domingo, 28 de diciembre de 2014

Aurora Boreal. Pensad en Lesbos

Rebuscando ayer en mi biblioteca me volví a encontrar con este libro. Ojeé las primera páginas y ya no pude parar. Muchos años antes de 50 sombras de Grey y de toda la subliteratura posterior asociada a ese subgénero, Aurora Boreal demostró que se podía aunar calidad literaria y calentura. Descatalogado e imposible de encontrar, este libro entra de lleno en la categoría de joyas ignoradas de la literatura. Su relectura me ha proporcionado una noche inolvidable.





“Es un ultraje, una atrocidad que socava los cimientos del género. De seguir por este camino, pronto asistiremos al fin de la ciencia ficción.” Son las declaraciones del escritor Robert J. Sawyer al conocer la inclusión de Pensad en Lesbos -reciente ganadora del Pablo Dildo- entre las novelas nominadas este año al premio Nebula. “¿No se da cuenta? A partir de ahora, cualquier herejía es posible. Por poner un ejemplo absurdo, hasta un libro del Harry Potter ese podría ganar el Hugo un día de estos. Claro que, si eso llega a suceder (sonrisa), me retiro.” El canadiense no es el único que se ha alzado en contra de los parabienes que está logrando recoger la ya popular novela de la zaragozana Aurora Boreal. “Prejuicios estúpidos” es la respuesta más repetida desde la otra parte del conflicto.
Lo cierto es que Pensad en Lesbos no sólo está arrasando en el mercado mundial, sino que además es una magnífica obra que viene a insuflar nueva vida a un género anquilosado y caduco. La trama es sencilla. Una nave espacial terrestre es atraída por una distorsión espacio-cuántico-nano-temporal y es lanzada a una región cósmica inexplorada. Tras un intenso menage a trois con el que logran sofocar la tensión producida por la situación, los tres tripulantes de la Vibrator Satisfaction, dos mujeres y un hombre, llegan a un desconocido planeta escondido tras una nube de gas con forma vulvar. Tras ser capturados y sometidos a torturas sin nombre por una horda de blondinas y neumáticas amazonas, descubrirán, gracias a la relación que surge entre el humano Siffredi y la reina extraterrestre, que se encuentran en Safo, capital del planeta Lesbos. En lo que las amazonas místicamente denominan “Periodo de Estocolmo”, el grupo terrestre irá descubriendo las bondades de la cultura “lesbiana” hasta, por pura fricción, integrarse totalmente en aquella extraña sociedad.
El estilo que despliega Aurora Boreal, quien reconoce abiertamente la gran influencia que han ejercido las novelas de a duro de Joseph Berna en su manera de escribir, es ágil y especialmente intenso allí donde la historia lo exige. La aspereza narrativa con la que describe las torturas y las posteriores experiencias de la expedición en el planeta, conduce al lector a un clímax tempestuoso que vale por sí solo el precio pagado por el libro. Pero donde la obra se convierte en un hito irrepetible es en su tratamiento del personaje masculino, Siffredi, un auténtico tour de force en el estudio psicológico de un hombre llevado al extremo: desde el shock que le provoca el primer contacto humano con una especie extraterrestre, significado por esa constante sonrisa bobalicona de la que no logra desprenderse en todo el libro o los agudos ataques de salivación que sufre, hasta la aceptación final de ser el único en su especie en aquel remoto planeta, y su decisión final de sacrificarse y permanecer en él como conejillo de indias hasta el fin de sus días.
Pensad en Lesbos es una obra que nos identifica con esa lesbiana que todos llevamos dentro; una novela que, creando un nuevo subgénero –el pornopulp-, cambiará definitivamente la fisonomía del género. Como único punto negativo, cabe destacar que los cuantiosos ingresos obtenidos por la escritora la apartarán definitivamente de su anterior actividad, en la que compartía, junto con Alba del Monte y Sophie Evans, el cetro de mejor actriz porno española. De hecho, como protesta contra las innobles acciones de Graham Purves, reciente ganador del premio Lupus, Boreal ya está preparando la segunda parte, que, en palabras de la propia escritora maña, “será bastante más hard que la primera; yo diría que incluso escatológica”. Su mañanero título: Pensad en Flemas.


Reseña publicada originalmente en Bibliópolis, crítica en la Red.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

La máscara

El año pasado decidí felicitarles la Navidad con un cuento de cosecha propia, un cuento inapropiado para la fecha, todo hay que decirlo. Confieso que la experiencia me gustó, así que he decidido repetir la jugada. Aquí les dejo este regalo, con mi deseo más sincero de que el resto del año que se aproxima sea tan feliz como, con toda seguridad, lo va a ser esta Nochebuena.
Felices lecturas.




La máscara


Cristina jamás se preguntó por qué Ramón la había elegido a ella. Simplemente dio las gracias al cielo y aceptó el regalo en forma de amor que éste le entregaba. Siempre había creído en la bondad humana y en los valores positivos que podían encontrarse en las personas. Su fe fue puesta a prueba tras el accidente que le desfiguró el rostro, pero si bien pasó un periodo de profunda desesperación, su visión positiva de la vida acabó imponiéndose al rencor y el pesimismo en los que habría incurrido cualquier persona con un talante menos optimista. Tras el incendio, las quemaduras en su piel le dejaron la cara totalmente desfigurada. Cuando el tiempo y los tratamientos hospitalarios lograron asentar sus nuevas facciones y pudo por fin quitarse el vendaje, la imagen reflejada en el espejo no presentaba más relieves que un desierto. Le pareció una máscara de látex en color crema; basta, mal hecha, salpicada allí donde debía aparecer la sombra de un músculo por unos desagradables verdugones rojizos. Decidió ocultarse siempre bajo una holgada capucha, escondiendo la fealdad de su rostro a los demás, y se dispuso a pasar en soledad el resto de sus días. Le llevó varios meses adaptarse a la que había de ser su nueva vida sin salir de casa, enganchada a la televisión hasta caer dormida.
Una noche cualquiera, sin causa aparente, sucumbió a la ira que, sin saberlo, había ido acumulando interiormente. Cansada de su soledad presente y futura, se preguntó por qué le había tocado a ella y qué sería de su vida a partir de aquel momento. Se preguntó si tendría vida. En un acceso de rabia incontrolada decidió romper todo y con todo. Tumbó armarios, destrozó mesas e hizo estallar en mil pedazos todos los objetos pequeños que fue encontrando en su vengativa carrera por el piso. Finalmente, exhausta, antes de que la policía atendiera el reclamo de los vecinos, intentó llorar sin lacrimales ante las fotos del pasado, instituidas ahora en denuncia y recordatorio de su irrecuperable normalidad. Quemó todas. Y no fue por ira, ahora ya calmada, sino como símbolo del nacimiento de una nueva Cristina. Borrón (así veía su rostro ahora) y cuenta nueva.
Quiso la casualidad que fuera al día siguiente cuando conoció a Ramón. Este, sin más, llamó a su puerta. Ella, con los rescoldos del huracán desatado la noche anterior aún vivos, abrió sin cubrirse la cara. Se quedó mirando a aquel hombre y a su enorme bigote desafiante, esperando una reacción que en los últimos meses había aprendido a odiar, pero se llevó una sorpresa. No solo no captó la habitual mezcla de repugnancia y lástima en su mirada, sino que hubo de esforzarse por seguir una conversación que el hombre había iniciado como si tal cosa. Cuando se quiso dar cuenta, aquel vendedor estaba sentado con ella en el sofá, enseñándole un catálogo de vajillas. Se convirtió en su mejor cliente, entablaron una amistad que se elevó a algo más, y un día, de forma inesperada, él intentó un acercamiento más íntimo. Acabaron viviendo juntos.
Ramón no guardaba ningún secreto. Era un tipo normal; como hombre no suponía ningún misterio. Cuando Cristina le abordó una noche para hablar de su desfiguramiento y de cuánto le extrañaba que a él no pareciera importarle, él respondió con naturalidad, argumentando que le gustaba la forma de ser de ella, que aunque se consideraba una persona exigente con la belleza, no le desagradaba el estado de su rostro. A ella le pareció tan convincente que no tuvo más remedio que creerle. La honestidad era la mayor cualidad de Ramón, un hombre sincero hasta la inconveniencia. Lo cierto es que, de haberle sospechado falso, tampoco habría cambiado nada. Se sentía sola y necesitaba a alguien. El cielo o el destino se lo enviaban, así que calló y aceptó el regalo.
Compartieron amor y cama durante más de cuatro años, felices hasta donde la vida lo permitía. A él lo ascendieron. Era una persona metódica y persistente en su trabajo, y amable y educada en su vida privada. Se empleaba con la misma dedicación en ambos entornos, y Cristina descubrió pronto que se regía por una disciplina personal sencilla pero muy exigente. Su instinto era su brújula. Si creía en algo, se lanzaba en esa dirección, y nada podía hacerle abandonar el camino. Eso lo convertía en un triunfador y en una persona recta, o como le gustaba pensar a Cristina, bondadosa. Esa determinación tenía también su lado malo. Ramón a veces se obcecaba con algo, y entonces no había manera de hacerle rectificar. A pesar de que ella quiso comprar un televisor nuevo para disfrutar de la alta definición, tuvo que conformarse con el antiguo, pues él pensaba que no había que tirar las cosas mientras siguieran funcionando. Aunque pasó a ganar mucho más dinero, siguió con su coche utilitario por la misma causa. Él decía que no era racanería, sino puro sentido común.
A Cristina estas actitudes le parecían anecdóticas, pues en realidad eran muy felices. La normalidad con la que la trataba había conseguido negar la imagen que todas las mañanas le devolvía el espejo, y eso superaba con creces lo que para ella no era mas que un pequeño defecto de carácter. Ramón era testarudo, pero también la mejor persona del mundo y el amor de su vida. Ni siquiera tenían peleas como el resto de parejas. Al contrario, era un hombre detallista que no olvidaba hacerle regalos en las fechas señaladas, que se desvivía por que ella estuviera cómoda y que la trataba con una gran ternura en la intimidad. A veces inspeccionaba su rostro mientras le decía que cartografiaba una región hermosa, o la miraba a los ojos durante varios minutos, y entonces ella no veía en los suyos mas que cariño y devoción. No había duda de que ambos eran felices, y con esa certeza habían vivido esos cuatro años, sin querer cambiar nada por no estropearlo.
Un día de septiembre, Cristina recibió un paquete por mensajería. Lo enviaba su antigua oficina de trabajo. Se habían trasladado de edificio, y entre los enseres almacenados habían encontrado sus pertenencias. El accidente y sus secuelas habían cortado su vida en dos, de modo que ni siquiera había podido despedirse de su yo anterior y sus circunstancias. Jamás volvió por la oficina, ni quiso recibir a nadie, no quería que sus compañeros la vieran así. Sus cosas acabaron olvidadas en el almacén de la empresa. Ahora, el traslado había obligado a limpiarlo, y alguien enviaba aquella caja a su dirección.
Cristina pasó la tarde repasando carpetas y viejos documentos, recordando su labor de archivadora, y también viendo las fotos que la empresa había hecho en el viaje que realizaron a Lisboa. Tras la quema de aquella noche de ira, creía que ya no quedaba prueba alguna de su rostro, pero se equivocaba. Su imagen la asaltó desde el papel y le trajo recuerdos del pasado. Se dio cuenta en ese instante de que, por mucho que Ramón hubiera hecho por ella, la herida seguiría ahí toda la vida. Jamás podría mirar su rostro quemado desde la normalidad. Tocó su imagen con las yemas de los dedos, imaginando que podía sentirla, maldijo su incapacidad de llorar y a Dios, y luego, arrepentida, selló la caja con cinta aislante y la escondió en el fondo de su armario. Esa no era ella; ella era esta, una mujer nueva, la Cristina de Ramón.
El otoño vino frío, pero ellos hicieron lo posible por ignorarlo. Ramón llegaba tarde del trabajo, pasadas las nueve. Tras una cena caliente se apretaban en el sofá, bajo una gruesa manta, viendo películas en blanco y negro hasta pasadas las doce, y luego se acostaban. Habían ido aprendiendo a compartir cada vez más cosas, y eran casi como un ente único. Ramón era un hombre más cariñoso que apasionado, pero Cristina le guardaba tanta devoción que incluso eso le parecía una virtud. En su mente, eran Adán y Eva en el edén, no podía ser más feliz. Hasta que, un día como otro cualquiera, ocurrió algo.
Un fin de semana, a las puertas de la Navidad, Ramón comenzó a mostrarse taciturno, casi huraño. Se le veía desganado, e incluso evasivo. Era una actitud poco normal en él, así que Cristina se alarmó enseguida. En todos esos años, ni las pequeñas mezquindades del trabajo habían logrado hacerle mella. Al principio intentó sonsacarle el problema con cuidado, cariñosamente, pero lejos de lograr una explicación, aquello fue empeorándole el genio día a día. Finalmente, la tarde de Nochebuena, cuando ella estaba preparando la cena y rogando para que aquella noche se llevara esa pequeña crisis, todo estalló.
- Cristina, por favor, ¿puedes venir al salón?
Se asustó nada más verle. Ramón estaba sentado a la mesa, con una mano sobre la cabeza y los ojos húmedos. Le rogó que se sentara.
- Hace unos días... encontré esto en tu armario. Fue sin querer, no quería rebuscar en tus cosas, sólo buscaba un contrato antiguo.
Su mano aferraba un lote de fotografías, tan fuerte que tenía los dedos blancos. Cristina identificó inmediatamente las imágenes de Lisboa.
- Son fotos mías, del trabajo; me las enviaron hace unos meses ¿Te has enfadado por no enseñártelas?
- No, no es eso.
- Yo... no quería que me vieras, no quería que compararas, que tuvieras una imagen sobre la que evaluar los daños, el destrozo...
Ramón levantó la cabeza y la miró a los ojos.
- No lo entiendes. Te lo he dicho mil veces y no lo has creído. No me importa el aspecto de tus heridas. Gracias a ellas sólo te veía a ti. ¡A ti! Pero ahora... -Se levantó de la silla dejando las fotografías desperdigadas sobre la mesa-. Verás, la belleza, el atractivo físico, son cosas subjetivas, pero muy ligadas a las personas. Valoramos a alguien primero por lo que vemos, su cara, y aunque luego profundicemos y conozcamos a esa persona, siempre estará asociada al escaparate que es su rostro. Primero va la imagen y luego el resto. En ventas conocemos muy bien este principio.
- Lo entiendo, pero no veo...
- Déjame, por favor. Hay gente que te atrae y gente que no, personas feas pero atractivas y personas bellas pero con un halo negativo. La atracción es un asunto tan complejo y delicado... El caso es que he visto tus fotos, te he conocido tal como eres por fin. En esas fotos sale una mujer llamada Cristina, y su rostro, la mujer que representa, no me atraen lo más mínimo. Si te soy sincero, incluso me desagrada.
Ramón detuvo su discurso esperando contestación, pero Cristina no lograba articular palabra, así que decidió finalizar aquello.
- Mira, las cosas son así. Hemos vivido unos años buenos, pero yo no te conocía, no sabía cómo eras. Lo cierto es que veo estas imágenes tuyas y tengo la certeza de que jamás me habría acercado a ti de no haberte accidentado. Lo siento, no me gustas.
Pasó a su lado y se dirigió al dormitorio, donde tenía la maleta que había estado preparando mientras ella cocinaba. Abrió la puerta y se despidió.
- Lo siento, de verdad. Enviaré a alguien a por las demás cosas. Adiós.
Un humo espeso comenzó a salir del horno y a invadir toda la casa, pero Cristina, plantada en medio del salón como una estatua, ni siquiera se apercibió de ello. Su rostro carecía de expresión, como si fuera una máscara.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Poul Anderson. La patrulla del tiempo

He concluido recientemente la lectura de Mañana todavía, una antología de cuentos de ciencia ficción escritos por autores españoles que toca varios subgéneros, principalmente el postapocalíptico y la distopía. Estoy escribiendo una crítica que con el tiempo acabarán leyendo aquí, así que me van a perdonar que evite ahora reseñarla. Sólo les adelantaré que el nivel de calidad del volumen es medio, y que hay un par de textos que sobresalen; uno de ellos es, precisamente, el más extenso. La novela corta de Javier Negrete titulada Los centinelas del tiempo es, sin duda, lo mejor que se puede encontrar en la antología. Se trata de una distopía que coloca lo políticamente correcto en el centro de un régimen totalitario. Negrete aúna en su relato crítica, humor, nostalgia y amenidad con un resultado excelente.
El caso es que leyendo este cuento he recordado una reseña que escribí hace tiempo. Tanto el título como la maravillosa digresión final tienen su origen en La patrulla del tiempo, una serie de relatos escrita por Poul Anderson. En ella, una fuerza de agentes temporales tenían como misión salvaguardar la historia de las desviaciones a las que los criminales querían someterla. Que mi cabeza se haya ido a la reseña y no al libro de Anderson se debe, por una parte, a que no guardo un buen recuerdo de él, y por otra, al contraste que se presenta entre mi valoración y la de Negrete. Por lo que el cuento tiene de homenaje y por la cita que lo abre, parece evidente que el escritor madrileño, incondicional del género histórico y de la ciencia ficción, adora los relatos contenidos en La patrulla del tiempo. Digamos que es lo normal, pues se trata de una obra con gran predicamento dentro del género. De hecho, recuerdo que en su día recibí un buen rapapolvo por parte de uno de sus grandes defensores, un estimado articulista que incluso llegó a dedicarme una contrarreseña.
No he vuelto a estos cuentos, ni creo que lo haga jamás. Puede que los cogiera en un mal momento (a veces pasa), pero, aunque no lo recuerdo bien, me creo a mí mismo cuando releo el texto que tienen ustedes a continuación. Me temo que esta obra va a seguir formando parte de mi rincón de clásicos menospreciados, pero no me da vergüenza; seguro que muchos de ustedes también tienen unos cuantos.





La estadística, tan indistinguible últimamente de la leyenda urbana, asegura que el lector medio de ciencia ficción, cuando ha de confesar sus preferencias, se declara más afín al cuento que a la novela. Este hecho, que juega a favor de quienes defienden el género como "literatura de ideas", choca sin embargo en nuestro país con una llamativa contradicción: las editoriales importantes de cf se niegan a publicar recopilaciones de cuentos aduciendo que el fantasma de la baja venta suele acompañarlas. Quizás sea ese miedo lo que ha empujado a Ediciones B a presentar con un cuerpo unitario esta colección de cuentos y novelas cortas de Poul Anderson.
La patrulla del tiempo recoge la segunda versión de Los guardianes del tiempo (Orbis, 1985), que contenía cinco cuentos en total, sumándole cuatro novelas cortas escritas en décadas posteriores e inéditas en España. Como suele suceder en estos casos de alargamiento de series, la calidad de estas últimas es notoriamente inferior a los cuentos precedentes, debido sobre todo a su longitud. Lo que en los breves relatos originales no es mas que una amena y divertida visita a sucesos improbables del pasado, se convierte, debido al exceso de páginas de las nuevas incorporaciones, en una infumable novela histórica de poco interés, cuya única intención no parece otra que la del lucimiento del autor en sus conocimientos de distintas épocas, sobre todo del mundo antiguo.
Este libro parece una serie de televisión llevada al medio escrito, y cuenta con todos los lugares comunes que se pueden ver en el medio televisivo. Tiene al atractivo e incansable protagonista de turno, Manse Everard, enfrentado a su correspondiente enemigo jurado; adolece de un señalado maniqueísmo, como mandan los cánones; presenta sofisticadas armas al servicio de los dos bandos; desarrolla un misterio siempre pendiente que nunca se llega a aclarar, personificado en los enigmáticos danelianos y, por supuesto, está trufado de acción, sexo y atractivos escenarios. En realidad, La patrulla del tiempo no contiene nueve relatos, sino nueve capítulos televisivos, episodio piloto incluido. Al igual que en la tele, uno los sigue con atención hasta que se da cuenta de que hay truco, de que cuentan siempre lo mismo según un invariable esquema, lo que suele provocar un cierto cansancio y ganas de cambiar de canal. La falta de un nudo general que empuje la trama, como lo era por ejemplo el del destino de los inmortales en La nave de un millón de años (obra del mismo autor y que, a pesar del insulso final, mejora a ésta), le resta interés al producto.
La constatación, tras la lectura de los primeros cuentos, de la escasa enjundia de este libro ayuda al relajamiento de exigencias, lo que facilita una postura indulgente del lector hacia las numerosas incongruencias temporales que contiene. La primera de ellas, la existencia misma de la patrulla, creada un millón de años en el futuro para combatir los posibles cambios temporales perpetrados por los malhechores que han ido surgiendo tras la creación del viaje temporal, muy anterior (atención al detalle) a la existencia misma de "Charlie" (los danelianos) y sus "ángeles" (los patrulleros).
El completismo que tanto le gusta al director de la colección Nova y que fue de agradecer en otros casos (Los señores de la instrumentalidad, Proteo) le juega aquí una mala pasada. No es lo mismo leer esos viajes al Plioceno, la Roma imperial, Persia o la América colombina de vez en cuando, dejando pasar un tiempo para eludir el empacho, que zampárselos de un tirón sabiendo que no hay nada que descubrir, que todo seguirá siempre el mismo esquema prefijado. Uno no se sienta a ver nueve capítulos seguidos de una serie carente de continuidad, porque la repetición y la falta de avance general acaban aburriendo.
Una presentación impecable, muy buenas intenciones y una traducción oscurecida por el reiterado error de concordancia en el uso compuesto del verbo haber (habitual en las traducciones de Pedro Jorge Romero) para un compendio de relatos presentados como un ente unitario, y que, debido precisamente a su enfoque completista, acaba defraudando como producto global por los añadidos realizados a Los guardianes del tiempo.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.



martes, 4 de noviembre de 2014

Criminal Blurbs


En esta ocasión, lo destacable no está en la frase promocional, sino en el juego de ambigüedades que provocan la disposición de las frases, el signo ortográfico elidido (la famosa importancia de la coma) y el uso de la cita en lugar de un texto sin comillas. A quien no conozca aún a Mark Z. Danielewski y su monumental obra La casa de hojas le resultará imposible saber si la alabanza colocada a continuación de ese título se refiere al libro que tiene en las manos o a la obra previamente citada. Como suele ocurrir con estas estrategias, la posible interpretación errónea del cliente juega a favor de la venta del libro. Por si hubiera dudas, aclaro que la frase elogiosa está dedicada a la anterior novela de Danielewski, no a esta. He aquí el blurb completo:

La novela de terror más aplaudida de lo que va de siglo XXI. Un texto desconcertante apoyado tanto en las palabras como en el delirio de su maqueta, que llega a España tras 14 años de éxito internacional.
TOM C. AVENDAÑO, ICON - El País

Pueden pensar que en esta ocasión me paso de suspicaz, que mi desconfianza hacia el marketing me conduce hacia la exageración, pero lo cierto es que no costaba nada hacerlo de forma inequívoca, y sin embargo se ha hecho de este modo. Por otra parte, a quienes consideren que exagero, ¿no les parece extraño alabar una obra mediante el halago a otra, aunque sea del mismo autor? ¿No encontraron, acaso, blurbs que ensalcen esta?


viernes, 31 de octubre de 2014

Brian Aldiss. Drácula desencadenado

Era evidente que aunque la fiesta de Halloween triunfara en España, su éxito no iba a dejar de ofender a ciertas personas. Cuando se acerca esta fecha, las redes sociales se llenan de cartelitos y comentarios chistosos que denuncian, en clave de solfa, la imposición de una cosa extranjera en nuestro país. A muchos de los responsables, sin embargo, no les importa estar escribiendo sus pullas con una hamburguesa del McDonald's o una pizza de franquicia en la otra mano, porque, bueno, aquí nos llevamos muy bien con nuestras contradicciones. A algunos les da igual que les demuestren con argumentos lo equivocados que están (en realidad, Halloween procede del Samhain celta, algo más nuestro que la celebración cristiana), ya que lo de rectificar no se inventó para ellos.
Los lectores de este blog saben que yo, por motivos nostálgicos y literarios, soy más partidario de celebrar la Noche de Todos los Santos que Halloween, que me motivan más la Santa Compaña y el miserere que Jack O'Lantern. Es un motivo conceptual, estético..., llámenlo como quieran. Sin embargo, jamás me leerán aducir razones nacionalistas, tribales o, en suma, identitarias. Puede sonarles extremista, pero yo creo que las tradiciones están hechas para romperlas. El caso de Halloween es la demostración palmaria. De repente, una noche que era de recogimiento y caras solemnes, en espera de visitar durante el día siguiente a los difuntos, se convierte en una fiesta en la que los niños pierden el miedo a los monstruos arrebatándoles la apariencia, y se lo pasan de muerte con sus amigos, y algunos hasta peregrinan por el vecindario en busca de chucherías y risas.
Risas frente a duelo. El respeto al pasado, por mucho que pueda pesar, no es rival ante las risas de los críos. Hoy, a lo largo del día, el whatsapp de mi teléfono móvil me ha estado mostrando fotos de niños terroríficos, felices, y he oído durante gran parte de la tarde la algarabía de los chiquillos. Nada que ofrezca una vieja tradición podrá igualar eso. Tampoco es necesario, pues ambas formas de celebración no son excluyentes, pueden convivir sin conflictos, como los disfraces y este texto. A continuación, por hacer honor a la fecha, les dejo la reseña de un libro de ciencia ficción terrorífica. No da mucho miedo, pero entretiene.




En 1973, Brian Aldiss escribió Frankenstein desencadenado, una novela que nació a la vez como homenaje y reivindicación del clásico Frankenstein o el moderno Prometeo. El escritor británico pretendía dirigir el foco sobre la obra de Mary Shelley, negándole en parte la consideración de novela gótica para situarla en el género de ciencia ficción, otorgando así a la escritora la maternidad del género. Años más tarde, en 1991, Aldiss decidió repetir la experiencia y volvió a emparejar al protagonista de aquella novela, Joe Bodenland, con el otro monstruo más famoso de la literatura universal, el conde Drácula, y este fue el resultado.
Drácula desencadenado es una novela escrita a la antigua usanza -tanto en intenciones como en número de páginas- que en ningún momento llega a tomarse en serio a sí misma. Sin falsas pretensiones, con la única intención de homenajear la mítica obra de Bram Stoker, Aldiss somete a sus protagonistas a una acción ininterrumpida en la que la ciencia ficción y el terror suman fuerzas con el único objetivo de lograr el entretenimiento del lector. Bodenland y el mismísimo Stoker han de viajar por el tiempo para combatir al sanguinario conde y a toda su hueste de vampiros sedientos de sangre, recorriendo la época victoriana, el lejano siglo XXV y el aún más lejano periodo Cretácico.
Quizá lo más atractivo de este libro se encuentre en la caracterización del escritor irlandés, que se nos muestra como un libertino entregado a los placeres más terrenales, y en la descripción de su época originaria, de la que se da una corta pero atractiva imagen. El resto de personajes, pura decoración, aceptan sin muestra de sorpresa los increibles acontecimientos y descubrimientos que se van produciendo a lo largo de la narración. El alcohólico hijo, la devota (en el sentido más terrible de la palabra) esposa de éste, la propia mujer de Stoker o el sufrido amigo bien podrían no haber aparecido: la novela no se resentiría un ápice.
Los vampiros, con su señor a la cabeza, responden a la particular versión de Aldiss sobre el mito. Sin halo sobrenatural, su origen se cuenta entre las versiones menos sofisticadas que de ellos se hayan dado. El británico explica su existencia desde el punto de vista científico, proponiendolos como parte del juego de la evolución. Auténticos monstruos, el escritor  no sólo les arrebata su misterio, sino que además los convierte en unos seres estériles y sin inteligencia real. Podría asegurarse que quizás sea esta la primera vez en la que el miedo a convertirse en vampiro esté justificado.
El final, acorde con el resto de la narración, es un compendio de incongruencias temporales al uso, sin pies ni cabeza, que subrayan el carácter lúdico de la novela. La honestidad de esta obra en cuanto a objetivos no ayuda sin embargo a sumar puntos, pues son pocas las virtudes con las que cuenta. Quizás la procacidad imaginativa de Aldiss, presente en todas sus novelas. Ciencia ficción, pues, de otros tiempos. En cuanto a simpleza, que no a calidad.


La versión original de esta reseña apareció en la web Bibliópolis, crítica en la Red.

jueves, 23 de octubre de 2014

Textos mellizos

Uno de los consejos que se suelen dar en los cursos de escritura creativa es el de intentar repetir aquellas técnicas que uno ve aplicadas en las narraciones que más admira. No se trata de plagiar (César Mallorquí titula uno de los 10 consejos a un joven escritor que da en su blog, en tono claramente humorístico, Copia con descaro), sino de asimilar lo que funciona y por qué funciona, y aplicarlo a la narrativa propia. En el aspecto técnico de la escritura pocas cosas quedan ya por descubrir (por no decir nada), así que, para aprender el oficio, no hay mas que poner en marcha la misma estrategia que en cualquier otro gremio: ver cómo se hace, analizar, comprender y aplicar los conocimientos adquiridos añadiendo tus propias dosis de creatividad. La escritura es, en realidad, más trabajo y experiencia que talento, y se alimenta más de la artesanía que del genio. 
A los más fieles a este blog les sonará este asunto, pues ya me referí a él en una entrada que escribí hace un porrón de tiempo titulada Ideas concurrentes. Allí trataba el tema de los contenidos semejantes, de aquellas ideas que, aun siendo desarrolladas de distinta forma, tenían en realidad el mismo origen. Ahora traigo aquí el caso contrario, un mismo soporte externo que produce resultados distintos. En las imágenes siguientes tienen ustedes cuatro páginas escritas por Philip Roth y otras cuatro obra de Cormac McCarthy, mis dos escritores favoritos. El primer texto pertenece a la obra Elegía, y el segundo a Hijo de Dios. Aunque el contenido varía tanto en la situación como en la profesión de los personajes, ambos pasajes son el producto de la misma herramienta narrativa, los dos están constituidos por la descripción fría y aséptica que un trabajador hace a una segunda persona de los secretos de su profesión, de su proceso de trabajo. Los autores comparten estrategia, pues el objetivo es el mismo (y de eso hablaremos luego), pero el aporte a sus correspondientes obras es distinto, 
Procedamos por orden. Lean, por favor, las cuatro páginas (142 a 145) que muestran estas imágenes. Pertenecen, como dije, a Elegía, quizás la mejor de las últimas (y breves) novelas escritas por Philip Roth.




El protagonista le ruega al empleado del cementerio que le explique los pormenores de su oficio. Quiere conocer todos los detalles del enterramiento, cuál es el proceso a seguir, sin que el elemento humano juegue ningún papel. En primera instancia, la petición parece responder a una curiosidad estrictamente profesional, tanto por el tono de las preguntas como por su carga, carente de implicaciones emocionales. El sepulturero no escatima en detalles y hace una disección del proceso fría, exhaustiva, como el experto que es. Sólo las preguntas del protagonista y alguna referencia a su hijo interrumpen la explicación.
Vamos ahora con el texto perteneciente a Hijo de Dios (páginas 78 a 81), la tercera novela de Cormac McCarthy. Comprobarán en seguida que el tono y el desarrollo son parecidos.




Lester Ballard, el protagonista de la novela, acude a la herrería para que le afilen la cabeza de un hacha que ha encontrado en sus vagabundeos. El herrero, mientras realiza su tarea con diligencia, le va explicando a Ballard el proceso, y lo hace con la misma asepsia emocional y profesionalidad que muestra el sepulturero en el libro de Roth. El parecido de ambos textos es innegable, se trata de una misma técnica. Un profesional explica friamente y con exhaustividad cómo es el ejercicio de su labor al protagonista. Y sin embargo, la contribución que estos dos pasajes, similares en cuanto a su presentación, aportan a sus respectivas obras es muy distinta. Pero sólo en primera instancia, porque, particularidades argumentales aparte, su función es la misma.
Se pueden reconocer diferencias superficiales. La más notoria es que los estilos de escritura, por supuesto, son distintos. Ambos utilizan espléndidamente el vocabulario específico de los procesos que se describen, pero Roth hace un mayor uso de frases cortas y establece una estructura formal clásica, separando a narrador y personajes mediante el uso del guión; McCarthy, como siempre, hace lo que quiere y prescinde de signaturas, dejando en la lectura esa sensación de baile deslizante entre el narrador y la voz de los personajes. Esta diferencia viene dada también por la propia situación, pues el primer texto es puro diálogo, una conversación directa en la que el conocedor explica al otro sujeto, frente a frente, los detalles de su trabajo, mientras que el segundo es una descripción de la labor que en ese mismo momento se está realizando. Naturalmente, ese hecho exige una mayor presencia del narrador.
Más allá de la construcción formal, profundizando en los contenidos, se puede apreciar que la carga emocional está invertida, y que apunta a direcciones opuestas en los dos textos. Aunque para comprenderlo del todo hay que empezar a aportar información contextual. El protagonista de Roth es un hombre que ha lidiado durante todo el libro con la muerte ajena, viendo como morían sus allegados y cómo la edad lo iba acercando al final. Este pasaje, punto álgido del libro, provoca un seísmo interior en el lector porque es la culminación de un proceso emocional que estalla aquí, precisamente en una conversación que significa la rendición final, la resignación del protagonista ante lo inevitable. Quiere saber, conocer un proceso en el que estará incluido y del que, de hecho, será el protagonista único, pero que no podrá ver por estar muerto. La absoluta frialdad del sepulturero, que aporta la información por requerimiento, como si fuera un parte de trabajo, y que además añade la idea de continuidad al hablar de su hijo, provoca un efecto emocional devastador en el lector.
El protagonista de McCarthy por su parte, un hombre oscuro que en ningún momento da a conocer sus emociones, es casi forzado a escuchar la descripción del proceso de afilado que hace el herrero. No hay motivación aquí, sino vacuidad. La emoción está en el otro lado, en el profesional que se concentra en su trabajo y se lo cuenta a su cliente (y al lector de paso) con tal detalle que usurpa al propio narrador, y que por su implicación con el proceso descrito se instituye en elemento de contraste cuyo efecto es aumentar la sensación de falta de interés por todo (falta de humanidad al fin y al cabo) del protagonista. Mientras que la necesidad de saber del personaje de Roth dispara la empatía y la identificación del lector, la falta de curiosidad absoluta que muestra Lester Ballard le ahuyenta y separa del personaje.
Estamos, pues, ante dos textos que haciendo uso de la misma técnica producen, sin embargo, efectos contrarios en la relación del lector con los personajes. De hecho, si queremos profundizar más y llegar hasta el último nivel, aquel en el que se esconde el demiurgo que mueve los hilos, el autor, y escrutamos la finalidad última en los textos seleccionados, comprobamos que ambos están creados con la misma intención primaria. Si se lo propusieran, no dudo de que Philip Roth y Cormac McCarthy podrían convertir con su prosa un manual de electrodomésticos en algo fascinante. Las profesiones de sepulturero y herrero dan juego literario, y los dos procesos que aquí se narran no dejan de ser interesantes, pero aderezar la trama (casi interrumpirla) con una descripción fría de sus labores durante cuatro páginas, hay que reconocerlo, es arriesgado. Entonces, ¿para qué hacerlo? Pues, precisamente, para enriquecer y dar mayor verosimilitud a los personajes. Porque la función real de estas ocho páginas es la caracterización de los dos protagonistas.
En resumen, esos textos no están ahí gratuitamente, o porque a los dos escritores les haya parecido que ya era tiempo de incluir una saludable digresión, sino para dar vida a sus personajes. El lector toma conciencia absoluta de la anormalidad de Lester Ballard de forma perenne con la última frase, mucho más de lo que lo habría hecho leyendo una ristra de adjetivos y explicaciones directas sobre su disfunción interior. En el caso del protagonista de Elegía el efecto es aún mayor, pues el dato que aporta sobre el personaje, su resignación, es en realidad la gran conclusión del libro. En literatura, una descripción a través de los hechos suele obtener una mayor recompensa que otra hecha de forma directa.
Como sugería al principio, copien. Pero eso sí, háganlo de los maestros.


martes, 21 de octubre de 2014

Pellizcos

Escribir reportajes me parece algo mucho más interesante que andar inventándose historias.

-Gay Talese-

lunes, 13 de octubre de 2014

Greg Egan. El instante Aleph

Como antiguo colaborador de la revista Gigamesh, he sido obsequiado con un ejemplar de Exégesis, el librito en el que Alejo Cuervo, amo y señor de la editorial y de la tienda que comparten el mismo nombre, reúne algunos de los textos que ha ido publicando a lo largo de su vida. Es una herramienta propagandística, tanto de la empresa como del propietario, y para el lector poco más que un entretenimiento resultón, pero incluye datos e información de cierto interés.
Supongo que para los nuevos seguidores de la fantasía y especialmente del mundo de los Siete Reinos creado por George R. R. Martin, auténtico maná de Gigamesh, lo más jugoso serán las canciones y poemas traducidos en un capítulo del libro, precisamente lo que este bloguero encuentra insufrible. Para los aficionados antiguos que vivimos en la distancia ignorante del lector pre-internet aquellos periodos del pasado que Cuervo rememora, resultan mucho más interesantes las cuitas del protagonista en aquellas colecciones que leíamos entonces, y también sus impresiones sobre el mundo editorial actual y las estrategias de venta. Tanto que uno desearía que esos capítulos se hubieran extendido más.
Además del pasado editorial, y más allá del somero repaso al crecimiento y consolidación final de "la malla del millón de millones" (Miquel Barceló ®), son reseñables el cuento Ostras con salsa picante, que ya alabé en su día, y la lista de obras de cf, que, aun gravada con algún peaje nostálgico del propio elaborador, contiene obras en su mayoría indiscutibles, y configura, por tanto, una buena guía de acercamiento al género. Cuervo habla también de la génesis de la colección de libros, que a la postre le ha proporcionado su mayor éxito editorial. Aunque por mis fobias personales hacia el fantasy, y debido también a la displicencia del editor con ciertos libros de mi interés, no haya sido una colección por la que suspirar, hay que reconocer que ha publicado libros de gran importancia, y que en cf ha incluido apellidos ilustres como Bester, Dick, Matheson o Brown, y voces contemporáneas del género imprescindibles como las de Richard Morgan y -a continuación tienen la reseña de una de sus obras- Greg Egan.


Una fantasía solipsista


La ciencia ficción, como todos los géneros literarios, ha tenido siempre temas recurrentes, ideas, recursos e incluso gadgets que se han popularizado a tal nivel que pocos han sido los autores que no han acabado tirando de ellos. Ahora, por ejemplo, estamos en los tiempos de la nanotecnología y, sobre todo, de los misterios de la física cuántica. No hay autor relevante que haya publicado ciencia ficción de principio de los noventa a esta parte que no haya recurrido a la espuma cuántica en alguna de sus novelas, ya sea para apoyar, en la mayoría de los casos, una parte de la trama, ya sea para armar, en menos ocasiones, la base sobre la que gira todo el argumento. El más extremo de todos ellos se llama Greg Egan, y su escandalosa radicalidad imaginativa le lleva a horadar los límites de la realidad, empujándole a crear su propia cosmogonía, como ocurre en El Instante Aleph.
Mucho se ha alabado y apoyado al escritor australiano en los últimos años en nuestro país, sobre todo desde la intelectualidad del fandom, pero lo curioso es que la razón para ello, su riqueza en el estudio de la metafísica especulativa, ha logrado que se oscurezca cara al público el resto de sus bondades como autor, que son varias. Porque El Instante Aleph, además de un estilo narrativo desenvuelto, posee una riqueza de personajes y una variedad de ideas "menores", más ancladas en tierra, que constituyen un corpus de mayor peso que la TOE (siglas inglesas de la Teoría del Todo), tema central del libro.
La trama es bien sencilla. Un periodista decide tomarse un descanso y cambia su próximo trabajo, un estudio sobre la nueva enfermedad llamada Angustia, por otro cuyo destino está en Anarkia, un estado utópico del Pacífico Sur. Lo que parecía una labor fácil (entrevistar a una de las candidatas a conseguir la verdadera TOE) se convierte en una pesadilla en la que correrá peligro su vida y la del mismo Universo.
La imaginativa presentación de varios sexos y las partes que componen el reportaje ADN basura configuran una loa a la libertad individual, tanto mental como física, un alegato libertario a favor de la propia elección de cómo queremos ser en ambos aspectos. El dominio de personajes de Egan es ejemplar. Huyen del cliché en todo momento y aunque luchan por adaptarse a la cambiante situación, no lo logran del todo, cruzando diálogos alejados del cartón piedra y que destilan realidad e incomprensión. Andrew Worth, el protagonista, es un perdedor que lucha por adaptarse a una sociedad que emocionalmente se le escapa y en la que no encuentra su sitio, sitio que curiosamente acaba ganando -a mayor gloria de Norman Spinrad- en el más amplio ejercicio de onanismo mental que jamás se haya visto. Como aderezo, Egan deja bien claro cuál es su bando ideológico, dedicándose a ridiculizar conscientemente, en un marcado ejercicio de proselitismo racionalista, a todas aquellas organizaciones o maneras de pensar que se amparan en mitos y dioses para atacar a la ciencia.
Curiosamente, si la novela tiene algún punto oscuro hay que buscarlo, en mi opinión, allí donde todo el mundo alaba a Egan; en este caso, en lo referente a la TOE o Teoría del Todo. El problema de las especulaciones metafísicas del autor australiano es que en algunos tramos su narración se sofistica hasta extremos angustiosos debido a un marcado manierismo cientificista, y si bien estos tramos son necesarios, obligan a una lectura repetida para atisbar siquiera los conceptos que quiere hacer llegar al lector. Egan manipula los hallazgos más recientes de la ciencia y los utiliza con la persuasión de un vendedor de coches usados, hasta el punto de convencer al lector de que la magia quizás sí existe.
Acabando donde comencé, intranquiliza desde un punto de vista racionalista lo que una mente brillante -hablamos de escritores de ciencia-ficción- puede hacer con los misterios de la cuántica. Por ejemplo, hacer pasar como ciencia ficción algo con apariencia mágica, que huele a fantasía, sabe a fantasía y parece fantasía. ¿Será fantasía?



El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la red.

jueves, 9 de octubre de 2014

Michel Faber. Bajo la piel

He tenido la suerte de ver recientemente la miniserie con la que la BBC adaptó al medio televisivo Pétalo carmesí, flor blanca, la voluminosa novela de época escrita por Michel Faber. En ella se narra la historia de Sugar, una prostituta del oscuro Londres victoriano que intenta escapar del arroyo. La gran oportunidad se presenta cuando logra seducir al heredero de una fábrica de perfumes. Su plan de ascenso en el escalafón social se ve dificultado, sin embargo, por la simpatía que le despiertan la esposa del aristócrata, víctima de un trastorno mental, y su hija, una niña sometida a una rígida educación, ambas prisioneras en la gran casa de la familia a la que ella se muda como interina.
Como se presupone en un producto de la prestigiosa cadena británica, los cuatro capítulos que componen la serie están bien dirigidos, bien interpretados (especialmente en el papel de la protagonista, una maravillosa Romola Garai) y cuentan, además, con una magnífica banda sonora compuesta por Cristobal Tapia. La ambientación, por supuesto, es extraordinaria, y la historia, magnífica. Como en toda representación del pasado, uno no puede sustraerse a las continuas muestras de discriminación a las que se somete a las mujeres. En este caso, la carga es mayor, puesto que se trata de una obra eminentemente femenina, tanto por sus protagonistas, los dos pétalos a los que alude el título (primer verso de un poema de Alfred Tennyson, traducido de aquella manera al español), como por la carga de fondo de la propia trama. 


Comencé la lectura del libro en su día, pero la dejé intimidado por sus mil páginas. No era el momento, y ahora que conozco la historia, matado el suspense, creo que ya no lo será jamás. Y es una lástima, porque los comentarios que he podido leer al buscar información sobre la serie hablan de una gran adaptación, y casi todos concuerdan en que la novela es, como suele ocurrir, incluso mejor. Me quedo con ganas de saber más de Sugar, una protagonista fuerte, de esas que demuestran que la fortaleza en los personajes femeninos tiene su propia expresión, que es independiente y no tiene por qué ser una versión masculinizada, tanto en físico como en comportamiento, hecha con la idea errónea de equiparar lo que es innecesario emular.
Faber construye el grueso de la obra utilizando como ladrillos algunos dilemas morales sin hacerlos explícitos, método que ya utilizó en Bajo la piel, aunque en este caso haya que pasarlos antes por el tamiz temporal, juzgando según la época en la que está localizada la historia. Finalmente, Sugar se gana las simpatías del lector/espectador, logra su objetivo, pero si se revisan algunos de los actos con los que obtiene su triunfo (aborto, secuestro...), puede que la balanza moral no se incline hacia el lado correcto. No entro en detalles por no fastidiarles su disfrute. 
A continuación tienen una reseña breve de la primera novela de Michel Faber. Sin rozar la excelencia, se trata de un buen libro. Fue una de las pioneras en lo que vendría después, el aguacero de novelas de ciencia ficción escritas y publicadas por autores de literatura general, y le guardo, por ello, un especial cariño.






Como ya hiciera anteriormente con la publicación de novelas como El cromosoma Calcuta, del indio Amitav Gosh, la editorial Anagrama vuelve a desmentir la famosa definición de Norman Spinrad ("ciencia ficción es todo aquello que se publica como ciencia ficción") y presenta bajo el epígrafe de literatura general una novela que es, sin duda alguna, un claro exponente de ciencia ficción. Bajo la piel, del holandés afincado en Escocia Michel Faber, sigue las andanzas de Isserley, una extraña y pequeña mujer de grandes pechos (detalle recalcado con reiteración en la novela) cuyo único objetivo parece ser el de recoger autoestopistas masculinos, siempre de fuerte constitución, en la carretera para después hacerlos desaparecer. Pero bajo esa apariencia de serial killer con motivaciones sexuales se esconde algo muy distinto, un ser de extraña naturaleza.
La novela recupera, homenaje incluido, el tema central de la más que famosa El planeta de los simios (el cambio de papeles entre agresor y agredido) y le da la vuelta espectacularmente, imbuyéndolo, desde fuera del género, de una macabra modernidad. Faber logra dotar al mensaje de una contundencia que delata, por comparación, el carácter ingenuo que ha dejado desfasado el clásico de Pierre Boulle. El intercambio de zapatos, puesto en escena esta vez con una mala leche considerable, logra producir en el lector un efecto sobrecogedor, terrorífico. No es lo mismo verse como un mono encerrado que como lo que representan los humanos en esta novela.
La alternancia de los pensamientos de cada uno de los autoestopistas, compendio en clave satírica de los distintos arquetipos masculinos, con los de la protagonista, moderno Grendel de cuyo oscuro lugar de origen Faber sólo ofrece someras pero eficientes pinceladas, pone en jaque el sentido moral del lector. El punto culminante llega con una “imposible” violación en la que no está muy claro quien es el villano y quien el justiciero, y que complica hasta el extremo la decisión de por quién tomar partido. Bajo la piel no oculta sus pretensiones de fábula moral relativista, y conjuga con gran efectividad el moderno tratamiento crudista del horror con una sátira de tintes swiftianos, intentando profundizar, con bastante éxito, en el concepto individual y colectivo de lo diferente.


El texto original de esta reseña fue publicado en la revista 2001.