizando ese proceso como elemento de configuración de su universo narrativo, desechando cualquier duda por medio de los hechos y por boca de sus personajes. En un momento de la novela se llega a afirmar que el alma es software, y Pierre, el amante de Amber, dice sobre Pamela: “Nunca admitirá que su identidad es una variable, no una constante”. Las diferencias intrínsecas entre una resurrección (revolcado a un cuerpo físico de una identidad digital) y una resimulación (lo mismo pero con personajes del pasado o incluso ficticios, como en Los muertos de Jorge Carrión) son despachadas sin más como un asunto de competencia jurídica, no sin cierta sorna.
El sentido del humor, de hecho, es muy importante para sacarle todo el jugo a la lectura de esta novela. Si empecé este texto aludiendo a su carácter actual, a que parece más una obra escrita ahora mismo que hace ya diez años, fue debido sobre todo al otro gran activo de la historia. Insospechadamente, Accelerando es, grosso modo, una sátira económica. Si un escritor de cf con talento se pusiera a escribir ahora mismo una alegoría irónica sobre cómo está gestionado el mundo actual, no duden de que estaría escribiendo Accelerando. Manfred Macx se presenta de inicio como defensor de una economía agálmica, basada en los recursos. Su objetivo es el enriquecimiento ajeno global, una manera de torpedear el sistema mediante el altruismo y la evasión legal de impuestos. Los tres capítulos iniciales muestran un campo de batalla económico en el que el capitalismo es puesto en jaque por medio de mil y una estrategias. Si el lector es consciente de la vertiginosa transformación del planeta es gracias a los mutables procesos económicos que pasan ante sus ojos. Todos los movimientos, toda la acción existente en esta primera parte tienen un trasfondo económico. Si hay un grito de agonía en el proceso de aceleración no procede de individuo alguno, sino del propio neoliberalismo mientras sufre mil y un procesos de deformación, mientras es pervertido hasta sus límites.
Stross construye muy bien el contexto tecnológico, los detalles de la globalidad, sociales, culturales y políticos, pero muestra aún más interés por los procesos económicos. En la primera parte, la cantidad de subtramas es apabullante. A través de ellas logra capturar el zeitgeist de las distintas fases de ascenso que va provocando la singularidad, pero son las mutaciones continuas del sistema socioeconómico, destilado del capitalismo neoliberal, las que marcan los designios de los personajes. Empresas, capacidad de negociación, recursos, agentes, derivados financieros…; quizás el progreso de esta singularidad se apoye en la tecnología, pero su avance está marcado principalmente por los procesos económicos. Todas las disputas, individuales o globales, responden a un afán económico. La economía no sólo rige el mundo, sino también la evolución de la especie. Y según Stross, no sólo de la nuestra. La segunda parte de la novela es un recital de originalidad que acentúa la capacidad irónica del relato.
Mucho se ha escrito en la ciencia ficción sobre primeros contactos, mucho se ha elucubrado acerca de qué nos encontraremos al otro lado, si exóticos BEMs, misteriosos océanos de arquitecturas incomprensibles u otra cosa inimaginable. Accelerando ofrece su propia versión, que es, a nadie sorprenderá a estas alturas, bastante sarcástica: IAs travestidas de procesos económicos, colectivos de antiguos programas empresariales autoconscientes, elementos financieros convertidos por obra y arte de la singularidad en seres inteligentes. Carroñeros finiseculares del siglo singularitario que rebuscan en las ruinas de routers intergalácticos. Eso es lo que la primera avanzadilla humana se encuentra cuando sale de su sistema. El primer contacto à la Stross es una transacción económica en la que, como si fuéramos indios ignorantes, se nos intenta engañar con abalorios y agua de fuego. En las relaciones intergalácticas lo que cuenta no es la afabilidad, sino la destreza en el viejo arte de la negociación. Que lo que nos espera al otro lado no sean mas que herramientas económicas autoconscientes lo hace aún más duro para los personajes, aunque mucho más divertido para el lector.
Hay más muestras de humor a lo largo de la narración. Por ejemplo, la continua actitud displicente de Aineko, el irritante gato artificial que acompaña a los tres miembros de la familia, o las menciones a Spider Jerusalem y al propio Vinge, pero yo diría que su verdadera función es la de hacer llegar al lector una ingeniosa crítica sobre la importancia actual de los factores que rigen la Gran Economía, auténtico dios del planeta en este comienzo de siglo XXI, y los efectos que el calado neoliberal puede tener como fuerza deshumanizadora. Stross, en su sátira, coloca la búsqueda de beneficios como motor de la evolución y elemento definitorio y último de toda civilización. Cuando toda especie consciente haya desaparecido, los fantasmas del sistema económico seguirán peleándose entre ellos por las migajas que aún queden entre las ruinas.
Además de los valores conceptuales de la novela, los cuales deberían volver locos a los fanáticos de la “literatura de ideas”, es obligado hablar del estilo formal, del método elegido por Stross para hacer llegar al lector este ejercicio de mordacidad tan sumamente hard. Accelerando está escrita con ese afán de complicación tan caro a la ciencia ficción de la pasada década. Sacrifica la belleza del lenguaje por su funcionalidad, por la capacidad para mostrar un futuro complicado, a la par cool y extraño, y por la voluntad de insuflar al modo narrativo el mismo tempo que existe en el argumento. Se puede decir que el éxito logrado en cuanto a la realización de ese paralelismo es mayúsculo. La novela se lee al ritmo de un chasqueo rápido de dedos, el lector va recorriendo sus páginas como quien, desde el asiento en un tren bala, ve pasar el paisaje tras el cristal a toda velocidad. Para disfrutar de ese efecto, se ha de entrar en el juego y dar por sentados una serie de conceptos, pues se hace algo complicado en un principio entender del todo la propuesta.
Por hacer un símil un poco rebuscado, el estilo de Stross viene a ser el del guionista Grant Morrison en el arte del cómic. Da muchas cosas por sentadas, repartiendo aquí y allá frases frescas e ingeniosas pero de una marcada complejidad, y lo hace sin ofrecer asideros narrativos previos al lector. Es un estilo a veces elíptico que busca una complicidad inteligente y que en ocasiones dificulta el pleno entendimiento. En los primeros capítulos, hasta que uno le coge el juego, es necesario releer algunas frases. Hay pasajes del libro que no cuentan con una gran claridad, como por ejemplo aquel en el que se narra el ataque de las langostas en el capítulo titulado “Router”. Por otra parte, el carácter hard del libro tampoco ayuda. Quien quiera seguir adelante habrá de dar por sentada cierta terminología, comopor ejemplo los vectores de estado, las realidades anidadas, los sistemas basados en conocimiento y algunos neologismos más complejos, además de un sistema de marcación temporal en segundos que invita a realizar cálculos mentales.
No es este un libro para profanos, sino para auténticos expertos del subgénero. Se trata, por ello, de una de esas obras sobre las que se puede colocar el cartel de “no exportable”, no apta para quien carezca de ciertas claves conocidas por los aficionados. El seguidor de la ciencia ficción más nuclear, sin embargo, se va a encontrar de lleno con una de las obras más reseñables de estos últimos años, generosa en conceptos e imaginación, inteligentemente crítica y cuyo carácter actual está fuera de toda duda. Su único defecto se encuentra en la muy insatisfactoria conclusión. El último cuento/capítulo, titulado “Superviviente”, es francamente decepcionante, un cuerpo extraño, forzado y sin contenido si lo comparamos con la gran calidad que exhiben los ocho anteriores. Sin ser crucial, pues lo importante ya estaba dicho, es un cierre que da una cierta sensación de rara artificiosidad, de impostura.
Atendiendo a la enorme calidad con la que cuentan los ocho relatos restantes, este libro supone una nueva bofetada en plena cara para aquellos que, apocalípticamente y de manera alevosa, anuncian la muerte de la ciencia ficción desde hace lustros. Ya no es sólo que baste alzar la cabeza más allá de los límites del género para cerciorarse de que la ciencia ficción ha triunfado y está más viva que nunca (echen un vistazo a las baldas de literatura general en las librerías, no hace falta profundizar más), es que si se hace un análisis intramuros se puede comprobar, siendo mínimamente imparcial, que esta última década ha arrojado obras extraordinarias (Luz, La estación de la Calle Perdido, Accelerando, La chica mecánica, Mundo espejo, El último día de la guerra y alguna más), en mayor número que las que se dieron en el penoso período de los 90, y que muchos de los nuevos grandes nombres de la actualidad, autores como Mieville, McAuley o Stross, siguen cumpliendo con la tradición de incluir elementos de crítica social en sus obras con un criterio excelente. Accelerando es otro golpe en la mesa, una demostración más de que la ciencia ficción goza de una salud excelente.
El texto original de esta reseña fue publicado en el portal Prospectiva.
Decía Mario Benedetti que cinco minutos bastan para soñar una vida. Cuatro años dan, incluso, para vivirla. En 2009 llegaba al piso que ahora dejo. Ha pasado tiempo desde entonces. Cuatro años, y puedo decir que he sido razonablemente feliz bajo este techo, que ha sido éste un buen lugar de descanso. No han sucedido grandes cosas en su interior, pero me marcho de él más viejo, quiero creer que más sabio y reconozco que algo más cansado. Soy un hombre tranquilo, y mi hogar es reflejo de ello. Nunca pensé en él como un refugio de soledades, pero, por decisión propia, eso es lo que ha sido. Me sobran dedos en las manos para contar las personas que han llegado a pisarlo.
Mirando atrás, hago un repaso a las cosas que he vivido más allá de estas paredes. Por resumir y para no cansarles, me vienen a la cabeza ahora mismo los siempre maravillosos viajes al norte, algún que otro evento cultural, un par de aventuras de poco riesgo, numerosas "reuniones gastronómicas" e incluso mi presencia en el germen de una pequeña revolución condenada al fracaso. Hay unanimidad en considerar este tipo de actividades como el corpus de nuestras vidas, hasta el punto de que es de estas cosas de lo que hablamos cuando nos referimos a vivir. Yo prefiero darle el mismo valor a la placidez de interior, a las horas y horas de paz hogareña, por mucho que la calle sea mil veces más llamativa, al fin y al cabo pasamos más tiempo dentro que fuera. Supongo que por eso me gusta la lectura. Lo cual me lleva, claro, a los libros.
Como expresó mi amigo Jorge Camacho con gran brillantez en su poema titulado Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas, las mudanzas despiertan una sensación de temporalidad extraordinaria, nos hacen volver la mirada al pasado y recorrer con la memoria los hechos vividos en los últimos años. Hay elementos que ayudan a recuperar el recuerdo, fotografías y objetos que se han ido adquiriendo en ese tiempo. En mi caso se ha sumado algo más, el blog y su función como diario de lecturas y vivencias. En él he encontrado, además, una referencia directa a esta situación. Los lectores más fieles recordarán, si disponen de buena memoria, una entrada que escribí entonces y que pueden recuperar en este enlace. En ella declaraba mi rendición al libro electrónico, que es, precisamente, otro tema que quería someter hoy a revisión.
Cuatro años después, ni el e-book se ha comido al libro de papel ni veo que vaya a hacerlo siquiera a medio plazo. Esa es mi percepción, reconozco que no muy basada en datos, sino en lo que veo alrededor, en el lector medio y las tiendas físicas. En apariencia, todo sigue igual que antes. En el terreno de lo personal, a pesar de mi declaración de entonces, tengo que confesar que aún no he leído un libro electrónico, y que ni siquiera he llegado a comprar el aparato con el que poder hacerlo. O sea, que me he ciscado en lo que tan ufánamente aseguré. El motivo reside menos en el pobre progreso del mercado del ebook que en un autoconvencimiento, el peso de una convicción que ha ido encontrando acomodo en mi interior en los últimos años. Si quieren el resumen, Enrique Vila-Matas lo expuso con su excelencia habitual en un breve artículo titulado Melville y su chimenea.
Creo que esto es una pequeña guerra, y que el enemigo no ha resultado ser tan poderoso como lo pintaban. Me he dado cuenta de que mi gusto no lo es sólo por la lectura, sino también por el contexto, por el mundo del libro de papel. El objeto, su atractiva cubierta, poder deslizar las hojas con mi dedo mientras acerco la nariz para recibir el peculiar olor de la tinta y el papel, las horas y horas en las librerías, mi recorrido periódico por las estanterías de mi casa, la fascinación por las librerías de viejo (¿recuerdan lo que conté en La búsqueda?)... En fin, puedo vivir sin ebooks, como hasta ahora, pero me costaría mucho hacerlo sin todo lo que me han dado los libros. ¿Por qué renunciar a algo que me ha regalado tantas satisfacciones? Por otra parte, cambiarme sería reconocer un mal gasto, dar por sentado que todo lo invertido en ese setenta por ciento de mi biblioteca que aún no he leído es dinero perdido.
No, me niego, aguantaré cual partisano, aunque me tilden de reaccionario por algo que, al fin y al cabo, es en esencia una simple elección de método de consumo. Resistiré en mi defensa del libro de papel. Al menos hasta la próxima mudanza.
Hay un elemento de esquizofrenia en escribir, un elemento de desorden de la personalidad, de agresión pasiva y de megalomanía. Y todas estas cosas son necesarias.
El saldo de libros perpetrado bienalmente por La Factoría de Ideas es un acaecimiento matemático, una certeza tan indiscutible como lo es el relevo de las estaciones cada año. Lejos quedan las palabras que el responsable de la editorial, Juan Carlos Poujade, escribiera hace casi cuatro años como contestación a un artículo escrito por Julián Díez en la web Prospectiva.
Las circunstancias de este saldo, que he explicado por activa y por pasiva, son coyunturales. No tienen nada que ver con que La Factoría de Ideas sea una editorial que salde de manera habitual. Ni que haya que esperar más saldos. Probablemente, de hecho, no vuelva a haberlos. Cualquiera que nos haya seguido en los 10 años que llevamos publicando ficción lo sabe.
Desde aquello, la editorial ha realizado al menos otras dos operaciones semejantes. Les aconsejo que lean el mencionado artículo, titulado Consecuencias de un saldo, en el que se da un repaso tanto a las causas que pueden motivar semejante estrategia como a los ulteriores efectos perniciosos que ésta tiene para la propia empresa y para el mercado. Si por alguna razón extraña no imaginan cómo afecta esto al cliente, les sugiero que lean la entrada que Nacho Illarregui, ganador el pasado año del premio Ignotus por su artículo sobre la desidia de la editorial Gigamesh, dedicó a ese mismo saldo del año 2009 bajo el ingenioso y harrisoniano título "¡Hagan sitio, hagan sitio!", gritó la Factoría de Ideas. Illarregui muestra una envidiable cualidad visionaria en sus comentarios:
Mi postura les sonará; es la misma que la de ocasiones precedentes. Tengo ganas de leer Brasyl, la nueva novela de Ian McDonald. Me encantaron El río de los dioses y Camino desolación. Pero ¿para qué voy a pagar 21 euros si dentro de dos o, a más tardar, cuatro años la voy a tener a 6? Lo siento por McDonald, que puede quedarse mucho tiempo sin volver a ser editado en España porque no venda lo suficiente. Pero por tonto paso una vez.
Cuatro años después, Brasyl, de Ian McDonald, se incluye en el lote saldado a un precio de 3,95 euros, dos menos, incluso, que los predichos en el artículo. Yo, supongo que como muchos, tomé la misma determinación por los mismos motivos, y confieso que me tiemblan las orejillas cada vez que calculo cuánto dinero me he ahorrado estos años. Si después de leer esto deciden ustedes correr a la librería en busca de la ganga perdida, sepan que, además de Brasyl, hay dos libros muy potables: Tiempo de cambios y La torre de cristal. Pertenecen a la mejor época de Silverberg, uno de esos autores de ciencia ficción que merecerían haber obtenido una consideración mucho mayor de la que tienen. Su novela Muero por dentro es, para mi gusto, una de las mejores obras literarias del siglo XX.
Robert Silverberg es uno de los autores más prolíficos del género. El elevado número de novelas escritas por el norteamericano se torna inabarcable si nos referimos a sus cuentos. No obstante, a la hora de calibrar la calidad de sus obras, crítica y lectores se han mostrado generalmente unánimes: los libros que publicara entre finales de los sesenta y principios de los setenta constituyen, sin duda alguna, su cumbre literaria. Y entre todos ellos, la joya de la corona lleva el título de Muero por dentro.
David Selig está perdiendo su poder telepático. Sin que nadie lo sospechara, desde que era un niño ha tenido la capacidad de entrar a voluntad en la mente de los demás, y ahora, cercano a los cuarenta, asiste con desesperación a la progresiva decadencia de ese don. Debido a su poder anormal, Selig se sabe un monstruo, un ser asocial a quien su sentido ético tortura en demasía. Piensa que la utilización de su poder es amoral y se castiga a sí mismo con una vida mediocre, a través de la cual busca su redención. Odia y ama su poder al mismo tiempo, y carga sobre éste toda la culpa de su aislamiento hasta el punto de considerarlo un ente aparte. A pesar de su don, es un auténtico loser que no se acepta a sí mismo, ni siquiera cuando encuentra a un semejante, personaje que contrasta llamativamente con él por sus desinhibiciones. Al final, Selig consigue ser normal pagando un alto precio. Deja de ser un dios, pero a cambio consigue la felicidad anhelada. O quizás no, pues la frase final, un prodigio de concisión, apunta hacia algo muy distinto.
La narración describe el desarrollo del proceso y los recuerdos del protagonista con una gran destreza, de tal modo que al final del libro el lector sabe más del propio Selig que él mismo. Novela escrita desde las entrañas, Muero por dentro es un prodigio en el difícil arte de la descripción interior (seguramente la novela más rica del género en lo que a profundidad de personajes se refiere), un detallado estudio, oscuro y pesimista, sobre el sentimiento de pérdida y la resignación como única respuesta viable. Escrita por un Silverberg de edad próxima a la del protagonista, la novela supura desencanto y se abre a posibles paralelismos que parecen apuntar hacia una profunda crisis del autor.
No se puede hablar de influencia de la new wave en esta obra, sino de rendición e integración, lo cual la convierte en uno de sus máximos exponentes. La telepatía, el elemento fantástico de la novela, no importa per se, son sus consecuencias en las personas, en su sentido moral y existencial lo que cuenta, de tal modo que al final nada se sabe, no hay respuestas al porqué de ese poder, sólo existe el cómo. El sentimiento de pérdida tiñe toda la novela, pero también, y sobre todo, el de la soledad del diferente, que ha castigado a Selig desde su nacimiento y que al final parece desaparecer con su don.
El estilo narrativo es extraordinario. Mezcla persona y tiempos verbales en lo que debería ser un caos, pero en realidad, gracias al ritmo de la narración, acaba produciendo un efecto devastador que acerca el estado mental del protagonista al lector con tremenda intensidad. La inclusión de los escritos de Selig apoya aún más la exploración del personaje, incisiva disección de un perdedor trufada de momentos que alcanzan una intensidad hiriente, como por ejemplo el episodio alucinatorio del LSD, la paliza que marca su caída total al abismo o la violación interior de uno de los personajes.
David Pringle, descontento con la amargura que destila la novela, la ve como una revisión de El lamento de Portnoy, de Philip Roth, una de las mejores obras del maestro de Newark. Si bien es cierto que el parecido estilístico está ahí, hay diferencias cruciales. El cinismo y la ironía de la obra de Roth se convierten aquí en autocompasión y amargura. Aun compartiendo la misma sensación de interioridad que logran llevar al lector, Silverberg no deja espacio para el humor, y esa renuencia a otorgar concesiones convierte su obra en puro sacrificio, un ejercicio de signo contrario.
Más allá de los encorsetamientos que marca el género, se puede decir que Muero por dentro es una obra maestra absoluta.
Uno de los mayores aciertos de La Factoría de Ideas ha sido el de reeditar en Solaris Ficción los grandes clásicos de la época magistral de Robert Silverberg, autor que durante cerca de un lustro se vio iluminado por una epifanía literaria que dio como resultado una sucesión de novelas introspectivas de calidad sobresaliente. Tras Muero por dentro y Regreso a Belzagor, le llega el turno a El libro de los cráneos, una obra esencial difícil de etiquetar.
La novela sigue, como si de un diario de viaje se tratara, el recorrido de cuatro jóvenes norteamericanos por la ruta 66 y otras anónimas carreteras comarcales estadounidenses en busca de un monasterio perdido que alberga, según un antiguo manuscrito, el secreto de la inmortalidad. Escrita en primera persona, la narración salta capítulo a capítulo de la cabeza de un protagonista a la del siguiente, de manera que el lector conoce secuencialmente los diferentes puntos de vista de los cuatro. Este drama itinerante, de regusto sureño, disecciona las psiques de sus protagonistas, arquetipos de sus correspondientes procedencias sociales, en un viaje cimentado en la recurrente búsqueda de autoconocimiento adolescente. Silverberg estira la tensión emocional al máximo al proponer un método extremo de acceso a la inmortalidad: dos de los miembros han de morir -suicidio y asesinato respectivamente- para que los otros dos cobren el premio. Semejante propuesta sirve en bandeja al autor la posibilidad de explorar a fondo, una vez más, temas que le son afines, como la búsqueda de integración, la crisis de conciencia y la prevalencia de los demonios interiores.
En el mismo intervalo creativo de Muero por dentro, cima de su obra, Silverberg se mueve aquí a máxima potencia. Impresiona la facilidad con la que penetra en el núcleo moral y psíquico de sus personajes, así como la rotundidad con la que logra exportarlo más allá de las páginas para lograr que un indisimulado estudio de psicología juvenil provoque una voracidad lectora difícil de refrenar. Una historia que en otras manos se habría convertido en un folletín banal de adolescentes se transforma bajo su pluma en una crónica existencialista de la búsqueda de identidad sexual, el rechazo a la muerte y la dependencia del propio origen. Para dar vida a este discurso introspectivo, mezcla tiempos verbales y salta alternativamente hacia el pasado de sus protagonistas, técnicas que estilística y narrativamente aportan vitalidad y frescura a una obra en la que exteriormente no ocurren grandes cosas. Es una novela realizada desde dentro, alimentada por conciencias más que por acciones.
Si sobre la calidad de esta novela nunca se han albergado dudas, sí las hay a la hora de ubicarla en un nicho literario determinado. El motivo se encuentra en la aparente ausencia de elementos del género en sus páginas. Superficialmente, sin duda así es, puesto que esa posible clave de la inmortalidad perseguida por los cuatro protagonistas durante todo el libro no se descubre indiscutiblemente cierta ni siquiera al final de la narración. Sin embargo, todo depende de cuánto tenga el objetivo de quimera y cuánto de real. Sabiamente, Silverberg deja la elección al lector. Si todo es falso, estamos ante una excelente muestra de mainstream literario; si la promesa de inmortalidad se decide cierta, entonces hay que definir El libro de los cráneos como elemento singular e inusualmente intenso de ese cajón de sastre denominado género fantástico, ya que el proceso por el que se llega a la inmortalidad abarca toda la narración. El viaje, la forma de pensar y actuar de sus protagonistas, sus reacciones finales, todo ello, constituyen a la vez fórmula magistral y condición sine qua non para burlar a la muerte: una disciplina vital que conlleva la vida eterna.
Ante la noticia de una próxima versión cinematográfica dirigida por William Friedkin, no cabe mas que preguntarse cómo demonios se puede trasladar a imágenes un libro tan definitivamente introspectivo. Mientras llega la solución, esperemos que Solaris Ficción continúe con algún otro Silverberg inencontrable de su “época fetén” (Julián Díez dixit), uno de los mayores vergeles que haya dado el género en lo que a riqueza literaria se refiere. Por proponer que no quede: ¿tal vez El hombre en el laberinto?
Los textos originales de estas reseñas fueron publicados en los números 32 y 40 de la revista Gigamesh respectivamente.
Guardo en mi memoria los acontecimientos vividos aquellos días. El 15-M acababa de estallar, y todos los que aún manteníamos viva en nuestro interior una pequeña llama de esperanza nos acercábamos con cierta asiduidad a Sol, a reunirnos con la gente que participaba de nuestra inquietud y nuestra fe en que había otros caminos, otra manera de hacer las cosas. Muchos de los que estuvimos allí, estoy seguro, compartiremos por siempre los mismos recuerdos, las mismas imágenes revivirán cada primavera en nuestras viejas cabezas. Tal vez como instantáneas borrosas, difíciles de identificar, pero edificadas sobre los mismos hechos, sobre aquella milagrosa comunión urbana. La marea reivindicativa abarrotando aquella plaza, las manos abiertas alzadas al aire, el silencio espectral en torno a un reloj que marcaba una medianoche muy distinta a la que le dio fama, las caretas blancas y los rostros desnudos, iluminados por una luz que yo jamás había visto. Y sobre todo lo demás, aquel paseo nocturno, ya de madrugada, por una ciudad imposible, hecha de retales y situada en el centro del mundo.
Guardo todo aquello en mi cabeza, y me aferro a ello para no perderlo, para salvarlo del cruel desgaste al que el tiempo somete a la memoria. Aquellas imágenes se asientan en una misma región de mi cerebro, seguras, entre circunvoluciones, en la zona donde reposan los momentos singulares de mi vida, lo valioso y lo reivindicable. Y sin embargo, si alguien me pide que recupere el suceso que mayor impresión causó en mí durante aquellas jornadas, éste aflorará de un lugar distinto, desde aquél que registra las contradicciones del ser humano, los cuantiosos indicios de nuestra pequeñez, una zona de mi disco duro interno que tras todos estos años ocupa más espacio del que quisiera haberle otorgado. Recuerdo los porrazos en Sol, la estampida, las carreras cuesta arriba por la calle Montera, y recuerdo aquel momento, el extrañamiento, la perplejidad que me causó ver al paso las terrazas de los bares, repletas de personas ajenas, atentas sólo a sus bebidas y a las tapas, apenas cincuenta metros más allá del naufragio.
Cincuenta metros. Fue como atravesar una fina tela entre dos mundos. En el número 2 de Montera una incipiente revolución era acallada por las porras, pero nada se sabía de ella al final de la calle. Más abajo, una parte del pueblo era sometido por la violencia, mientras arriba, de espaldas al suceso, otra parte tapeaba como si no ocurriera nada. No me imagino mejor acto contrarrevolucionario, pensé, que sentarte tranquilamente a degustar unas raciones con la servilleta puesta. Mientras chopitos y bravas caían al calor de la noche, la democracia se desangraba a un par de pasos.
Tenemos la costumbre de falsear la realidad, de aplicar nuestro preconcebido concepto de las cosas incluso al hecho más crucial, así que creemos que entre la cotidianeidad y la guerra median abismos, que los chopitos y los porrazos son opuestos que se dan en continentes distintos, alejados millones de kilómetros entre sí. Pero no, la violencia y la seguridad, el compromiso y la indiferencia cohabitan en el mismo suelo. Aquel día, allí, en el kilómetro 0, lo vi más claro que nunca.
Han pasado apenas dos años, lo cual no es nada, y las calles refrescan mis recuerdos cada vez que voy al centro. El sabado, por ejemplo, estuve en la plaza del Callao, y aquella sensación volvió a importunarme. En esta ocasión con mayor intensidad que otras veces, porque algo de semejante signo volvió a darse. No les aburriré con obviedades sobre la situación del país; todos ustedes, víctimas de la quiebra, la conocen. Simplemente diré que me acerqué allí para escuchar a un profesor, como uno más de sus alumnos. La Universidad, al igual que en ocasiones anteriores en distintas ciudades, salió a la calle. Profesorado y alumnado se repartieron por distintos puntos de la capital para realizar a cielo abierto su actividad diaria (en este enlace tienen ustedes los motivos de los actos reivindicativos.)
Entre el gran número de clases a las que podía asistir me decanté, naturalmente, por aquella que cubría la materia que más me interesa. Fernando Ángel Moreno, amigo mío, doctor en Teoría de la Literatura y una autoridad en el campo de la ciencia ficción, daba una clase magistral. El título no podía ser más sugerente: La inexistencia del objeto estético. Durante unos cuarenta minutos, nuestro profesor abogó por la importancia de la obra por encima de los diferentes estudios que sobre ella se han hecho, reivindicando el objeto estético en sí mismo, al margen de las capas con las que las distintas escuelas han ido cubriéndolo e, ineludiblemente, enmarañándolo. Hay que liberarlo y dejar que estalle en nuestra percepción y que nos lleve por delante, defendió Moreno, quien mostró su escepticismo ante la perfección y defendió toda aquella obra que sublima por alguna característica aislada, aunque en conjunto no sea redonda.
Fue una clase tan divertida como interesante, una sorprendente amalgama de conocimientos y humor en la que el docente mezcló con gran pericia academicismo y cultura popular, Heidegger con Star Wars. La lección fue seguida con gran interés por una audiencia que no paró de crecer; con el paso de los minutos se fueron sumando espectadores anónimos, gente que pasaba por la calle. Los alumnos realizaban múltiples anotaciones mientras los curiosos miraban y escuchaban con atención. Yo, a medio camino entre ambos, quedé gratamente sorprendido y en lo personal muy satisfecho. Aprendí cosas nuevas e incluso tuve la osadía de estar interiormente en desacuerdo con algunas otras. Fue una experiencia enriquecedora en muchos aspectos, pero no es el contenido de la clase lo que centra el interés de esta entrada.
Verán, los responsables del evento me contaron que éste debía haber tenido lugar en la plaza del Callao y no en un lateral de la calle Preciados. Tenían los permisos del Ayuntamiento, concedidos hacía tiempo, pero la casualidad quiso que la clase coincidiera en hora y lugar con la organización del flashmob promocional de una película. Sobra decir qué acto hubo de ser desplazado a los alrededores. Puesto que se había anunciado en aquel lugar, se intentó no alejarlo mucho. Por desgracia. La música de fondo, el jaleo montado por la multitudinaria asistencia al hecho mediático, obligaba a los profesores a alzar la voz y a quienes los escuchábamos a esforzar los oídos. La suma de todas estas cosas me devolvió aquella sensación de la que les hablaba al principio, la de encontrarme cruzando realidades distintas. Un profesor de Teoría de la Literatura hablaba de la belleza en la obra literaria mientras sus alumnos tomaban apuntes. Detrás de ellos, al mismo tiempo, una multitud bailaba y reía celebrando el último producto de esa cultura en cuya defensa los chavales habían salido a protestar a la calle. Mientras un profesor y sus alumnos luchaban por la continuidad de la educación y la cultura de base en su país, un producto destilado de esa cultura los desplazaba para celebrar una comedia.
Yo me encontré en medio de todo esto y recorde todo aquello, lo de hacía dos años. Esta vez era más ruidoso. El modesto altavoz libraba una batalla con sus más sofisticados y potentes hermanos, y producía en mi cabeza una alternancia desquiciada. Conceptos como estructuralismo, formalismo y metaficción luchaban denodadamente en el aire por llegar a mí con claridad, pero mi cerebro les respondía I'm So Excited. Harold Bloom libraba batalla con las Pointer Sisters y caía derrotado. Pero eso no fue todo. Para demostrar la relatividad de las cosas, un tercer elemento entró a formar parte del conjunto. A la carrera, un pequeño grupo de manteros vino a refugiarse al soportal que teníamos a mi derecha. Como simples espectadores, aquellas siete personas, negras como el ébano, nacidas en un mundo más pobre a miles de kilómetros del nuestro, encontraron refugio al socaire del acto universitario.
De repente, la plaza del Callao adquirió propiedades de género literario, mostrándose ante mí como el punto de solapamiento de tres realidades en conflicto, el escenario de un relato que perfectamente pudieran haber escrito Jose Antonio Cotrina o M. John Harrison. Pensé en la ajenidad, en lo poco que le importaba este acto a las personas que saltaban en Callao, y en qué pensarían aquellos africanos, supervivientes diarios en nuestra tierra, de la irrelevancia que para nosotros tenía su problema. En medio de aquel barullo pensé en ello, y luego lo guardé en su sitio correspondiente.
"No puedo describir la sensación de abominable desolación que pesaba sobre el mundo. El cielo rojo al oriente, el norte entenebrecido, el salobre mar Muerto, la playa cubierta de guijarros donde se arrastraban aquellos inmundos, lentos y excitados monstruos; el verde uniforme de aspecto venenoso de las plantas de liquen, aquel aire enrarecido que desgarraba los pulmones: todo contribuía a crear aquel aspecto aterrador. Hice que la máquina me llevase cien años hacia delante; y allí estaba el mismo sol rojo -un poco más grande, un poco más empañado-, el mismo mar moribundo, el mismo aire helado y el mismo amontonamiento de los bastos crustáceos entre la verde hierba y las rojas rocas. Y en el cielo occidental vi una pálida línea curva como una enorme luna nueva.
Viajé así, deteniéndome de vez en cuando; a grandes zancadas de mil años o más, arrastrado por el misterio del destino de la Tierra, viendo con una extraña fascinación cómo el sol se tornaba más grande y más empañado en el cielo de occidente, y la vida de la vieja Tierra iba decayendo. Al final, a más de treinta millones de años de aquí, la inmensa e intensamente roja cúpula del sol acabó por oscurecer cerca de una décima parte de los cielos sombríos."
Para quien no lo recuerde, circunstancia lógica debido a la cantidad de tiempo que ha pasado, cerré la segunda entrega de Los meses perdidos prometiendo que dedicaría un par de reseñas más largas a las dos novelas que, de entre todas las leídas entonces, más me habían gustado. Una de ellas era Chesil Beach, de Ian McEwan, a mi parecer extraordinaria; la otra era Nova Swing, de M. John Harrison, un autor por el que siento una gran devoción. Pues bien, mientras esperamos la publicación de Sweet Tooth y para celebrar que la edición en bolsillo de Solar ya reposa en mi biblioteca, aquí tienen la primera parte de lo prometido. Para el cumplimiento de la segunda, me temo, van a tener que esperar algún tiempo más.
Ian McEwan es un escritor elogiado por crítica y público. Casi todas las novelas del británico han entrado en la lista preliminar del Premio Booker, el cual ganó en 1998 por Amsterdam, curiosamente y siempre según los entendidos, su peor trabajo. Desde entonces, este antiguo narrador de lo macabro ha ido recibiendo alabanzas y consiguiendo éxitos de ventas obra tras obra. Expiación, Sábado y Chesil Beach, sus novelas de la pasada década, estuvieron presentes en las principales listas laudatorias con las que se cerraron los correspondientes años de publicación. Este éxito compartido de crítica y ventas es uno de los denominadores comunes en la llamada generación Granta, el grupo de escritores británicos a quienes la famosa revista literaria puso nombre y en el que se encuentran la flor y nata de las últimas letras inglesas, los Ishiguro, Barnes, Amis, Boyd, Kureishi o Rushdie. Grupo al que también pertenece Ian McEwan, uno de sus miembros más populares. Por dar un dato concreto, Chesil Beach, la novela que nos ocupa, vendió más de 1 millón de copias y permaneció 34 semanas en las listas de ventas, un éxito en el que si bien fue fundamental la fama del escritor, tuvo mayor peso la indudable calidad de la obra.
Tienen poco más de veinte años y se conocieron en una manifestación en contra de las armas nucleares. Florence es una chica de clase media alta. Edward, en cambio, pertenece a una familia que vive en la zona baja de la clase media. Ambos son inocentes, y vírgenes, y tras un largo cortejo se han casado. Es un día de julio de 1962, y el tsunami de la revolución sexual no ha llegado a Inglaterra. Edward y Florence van a pasar su noche de bodas en un hotel junto a Chesil Beach.
Lo que acontece esa noche de bodas es el detonante de la historia. El ímpetu sexual de él se estrella con una barrera infranqueable, la falta de deseo de ella, incapacitada para disfrutar del sexo por razones que nunca se enuncian y a las que el lector sólo puede acceder por deducción. La vergüenza (e incluso repulsión) que a ella le provoca el sexo colisiona con la conducta liberada del joven. Desde ese momento, el amor es puesto a prueba y sale finalmente derrotado. McEwan indaga en el pasado de la pareja y propone una lectura paralela que cuestiona la perdurabilidad del amor cuando el sexo está ausente. La liberación de los 60 se llevó todo por delante; acabó con una época de repudiable oscurantismo, pero también con valores esenciales. En toda guerra siempre hay víctimas, parece concluir el autor.
A pesar de la defensa del amor, evidenciada en la reflexión final del protagonista, no es Chesil Beach una novela reaccionaria. Somete los hechos al juicio del lector. No se decanta, no ofrece respuestas, por mucho que éstas parezcan situarse al alcance de los dedos. Escrita con pulso chejoviano, las cosas importantes ocurren a menudo fuera de foco. Hay que leer entre líneas en el entorno, en las actitudes de los familiares, preguntarse por el carácter del padre, quizás un abusador quizás no, como origen del trauma, o plantearse si no será la impericia y el anhelo del joven lo que impide el entendimiento. Es todo sutil, nada evidente, una virtud que ni siquiera llega a desmentir la explicitud sexual mostrada en algunos párrafos.
McEwan es un escritor consagrado, sobra decir por tanto que la novela cuenta con una prosa pulcra y un excelente tratamiento de los personajes. La narración salta de la cabeza de uno a otro, de forma que la visión que se tiene de la pareja es completa, como la que se obtendría al leer un diario personal escrito por ambos y narrado en tercera persona. El paso del tiempo está excepcionalmente señalado en la novela, en general y en pasajes como el de la playa, una metáfora sobresaliente en la que el escritor utiliza el número y tamaño de los guijarros que la conforman como recordatorio del desgaste que producen los años. Pero quizás lo más reseñable de este libro sea su redondez. A pesar de que el contenido parte de un hecho que algún lector podría considerar anecdótico (por lo llamativo, no por su relevancia), McEwan dibuja el retrato de un momento crucial en la historia de la moderna Inglaterra, logrando, a pesar de la brevedad del texto (no llega a 200 páginas), darle cuerpo de novela más amplia.
La pureza del amor y su dependencia del sexo es el tema central de la novela, pero no el único. En las últimas páginas, el protagonista masculino, pasados los años, mira hacia el pasado y recapacita sobre el camino recorrido a lomos de la revolución sexual y se pregunta si todas esas experiencias le han resultado más satisfactorias, le han dado más de lo que podría haberle dado el amor con Florence. Edward imagina otra vida posible, la que hubiera tenido de no haber separado sus caminos, y esa reflexión suscita preguntas en el lector sobre el amor y el sexo, ahora como entes independientes. El cuestionamiento final de Edward saca a la luz el otro gran sustento de la historia, la importancia de las elecciones tomadas en nuestras vidas, de los caminos abandonados que ya nunca disfrutaremos. Chesil Beach me parece una novela extraordinaria, de las que provoca preguntas y sacude nuestra capacidad reflexiva. Me ha seducido tanto su lectura como fascinado la misteriosa nota que la finaliza, una innecesaria aclaración sobre el carácter ficticio de los personajes y la historia. Algo que no puedo interpretar sino como evidencia de lo contrario.