jueves, 29 de julio de 2010

Robert L. Forward. El mundo de Roche y Camelot 30K

Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción, de Fernando Ángel Moreno
Fernando Ángel Moreno, autor de la recientemente publicada y ya imprescindible Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción, me comentaba hace unos días, en una cena tras la presentación de su libro en la Semana Negra gijonesa, que echaba de menos esa idea sensacional, ese sentido de la maravilla que antes preñaba las novelas del género y que ahora escasea tanto. Aun dándole la razón, quise puntualizar que, en mi opinión, tal falta quizás no se debiera en tanta medida al momento actual de esa literatura como al vital en nosotros mismos, al efecto que el paso de los años, la vida y las incontables lecturas le producen a uno en su imaginación y en la propia percepción del mundo. En resumen, a esa perdida irremediable que lleva marcada la moneda de la experiencia en su reverso.
Fue una conversación realmente agradable. Rememoramos fragmentos de lecturas y finalmente tuvimos que reconocer que, si bien es cierto que esas ideas sensacionales nos habían concedido pequeños pero intensos momentos de felicidad, también habían sido la principal causa de descuido literario en una gran mayoría de ese tipo de ciencia ficción que denominamos hard. Mucho del corpus de aquellas obras no era otra cosa que el relleno de esas ideas, un conglomerado de mala literatura puesta al servicio de un concepto que debía iluminar toda la novela. En definitiva, lo que tan mala fama ha aportado en ocasiones a la llamada literatura de ideas.
Ambos de acuerdo, comenzamos a cruzar ejemplos en la conversación, hasta que no tuve más remedio, ante una apuesta fuerte de mi interlocutor, que echar mano de mi as en la manga: Robert L. Forward. Todo lo que podría decir de él está incluido en las dos reseñas que vienen a continuación, publicadas en su día en otros territorios ahora desolados.

Orgía cósmica

Hay obras que desde el principio exigen una cierta complicidad al lector, novelas que proponen una irrealidad en todo punto inaceptable, pero que una vez desarrollada sirve como vehículo a ideas algunas veces sorprendentes. Si se acepta el juego, siempre contando con que el desarrollo logre huir de la monotonía, el resultado final puede ser altamente positivo. Camelot 30K es una novela que se queda a medio camino entre las anteriores premisas: propone un extraño divertimento que resulta aburrido en algunos tramos, y que si por un lado es propio de la fantasía heroica, por otro viene envuelto en ideas netamente científicas.
Continuando con su costumbre de dar vida a exóticas especies alienígenas en situaciones extremas, Robert L. Forward imagina aquí una civilización -los keracks- cuyo origen se encuentra en un "cometoide" situado en los límites del sistema solar, conocido por sus habitantes como Hielo, cuya temperatura en superficie ronda los 30 grados sobre el cero absoluto. Forward, fiel a su vocación de escritor de cienciaCamelot 30K, de Robert L. Forward ficción dura, se vuelca con solvencia en la descripción fisiológica de unas formas de vida inteligentes totalmente adaptadas al medio, y para demostrar que es esa cuestión la que en realidad acapara su interés, deja los componentes sociológicos de esta original especie en manos de la complicidad del lector, creando un híbrido de fantasía y hard que cuanto menos resulta chocante.
Con un comienzo que recuerda mucho al premiado cuento "Ojos de ambar" de Joan D. Vinge, la narración pronto se torna meramente descriptiva. En un entorno medieval, los habitantes de una de las ciudades keracks, Camalor, dejarán en manos de su "maga" oficial, Merlene, la responsabilidad de actuar como anfitriona ante los visitantes humanos, mientras los demás se dedican a guerrear a las órdenes de sus líderes militares, un tal Morded entre ellos. Nombres de evidentes reminiscencias artúricas cuyo origen en la narración ni se aclara ni sorprende a los terrestres protagonistas cuando se dan cuenta de ello, a eso de mitad de libro. Juntos, Merlene y nuestros representantes irán descubriendo el escondido secreto que amenaza a la ciudad de Camalor y especialmente a sus habitantes.
Los primeros dos tercios de novela contemplan una inacabable sucesión de descripciones de la extraña especie, su constitución y sus modos de vida. Con mayor profusión de tramos aburridos que amenos, la acción es casi inexistente, y lo narrado a lo largo de las páginas es una tediosa y modernizada versión conjunta de Alicia en el País de las Maravillas y Los viajes de Gulliver. Afortunadamente, en esta ocasión el esfuerzo tiene su recompensa, puesto que la conclusión de la novela, una imaginativa idea sobre la que está construida toda la trama del libro -verdadera parafernalia estructural montada para conducir a este sorprendente objetivo final-, es apoteósica. En una inesperada y refrescantemente pornográfica escena final, Forward logra su desaforado objetivo y apabulla al lector con una mezcla en la que el hard asume por vez primera su doble significado erótico-científico.
Si bien es cierto que este Camelot 30K (título que a algunos amantes del cómic les sonará bastante) adolece de dificultades para la ingestión, la digestión posterior se torna satisfactoria gracias a su desaforado final. Un extraño producto que mezcla géneros y que acaba donde algunos autores no osan aventurarse.


Un paseo por Barnard


Incluso aquellos que claman de continuo por la dignificación del género y su inclusión en la corriente general admiten la imposibilidad de exportar la cf hard. Las características intrínsecas del subgénero que mejor conserva la esencia de la cf campbelliana impiden su acercamiento al gran público. Hay, por supuesto, quien continúa intentándolo, aderezando la dificultad cientifista con un estilo más elaborado o con tramas que profundizan en «la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología», que decía el Buen Doctor. Y hay también escritores a quienes esto no podría importarles menos, caso de Robert L. Forward.
Cuando se pone más interés en hacer verosímiles las tecnologías inventadas que en la diversión del lector, en el elemento hard que en la trama, se producen somníferos literarios de excesiva pesadez que tienen que ver más con las revistas de divulgación que con el arte. Forward suele coquetear con estos peligros, pero suele solucionarlos con propuestas científicas espectaculares. Entre 1983 y 1984, la revista Analog publicó una serie del autor (muy popular entonces por su primera novela, Huevo del dragón) que fue recogida inmediatamente en un solo volumen titulado The Flight of the Dragonfly. Seis años más tarde, Forward repasó la obra y la publicó con su título definitivo, El mundo de Roche. La novela refiere los pormenores de una misión espacial a Barnard, enana roja situada a 6 años luz de la Tierra. Allí se encuentra con un sistema solar fascinante, repleto de misterios, aventuras y retos, y cuya dinámica planetaria les deparará más de una sorpresa. El entusiasmo de Forward por el escenario El mundo de Roche, de Robert L. Forwarddescrito le empujó a revisitarlo en cuatro ocasiones más, en colaboración con Julie Forward Fuller y Martha Dodson Forward.
El problema de este libro no es su fuerte componente hard, sino la pobre caracterización de los personajes y la acción casi nula. Aunque no llega al abuso plúmbeo de Camelot 30K, el comienzo se mueve por los senderos del aburrimiento, desde la presentación cinematográfica de los demasiado abundantes personajes hasta las exhaustivas explicaciones y descripciones de los componentes del sistema fotónico de propulsión, el velero estelar, las rutinas de los tripulantes o cualquier nimia maniobra. La deficiente caracterización de los personajes desorienta, Forward se revela más puntilloso que detallista y la manía de poner un nombre familiar a todo artilugio presente acaba siendo desquiciante.
No obstante, la narración adquiere fuerza conforme Forward se acerca a lo que mejor domina. Aunque será especialmente recordada por el imaginativo sistema de empuje fotónico por láser, la novela tiene más, muchas más ideas interesantes, como la No-Muerte, sustancia que prolonga la vida a cambio de idiotizar al individuo, o los descubrimientos posteriores a la larga travesía, tras la cual la novela se dispara y ofrece una auténtica recompensa, una sucesión de maravillas: un sistema solar de dinámica sorprendente, listo para ser explorado a fondo en los siguientes volúmenes de la serie; un planeta doble inaudito, Roche, cuyos dos componentes, separados sólo por 80 kilómetros, tienen características distintas pero complementarias; unos alienígenas sorprendentes, auténticos genios matemáticos (resuelven el teorema de Fermat de una sentada) y, como todas las creaciones extraterrestres de Forward, simpáticos y amistosos. Y, por encima de todo, un final que deja sin aliento y convulsiona el sentido de la maravilla del lector. Tal como sucedía en Camelot 30K, la novela no es más que el aperitivo de ese momento final que anteriormente titulara la obra: el vuelo de la libélula. Forward añade, además, un extenso apéndice en el que explica todas las imaginativas creaciones científicas que sustentan al libro.
El mundo de Roche es un hard que disfrutarán exclusivamente los incondicionales del subgénero, una obra que confirma a Forward como un autor de escaso empaque literario e ideas sensacionales.



Ambos textos aparecieron anterior y respectivamente en Bibliópolis, crítica en la Red y en el número 36 de la revista Gigamesh.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Robert J. Sawyer. Factor de humanidad

Como muchos de ustedes ya sabrán, Flash Forward, la serie de televisión basada en el libro de Robert J. Sawyer titulado Recuerdos del futuro, ha sido cancelada en su primera temporada. Y la noticia me ha venido al pelo. Tenía yo aún, pendientes de subir al blog, algunas reseñas antiguas de distintas novelas suyas, así que me ha parecido que esta era una buena ocasión para airear alguna de ellas. La decisión de cuál iba a ser la agraciada la ha resuelto un artículo de Julián Díez titulado "Los auténticos derechistas de la cf", subido recientemente a Prospectiva y motivo de un largo hilo de comentarios.
Creo que, a veces, más que la totalidad de la novela son los detalles, algunas pequeñas tramas y situaciones, las que dejan en evidencia la auténtica ideología del escritor. Cuando recuerdo Factor de humanidad, por ejemplo, no es la ficción científica la que acude a mi memoria, sino la propuesta sonrojante por parte de Sawyer de una ocurrencia que podríamos equiparar a la infausta Ley Corcuera, aquella famosa propuesta de "patada en la puerta" con la que el denostado Ministro del Interior se retrató a sí mismo y a parte de su partido (sí, lo de la derechización de la presunta izquierda no es una cosa exclusiva del momento actual. De hecho, forma parte de una larga tradición).
En provecho de algunas ciudades y los afluentes que las riegan, aquí tienen la reseña.


A menudo, las cosas no son lo que parecen. La portada de esta novela, por ejemplo, asegura que en su interior se encuentra el heredero directo de Michael Crichton; la contraportada exhibe un breve texto promocional que bien podría pasar por la sinopsis de la ya archifamosa Contact, de Carl Sagan; la ilustración de cubierta, en un inusitado guiño (de dudoso gusto) al lector, muestra la imagen de una niña que tiene pájaros en la cabeza. En las páginas del libro, en realidad, sólo se encuentran lejanas referencias a todo lo que estas pistas anuncian.
Factor de humanidad, novela cuya principal virtud reside en un estilo narrativo fácil y de agradable lectura, es más deudora de los culebrones televisivos que de los referentes antes mencionados. Estamos, en teoría, ante una novela de primer contacto que aborda el sobado tema del mensaje espacial y su laboriosa decodificación, y que incluye en su argumento el consabido aparato maravilloso de origen alienígena. En un plano Factor de humanidad, de Robert J. Sawyersecundario, una familia con problemas aporta ese toque de humanidad tan al uso en el género hoy en día. Las dos líneas argumentales confluyen en un final que anticipa un nuevo y decisivo paso para toda la raza humana. Todo lo anterior, repito, dentro de un análisis teórico, porque la realidad es otra muy distinta.
Esta novela, en puridad, no es otra cosa que un empalagoso melodrama en el que una madre lucha denodadamente para conocer la verdad sobre un asunto escabroso: los abusos a los que su marido presuntamente sometió a sus hijas cuando éstas aún eran pequeñas. A eso de las cien páginas, más o menos, aparece la trama secundaria, un mensaje extraterrestre, que resultará providencial para desentrañar el importante misterio familiar, y de paso, salvar al mundo de la iniquidad. La intensidad del drama familiar, más propio de un telefilme de sobremesa que de un libro de ciencia ficción, prepondera y hace que todo el contenido genérico se arrincone en una sola idea. El concepto de la supermente colectiva y su posible papel en un primer contacto es realmente interesante, pero, debido a su papel de segundón en la historia, no supone más que un mero artificio a través del cual llegar al auténtico objetivo del escritor, que no es otro que demostrar que la familia unida jamás será vencida.
Lo peor de todo es que, además, Sawyer hace apología de la violación total de la intimidad como medio válido para descubrir la verdad, dando por sentado, de manera muy inocente, que a la víctima tal abuso no le importará, que no lo tendrá en cuenta si eso le exculpa de toda acusación. Sawyer expone, con total naturalidad, los beneficios de entrar en la mente de cualquier persona si ésta es sospechosa de haber cometido algún crimen. Una premisa más propia de famosos ex-ministros de nuestro país que de un autor de ciencia ficción cuyo apellido no sea Heinlein. Las dos líneas argumentales, salpimentadas con breves referencias a la cuarta dimensión, la enésima amenaza de seres mecánicos, Carl Gustav Jung y divertidos chascarrillos sobre Star Trek conforman este cuento alargado al que, a pesar de sus escasas trescientas cincuenta páginas, acaban sobrando más de cien, por carentes de contenido, que no por aburridas.
Se demuestra, una vez más, que no todas las novelas de fácil lectura tienen por qué ser buenas novelas. Factor de humanidad es un producto para entretenerse unas horas (si es que las más de trescientas (300) erratas que contiene la edición de La Factoría de Ideas no molestan a quien lo consuma) y olvidarlo en menos tiempo todavía. Aunque existe otra opción, la de tomárselo todo a broma, como ha hecho el responsable de otorgar a este libro la ilustración que decora su cubierta.


Reseña original publicada anteriormente en Bibliópolis, crítica en la red

martes, 18 de mayo de 2010

William Gibson. País de espías

En esta página de Prospectiva, el portal dedicado a la ciencia ficción, pueden encontrar el último texto escrito por mi más afamado álter ego. Se trata de una modesta crítica de Fin, la magnífica novela de David Monteagudo. Como celebración de un hecho tan relevante, les ofrezco a continuación otro texto que el ínclito reseñador aportó anteriormente a Prospectiva.


William Gibson ha pasado en pocos años de predecir con acierto nuestro futuro a anticipar nuestro presente. No ha sido un cambio muy brusco, pues en su visionaria prosa ambos presentan un rostro semejante. El norteamericano es el mejor descriptor actual de las nuevas inquietudes culturales nacidas de la revolución informática, un lector certero del espíritu de estos tiempos impredecibles a los que Internet, la versión primigenia de su ciberespacio, nos ha conducido. En realidad, su narrativa sigue enfocada al futuro cercano, en la actualidad indistinguible del presente, de modo que su escritura parece adquirir en ocasiones apariencia de cálculo diferencial.
Gibson está “al loro”, sabe lo que se cuece, sabe cómo extraerle usos imaginativos a nuestra cotidianeidad y a sus nuevas tecnologías. Si en su día fue capaz de prever el futuro de la Red, antes incluso de que ésta existiera, ahora, de forma más modesta, sigue imaginando usos nuevos pero posibles de la tecnología aplicada al arte. Y es en esa dirección en la que ha volcado sus esfuerzos creativos en esta última trilogía, formato usual en su narrativa, dedicada al tiempo presente. El “metraje” de Mundo espejo y el “arte locativo” que aparece en País de espías son conceptos artísticos realizables con las actuales tecnologías. Sus usos también. Gibson, además, sabe aplicar su original mirada a otros niveles, remodelando, por ejemplo, los géneros literarios que visita. Si en sus anteriores tercetos, las trilogías del Ensanche y del Puente, supo dar un carácter prospectivo al noir, en esta ocasión aplica el mismo principio al thriller de espías. Su visión acertada y anticipativa sustituye el núcleo que alimentó a ese género en las pasadas décadas de los 80 y 90, el fantasma de la vieja Unión Soviética y sus corrompidos restos, por elPaís de espías, de William Gibson nuevo orden mundial abierto tras el 11-S. En la anterior novela ya lo apuntaba, pero es en ésta donde se hace patente la reinvención de lugares comunes recientes, como por ejemplo la figura del viejo espía jubilado.
Los caducos y a priori inservibles ex-agentes del KGB que trufaban, bajo una perspectiva crepuscular, las novelas de la pasada década son relevados aquí por agentes jubilados comprometidos con el mundo post 11-S, con la guerra antiterrorista y sus secuelas, con el nuevo e inestable mapa político y económico del nuevo siglo. No extraña la consideración que se ha dado a esta novela como precursora del post-post 11-S, puesto que apunta directamente hacia la situación creada por la actitud neoconservadora de la administración Bush ante el terrible atentado terrorista. Mucho de lo que pasa en la trama, la cuestión de fondo incluso, está relacionado directamente con el desmadre del capitalismo usurero y corrupto destapado por la reciente crisis financiera mundial, un efecto no colateral, sino directo, del antiterrorismo.
En esta novela el talento visionario de Gibson sigue brillando en todo su esplendor. El literario, sin embargo, parece dar muestras de cansancio. La decisión de dividir el desarrollo de la acción en tres tramas, alejadas inicialmente, pero encauzadas hacia una confluencia en los capítulos finales, no parece muy acertada. Hay una notable diferencia de velocidad, de ritmo e interés entre ellas. La historia que protagoniza Hollis Henry y su reportaje sobre el arte locativo es, de largo, la más atrayente y la que mejores momentos gibsonianos contiene. La trama del cubano Tito y sus orishas, sobrante en varios aspectos, y la del yanqui Milgrim y su captor, en una suerte de tournée por los hoteles de América (para conocer la obsesión de Gibson con el tema échenle un vistazo a su blog), adolecen de una morosidad que perjudica en parte el ritmo de lectura. Las descripciones siguen siendo el plato fuerte de la narración, siempre bajo el registro inimitable y personal de Gibson, aunque esta vez se presentan en un estilo menos dislocado de lo habitual. Las construcciones gramaticales, más ordenadas que en sus obras canónicas de ciencia ficción, podrían provenir de una depuración estilística voluntaria o ser producto, sencillamente, de la mano de los nuevos traductores. Me temo que este humilde reseñador es al cabo incapaz de clarificarlo.
La impresión final, para quien haya leído casi toda la narrativa gibsoniana, es de cierta decepción por una novela floja, que cuenta además con un final algo tontorrón, un anti clímax que deja más sensación de episodio piloto televisivo que de novela cerrada. Nada inesperado, en todo caso, pues con Gibson siempre fue más importante el viaje que el destino final, las letras de sus textos como genial crooner de nuestro tiempo que el desenlace de sus historias. Esperemos, pues, que la próxima novela, que debe cerrar esta trilogía, sea mejor que País de espías, probablemente la peor de su currículum.



La versión original de esta reseña fue publicada en Prospectiva.

domingo, 11 de abril de 2010

Ciencia ficción

La reciente avalancha de obras de ciencia ficción provenientes de allende sus territorios, este fenómeno literario que hemos vivido durante el último lustro y al que yo suelo referirme como "la normalización del género", está despistando a muchos y provocando, en general, debates muy interesantes sobre qué es y qué no es, sobre el sí y el no, y, en definitiva, sobre la propia identidad y la idiosincrasia del género. La pasada centuria fue pródiga en definiciones, algunas ofrecidas por parte de intelectuales y estudiosos, de escritores y críticos (en el Sitio tienen algunas de ellas), pero ninguna logró obtener el Nihil obstat de los aficionados. De hecho, y no sólo en asuntos definitorios, éstos siempre han sido más dados a seguir el criterio propio que las opiniones de la crítica especializada.



Con el fin de que los lectores de este blog sepan de qué hablo cuando hablo de este género literario, ahí va mi concepto de lo que es y no es ciencia ficción:

Toda narración de carácter fantástico cuyo punto de ruptura con la realidad parte de una ficción científica, sea esta explicada o no.

- Santiago L. Moreno


sábado, 20 de febrero de 2010

Ángel González. Para que yo me llame Ángel González

Ahora que el maestro Serrat vuelve a rescatar a Miguel Hernández, cuando parece darse un regreso a la poesía, clásico retorno en tiempos marcados por la pérdida de la identidad social y de los valores culturales y morales, por la huída hacia el individualismo como método de supervivencia, recupero yo aquí, y recomiendo con vehemencia, la poesía de Ángel González. Descubrí al poeta hace un par de años, gracias al disco Sólo o en compañía de otros, del cantante Miguel Ríos, penúltimo eslabón en la reciente y creciente cadena de homenajes al escritor.
En coincidencia con la entronización de su coetáneo, Gil de Biedma, la admiración por la obra de Ángel González crece año tras año, al igual que las muestras públicas de reconocimiento.  En la wikipedia puede leerse este escueto resumen:
González colaboró con los cantautores Pedro Ávila en el disco "Acariciado mundo" (12 poemas de Ángel González, 1987) y Pedro Guerra en el libro-disco La palabra en el aire (2003) y también con el tenor Joaquín Pixán, el pianista Alejandro Zabala y el acordeonista Salvador Parada en el álbum Voz que soledad sonando (2004). En 2009 Joaquín Sabina le dedica la canción "Menos dos alas" incluida en su disco Vinagre y rosas, escrita junto a Benjamín Prado.
Me quedo con la interpretación de Miguel Ríos, quien supo mezclar con acierto la pieza que viene a continuación con "La vida en juego", composición con la que el cantautor Pedro Guerra musicalizó otra de las muchas joyas poéticas a las que el genio ovetense supo conferir emoción y carga de profundidad. Es verdaderamente difícil elegir sólo uno de entre sus muchos y memorables poemas, inigualables reclamos de emoción, plenos de una belleza profunda y honesta, pero me decanto por éste que tenéis a continuación. No sólo por ser el primero que le conocí, sino también porque la descomunal fuerza de su conclusión, de esas dos frases finales, embravecidas, indefensas, me afecta hasta desbordarme.


Para que yo me llame Ángel González


Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...


En su propia voz:






Si desean leer otras piezas de este gran poeta e indagar un poco en su vida, pueden acudir a Cervantes Virtual.

sábado, 13 de febrero de 2010

Imágenes de cf. IV


"Durmió aquella noche pegado a su padre y lo abrazó pero al despertar por la mañana su padre estaba frío y tieso. Se quedó allí sentado llorando mucho rato y luego se levantó y atravesó el bosque hasta la carretera. Cuando regresó se puso de rodillas al lado de su padre y cogió su fría mano y pronunció su nombre una y otra vez."





jueves, 11 de febrero de 2010

2012 y País de espías

El ínclito Santiago L. Moreno, tras más de un año de ausencia, ha vuelto a escribir un par de reseñas, pero ha decidido publicarlas en casa ajena. Ignoro qué habrá estado haciendo estos meses tan oscuro personaje, en qué asuntos, en qué extravagantes negocios habrá empleado su tiempo. Ciertamente, no es que me importe mucho, pero en recuerdo de la buena relación mantenida en el pasado, doy fe de esta noticia.
Ya puestos, y dado que, seguramente, pasará algún tiempo hasta que esos textos encuentren aquí hospedaje, les facilito a continuación ambos enlaces. Por si algún extraño tipo de locura se ensaña con ustedes y les obliga a leerlos.

2012, de Whitley Strieber, en Stardust.

País de espías, de William Gibson, en Prospectiva.

Ustedes mismos.

domingo, 31 de enero de 2010

Walter M. Miller Jr. Cántico por Leibowitz

Desde el famoso "principio del iceberg", ese con el que Hemingway intentaba explicar la potencia oculta de sus cuentos, hasta la (muy dolorosa para mí) confesión que hace Rodrigo Fresán en el epílogo de su magistral El fondo del cielo (la novela tenía una extensión de tres o cuatro veces la que tiene actualmente e incluía una larga descripción de los club de fans de la ciencia ficción en los años 30), hay una amplia mayoría de escritores que cumple escrupulosamente con la teoría de la omisión, esa que asegura que lo publicado ha de provenir de la destilación final de páginas y páginas que no acabarán viendo la luz. Si quieren ejemplos cercanos, hay escritores de ciencia ficción, como Rodolfo Martínez, que tienen confeccionados organigramas enteros sobre la historia del universo en el que transcurren sus space operas. El pujante escritor de terror Marc Soto reconocía hace tiempo que el salto de calidad en sus cuentos se produjo cuando comenzó a dar más importancia en ellos a la parte oculta que a la explícita. Este principio suele ser lugar común, materia conocida entre los escritores cuando comienzan a dominar el ejercicio de su profesión para encaminarlo hacia la búsqueda del arte.
Naturalmente, el mundo de la literatura es tan amplio que da lugar a excepciones. No todos los escritores cumplen con la norma, y sus textos publicados son exhaustivos, enciclopédicos. Entre ese tipo de escritores que priman la docencia, la demostración de sus amplios conocimientos al lego por encima del efecto literario, se cuenta Neal Stephenson. Anatema, su última y gargantuesca novela, es un nuevo ejemplo de ello. Su lectura exige una inmersión sin apoyos en un universo ajeno, en el que incluso el vocabulario es extraño. El lector se ve impelido a hacer un ejercicio de fe desde la primera página, a creer en el autor y en su promesa. Con Stephenson, el escritor es la estrella. Sus libros son auténticos Titanics que, tratando de revertir su pesantez en virtud, navegan ausentes por los oceanos de la narrativa, ignorando majestuosamente tanto a icebergs como a lectores.
Particularmente, no desestimo esa brutal ambición, la de recrear... no, la de crear un universo entero, al detalle, desde la imaginación, pero, desgraciadamente, no atravieso un momento personal propicio para esos esfuerzos; no estoy por la labor. Tras dos infructuosas intentonas, he acabado por acomodar a este diplodocus en cartoné en el fondo de mi librería. Y ya sé que las comparaciones son odiosas, pero no he podido evitar que me haya venido a la memoria, pura anécdota, la gran obra que sobre monjes postapocalípticos y su guardado cultural ha dado la ciencia ficción, Cántico por Leibowitz. Una obra maestra incontestable, una maravilla de aparente sencillez.
Según el conocido principio, tan sólo eso, aparente.





Que el género ha evolucionado en los últimos cuarenta años no es un hecho que se pueda poner en duda. Nuevas temáticas, nuevos estilos, y en definitiva, nuevas inquietudes, han venido a transformar la ciencia-ficción y a convertirla en lo que es hoy en día. Algunos autores como Gibson, Simmons o Egan han introducido importantes novedades en las dos últimas décadas, llegando a crear en algunos casos subgéneros -el ejemplo más notable sería el del ciberpunk- dentro del género madre. Otros incluso han intentado ir más allá, tratando de dotar a sus novelas de una calidad literaria que pudiera acercar las cotas estilísticas de la ciencia-ficción escrita a la corriente principal, el famoso mainstream.
Curiosamente, la persecución de la dignidad del género como "gran literatura" ha conseguido en la mayoría de los casos lo contrario. La excesiva pomposidad unida a las ordenanzas editoriales de nuestro tiempo, cuyo primer mandamiento es engordar las novelas para así poder cobrar más por ellas, ha provocado que la pesadez se haya apoderado de muchos de los libros publicados en la pasada década. Por eso no es extraño que uno sienta la necesidad, de vez en cuando, de oxigenarse con una buena dosis de sencillez (que no simplicidad), para lo cual la mejor opción es siempre mirar hacia atrás y sumergirse en la refrescante lectura que proporciona cualquier novela de la década de los 50.
El libro que nos ocupa es un doctorado sobre la mencionada sencillez: cómo contar algo realmente importante de manera amena, con una estructura muy sencilla y en apenas trescientas cincuenta páginas. La carencia de pretensiones de estilo hace que se lean en un suspiro los varios temas que Cántico por Leibowitz ataca, eso sí, de forma pacífica. El motor central es el eterno viaje paralelo de las dos creaciones humanas más significativas, la ciencia y la religión, antagonistas eternas, pero como nos cuenta el autor, condenadas a complementarse. Esta batalla de amor y odio es el instrumento del que se vale Miller Jr. para enseñarnos las dos caras de la moneda y presentarnos a su vez otras tramas menores que en realidad no lo son tanto. El libro, dividido en tres capítulos principales, desplaza al lector por más de mil doscientos años de historia humana. Los nombres de cada parte dan la clave de lo que nos encontraremos en su interior.
Comienza el viaje con "Fiat homo", cientos de años después de un holocausto nuclear que ha sumido al mundo en una nueva edad oscura. La ciencia, causante de todos los males, es perseguida, y sólo encuentra cobijo, curiosamente, en la Orden Albertiana de San Leibowitz, dedicada a cuidar los libros que sobrevivieron a la quema posterior a la guerra, convirtiendo el cuidado de la Memorabilia en su razón de ser. No más de cinco personajes bastan y sobran para presentarnos rotundamente cómo es el mundo superviviente. Magistralmente, se marcan las pautas de lo que será el nuevo comienzo de la Humanidad.
Transcurridos seiscientos años, abordamos la segunda parte del libro, "Fiat lux", y nos encontramos con una incipiente civilización que vuelve a despertar por el único camino que el hombre conoce: la guerra. Y gracias a la religiosa Orden de Leibowitz, curiosamente, también por la ciencia. El conflicto es evidente para los monjes que tan bien han guardado el saber durante centurias: puesto que la ciencia es la causante de la destrucción de la Humanidad, ¿deberían dejar que saliera de su refugio? Y por otra parte, ¿qué sería de ellos si todo el mundo tuviera los conocimientos cuya custodia da sentido a la existencia de la Orden?
Finalmente, seiscientos años después, en "Fiat voluntas tuas", el Hombre ha recuperado su antiguo esplendor, aunque la amenaza de la destrucción volverá a estar más presente que nunca, y la última esperanza reposará, como siempre fue, en la religiosa Orden que da nombre a la novela, aunque sea más allá de las estrellas.
La religión como soporte de la civilización. Los supersticiosos monjes de Leibowitz como guardianes de la ciencia, del monstruo exterminador que duerme en sus sótanos, cuidando el recipiente del saber humano, del enemigo, en sus entrañas. A lo largo de toda la narración pervive el conflicto moral entre los dos grandes protagonistas del progreso humano, para bien o para mal, compenetrándose y finalmente combatiendo en un maravilloso último capítulo, en el que además Miller Jr. regala la inteligencia del lector con las dudas morales de los monjes, meros guardianes que ven impotentes cómo su criatura se les escapa de las manos, y a los que no les queda otro camino que la resignación y aceptación de su papel en el destino de la raza humana. El instante más intenso aparece en esa última parte, con la eutanasia como excusa, presentándonos el verdadero dilema que separa religión y ciencia, creencia y saber.
Mención aparte merecen el personaje del judío errante, cuya vivencia de la trama corre paralela a la del lector, y los buitres, imperecedera representación del paso del tiempo, que todo lo devora. Cuando termina la novela, un ciclo más de la evolución humana ha sido expuesto a los afortunados ojos del lector. Aun así, el libro no presenta un destino cíclico cerrado, porque el final, por muchas razones, abre nuevas expectativas para el futuro. Al fin y al cabo, no somos el centro del Universo.
Más de mil años de historia, los conflictos morales humanos y, sobre todo, la inevitabilidad de la estupidez del Hombre, presente en sus genes, y por tanto imposible de extirpar, son algunos de los elementos de estudio de este Cántico por Leibowitz. Todo contado a través de la más sublime sencillez, valiéndose nada más que de una docena de personajes, efímeros pero perfectamente descritos. Sencillamente, una extraordinaria novela, premio Hugo de 1961, escrita por un auténtico conocedor del espíritu humano, a la que Nova debería haber otorgado en su tiempo una portada a su altura.




Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.

Criminal Blurbs

Bajo la garra de piedra, de Theresa Crater
"Arroja luz sobre muchos personajes y momentos históricos interesantes, entre ellos los conocidos illuminati, los masones o la orden rosacruz y muchos más."

-Literary Times

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Imágenes de cf. III


"El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto."