sábado, 14 de octubre de 2006

La difícil elección del título

Echen un vistazo al original...
Specimen Days
Editorial Norma Editorial El Aleph
...y decidan con cuál de los dos se quedan.
...
El título es parte del homenaje que Michael Cunningham hace al poeta Walt Whitman, y más concretamente al libro homónimo en el que, a modo de diario, reflejó sus peripecias en la Guerra Civil norteamericana.
...

Sin ánimo de influirles...


Días cruciales en América. Editorial Valdemar

martes, 10 de octubre de 2006

Christopher Priest. El prestigio

La dejadez en el mundo editorial alcanza en muchas ocasiones lo incomprensible. Y confieso que no sé si se trata de la famosa chapuza nacional o de un problema del ramo. Como último ejemplo, el que paso a explicarles a continuación:
Se ha estrenado recientemente en los cines de Estados Unidos la versión cinematográfica que Christopher Nolan ha realizado de El prestigio, la novela que el paso del tiempo va designando como la mejor de entre las escritas por el británico Christopher Priest. La editorial Minotauro, que desde su adquisición por el grupo Planeta no es ni la sombra de lo que fue en manos de Francisco Porrúa (al menos desde el punto de vista del lector-consumidor), editó la novela en España hace algunos años. La película está teniendo una gran acogida por parte de la crítica, y algunos expertos del género fantástico (siempre tan animados con lo suyo) comienzan a clamar incluso por el Oscar. No tardará en llegar a nuestro país, así que es previsible un resurgimiento del interés por la maravillosa novela de Priest. He aquí, por tanto, una ocasión excelente para la reedición.
No sé ustedes, pero si yo perteneciera a Minotauro tendría un cuidado exquisito con lo que promete ser una buena fuente de ventas. Pues bien, esto es lo que muestra la página web que la editorial dedica al libro en la fecha en que escribo estas líneas. Echen un vistazo y ahora seguimos hablando...
¿Ya? Pues sí, lo han visto bien: título incorrectamente escrito y sinopsis trocada (pertenece a El glamour, otra de las novelas de Priest). Que me corrijan si me equivoco, pero es que además lleva así años. Y lo más grave de todo es que la equivocación se reproduce como un meme demoniaco por las páginas web de un gran número de librerías y distribuidores. Copian y pegan sin molestarse en realizar ni una simple comprobación. Todo ello nos lleva a la penosa conclusión de que los libros tienen una pobre importancia para gran parte de los que viven de ellos, esa parte creciente que los considera más industria que cultura.
En fin, como lo que importa es la maravillosa novela de Christopher Priest, aquí rescato una breve reseña de hace unos años.

Finales del siglo XIX. Dos ilusionistas, Rupert Angier y Alfred Borden, se enfrentan entre sí arrastrados por rencillas personales en una escalada de actos trágicos que acabará de la forma más siniestra imaginable.

El prestigio
El prestigio recibió en 1996 el World Fantasy Award a la mejor novela de fantasía publicada el año anterior, y puede decirse que con toda justicia. La trama se presenta en primera persona, por medio de los diarios de ambos magos. La genialidad y el riesgo de Priest se hacen patentes en el hecho de que ambos diarios no muestran periodos consecutivos de tiempo, sino simultáneos. Así, se asiste a la misma historia contada dos veces desde diferentes puntos de vista. Y sin embargo, más allá de aburrir, la repetición logra un efecto fascinante que convierte al lector en un vulgar voyeur, un observador enganchado sin remisión a las vidas privadas de los dos magos y de sus diferentes motivaciones y pensamientos, testigo de la crueldad de unos hechos casuales que enfrentan a quienes en circunstancias distintas habrían sido amigos y colaboradores.
El elemento fantástico, cruzado el ecuador de la novela, lo aporta una de las extrañas creaciones del inventor Nikola Tesla (cuyo publicitado duelo con Edison podría haber alimentado el enfrentamiento de esta historia). La introducción de ese elemento tecnológico en plena época victoriana introduce al libro en el terreno de la ciencia-ficción -en el llamado steampunk, concretamente- y cambia el sentido de la narración, que de un llamativo duelo entre ilusionistas pasa a convertirse en una locura de implicaciones cuasi metafísicas. Como guinda, Priest ofrece un final de tintes góticos, un final que si se piensa con detenimiento, se aprecia inesperado y especialmente macabro.
El prestigio no es quizás la obra en la que Priest haya llevado a mejor puerto su personalísima literatura de espejos, pero es, a mi parecer, en la que mayor empuje narrativo ha logrado imprimir. A pesar de algún defecto en el ritmo, es sin duda su mejor novela.

domingo, 8 de octubre de 2006

Memoria

A su derecha, un arbusto escuálido anuncia el fin del otoño. Decrépito, demacrado, apenas lo adornan unas pocas hojas. El suelo a sus pies cruje como barquillos de galleta aplastados por un niño goloso. De repente, a su izquierda, un copo de nieve cae sobre un gnomo de porcelana, cubriendo el pequeño gorro de estrellitas blancas, microscópicas. La nieve cae sobre sus zapatos cuando vuelve a mirar hacia abajo. Las estaciones se suceden en los cuatro puntos cardinales, a su alrededor, dejándole anclado en el centro. Sólo tiene que volver el rostro para sentir el verano calentando su cabello. Su nuca, al otro lado, está húmeda, mojada por una lluviosa primavera. El torbellino estacional le embriaga.
Se da cuenta de su propia naturaleza, tridimensional. Pero no quiere mirar hacia arriba: tiene miedo. Echa a andar. Debajo oye el quejido de las hojas secas, oye el roce sobre la blanda nieve, la musicalidad del agua en los pequeños charcos; siente la aridez del suelo. Duda.
Qué tonto, piensa. Sabe perfectamente lo que hay arriba.
Alza la mirada y sal húmeda se escapa de sus ojos. Nubes grises combaten con el sol mientras la nieve se desprende de ellas, mezclándose en la caída con miles de hojas pálidas, armoniosamente.
Se siente niño de nuevo. Y llora, llora. Llora desconsoladamente.
Llora al recordar lo que había perdido.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Richard Morgan. Leyes de mercado

Qué leer
En el número de septiembre de la revista Qué leer, el excelente biógrafo Miguel Dalmau escribe un artículo de opinión en el que carga contra lo que él considera una carencia significativa en la literatura española reciente: "Uno de los rasgos más lamentables de la literatura actual es el descrédito del argumento. Es decir, el desinterés o incapacidad de los autores para plantear una historia que sea mínimamente original. En mis tiempos, los lectores caíamos deslumbrados ante los cuentos de Borges o Cortázar, no solo por la calidad de la prosa, sino por lo insólito de la trama... Y otro tanto ocurría con Orwell, Kafka, Calvino, Grass, Bradbury, Dick, etcétera. ¿Qué ha ocurrido pues para que la invención literaria haya caído en desuso? ¿Por qué ya no hay grandes argumentos?"
A continuación, el escritor apuesta por una serie de motivos más que evidentes y propone como posible comienzo de solución, entre otras cosas, dirigir la mirada hacia la actual literatura anglosajona. En parte estoy de acuerdo con él, aunque creo que Dalmau comete el error de buscar en la dirección equivocada, olvidándose de la literatura de género. Entre lo más sobresaliente de La sombra del viento figuran argumento y trama, afirmación también válida para La piel fría. En el mismo orden de cosas, a los ejemplos a seguir que menciona, tales como Martin Amis, Kazuo Ishiguro, Julian Barnes y demás miembros del British Dream Team, se le olvida añadir los de la plétora de escritores de ciencia ficción que en estos momentos están desarrollando en las islas británicas una narrativa extraordinariamente imaginativa tanto en lo conceptual como en lo estilístico.
Sorprende semejante olvido, ya que el 90% de los autores que cita como grandes constructores de tramas que le subyugaron pertenecen a la literatura de género fantástico, y sin embargo, aún supuestamente consciente de ello, Dalmau prefiere no internarse hoy en ese territorio. Es cierto que Amis e Ishiguro han pasado de visita por el género, pero la casi totalidad de autores que propone tenía su residencia fija en él, y sería por tanto más coherente acudir a los que ocupan ese mismo espacio en la actualidad. En realidad, esa actitud no es más que un suma y sigue en la larga historia de infravaloración de un género que, a pesar de estar de moda, sigue siendo ninguneado hasta por quien, como en este caso, disfrutara de sus valores antaño.
Si Dalmau y los escritores españoles a los que critica estuvieran dispuestos a abandonar por un momento el elegante y aristocrático centro de la polis literaria y echaran un vistazo a los menospreciados suburbios -por ejemplo, a la ciencia ficción británica-, se sorprenderían tanto de la imaginación como del oficio de sus autores. Para encontrar originalidad e inventiva argumentales, sólo hay que abrir cualquiera de los frutos que han madurado al amparo del movimiento New Weird en los últimos años. O en la vertiente más tradicional, acudir a los grandes maestros procedentes del pasado, como J. G. Ballard, Christopher Priest o M. John Harrison.
Ciñéndonos al tema que más preocupa a Dalmau, ya que los valores en busca pertenecen al dominio de la ingeniería narrativa, del diseño y fabricación de tramas perfectas e historias perdurables, me voy a tomar la libertad de recomendarle un escritor en particular, un artesano que responde al nombre de Richard Morgan. Un autor inglés que ya dio un recital de elaboración y engarce argumentales en Carbono alterado, el híbrido perfecto entre ciencia ficción y novela negra. Leyes de mercado, obra publicada recientemente por la editorial Gigamesh, no ha hecho mas que confirmar el poderío creativo de Morgan.

Zektivs: las nuevas estrellas mediáticas cuyas proezas en la carretera se siguen sin aliento en todos los rincones del mundo. Son los modernos gladiadores de las multinacionales, hombres y mujeres dispuestos a jugarse la vida para defender un contrato en duelos sobre el asfalto. En un futuro no muy lejano, sólo los que son capaces de llegar al trabajo con sangre en las ruedas tienen opciones de formar parte de la nueva clase dirigente, y para los nuevos ejecutivos no hay límites: los vencedores redefinen las reglas a su paso. Chris Faulkner es un joven y prometedor ejecutivo que se ha labrado la reputación trabajando en Mercados Emergentes y ha llamado la atención de los cazatalentos de Shorn Associates, que lo contratan en su división estrella: Inversión en Conflictos.


Leyes de mercadoPocos argumentos se pueden encontrar en la literatura actual más originales que éste. Ejecutivos que buscan la promoción empresarial y arrebatan los grandes contratos a la competencia en la carretera, emulando a los guerreros del asfalto de la cinematográfica Mad Max. De fondo, la transgresora idea de una sociedad próxima en el tiempo articulada en torno a esa actividad. Una vez más, la ciencia ficción recurre a la exageración de la realidad en un intento de poner en evidencia los defectos del mundo actual, o más bien del sistema económico por el que se rige. Defectos representados por el sometimiento de la moral y los derechos del individuo al bienestar material, oscuros borrones en nuestra civilización inseminada por el neoliberalismo capitalista, origen y destino de la globalización. Un fenómeno de sonrojantes realidades: países más ricos merced a la explotación de los más pobres, individuos entregados a un consumismo voraz y deshumanizador, oscuras compañías (el libro se limita a cambiar gubernamentales por corporativas) que rigen a escondidas los destinos del Tercer Mundo y, en suma, la esclavización del Estado de derecho ante las grandes multinacionales.
En cierto modo, lo radical de la propuesta recuerda a otra novela bastante popular publicada también por Gigamesh: Snowcrash. Pero donde Neal Stephenson dibujaba viñetas, Morgan confiere seriedad; donde el norteamericano elaboraba un cómic algo gamberro y simplemente divertido, Morgan crea literatura desde la sobriedad, huyendo de la caricaturización. Leyes de mercado comparte andamiaje narrativo con el subgénero ciberpunk, pero se distancia de él en algunos de sus elementos. La importancia del monopolio corporativo en la trama, así como una cierta intriga detectivesca en su desarrollo, no son presentados con la fisonomía propia de ese subgénero. Por momentos el escenario se torna descaradamente retro, conformado por autopistas limpias y vacías recorridas por coches de gran tamaño con estética cincuentona, o, en el otro extremo, por clubes de música nocturnos que recuerdan viejos antros de jazz. Quien quiera buscar una novela de características parecidas a esta no la encontrará en la colorista Snowcrash, sino tal como señala Nacho Illarregui en su interesante blog, en el finalista del premio Nadal el pasado año, Cazadores de luz, de Nicolás Casariego, una trama deConfesiones de un gangster económico especulación corporativa tan cercana a la de Morgan como complementaria. Aunque quizás el paralelismo más espeluznante (por realista) se pueda establecer con el libro autobiográfico de John Perkins titulado Confesiones de un ganster económico, a cuyas páginas se me fue el santo en repetidas ocasiones. Que una ficción tan radical se encuentre de forma tan cercana con la realidad da el punto correcto de hasta dónde hemos llegado (o más bien, caído).
Volviendo a la literatura, Morgan no ha perdido en esta novela ni un ápice de la capacidad adictiva que mostró en su debut con Carbono alterado. Confirma su habilidad para despertar el interés en la historia basándose en una impecable estructura y creando diálogos y situaciones bien medidas, además de sutilmente encadenadas. Lo cierto es que desde el lejano Alfred Bester de los prodigios, hace más de medio siglo, pocos escritores han sido capaces de emular aquella capacidad suya para embeber al lector en sus escritos. Me atrevería a decir, tras leer lo que nos ha llegado de su obra, que Richard Morgan es uno de esos escasos privilegiados. Es tal el enganche del lector a su escritura que uno lamenta que el libro se aproxime a su conclusión y desea que no acabe nunca, dispuesto a acompañar a Chris Faulkner, su protagonista, hasta el fin de sus días más allá de ese final que, de puramente convulso, obliga a apretar los dientes.
Además de hacer crítica social y tratar temas de importancia como la política, la ética y la incomprensión en la pareja, Morgan también se aplica en el detalle. Hay un habitante de la Zona, el guetto al que han sido barridos los pobres, que sabe quién fue William Faulkner, conocimiento que los ricos zektivs no comparten. Hay referencias directas tanto a El club de la lucha como a Carbono alterado, que el protagonista descalifica por cabalística. Hay también escenas de notoria familiaridad cinematográfica.
En cuanto a la historia en sí, ese ascenso a la cumbre del protagonista, cuyo trabajo recuerda tanto el de John Perkins, Gigamesh la publicita como "la forja de un líder", y algo de cierto hay en esa frase. Sin embargo, el periplo del protagonista dista de ser un viaje de iniciación o Carbono alteradoalumbramiento (como sí lo era por ejemplo Muerte de la luz, la novela de George R. R. Martin publicada también por Gigamesh); el ascenso final de Faulkner no procede de su evolución en la multinacional, sino de un pasado que lo esencia. En realidad, lo que le hace superar todas las dificultades es su origen. Sus motivaciones para dirigirse con la violencia que regla el sistema no están en consonancia con lo esperado, no son puras. Su motivación no es el ascenso social, sino la venganza; su fuerza no proviene de la ambición, sino de su origen humilde. Es un quintacolumnista que esconde motivos más viscerales que los impuestos por la norma social, un bárbaro de las zonas infiltrado en las entrañas del corrupto mundo civilizado. Es Conan tomando por la fuerza el trono de Aquilonia. Viejos y nuevos mitos.
En mi opinión, son muchas las razones que hacen de Leyes de mercado una gran novela, pero lo que la convierte en sobresaliente es la magnífica administración de sus elementos, el magistral dominio del ritmo, el bien engrasado mecanismo de su trama y -volviendo al principio- su inolvidable argumento.

domingo, 1 de octubre de 2006

La aceptación de los géneros literarios. I

Homínidos
Hablando con Ben sobre la calidad y el reconocimiento general del que gozan algunos géneros literarios en contraposición a la mala prensa que reciben otros, ha surgido (cómo no) el tema de la ciencia ficción. Conozco el asunto. Llevo muchos años asistiendo a las quejas de los aficionados, y si bien es cierto que muchas obras de frontera de ese género poseen una calidad literaria innegable, opino que mucha de la culpa proviene de la propia naturaleza de la cf.
Mientras que otras categorías como la novela romántica, la del oeste o la de aventuras sólo han de luchar contra el gusto individual o las fobias propias de cada persona por la temática que tratan, la cf ha de sumar también una dificultad semántica y descriptiva que muchas veces hace incomprensible la lectura. Algo que llega incluso a impedir la comprensión de lo que se trata de narrar.
Por ejemplo, así comienza Homínidos, de Robert J. Sawyer:

PRIMER DÍA
VIERNES, 2 DE AGOSTO
148/103/24

La negrura era absoluta.
Contemplándola se hallaba Louise Benoit, de veintiocho años, una escultural posdoctorada de Montreal con una cabellera de hirsuto pelo castaño recogida, como se exigía allí, en una redecilla. Hacía su guardia en una abarrotada sala de control, enterrada dos kilómetros («una milla y cuagto», como explicaba a veces a los visitantes americanos con aquel acento francés que les encantaba) bajo la superficie de la Tierra.
La sala de control estaba junto a la cubierta situada sobre la enorme caverna oscura que albergaba el Observatorio de Neutrinos de Sudbury. Suspendida en el centro de la caverna se hallaba la esfera acrílica más grande del mundo, de doce metros («casi cuagenta pies») de diámetro. La esfera contenía mil cien toneladas de agua pesada cedida por la Atomic Energy of Canada Limited.
Envolviendo aquel globo transparente había una disposición geodésica de vigas de acero inoxidable, que sostenían 9.600 tubos multiplicadores, cada uno alojado en una parábola reflectante y apuntando hacia la esfera. Todo esto (el agua pesada, el globo acrílico que la contenía y la concha geodésica envolvente) estaba alojado en una caverna en forma de cañón de diez pisos de altura, excavada a partir de la roca norita adyacente. Y esa gargantuesca cueva estaba llena casi hasta arriba con agua regular ultrapura.
Louise sabía que los dos kilómetros de roca canadiense que había encima protegían el agua pesada de los rayos cósmicos. Y la concha de agua regular absorbía la radiación de fondo natural de las pequeñas cantidades de uranio y torio de las rocas cercanas, impidiendo que alcanzara también el agua pesada. De hecho, nada podía penetrar en el agua pesada excepto los neutrinos, aquellas infinitésimas partículas subatómicas que eran el tema de la investigación de Louise.
Billones de neutrinos atravesaban la Tierra cada segundo; de hecho, un neutrino podía atravesar un bloque de plomo de un año luz de grosor con sólo un cincuenta por ciento de probabilidades de golpear algo. Con todo, del Sol surgían neutrinos con una profusión tan enorme que ocasionalmente se producían colisiones... y el agua pesada era un blanco ideal para esas colisiones. Los nucleos de hidrógeno del agua pesada contenían un protón (el componente normal de un núcleo de hidrógeno) además de un neutrón. Y cuando un neutrino chocaba contra un neutrón, el neutrón se descomponía, liberando un nuevo protón, un electrón y un destello de luz que podía ser detectado por los tubos fotomultiplicadores. Al principio...


Difícil, ¿verdad? A más de uno le vendrán a la memoria los tiempos de instituto, ya que parece el enunciado de un problema de física. Y no es ningún ejemplo rebuscado. Se trata de la novela ganadora del premio Hugo (el más popular de la ciencia ficción mundial) en el año 2003. Por mucha afición que tenga a los asuntos de índole científica, el lector que intente abordar su lectura en busca de los tradicionales valores novelísticos se va a encontrar con un obstaculo argumental en su comienzo difícilmente superable, con lo que las ganas de profundizar en el resto de componentes narrativos se van a ver enormemente mermadas.
La principal tara con que carga la literatura de género reside en la posibilidad de exceder la frontera de sensibilidad del lector, su límite de tolerancia hacia la característica que convierte a esa categoría temática en lo que es. La sobredosis de color rosa en la novela romántica, de acción en el western o de irrealidad en la fantasía pueden empujar al lector a exclamar, según cada caso, "¡demasiado ñoña! ¡demasiados tiros! ¡demasiado fantástico!". Una correcta dosificación de esos ingredientes puede evitar la huída del lector y darle la posibilidad de valorar las cualidades literarias de la novela. La ciencia ficción, en su vertiente más científica, impone mayores dificultades a su propuesta especulativa, exige al lector general que no sólo renuncie a sus prejuicios, sino también al entendimiento. En mi opinión, esa es la principal causa de la fama negativa que arrastra ese maravilloso género.

lunes, 18 de septiembre de 2006

Constantin Cavafis. Esperando a los bárbaros

Pues como ya iba siendo hora de que apareciera cierto género literario por aquí, y además me viene al pelo, extraído de Ciudad Seva os presento el famoso poema de Constantin Cavafis que daba título al libro de Coetzee:

Esperando a los bárbaros

-¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.

-¿Por qué esta inacción en el Senado?
¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?

Porque hoy llegarán los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.

-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto
y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,
está sentado, solemne y ciñiendo su corona?

Porque hoy llegarán los bárbaros.
Y el emperador espera para dar
a su jefe la acogida. Incluso preparó,
para entregárselo, un pergamino. En él
muchos títulos y dignidades hay escritos.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron
hoy con rojas togas bordadas;
por qué llevan brazaletes con tantas amatistas
y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;
por qué empuñan hoy preciosos báculos
en plata y oro magníficamente cincelados?

Porque hoy llegarán los bárbaros;
y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué no a acuden, como siempre, los ilustres oradores
a echar sus discursos y decir sus cosas?

Porque hoy llegarán los bárbaros y
les fastidian la elocuencia y los discursos.

-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto
y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

J. M. Coetzee. Esperando a los bárbaros y Desgracia

J. M. Coetzee
La noticia del deceso de Naguib Mahfuz me ha hecho caer en la cuenta de que aún no nos había visitado ningún premio Nobel. Así que aquí me tenéis, dispuesto a solucionarlo sin haber necesitado mucho tiempo (nada en realidad) para decidir quién iba a ser la víctima. Permitidme echar mano a una de esas odiosas muletillas de la locución televisiva y decir que, "como no podía ser de otra forma", la elección ha recaído en J. M. Coetzee.
La concesión del premio Nobel, especialmente en la categoría de Literatura, suele constituirse todos los años en matrona de la disensión y el debate. Yo diría que con razón. Baste echar un vistazo a los premiados en pasadas décadas y sopesar nombres: la proporción de autores a los que el paso del tiempo ha otorgado universalidad es similar a la de los olvidados. Bien dicen que nunca llueve a gusto de todos, y sin embargo en el año 2003 hubo consenso sobre la pertinencia del premio. Tal salvedad de la norma, la acatación tanto popular como elitista de lo dictado por la Academia Sueca, da una idea de la entidad literaria de John Maxwell Coetzee.
El mayor aval del escritor sudafricano siempre ha sido su estilo literario, que se caracteriza por una prosa pulcra y nítida. En sus novelas utiliza la primera persona y el tiempo narrativo en presente para dotar a la historia de una inmediatez filosa. La concreción, el enfoque directo y sin adornos de su lenguaje, penetra en las entrañas del lector como el cincel en el bloque de piedra. No es ninguna exageración afirmar que la prosa de Coetzee duele. De algún modo, sus novelas trasladan a registros humanos el axioma de Alfred Korzybski, aquel que establecía que el mapa no es el territorio, que el campo semántico no es el concepto. Coetzee va más allá y demuestra que las palabras que decimos no son lo que expresan, son sólo una herramienta imperfecta para hacer entender nuestro pensamiento, una herramienta que se queda corta para expresar e interpretar lo que sentimos. Es imposible conocer el interior de la otra persona y Coetzee sabe exponer esa certeza, sacarla a la superficie. Como dice Javier Marías, sus obras "revelan que la verdad es siempre extranjera" y ajena por tanto a nuestra percepción.
La inmersión en el universo de Coetzee es adictiva. Una vez leídas, cualquiera de sus novelas parecen imprescindibles, aunque yo colocaría a dos de ellas por encima del resto: Esperando a los bárbaros y Desgracia.

Esperando a los bárbaros.

Un día el Imperio decidió que los bárbaros eran una amenaza a su integridad. Primero llegaron al pueblo fronterizo policías, que detuvieron sobre todo a quienes no eran bárbaros pero sí diferentes. Torturaron y asesinaron. Después llegaron los militares. Muchos. Preparados para realizar heroicas campañas militares. El viejo magistrado del lugar trató de hacerles ver con sensatez que los bárbaros habían estado desde siempre allí y nunca habían sido un peligro, que eran nómadas y no se les podría vencer en batallas campales, que las opiniones que tenían sobre ellos eran absurdas... Vano intento. El magistrado solo logró la prisión y el pueblo, que había aclamado a los militares cuando llegaron, su ruina.

Una novela que contagia una tristeza poco común, diría que atroz. Presenta similitudes en su escenario con El desierto de los tártaros, del italiano Dino Buzzati. Como en aquélla, la acción transcurre en una fortaleza fronteriza, al borde de un desierto donde la vida discurre bajo la amenaza constante del ataque de los bárbaros. Esperando a los bárbarosMientras que en la novela de Buzzati la espera de un ataque que nunca llega se convierte en un modo de vida, en esta la búsqueda del enemigo invisible deviene tragedia.
Como manda el cánon, el primer párrafo, somera presentación de un coronel que gasta anteojos de metafórica opacidad, anuncia y contiene toda la novela. El libro es, ante todo, una denuncia contra la barbarie civilizada, que en este caso hay que identificar con el apartheid aún vigente en 1980, año de su escritura. Su protagonista, un magistrado próximo a la senectud, decide en un acto de rebeldía oponerse a la expedición civilizadora enviada por los suyos. Los motivos de tal rebelión no tienen un origen claro ni aun para él mismo, aunque sin duda tiene una gran importancia el sentimiento que despierta en él una joven bárbara hecha prisionera y a la que las torturas perpetradas por sus compatriotas han privado de la vista. Lo más probable es que ambos episodios, humano y amoroso, estén intrínsecamente relacionados y surjan uno del otro. Pero, como en toda obra de Coetzee, esto no se puede afirmar con rotundidad.
Las dos grandes líneas de creación de la novela participan de esa indefinición sugerida por el escritor. El viejo magistrado se convierte a sí mismo en penitente de las acciones de los soldados, a traves del intento de resarcimiento, primero, y del martirio propio después. Contra la sinrazón de la violencia desplegada contra los nómadas, contrapone un trato reverencial hacia la prisionera, anteponiendo la sensualidad a la pasión. Le lava los pies y trata de restañar sus heridas, quizás para obtener su perdón. Tal vez sea así. O quizás todo sea producto de una transformación más biológica que ética, y sea la edad misma del protagonista el motor de sus acciones. O, seguramente, todo provenga de la suma de ambas cosas.
El magistrado es y se siente viejo, y eso le afecta en igual medida que las atrocidades cometidas por los suyos. Llega a decir "Cuanto mayor es el hombre, más grotescos se consideran sus emparejamientos, como los espasmos de un animal moribundo". Terrible y miserable visión del crepúsculo. Lo cierto es que se da un paralelismo claro entre la vejez del personaje y la del caduco régimen. Al final, como en el poema de Cavafis que lo inspira, los bárbaros no constituyen más que el medio para que el régimen se perpetúe. El verano acaba, y otras estaciones llegan para cerrar el ciclo y volver a comenzarlo todo, para superponer más cadáveres a los que yacen bajo la arena, apiñados en las antiguas ruinas, pasado y futuro de la fortaleza. La bellísima y terrible imagen final, un frente nuboso que trae de vuelta el invierno, cierra con su carga metafórica el libro arrojándolo de forma definitiva en los dominios de la desesperanza.

Desgracia.

A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, en una sociedad donde los códigos de comportamiento, sean de blancos o de negros, han cambiado; donde el idioma es una herramienta viciada que no sirve a este mundo naciente, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable.

Todo escritor es esclavo de su enfrentamiento directo con el mundo, de modo que su creación literaria se ve condicionada en todo momento por su peripecia vital. La labor del escritor no es enturbiar la realidad, sino iluminar y clarificar allí donde las sombras suelen encontrar acomodo. Ser honesto, sincero. Por tales motivos, el vislumbre Desgraciade la senectud produce siempre frutos de amargo e intenso sabor. Hay un conjunto de opuestos que se reitera, un último aspecto de rebeldía o rendición que siempre marca frontera: la sexualidad. Si el magistrado de Esperando a los bárbaros era un hombre vencido por la proximidad del crepúsculo, Henry, protagonista de Desgracia, comienza siendo un ejemplo antitético.
"La gran tragedia del hombre es que, aunque el cuerpo envejece, el deseo no muere", asevera la voz de Michel Houellebecq en La posibilidad de una isla, su última novela. Henry, protagonista de Desgracia, podría estar muy de acuerdo con tal afirmación. El docente comienza la narración inmerso en una irrefrenable búsqueda de la satisfacción del deseo y al final de la historia acaba completamente derrotado, resignado a la nueva posición existencial y social que ocupa. Seduce a una joven aprovechando su posición, basándose en una loa sin matices del deseo sexual. Es descubierto, y tras su renuncia a reconocer su acto como denostable, se exilia al campo, a la granja de su hija, donde una tarde es víctima del ataque violento de tres personas, en el que él es golpeado y casi incinerado y ella es violada.
No hay reflexiones, no hay discurso directo que así lo indique, pero a través de la fútil batalla de Henry por ajusticiar la agresión se asiste al desmoronamiento de sus valores y seguridad anteriores. Sin que se mencione, el deseo saciado de los criminales se entromete en su concepto anterior del mismo; su discurso ya no casa bien con los nuevos hechos, pues ahora la víctima es su hija. Su intento por hacer justicia choca contra las leyes no escritas del nuevo medio rural post apartheid, que son muy distintas a las suyas. Su incapacidad para entender lo que siente su hija como mujer o para hacerse entender por ella y por el capataz negro, habitante de un mundo distinto, le arrebatan su fe en las palabras.
La metáfora acude de nuevo con fuerza, y en muchos de los episodios la verdad parece emerger a la luz, estar al alcance de los ficticios dedos del lector, sólo para sucumbir inmediatamente a la oscuridad. Coetzee jamás lo pone fácil. La clínica veterinaria, en la que asiste a las sedaciones mortales de los perros, seres sin valía para el mundo, viejos y abandonados, donde Henry tiene episodios fugaces de sexo insatisfactorio; la ópera que estaba componiendo, en la que finalmente renuncia a las palabras y se refugia en el simbolismo; su postramiento ante la madre y la hermana de su joven conquista inicial, todas ellas secuencias de enorme simbolismo, pero de equívoca certeza.
En Desgracia se aprecia una notable evolución. Coetzee ha refinado tanto su estilo narrativo ahorrativo y directo que las descripciones de lugar pasan casi desapercibidas. Como es habitual, en presente, en primera persona, el impacto de la historia es demoledor. La duda, la carencia de asideros de valor universal, recuerdan al lector que fuera de su medio es vulnerable, que la apariencia de civilizacion es sólo eso, una capa de barniz que se puede romper facilmente. Y que en ese caso la única opción válida para sobrevivir, tanto a la edad como al mundo, no es otra que la resignación.
Las novelas de Coetzee son como su escritura. Concretas, compactas, sin adornos, no van mucho más lejos de las 200 páginas, pero su esencia nunca está al descubierto. No son moralizantes, pero la verdad del ser humano habita entre sus lineas, siempre sugerida, nunca concreta. Siempre elusiva.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Jonathan Carroll. El museo del perro

Jonathan Carroll es uno de esos escritores que han hecho de lo raro un hábito. Autor de culto elogiado por sus argumentos surrealistas, no gozó de una presencia continua en España hasta que La Factoría de Ideas decidió en 2004 sumarlo a su catálogo. Dos años despúes de su presentación con El mar de madera, La Factoría ha publicado El museo del perro, considerada una de sus mejores novelas. Una vez leída, he de confesar que para mí ha supuesto una pequeña decepción.

Harry Radcliffe es un brillante arquitecto premiado por sus trabajos, un hombre singular de agudo ingenio. Es al mismo tiempo un oportunista dispuesto a sacar partido de cualquier situación y de cualquier fémina que se cruce en su camino. A fin de cuentas, a los «genios» se les perdona todo. Ahora Harry se ve cortejado y perseguido por el acaudalado Sultán de Saru para que diseñe un edificio muy especial. Y es que el sultán tiene una pasión que se sitúa por encima de todo: los perros. De modo que, ante el temor de caer asesinado, desea erigir el monumento definitivo, un Museo del Perro de presupuesto astronómico.

El museo del perroLa trama gira en torno a dos ejes principales: las relaciones del protagonista con sus dos amantes y el asunto concerniente a la construcción de ese Museo del Perro que da título al libro. Ambas se alternan y tratan de imponerse a un ruido de fondo continuo formado por recuerdos, anécdotas y personajes secundarios cuya presencia les roba algunas veces el protagonismo. Ese es el gran problema del estilo de Jonathan Carroll. Si los libros de David Mitchell se pueden comparar con mosaicos fotográficos, los de Carroll se parecen más a un collage desordenado y caótico, en el que el avance narrativo se ve interrumpido continuamente por digresiones de todo tipo, que pueden ser geniales (el cuento de infancia de Carol, por ejemplo) o simplemente aburridas (el inicio de la locura de Harry).
Carroll escribe un tipo de literatura que no es para todos los gustos. Su naturaleza exigente le resta alcance. Para tener la posibilidad de disfrutarla, la primera condición es entrar en su juego. Si se asume el reto, la recompensa es dada en forma de imaginación desbordante y fresca originalidad. El problema que presenta este tipo de narración reside en el frágil equilibrio en el que se encuentran sus numerosas partes, y sobre todo, en saber imbricar éstas en la trama para que el resultado global tenga una cierta uniformidad dentro del caos, un sentido de conjunto. Un ejemplo perfecto de cómo hacerlo lo representa el japonés Haruki Murakami, cuyos libros, conformados por pequeñas historias individuales, acaban, sin embargo, construyendo un puzle cerrado.
Este no es el caso. En El museo del perro, a Carroll no le encajan todas las piezas. En sus páginas conviven la tragedia y el humor, la magia y la razón, el amor y la muerte. Todos esos conceptos se amanceban en caótico desorden y se imponen a veces al argumento central. Su presencia es tan imperativa que, llegado el ecuador de El museo del perro, no se atesoran más datos sobre la construcción del edificio que los conocidos al principio, debido a que el estrambótico pasado de Harry ha impedido cualquier otro desarrollo. Ni siquiera la correcta resolución definitiva de los asuntos personales y bíblicos del protagonista consigue finalmente cohesionar el conjunto, y eso hace que la sensación global sea insatisfactoria.
Alguien podría argumentar desde un cierto radicalismo que en una obra surrealista hasta el objeto en sí (y en este caso la construcción misma) ha de tener tal condición. Si acordamos semejante premisa y decidimos que en este caso el viaje es más valioso que el punto de destino (principio válido en mucha de la gran literatura) habrá que valorar si los múltiples desvíos del itinerario acuñan grandeza o si por el contrario no tienen entidad suficiente para calificar el todo como extraordinario. Un ejemplo a favor podría ser el personalísimo cine de David Lynch, cuyas fascinantes imágenes hacen que los extraños episodios de sus películas valgan más que el conjunto. Es un ejemplo aproximativo pero sensiblemente diferente, porque en realidad Lynch nunca pretende darle un desarrollo conclusivo a lo narrado, intención que sí demuestra tener Jonathan Carroll en este libro.
Por tanto, ¿es la calidad de las digresiones y, por extensión, de la obra en sí, sobresaliente? Depende de la sensibilidad propia de cada lector, de si, por ejemplo, las divagaciones del místico Venasque, las proezas de un perro gurú de nombre Big Top o el detalle de llamar a un personaje secundario Cthulu le parecen muestra de una gran inventiva o anécdotas simplemente graciosas (o ni siquiera eso). A mí todo ello me parece irregular, insuficiente para sostener un libro que divaga profusamente y que, debido a ello, distrae la atención del lector con severa asiduidad. He de concluir, por tanto, que El museo del perro es un libro que sólo disfrutarán los aficionados al surrealismo informal.

sábado, 2 de septiembre de 2006

Muerte de un premio Nobel

Naguib MahfuzDel gran número de artículos que se han publicado con motivo del fallecimiento de Naguib Mahfuz, me quedo fundamentalmente con dos datos, importantes por lo que representan. Uno: Mahfuz sigue siendo el único escritor premiado con el Nobel en lengua árabe, lo que demuestra su enorme categoría como literato. Dos: su condición de condenado a muerte por el fanatismo religioso al abogar en sus escritos y declaraciones por la paz, la libertad y la igualdad de derechos desde el laicismo. Estos sucesos revelan su carácter de escritor comprometido y valiente.
Tanto por su maestría literaria como por su condición humana, la desaparición de Naguib Mahfuz supone una gran pérdida. El escritor muere, pero su obra permanece.

jueves, 24 de agosto de 2006

John Connolly. El camino blanco

El camino blanco
La canícula siempre me abre el apetito de cierto tipo de libros. Hace un par de meses que le tenía echado el ojo a El camino blanco, principalmente por las buenas referencias que tenía de John Connolly, según la crítica, un escritor de novela negra especialmente dotado para la elaboración de ambientes exóticos y oscuros. Al final me hice con un ejemplar por el texto de la contraportada, que despedía un cierto aroma a gótico sureño, uno de esos antojos cíclicos a los que me refería al principio. Un gótico sureño escrito además por un irlandés: como para resistirse...
En Carolina del Sur, un joven negro se enfrenta a la pena de muerte acusado de haber violado y asesinado a Marianne Larousse, hija de uno de los hombres más ricos del estado. El caso, que nadie quiere investigar, hunde sus raíces en un mal que se remonta a un pasado remoto, el tipo de misterio que se ha convertido en la especialidad del detective Charlie Parker. Éste ignora que está a punto de sumergirse en una auténtica pesadilla y de introducirse en un escenario teñido de sangre en el que se mezclan el espectro asesino de una mujer encapuchada, un coche negro que espera a un pasajero que nunca llega, y la complicidad tanto de amigos como de enemigos en los sucesos que rodean la muerte de Marianne Larousse. Paralelamente, en la celda de una prisión, el fanático predicador Faulkner trama una venganza contra Charlie Parker, y para ello utilizará a los mismos hombres a los que el detective está siguiendo, y a una extraña y contrahecha criatura que guarda sus secretos enterrados en la orilla de un río: Cyrus Nairn.Todas estas figuras deberán enfrentarse a su cruento destino final en los pantanos del sur y los bosques del norte, escenarios muy alejados entre sí pero unidos por un frágil hilo: el lugar donde convergen los caminos de los muertos y de los vivos.

Tengo que confesar que su lectura me ha dejado perplejo. Sin duda, El camino blanco es la prueba de que no hace falta dominar todas las técnicas de la escritura novelística para vender una obra con éxito y buena crítica. Según parece, se puede ser mediocre en varios aspectos de la creación literaria si se muestra un especial talento en otros.
Quizás la (metafórica) losa que tanto le cuesta levantar a Connelly provenga del carácter serial de la novela. Gran parte de sus males tiene origen en el afán de traerse consigo todo el universo creado en las tres novelas anteriores. El argumento se alimenta de dos líneas principales, siendo la concerniente a la venganza del predicador Faulkner (homenaje nada recatado) una continuación inconsútil de lo acontecido en Perfil asesino. Aunque el tiempo invertido en puesta al día del lector no es abusivo, uno no logra quitarse de encima la sensación de que ha llegado tarde a la fiesta y que no logra aprehender la totalidad del asunto. Además, la imbricación en la nueva historia produce un efecto de dispersión excesivo.
El libro comienza alternando tres o cuatro ramas argumentales. Charlie Parker no entra de lleno en la principal, el asunto del joven negro preso por asesinato, hasta pasado un tercio del libro. Ni siquiera ejerce el rol protagonista, oculto como aparece tras unas cuantas subtramas que desenfocan la atención del lector. La variedad de tiempos verbales utilizada en el titubeante principio hace que la lectura chirríe como una bisagra mal engrasada. El sentido del ritmo cae presa de tanto vaivén, y la novela no se centra en líneas generales hasta que no lo hace a su vez en el protagonista, superado el tercio de libro.
Para colmo de males, el protagonista principal es un personaje carente de magnetismo. Si el reclamo más poderoso de la novela negra actual es el carisma de su detective-inspector, llama la atención la pobre caracterización de Charlie Parker. En úna hipotética versión fílmica, el actor que tuviera que darle cuerpo tendría verdaderas dificultades para encontrar puntos de anclaje en la personalidad de Parker, de quien supe, sólo pasada la mitad del libro, que a pesar del nombre no era negro. Sólo un detalle concede un rasgo propio reseñable al personaje, su capacidad para vislumbrar oscuros seres sobrenaturales habitantes de otra realidad, don que lo sitúa en la misma liga que a John Constantine, el cínico protagonista del comic (y recientemente película) Hellblazer. Para acabar el rosario, la traducción también se suma al mediocre comienzo.Linchamiento Descuidos como "jugar a baloncesto" o "Partido Democrático" no son la norma, pero tampoco la excepción.
Muchas son las razones que incitan al abandono, aunque bien es sabido que los libros suelen recompensar la perseverancia. En oposición a la estructura caótica y a la falta de dirección del planteamiento inicial, la escritura de Connelly contrapone una serie de virtudes. Goza de una extraordinaria capacidad para la creación de imágenes poderosas, de las que se quedan a residir en la memoria. Truculencia gótica, atmósferas densas y una oscuridad casi romántica devienen una palpable presencia del mal. No falta ningún elemento del subgénero sureño: linchamientos por causas racistas, pasado esclavista, turbias consanguineidades, persecuciones por tórridos pantanos, familias blancas adineradas y, como no, el consabido predicador. Una vez presentados todos los personajes y las diferentes tramas, todo avanza con buen ritmo hacia una amalgama ingeniosamente aleada y correctamente finiquitada, por lo que el resultado final, tras remontar el vuelo, acaba siendo satisfactorio.
Reconozco que me ha dejado descolocado. Está claro que John Connolly no es Tennessee Williams, Flannery O'Connor ni William Faulkner, pero no me veo en condiciones de afirmar que no vaya a comprar su próximo libro.