lunes, 27 de septiembre de 2010

Pellizcos

Todo lo cual confirma, una vez más, la vieja sospecha: España no tiene otro problema que nosotros, los españoles.

-Arturo Pérez Reverte-


jueves, 23 de septiembre de 2010

Los meses perdidos (y II)

En lo que he tardado en escribir esta segunda parte de Los meses perdidos se han debido de extraviar otros cuantos más. Sólo mi obsesión por el orden y la simetría que constituye el acabar lo que se empieza han obrado el milagro por el cual aparece aquí esta conclusión, con un año y medio de retraso. Intentaré reconstruir aquello que el olvido no me haya robado.



Martin Amis. Perro callejero

Xan Meo es un hombre de talentos y secretos. Actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Es verano, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza del pub cuando dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Se salvará, pero será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, y también deberán acostumbrarse todos los que le rodean...

Ataqué con cierta ilusión esta novela. Admiro al Amis ensayista (les propongo que lean, por ejemplo, La guerra contra el cliché, que contiene suculentos artículos, algunos de ellos sobre escritores como Ballard, Vonnegut o Kafka), y su anterior novela, Tren nocturno, me había gustado bastante. Tenía también lejanos pero gratos recuerdos de La flecha del tiempo, leída hace muchos años. Perro callejero, desgraciadamente, no llega a la calidad de aquellos. De hecho, parece un Amis excesivo, más dado que nunca a la dispersión, sin capacidad de enganche. La mezcla de tramas tarda demasiado en engarzar y la estructura es demasiado exigente. El rollete monárquico me aburrió sobremanera. O sea, un libro (y un dinero) que me podía haber ahorrado.



Hector García. Un geek en Japón

Japón, ese maravilloso país. Mi amor por él es cosa más bien reciente, del último lustro. Su comida y su cultura, el exotismo de sus costumbres, me han ganado. Le comentaba hace unos días a un amigo que Japón es, seguramente, lo más cercano que hay a una colonia extraplanetaria, una conjunción de ciudad ciberpunk y tradición milenaria en una misma localización al otro lado del mundo.
Kirai es el nombre del blog creado por el español Héctor García. Residente en Japón, ha ido vertiendo en él todo hecho de interés con el que se topaba en el país del sol naciente. Este libro incluye gran parte de los textos recogidos en el blog más una serie de apuntes inéditos e igual de llamativos. El libro cuenta con un diseño interior muy atractivo. Repleto de fotografías y cuadros explicativos, es un must read para todo aquel que, como yo, pretenda viajar algún día a Japón. Con un estilo muy ameno, el autor presenta y desentraña los distintos aspectos de la cultura y la sociedad niponas en su doble vertiente. El Japón futurista y el tradicional; el idioma, las costumbres y la gastronomía se funden en este libro para dar una visión fascinante de un país único e inimitable.


Richard Dawkins. El espejismo de Dios

Este tipo de libros suele ser, aparentemente, inútil. Los tratados de apología ateísta no convencen al crédulo ni aportan nada nuevo al escéptico. Desde un punto de vista más extremo, el creyente no va a molestarse en leer semejante obra, y el laicista no va a sacar de ella, tras leer ciertos casos, mas que pura indignación. Sin embargo, sí es útil como recordatorio del estado de las cosas, y quizás pueda ayudar al adulto que aún guarde dudas religiosas y a todo joven que esté en el proceso de hacerse preguntas y plantearse qué es esto de la religión.
El autor de El gen egoísta se ha convertido en los últimos años, por su condición de adalid del ateísmo, en un azote constante para la Iglesia y, particularmente, el Papa. En este libro desmonta paso a paso los dogmas del catolicismo y expone toda suerte de casos en los que el abuso social por parte de la religión y el derecho a veto del que se benefician sus instancias es notorio. Dawkins se muestra convincente en su exposición de por qué la religión es innecesaria, y coloca al otro lado de la balanza, por supuesto, a la ciencia.
Aun no estando de acuerdo en algún punto, por ejemplo el concerniente a algunos asuntos del agnosticismo, no dejo de reconocer el atractivo de este libro para todos aquellos a los que les guste hacer bandera de su ateísmo. Disfrutarán con El espejismo de Dios, pues no es otra cosa que un acto de reafirmación. Si prefieren un primer encuentro más cómodo, pueden disfrutarlo antes en versión audiovisual.


Thomas Thiemeyer. Reptilia

Thomas Thiemeyer es uno de los autores de ciencia ficción más laureados de Alemania. Ha conseguido nada menos que 5 premios Kurd Laßwitz, aunque hay que aclarar que todos ellos los ha obtenido por su trabajo como ilustrador. Si van a su página web podrán echarle un vistazo a algunas de sus maravillosas obras gráficas. Thiemeyer también es escritor, y si es cierto que las ventas le van muy bien (sus libros son auténticos best-sellers) no se puede decir lo mismo de su calidad literaria. Al menos la que demuestra en este Reptilia.
La historia parece extraída de un telefilme de sobremesa, con dinosaurios y actores de esos que pululan por series de bajo presupuesto. No falta en Reptilia ningún elemento característico de este tipo de novelas: la jungla, los cazadores y un monstruo marino carnívoro que al final resulta ser algo más. Personajes arquetípicos y un poco de sangre como aderezo de la dieta del bicho completan el cliché. O sea, ciencia ficción ligera, muy ligera. Mi afición por las novelas con monstruo me juega a veces malas pasadas.


Philip Roth. El animal moribundo

David Kepesh, a sus ochenta años, confiesa a un personaje desconocido una de sus últimas experiencias sentimentales: la que mantuvo con Consuelo Castillo, una joven cubana, casi cincuenta años más joven que él. Desde que la revolución de los sesenta lo liberó de sus ataduras familiares, Kepesh, profesor universitario, famoso periodista, un hombre seductor, inteligente y culto, ha vivido al margen de cualquier compromiso. Y tiene una rica fuente para sus conquistas dentro de sus propias clases. A las puertas de la vejez, la vitalidad y la hermosura de Consuelo enfrentarán al protagonista con el significado de su vida.


Confieso que fue la proximidad de la película de Isabel Coixet lo que me hizo rescatar de las profundidades de la pila está sensacional novela (y van...) de Philip Roth. Lo más increíble de Roth sigue siendo su capacidad para mantener el ritmo literario a pesar de la zigzagueante construcción de sus tramas. La naturalidad con la que la digresión se imbrica en la trama principal es el mayor rasgo distintivo de Roth, su sello de marca narrativo. Aunque quizás el rasgo idiosincrásico de su literatura más admirado sea su magno dominio de los personajes, de la vida interior de estos.
Kepesh, alter ego de Roth, presente también en otras novelas del escritor, es un hombre que siempre ha huído de toda responsabilidad. Huyó de su matrimonio y de su hijo, en el que ahora ve reflejado lo que él nunca fue. Su encuentro con la joven Consuelo trae a su vida algo inesperado, una última oportunidad de encontrar, sin que él se percate, una atadura amorosa. Entre el protagonista y su conciencia, Roth interpone a un anónimo personaje, un amigo al que confesar pecados y pedir consejos. El último que sale de su boca, contra la intención de Kepesh de ir a ver a una enferma Consuelo al hospital, clarifica los verdaderos sentimientos del protagonista: "si vas a verla estás perdido".
El sexo y la vejez, el remordimiento y la redención, la vida en palabras; un Roth superlativo, como siempre.


Dan Harrington. Harrington on Cash Games I & II

Y aquí tienen, finalmente, una muestra de los auténticos culpables de la sequía.



Sí, otra de mis grandes aficiones es el póquer, específicamente en su modalidad Texas Hold'em, ese que algunos podrán haber visto en la tele, puesto que se está haciendo muy popular últimamente. De todos los libros que he estado leyendo, desde el Super System de Doyle Brunson hasta el Theory of Poker de David Sklansky, pasando por diversos manuales de Sit&Go, el que sin duda más me ha ayudado ha sido este Carrington on Cash Games, escrito por el magnífico Dan Harrington.
Aunque tienen menos nombre que sus libros dedicados a la modalidad de torneo, estos dos volúmenes dedicados al juego de cash (dinero directo) siguen los preceptos marcados por los anteriores, son más didácticos si cabe y son ahora mismo los únicos libros decentes que se pueden encontrar sobre la modalidad. Todo el mundo sabe que este juego se ha hecho popular por los torneos, pero es el cash lo que permite vivir del póquer a los profesionales. En un torneo sólo puedes perder el buy-in o coste de la entrada, pero en cash se puede perder hasta la camisa.
A Harrington se le conoce por el sobrenombre de "Action Dan", una ironía que responde a su manera de jugar y al método conservador que se muestra en sus libros. En tiempos en los que se lleva el juego agresivo a la escandinava, el póquer estratégico y seguro de Harrington parece haber quedado un tanto desfasado. Y sin embargo, ahí está el propio autor, campeón de las WSOP y presente en la mesa final de éste y otros muchos torneos. Lo cierto es que a nivel personal puedo hablar de un antes y un después de la lectura de este libro; de tener pérdidas a ganancias.


Además de los libros comentados arriba, hubo un par de novelas más: Chesil Beach de Ian McEwan y Nova Swing de M. John Harrison, de las cuáles espero poder hacer en breve un comentario más sustancioso, más amplio, porque así lo merecen. En definitiva, todos estos fueron los pocos libros que me acompañaron en esa serie de meses en los que no hubo entrada alguna en el blog. He tardado tanto que luego se han vuelto a producir periodos de ausencia. Pero no se preocupen, que en esta ocasión no les daré la murga con lo que leí durante ellos. No soy tan perverso.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La búsqueda

Uno de los grandes aciertos que tuvo Carlos Ruíz Zafón al escribir La sombra del viento fue el de comenzar la novela exactamente como lo hizo. La visita al cementerio de los libros olvidados posee un atractivo inequívoco para todos los que amamos la literatura y su soporte físico, para los que en uno u otro momento de nuestras vidas, o incluso de manera asidua, hemos buscado por las calles de nuestra ciudad y de otras ajenas la librería oculta, guardesa de preciados tesoros durmientes al fondo de una estantería avejentada por los años. Qué lector no lo ha hecho alguna vez, quién ha podido eludir el romanticismo que esencia tal idea.
Los lectores empedernidos no sólo adoramos el contenido de los libros, sino que amamos también toda su periferia. Las librerías, las bibliotecas, los anaqueles, el aspecto mismo de los libros reclaman toda nuestra atención, a veces hasta la obsesión. Somos como niños encaprichados con sus primeros juguetes. Las imágenes de librerías exóticas nos dejan con la boca abierta. Es, quizás, un reflejo límbico, infantil, el que se despierta en el momento irrepetible en el que se encuentra un libro buscado durante años y que ya se creía perdido para siempre.
Todo esto viene a cuento de una historia que compartí hace unas tardes, mientras un viejo amigo y yo apurábamos las penúltimas cervezas del verano. Sentados en una terraza de bar, escondida de ruidos y miradas, hablábamos sobre la muerte del libro de papel a manos del libro electrónico, sobre qué cosas se ganarían y cuáles se perderían. Déjenme que les narre la historia ahora a ustedes, porque esta es una de esas cosas que morirán con la llegada del libro electrónico:



"Al igual que les ha ocurrido y ocurrirá a muchos otros, hubo una época de mi vida en la que el dinero me hacía tanta falta como el calor en una noche de invierno. Había ido dejando de lado muchas cosas, con más resignación que pena, y llegó un tiempo en el que, debido a su elevado precio, tuve que dejar también de comprar libros. Dado que me era imposible abandonar la lectura, tan obligada para mí como cualquier necesidad física, decidí recurrir a la biblioteca de mi barrio. Adquirí el hábito de visitarla una vez por semana y fui anotando en un papel, uno por uno, por si mi memoria fuera insuficiente, los volúmenes que me iba llevando y que, con cadencia semanal, iba leyendo en mi casa. Con el paso de los meses, la lista acabó dando cobijo a un número de libros que por entonces yo consideraba elevado. Recuerdo perfectamente esa cifra final: veintiocho. Veintiocho libros que se convirtieron en el único apoyo que tuve durante meses, el único solaz en aquella época de crisis personal. Les ahorraré detalles escabrosos; quien haya pasado por momentos tan malos sabrá que las meras palabras no son suficientes para describir sus efectos. No me detendré, pues, en ellos.
El tiempo pasó, las estaciones cambiaron, y mi situación personal y económica, para fortuna mía, también. En los años subsiguientes me dediqué a buscar, rebuscar y adquirir, cuando los encontraba, todos aquellos libros que, de extraña manera, se habían convertido en la música de fondo de la etapa más oscura de mi vida. Aquella lista de libros contenía lo único salvable de una época que, a pesar de lo que supuso, me resistía a olvidar. Había sido un tiempo de sufrimiento, sí, pero tal vez por ello lo consideraba más propio, más mío que muchos otros momentos más felices.
Disfruté realmente intentando completar aquella lista. Poco a poco fui encontrando y reuniendo volumen tras volumen, algunos con más facilidad que otros, y con mayor o menor esfuerzo económico. Recorrí muchas librerías, tanto "de viejo" como de novedades. El dinero ya no era tan importante (sólo lo es cuando escasea), y el valor que los libros habían tenido para mí entonces justificaba sobradamente lo que pudieran costarme de más ahora. Entre recuperaciones y reediciones llegué a reunir la casi totalidad de ellos, hasta el punto de faltarme sólo tres por encontrar, todos de la misma editorial, de la misma colección.
La Tierra viajó alrededor del Sol y yo logré establecerme definitivamente. Mi vida cambió mucho, pero siempre supe que los libros estarían esperándome en algún lugar, en el sitio más insospechado. Finalmente, hace un par de años, se produjo el que creía que sería el acto final. Me llegaron noticias de que la editorial Júcar, la responsable de haber publicado aquellos libros que me faltaban, saldaba toda la colección al irrisorio precio de 2 euros por libro. Tras la incredulidad llegó la satisfacción. Dado que se trataba de una empresa afincada en Barcelona, sólo allí iban a ponerse a la venta. El siguiente paso fue pedirle a un amigo madrileño, residente desde hacía un tiempo en Barcelona, que en su próximo viaje a Madrid hiciera el favor de traerme los tres títulos que me faltaban de la lista. Añadí al pedido otros siete libros más de la colección. No los había leído y me interesaban. El día que fui a recibirle traía 7 volúmenes en la mochila. Algunos se habían agotado antes de que él pudiera conseguirlos; sólo uno de los que faltaban pertenecía a mi lista.



Habían pasado 10 años y mi objetivo no podía considerarse cumplido. No hasta que me hiciera con el único libro que me faltaba. Me lo debía a mí mismo, a mi yo remoto, a aquel chico que las pasó tan mal. La razón iba más allá del completismo, de un capricho o de mi obcecación; venía de algún lugar profundo. Tenía la impresión de que, sin ese libro, mi memoria de esos meses no estaría completa, siempre me faltaría una semana de mi vida. Algunos meses después, recibí la noticia de que el saldo de Júcar sería puesto a la venta durante la celebración de la Semana Negra de Gijón. Llevaba tiempo sopesando la posibilidad de asistir, y la oportunidad de cerrar la lista venía a darme el empujón decisivo. Iría y completaría mi memoria.
Una vez más, sin embargo, el destino, o como prefieran llamarlo, decidió entrometerse. El padre de mi pareja falleció (el maldito tabaco) y tuvimos que cancelar nuestro viaje a Asturias. No sólo no podría ir, sino que además estaría aún más lejos, ya que el entierro era en Málaga, al otro extremo de España. Por supuesto, la desesperanza por conseguir completar mi memoria no era nada en comparación con la atmósfera familiar. Fueron días tristes debido a la significativa pérdida humana y al ambiente reinante en su casa. El efecto colateral que el inesperado cambio de planes había tenido ni siquiera estuvo presente en mi cabeza. Hasta unos días después, cuando ocurrió aquello.
Una tarde, decidimos dar un largo paseo, tomar el aire. Nos acercamos en coche a Torremolinos, ciudad que yo, a pesar de su fama turística, no había pisado nunca. Recorrimos el paseo marítimo aprovechando el buen tiempo, entre la brisa, el olor de los espetos, la gente y los chiringuitos. El Sol comenzaba a deslizarse lentamente hacia el interior, desde unas amenazadoras nubes grises hacia los lejanos tejados. Caminando por la playa del Bajondillo llegamos al pie de una escalinata que mi pareja quería enseñarme, un punto pintoresco del recorrido. Entre el hotel Meliá y un grupo de casas típicas de la zona, la serpenteante escalera se empinaba hacia la parte más comercial de la ciudad. En cada recodo, puestos de venta y manteros ofrecían todo tipo de bisutería y productos típicos.
El silencio apenado de mi pareja nos privaba del diálogo, pero a la vez me permitía ensimismarme en la contemplación de los adornos, los coloridos pañuelos y las distintas imitaciones dispuestas en los diversos tenderetes. Me detuve para comprarle unos pendientes, pensando que así, quizás, lograría levantar ligeramente su ánimo. Por supuesto, no tuvo mucho efecto; la muerte de un padre no es algo que un regalo, sea éste barato o caro, pueda atenuar.
Llegamos por fin al final de la escalinata, y dimos a una zona comercial, de esas que proliferan en las ciudades turísticas, con callejones estrechos y carteles fluorescentes en blanco y amarillo colgando encima de los escaparates, repletos estos de los más diversos artículos. Decidimos salir de allí y buscar una terraza en la que sentarnos a tomar un refrigerio. Y en eso estábamos cuando, al girar la cabeza, vi la tienda.



"¿Te importa que entremos?", le pregunté a ella. "Claro", respondió con tristeza encogiendo los hombros. Lo mío era una pregunta retórica; a pesar de su estado de ánimo, ella nunca me lo habría negado. La librería estaba en la primera planta. Se accedía a ella desde la calle, por una escalera transparente tras cuyos peldaños se podían vislumbrar pilas de volúmenes viejos. La fachada estaba decorada con carteles que anunciaban libros de segunda mano en varios idiomas. Entramos, y una vez arriba, identifiqué inmediatamente el característico olor del papel viejo. Aunque no era una tienda muy grande, sí disponía de gran cantidad de obras, con un anaquel central rodeado por un círculo de apretadas estanterías. También había libros amontonados por todo el suelo. Los estantes estaban identificados con etiquetas que indicaban el género literario al que pertenecían. 
Hice un breve recorrido ocular por toda la tienda y me fui en primer lugar, como siempre hago, al sector dedicado a la ciencia ficción. No estaba mal surtido. Había bastantes ejemplares interesantes y difíciles de encontrar, e incluso gran parte de los libros de la colección Orbis y del saldo de Júcar. Pero mi libro no estaba allí. Naturalmente, hubiera sido mucho pedir. Seguimos echando una ojeada al resto de la tienda y, al cabo, nos encaminamos hacia la salida. Y fue entonces cuando ocurrió.
Mis ojos se dirigieron como de pasada a la sección que contenía los libros de religión y filosofía. Reconocí al instante el lomo en blanco y negro. Me acerqué inmediatamente y un sentimiento de estupefacción se apoderó de mí. Allí, al lado de La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, mi libro me lanzaba una sonrisa. Mi libro, La fragua de Dios, escrito por Greg Bear, un libro que, sin ser una obra maestra, narraba la destrucción de la Tierra como hasta entonces no había visto reflejada. Una destrucción que, ahora lo sabía, había identificado inconscientemente con la propia. De no haberme encontrado inmerso en tan luctuosa semana, habría dado botes de entusiasmo como un loco. Mi pasado se había cerrado.
Y ahí acaba la historia. No centren su atención en la calidad del libro, por favor. Puede que me parezca mejor de lo que es debido a cuestiones personales, las que les he contado, o puede que sea realmente bueno, porque en mi recuerdo sigue brillando. No, no es por el libro, sino por las circunstancias tan especiales que rodearon su obtención. Estuvo eludiendo mi búsqueda durante años, y al final lo encontré, sin pretenderlo, en una pequeña tienda perdida en un centro turístico de una ciudad marítima que jamás había pisado. Para un devoto de los libros, es algo que ya no se olvida. Si quieren una coda de despedida, añádanle esto a la historia. Buscando datos en Internet sobre la librería con los que documentar esta pequeña historia, sólo he podido encontrar la foto que tienen ustedes más arriba. Eso y la información de que la librería, tras más de 35 años desde su inauguración, fue cerrada y trasladada a otro sitio. Me gustaría pensar que justo después de que encontrara yo mi libro."


Bien, esa es la historia. No sabemos si el formato electrónico será a la larga mejor o peor, lo que sí sabemos es que ya está aquí, y que va a ser, irrevocablemente, el sucesor (in)natural del papel. Todos conocemos las ventajas. Entre los inconvenientes, quizás lo único cierto es que la literatura perderá parte de su poesía, la que añade el soporte. Ya no se recorrerán con los dedos las bibliotecas propias en las tristes tardes de domingo, no se sentirá esa expectación particular que se tiene al visitar una librería y hojear las novedades, ni tampoco se podrá quedar con los visitantes para recorrer librerías de viejo. Ya no serán posibles, tampoco, historias como esta que les he contado.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Opuestos

Una de las conferencias más interesantes a las que acudí en la pasada Semana Negra de Gijón trataba de las diferencias entre la ciencia ficción y la fantasía como géneros literarios. Juan Miguel Aguilera, Elia Barceló, Susana Vallejo y Sergi Viciana departieron sobre los porqués de la actual situación de ambos géneros, de la diferencia de ventas entre los libros de uno y otro y su posible éxito o fracaso. Fue muy interesante. Aguilera, como correspondía, se mostró como un aguerrido defensor de la ciencia ficción, y dejó una pregunta en el aire que no fue respondida. Vino a decir que, mientras que la ciencia ficción es pródiga en cuanto a la importancia y profundidad de los dilemas morales y sociales a tratar, la fantasía es un simple ejercicio de escapismo. Pidió con sana vehemencia que alguien le citara algún título importante de fantasía (que no fuera El señor de los anillos, la proverbial excepción) que tratara los grandes temas humanos y sociales de forma profunda. Sospechosamente, su requerimiento no fue satisfecho, ni desde la propia mesa ni desde el graderío.
¿Tiene razón Aguilera? Sé que no debería, porque innúmeras veces he confesado mis prejuicios contra la literatura de fantasía, pero me van a permitir que les dé mi opinión, que no es sino esta: aunque parten del mismo tronco, el género de fantasía y el de ciencia ficción no son sólo distintos, sino más bien contrapuestos. Como definición valdría decir que la cf se encarga de, permítanme una vez más la licencia, "fantasear" con las posibles aplicaciones e implicaciones de la ciencia, utilizandola a veces en la trama, a veces en el escenario, o incluso en ambos. En base a esto, cualquier mente despierta podría colegir que la cf es, entonces, una forma o rama de la fantasía, pero no debemos dejarnos engañar por apariencias nominales. Si hacemos caso al Diccionario de la Real Academia, fantasear es, entre otras cosas, dejar correr la imaginación, e incluso imaginar algo fantástico. Y si buscamos los significados de fantástico, veremos que en su primera acepción la palabra denomina a todo aquello que es quimérico, que no tiene realidad y que, de nuevo, consiste sólo en la imaginación. Exacto, la imaginación.
Refiriéndome a las intenciones de la cf, he empleado la palabra "fantasear", sí, y sin embargo existe un elemento que opone la fantasía científica o cientifista al género de la fantasía: la búsqueda de la verosimilitud. Fantasear, pero siguiendo ciertas normas coherentes con la realidad. Ese es el punto principal en el cual ambos géneros se separan hasta convertirse en realidades distintas. Ambas son ficciones, fantasías, productos derivados de la imaginación, pero, mientras que la fantasía no conoce límites -porque no le importan en absoluto- la cf juega a estirar la realidad tratando de no salirse de ella. La cf es la imaginación aplicada a la razón. Trata de distorsionar el hecho científico, de sacarle todo el jugo, pero sin romperlo. En la fantasía todo vale; en la cf, no.
Un brujo puede trasladarse en el tiempo con un simple conjuro; un científico necesitará de una máquina del tiempo, basada en principios científicos, para hacerlo. La magia no existe; la tecnología sí. Es ese elemento realista dentro de la ficción lo que marca definitivamente el género de cf, lo que agarra por las tripas a sus lectores. Pero, ¿se trata simplemente de la diferencia entre "podría ocurrir" y "no podría suceder"? Si miramos algunas de las obras clásicas de la cf nos veremos impelidos a afirmar que la respuesta a esa pregunta es "no". Por ejemplo, muchas de las fechas aparecidas en esas obras ya quedaron atrás, y sin embargo siguen siendo válidas. Bueno, a nadie se le escapa que tanto cuando leemos un libro escrito en el pasado como cuando vemos una película de hace décadas, el punto de vista del lector-espectador cambia y se amolda a la situación, porque por muy poderosa que sea la obra, siempre sabemos que en el fondo estamos haciendo un ejercicio de abstracción, y que como juego que es, hemos de jugarlo según las normas. La mente hace la identificación posible. Es lo que se llama pacto de ficción, ese acuerdo que ha de buscar toda narración para ser creíble.
Pero vayamos concretando. La fantasía y la ciencia ficción imaginan una realidad que hoy día no existe, pero los puntos de partida sobre los que aplican esa imaginación, de los que proceden cada uno, son opuestos. Es crucial entender correctamente este punto, porque, si bien los dos géneros siguen muchas veces los mismos caminos para explotar sus ficciones, y cierto tipo de space opera puede ser estéticamente indistinguible de una fantasía medieval, uno de ellos procura estirar la realidad y el otro romperla. Es decir, la cf busca incorporar la realidad a su corpus; la fantasía, no. Y he aquí el punto crítico. Mientras que la fantasía no se somete a la realidad, la cf elige la realidad como juez y parte del pacto de ficción, es decir, le da el papel más importante. En la cf, la realidad marca los límites de lo posible, provocando los mil y un trucos para eludirla sin quebranto que conforman sus narraciones. El género de fantasía se refocila en esa ruptura de la realidad. Fantasía heróica, fantasía medieval, fantasía feérica; hadas, dragones, hechiceros, magia... En sus distintos subgéneros se muestran mil y una faltas de coherencia con lo que en este mundo tenemos asumido como real. La fantasía vive en lo no probado, en lo inexistente, en aquello cuya base es la creencia. ¿Ven a dónde voy? ¿Sí? La diferencia entre la fantasía y la cf procede del mismo sitio que la existente entre la religión y la ciencia. Y por tanto, como aquellas, no pueden ser más distintas.
Para acabar, hay otra cuestión importante. Ese afán por la verosimilitud, por la plausibilidad, convierte a la cf, además, en un medio especulativo de primer orden. Es uno de los grandes valores del género. Además de entretener, es capaz, por su propia idiosincrasia, de ofrecer posibles respuestas a lo que nos espera a todos en el futuro. E incluso a lo que estamos viviendo en el presente. Dado que el escritor respeta la realidad, muchas veces su obra acaba siendo una alegoría de nuestro momento actual, no una fantasía ajena a nuestro mundo. La cf divierte de forma inteligente. Sin ánimo peyorativo alguno, afirmo que si la fantasía, con su nulo respeto hacia la realidad, se muestra más propia del escapismo de la infancia, la cf, por el contrario, intenta encontrar la maravilla dentro de lo establecido, de encontrar los elementos fantásticos que conforman la esencia de la realidad misma. El gusto por una u otra responderá en parte a la capacidad que cada uno tenga de conectar con su parte infantil. O de escapar de ella.

jueves, 5 de agosto de 2010

Whitley Strieber. 2012

En días pasados se ha anunciado la convocatoria de la VIII edición del Premio Minotauro. El seguidor de esta página ya conocerá la opinión que este galardón me merece, o más concretamente, lo que pienso de los efectos que ha provocado su evolución en la ciencia ficción española. Como por falta de actualización en su momento no llegué ni a mencionarlo, me parece de justicia (y como pertinente recordatorio) hacerlo ahora: la última edición fue ganada por la novela Crónicas del Multiverso, escrita por el tinerfeño Víctor Conde. Se trata de una novela de ciencia ficción clásica escrita por un autor procedente del fandom, lo que supuso una grata reorientación en la lamentable trayectoria tomada por la editorial en anteriores ediciones, una trayectoria asentada en libros de dudosa calidad publicados en los últimos años, de los cuales el que tienen reseñado a continuación es un claro ejemplo. Los aficionados a la ciencia ficción rogamos que tanto el premio a Víctor Conde como la propia disposición del escritor por este género no hayan sido más que el comienzo de lo que está por venir.





Si bien es cierto que el cambio de orientación sufrido por la editorial Minotauro en los últimos tiempos es susceptible de numerosas críticas, no lo es menos que éste ha sido tramitado con una loable coherencia interna. La conversión de la que fuera mejor editorial de ciencia ficción en castellano al subgénero (pocas veces un prefijo fue tan oportuno) de la ficción paranormal ha sido ejecutada mediante una lenta progresión, con tal éxito que, intuyo, el definitivo paso final no habrá pillado a nadie por sorpresa. De la publicación de los Aldiss, Ballard, Gibson, Bester, Simak, Harrison y demás creadores de obras maestras del género, con la que Francisco Porrúa consiguiera el marchamo de líder para su editorial, hasta la inclusión en catálogo de Iker Jiménez y la camarilla de lo paranormal, esa con la que los nuevos dirigentes han comenzado a labrarse una imagen radicalmente opuesta a la anterior, varias novelas mestizas han ido anunciando lo que se venía encima, haciendo de puente hacia ese concepto literario antípoda que ha acabado con el indiscutible prestigio de tiempos pasados. La involución del Premio Minotauro, acompañada de una serie de obras puntuales, ha ido preludiando la nueva política editorial. Uno de los mejores ejemplos de esas obras es la novela que nos2012, de Whitley Strieber ocupa, 2012, del norteamericano Whitley Strieber, que en su versión original cuenta con el clarificador subtítulo de La guerra por las almas.
Sin perder más tiempo les diré que 2012 es la novela de ciencia ficción que escribiría un creyente en pufos (¿los hay de otro tipo?), y que cumple, uno por uno, los sueños más hidratados de cualquier magufo. La afirmación que hago es literal, puesto que el propio escritor se cuenta entre las legiones de abducidos confesos. Si bien es cierto que tengo por norma no confundir ficción y creador, es innegable que a menudo se puede oler, e incluso palpar la concordancia entre el posicionamiento del escritor y lo que escribe (por ejemplo, ese liberalismo derechón en Robert A. Heinlein), y en este caso la coincidencia entre biografía y bibliografía sirve para ahuyentar del lector cualquier tipo de duda. Y es que son pocos los clichés paracientíficos a echar en falta en esta novela, todos ellos acompañados por sentencias sonrojantes en cuyo tono se adivina un cierto tufillo revanchista. Así, se hace mención a cómo el gobierno de EE. UU., al fin, se vio obligado a reconocer públicamente la existencia de los OVNIs, a cómo los yetis y unicornios y otras suertes de animales mitológicos tenían la habilidad de moverse entre dimensiones paralelas para esconderse de la vista humana, a la existencia indiscutible del alma humana, a las aviesas querencias anales de los alienígenas (o tal vez del escritor/protagonista).
Es difícil no caer en el prejuicio antes, incluso, de pasar a valorar las virtudes literarias de este libro. Lo malo es que si pasamos a ellas son de un signo semejante. 2012 podría haber sido una gran comedia con los mimbres que la esencian, pero desgraciadamente, y aunque a ratos no lo parezca, va en serio. Wyllie Dale es un escritor con esposa e hijo que se hizo famoso al novelar la experiencia de su propia abducción por parte de los extraterrestres. Una noche, poseído por la escritura, comienza a glosar la historia de una Tierra alternativa invadida por maliciosos lagartos provenientes de una tercera dimensión paralela. Las dos parecen conformar una especie de triángulo mágico con la nuestra, así que la realidad de Wyllie, nuestra realidad, también se ve amenazada. El objetivo de los pérfidos reptiles es aprovechar la extraña conjunción de las tres Tierras en el año 2012 para poder pasar a las dos realidades gobernadas por los humanos, auténticos paraísos comparadas con la suya, y robarles las almas, el preciado objeto de su deseo. De principio la acción se va desarrollando con lentitud, con pesadez, pero llegados a cierto punto, Strieber decide soltarse la melena.
Entre un batiburrillo de tramas desquiciadas, la historia de disloca. Militares, reptiles, sondas rectales, humanos zombificados, metaficción, la América profunda(mente) religiosa, la familia unida, niños gestálticos sin venir a cuento y escenas del peor gore van rellenando las páginas sin ton ni son. Valgan unos pocos ejemplos: la única puerta de entrada al mundo del escritor (a nuestro mundo), el remanso de un río cercano a su casa, resulta luego, inesperadamente, no ser la única; la esposa y el hijo del protagonista cambian, sin mediar explicación alguna, de ser pesados e ignorantes familiares a estar en el ajo desde el principio; Whitley, o Wyllie, o lo que quieran descubre con gran sorpresa (aunque no mayor que la del lector) que en realidad es un quintacolumnista que está en medio de todo (¿alguien ha dicho V?). Y, perdonen, ya termino: la clave para parar la invasión de los OVNIs es, mire usted, no creer en ellos, cosa que nos ha salvado hasta ahora.
Entre lo poco digno que se puede citar se encuentran los breves episodios que se desarrollan en el mundo lagarto, terrible de verdad (el autor de El ansia tenía que retener algo, digo yo), y también el juego que da a ratos la metaficción que sirve de puente entre la Tierra invadida y la amenazada. Escasos elementos de disfrute, en todo caso, para un esfuerzo de más de 300 páginas. Ah, y cabe aclarar, por si alguien no lo supiera a estas alturas, que este no es el libro del que parte la película homónima de Roland Emmerich, por mucho que en una de las webs dependientes de la editorial así lo sugieran. 2012 (ésta 2012) es una novela diseñada para aficionados a lo magufo, a quienes, de todas formas, les sugiero que se salten este tipo de sucedáneos y acudan directamente a las fuentes. Las encontrarán muy cerca.



Reseña publicada originalmente en StarDust.


martes, 3 de agosto de 2010

Imágenes de cf. V

"Medía al menos tres metros de alto. Incluso cuando se detenía, su superficie plateada parecía fluir como mercurio suspendido en el aire. El fulgor rojo de las cruces incrustadas en las paredes del túnel se reflejaba en superficies agudas y relucía sobre las hojas de metal curvo que sobresalían de la frente de la criatura, las cuatro muñecas, los codos extrañamente articulados, las rodillas, la espalda acorazada y el tórax. Se deslizaba entre los bikura arrodillados, y cuando extendió los cuatro largos brazos, las manos tendidas pero con los dedos chasqueando como escalpelos de cromo, evoqué absurdamente a Su Santidad al ofrecer su bendición a los fieles de Pacem."

jueves, 29 de julio de 2010

Robert L. Forward. El mundo de Roche y Camelot 30K

Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción, de Fernando Ángel Moreno
Fernando Ángel Moreno, autor de la recientemente publicada y ya imprescindible Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción, me comentaba hace unos días, en una cena tras la presentación de su libro en la Semana Negra gijonesa, que echaba de menos esa idea sensacional, ese sentido de la maravilla que antes preñaba las novelas del género y que ahora escasea tanto. Aun dándole la razón, quise puntualizar que, en mi opinión, tal falta quizás no se debiera en tanta medida al momento actual de esa literatura como al vital en nosotros mismos, al efecto que el paso de los años, la vida y las incontables lecturas le producen a uno en su imaginación y en la propia percepción del mundo. En resumen, a esa perdida irremediable que lleva marcada la moneda de la experiencia en su reverso.
Fue una conversación realmente agradable. Rememoramos fragmentos de lecturas y finalmente tuvimos que reconocer que, si bien es cierto que esas ideas sensacionales nos habían concedido pequeños pero intensos momentos de felicidad, también habían sido la principal causa de descuido literario en una gran mayoría de ese tipo de ciencia ficción que denominamos hard. Mucho del corpus de aquellas obras no era otra cosa que el relleno de esas ideas, un conglomerado de mala literatura puesta al servicio de un concepto que debía iluminar toda la novela. En definitiva, lo que tan mala fama ha aportado en ocasiones a la llamada literatura de ideas.
Ambos de acuerdo, comenzamos a cruzar ejemplos en la conversación, hasta que no tuve más remedio, ante una apuesta fuerte de mi interlocutor, que echar mano de mi as en la manga: Robert L. Forward. Todo lo que podría decir de él está incluido en las dos reseñas que vienen a continuación, publicadas en su día en otros territorios ahora desolados.

Orgía cósmica

Hay obras que desde el principio exigen una cierta complicidad al lector, novelas que proponen una irrealidad en todo punto inaceptable, pero que una vez desarrollada sirve como vehículo a ideas algunas veces sorprendentes. Si se acepta el juego, siempre contando con que el desarrollo logre huir de la monotonía, el resultado final puede ser altamente positivo. Camelot 30K es una novela que se queda a medio camino entre las anteriores premisas: propone un extraño divertimento que resulta aburrido en algunos tramos, y que si por un lado es propio de la fantasía heroica, por otro viene envuelto en ideas netamente científicas.
Continuando con su costumbre de dar vida a exóticas especies alienígenas en situaciones extremas, Robert L. Forward imagina aquí una civilización -los keracks- cuyo origen se encuentra en un "cometoide" situado en los límites del sistema solar, conocido por sus habitantes como Hielo, cuya temperatura en superficie ronda los 30 grados sobre el cero absoluto. Forward, fiel a su vocación de escritor de cienciaCamelot 30K, de Robert L. Forward ficción dura, se vuelca con solvencia en la descripción fisiológica de unas formas de vida inteligentes totalmente adaptadas al medio, y para demostrar que es esa cuestión la que en realidad acapara su interés, deja los componentes sociológicos de esta original especie en manos de la complicidad del lector, creando un híbrido de fantasía y hard que cuanto menos resulta chocante.
Con un comienzo que recuerda mucho al premiado cuento "Ojos de ambar" de Joan D. Vinge, la narración pronto se torna meramente descriptiva. En un entorno medieval, los habitantes de una de las ciudades keracks, Camalor, dejarán en manos de su "maga" oficial, Merlene, la responsabilidad de actuar como anfitriona ante los visitantes humanos, mientras los demás se dedican a guerrear a las órdenes de sus líderes militares, un tal Morded entre ellos. Nombres de evidentes reminiscencias artúricas cuyo origen en la narración ni se aclara ni sorprende a los terrestres protagonistas cuando se dan cuenta de ello, a eso de mitad de libro. Juntos, Merlene y nuestros representantes irán descubriendo el escondido secreto que amenaza a la ciudad de Camalor y especialmente a sus habitantes.
Los primeros dos tercios de novela contemplan una inacabable sucesión de descripciones de la extraña especie, su constitución y sus modos de vida. Con mayor profusión de tramos aburridos que amenos, la acción es casi inexistente, y lo narrado a lo largo de las páginas es una tediosa y modernizada versión conjunta de Alicia en el País de las Maravillas y Los viajes de Gulliver. Afortunadamente, en esta ocasión el esfuerzo tiene su recompensa, puesto que la conclusión de la novela, una imaginativa idea sobre la que está construida toda la trama del libro -verdadera parafernalia estructural montada para conducir a este sorprendente objetivo final-, es apoteósica. En una inesperada y refrescantemente pornográfica escena final, Forward logra su desaforado objetivo y apabulla al lector con una mezcla en la que el hard asume por vez primera su doble significado erótico-científico.
Si bien es cierto que este Camelot 30K (título que a algunos amantes del cómic les sonará bastante) adolece de dificultades para la ingestión, la digestión posterior se torna satisfactoria gracias a su desaforado final. Un extraño producto que mezcla géneros y que acaba donde algunos autores no osan aventurarse.


Un paseo por Barnard


Incluso aquellos que claman de continuo por la dignificación del género y su inclusión en la corriente general admiten la imposibilidad de exportar la cf hard. Las características intrínsecas del subgénero que mejor conserva la esencia de la cf campbelliana impiden su acercamiento al gran público. Hay, por supuesto, quien continúa intentándolo, aderezando la dificultad cientifista con un estilo más elaborado o con tramas que profundizan en «la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología», que decía el Buen Doctor. Y hay también escritores a quienes esto no podría importarles menos, caso de Robert L. Forward.
Cuando se pone más interés en hacer verosímiles las tecnologías inventadas que en la diversión del lector, en el elemento hard que en la trama, se producen somníferos literarios de excesiva pesadez que tienen que ver más con las revistas de divulgación que con el arte. Forward suele coquetear con estos peligros, pero suele solucionarlos con propuestas científicas espectaculares. Entre 1983 y 1984, la revista Analog publicó una serie del autor (muy popular entonces por su primera novela, Huevo del dragón) que fue recogida inmediatamente en un solo volumen titulado The Flight of the Dragonfly. Seis años más tarde, Forward repasó la obra y la publicó con su título definitivo, El mundo de Roche. La novela refiere los pormenores de una misión espacial a Barnard, enana roja situada a 6 años luz de la Tierra. Allí se encuentra con un sistema solar fascinante, repleto de misterios, aventuras y retos, y cuya dinámica planetaria les deparará más de una sorpresa. El entusiasmo de Forward por el escenario El mundo de Roche, de Robert L. Forwarddescrito le empujó a revisitarlo en cuatro ocasiones más, en colaboración con Julie Forward Fuller y Martha Dodson Forward.
El problema de este libro no es su fuerte componente hard, sino la pobre caracterización de los personajes y la acción casi nula. Aunque no llega al abuso plúmbeo de Camelot 30K, el comienzo se mueve por los senderos del aburrimiento, desde la presentación cinematográfica de los demasiado abundantes personajes hasta las exhaustivas explicaciones y descripciones de los componentes del sistema fotónico de propulsión, el velero estelar, las rutinas de los tripulantes o cualquier nimia maniobra. La deficiente caracterización de los personajes desorienta, Forward se revela más puntilloso que detallista y la manía de poner un nombre familiar a todo artilugio presente acaba siendo desquiciante.
No obstante, la narración adquiere fuerza conforme Forward se acerca a lo que mejor domina. Aunque será especialmente recordada por el imaginativo sistema de empuje fotónico por láser, la novela tiene más, muchas más ideas interesantes, como la No-Muerte, sustancia que prolonga la vida a cambio de idiotizar al individuo, o los descubrimientos posteriores a la larga travesía, tras la cual la novela se dispara y ofrece una auténtica recompensa, una sucesión de maravillas: un sistema solar de dinámica sorprendente, listo para ser explorado a fondo en los siguientes volúmenes de la serie; un planeta doble inaudito, Roche, cuyos dos componentes, separados sólo por 80 kilómetros, tienen características distintas pero complementarias; unos alienígenas sorprendentes, auténticos genios matemáticos (resuelven el teorema de Fermat de una sentada) y, como todas las creaciones extraterrestres de Forward, simpáticos y amistosos. Y, por encima de todo, un final que deja sin aliento y convulsiona el sentido de la maravilla del lector. Tal como sucedía en Camelot 30K, la novela no es más que el aperitivo de ese momento final que anteriormente titulara la obra: el vuelo de la libélula. Forward añade, además, un extenso apéndice en el que explica todas las imaginativas creaciones científicas que sustentan al libro.
El mundo de Roche es un hard que disfrutarán exclusivamente los incondicionales del subgénero, una obra que confirma a Forward como un autor de escaso empaque literario e ideas sensacionales.



Ambos textos aparecieron anterior y respectivamente en Bibliópolis, crítica en la Red y en el número 36 de la revista Gigamesh.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Robert J. Sawyer. Factor de humanidad

Como muchos de ustedes ya sabrán, Flash Forward, la serie de televisión basada en el libro de Robert J. Sawyer titulado Recuerdos del futuro, ha sido cancelada en su primera temporada. Y la noticia me ha venido al pelo. Tenía yo aún, pendientes de subir al blog, algunas reseñas antiguas de distintas novelas suyas, así que me ha parecido que esta era una buena ocasión para airear alguna de ellas. La decisión de cuál iba a ser la agraciada la ha resuelto un artículo de Julián Díez titulado "Los auténticos derechistas de la cf", subido recientemente a Prospectiva y motivo de un largo hilo de comentarios.
Creo que, a veces, más que la totalidad de la novela son los detalles, algunas pequeñas tramas y situaciones, las que dejan en evidencia la auténtica ideología del escritor. Cuando recuerdo Factor de humanidad, por ejemplo, no es la ficción científica la que acude a mi memoria, sino la propuesta sonrojante por parte de Sawyer de una ocurrencia que podríamos equiparar a la infausta Ley Corcuera, aquella famosa propuesta de "patada en la puerta" con la que el denostado Ministro del Interior se retrató a sí mismo y a parte de su partido (sí, lo de la derechización de la presunta izquierda no es una cosa exclusiva del momento actual. De hecho, forma parte de una larga tradición).
En provecho de algunas ciudades y los afluentes que las riegan, aquí tienen la reseña.


A menudo, las cosas no son lo que parecen. La portada de esta novela, por ejemplo, asegura que en su interior se encuentra el heredero directo de Michael Crichton; la contraportada exhibe un breve texto promocional que bien podría pasar por la sinopsis de la ya archifamosa Contact, de Carl Sagan; la ilustración de cubierta, en un inusitado guiño (de dudoso gusto) al lector, muestra la imagen de una niña que tiene pájaros en la cabeza. En las páginas del libro, en realidad, sólo se encuentran lejanas referencias a todo lo que estas pistas anuncian.
Factor de humanidad, novela cuya principal virtud reside en un estilo narrativo fácil y de agradable lectura, es más deudora de los culebrones televisivos que de los referentes antes mencionados. Estamos, en teoría, ante una novela de primer contacto que aborda el sobado tema del mensaje espacial y su laboriosa decodificación, y que incluye en su argumento el consabido aparato maravilloso de origen alienígena. En un plano Factor de humanidad, de Robert J. Sawyersecundario, una familia con problemas aporta ese toque de humanidad tan al uso en el género hoy en día. Las dos líneas argumentales confluyen en un final que anticipa un nuevo y decisivo paso para toda la raza humana. Todo lo anterior, repito, dentro de un análisis teórico, porque la realidad es otra muy distinta.
Esta novela, en puridad, no es otra cosa que un empalagoso melodrama en el que una madre lucha denodadamente para conocer la verdad sobre un asunto escabroso: los abusos a los que su marido presuntamente sometió a sus hijas cuando éstas aún eran pequeñas. A eso de las cien páginas, más o menos, aparece la trama secundaria, un mensaje extraterrestre, que resultará providencial para desentrañar el importante misterio familiar, y de paso, salvar al mundo de la iniquidad. La intensidad del drama familiar, más propio de un telefilme de sobremesa que de un libro de ciencia ficción, prepondera y hace que todo el contenido genérico se arrincone en una sola idea. El concepto de la supermente colectiva y su posible papel en un primer contacto es realmente interesante, pero, debido a su papel de segundón en la historia, no supone más que un mero artificio a través del cual llegar al auténtico objetivo del escritor, que no es otro que demostrar que la familia unida jamás será vencida.
Lo peor de todo es que, además, Sawyer hace apología de la violación total de la intimidad como medio válido para descubrir la verdad, dando por sentado, de manera muy inocente, que a la víctima tal abuso no le importará, que no lo tendrá en cuenta si eso le exculpa de toda acusación. Sawyer expone, con total naturalidad, los beneficios de entrar en la mente de cualquier persona si ésta es sospechosa de haber cometido algún crimen. Una premisa más propia de famosos ex-ministros de nuestro país que de un autor de ciencia ficción cuyo apellido no sea Heinlein. Las dos líneas argumentales, salpimentadas con breves referencias a la cuarta dimensión, la enésima amenaza de seres mecánicos, Carl Gustav Jung y divertidos chascarrillos sobre Star Trek conforman este cuento alargado al que, a pesar de sus escasas trescientas cincuenta páginas, acaban sobrando más de cien, por carentes de contenido, que no por aburridas.
Se demuestra, una vez más, que no todas las novelas de fácil lectura tienen por qué ser buenas novelas. Factor de humanidad es un producto para entretenerse unas horas (si es que las más de trescientas (300) erratas que contiene la edición de La Factoría de Ideas no molestan a quien lo consuma) y olvidarlo en menos tiempo todavía. Aunque existe otra opción, la de tomárselo todo a broma, como ha hecho el responsable de otorgar a este libro la ilustración que decora su cubierta.


Reseña original publicada anteriormente en Bibliópolis, crítica en la red

martes, 18 de mayo de 2010

William Gibson. País de espías

En esta página de Prospectiva, el portal dedicado a la ciencia ficción, pueden encontrar el último texto escrito por mi más afamado álter ego. Se trata de una modesta crítica de Fin, la magnífica novela de David Monteagudo. Como celebración de un hecho tan relevante, les ofrezco a continuación otro texto que el ínclito reseñador aportó anteriormente a Prospectiva.


William Gibson ha pasado en pocos años de predecir con acierto nuestro futuro a anticipar nuestro presente. No ha sido un cambio muy brusco, pues en su visionaria prosa ambos presentan un rostro semejante. El norteamericano es el mejor descriptor actual de las nuevas inquietudes culturales nacidas de la revolución informática, un lector certero del espíritu de estos tiempos impredecibles a los que Internet, la versión primigenia de su ciberespacio, nos ha conducido. En realidad, su narrativa sigue enfocada al futuro cercano, en la actualidad indistinguible del presente, de modo que su escritura parece adquirir en ocasiones apariencia de cálculo diferencial.
Gibson está “al loro”, sabe lo que se cuece, sabe cómo extraerle usos imaginativos a nuestra cotidianeidad y a sus nuevas tecnologías. Si en su día fue capaz de prever el futuro de la Red, antes incluso de que ésta existiera, ahora, de forma más modesta, sigue imaginando usos nuevos pero posibles de la tecnología aplicada al arte. Y es en esa dirección en la que ha volcado sus esfuerzos creativos en esta última trilogía, formato usual en su narrativa, dedicada al tiempo presente. El “metraje” de Mundo espejo y el “arte locativo” que aparece en País de espías son conceptos artísticos realizables con las actuales tecnologías. Sus usos también. Gibson, además, sabe aplicar su original mirada a otros niveles, remodelando, por ejemplo, los géneros literarios que visita. Si en sus anteriores tercetos, las trilogías del Ensanche y del Puente, supo dar un carácter prospectivo al noir, en esta ocasión aplica el mismo principio al thriller de espías. Su visión acertada y anticipativa sustituye el núcleo que alimentó a ese género en las pasadas décadas de los 80 y 90, el fantasma de la vieja Unión Soviética y sus corrompidos restos, por elPaís de espías, de William Gibson nuevo orden mundial abierto tras el 11-S. En la anterior novela ya lo apuntaba, pero es en ésta donde se hace patente la reinvención de lugares comunes recientes, como por ejemplo la figura del viejo espía jubilado.
Los caducos y a priori inservibles ex-agentes del KGB que trufaban, bajo una perspectiva crepuscular, las novelas de la pasada década son relevados aquí por agentes jubilados comprometidos con el mundo post 11-S, con la guerra antiterrorista y sus secuelas, con el nuevo e inestable mapa político y económico del nuevo siglo. No extraña la consideración que se ha dado a esta novela como precursora del post-post 11-S, puesto que apunta directamente hacia la situación creada por la actitud neoconservadora de la administración Bush ante el terrible atentado terrorista. Mucho de lo que pasa en la trama, la cuestión de fondo incluso, está relacionado directamente con el desmadre del capitalismo usurero y corrupto destapado por la reciente crisis financiera mundial, un efecto no colateral, sino directo, del antiterrorismo.
En esta novela el talento visionario de Gibson sigue brillando en todo su esplendor. El literario, sin embargo, parece dar muestras de cansancio. La decisión de dividir el desarrollo de la acción en tres tramas, alejadas inicialmente, pero encauzadas hacia una confluencia en los capítulos finales, no parece muy acertada. Hay una notable diferencia de velocidad, de ritmo e interés entre ellas. La historia que protagoniza Hollis Henry y su reportaje sobre el arte locativo es, de largo, la más atrayente y la que mejores momentos gibsonianos contiene. La trama del cubano Tito y sus orishas, sobrante en varios aspectos, y la del yanqui Milgrim y su captor, en una suerte de tournée por los hoteles de América (para conocer la obsesión de Gibson con el tema échenle un vistazo a su blog), adolecen de una morosidad que perjudica en parte el ritmo de lectura. Las descripciones siguen siendo el plato fuerte de la narración, siempre bajo el registro inimitable y personal de Gibson, aunque esta vez se presentan en un estilo menos dislocado de lo habitual. Las construcciones gramaticales, más ordenadas que en sus obras canónicas de ciencia ficción, podrían provenir de una depuración estilística voluntaria o ser producto, sencillamente, de la mano de los nuevos traductores. Me temo que este humilde reseñador es al cabo incapaz de clarificarlo.
La impresión final, para quien haya leído casi toda la narrativa gibsoniana, es de cierta decepción por una novela floja, que cuenta además con un final algo tontorrón, un anti clímax que deja más sensación de episodio piloto televisivo que de novela cerrada. Nada inesperado, en todo caso, pues con Gibson siempre fue más importante el viaje que el destino final, las letras de sus textos como genial crooner de nuestro tiempo que el desenlace de sus historias. Esperemos, pues, que la próxima novela, que debe cerrar esta trilogía, sea mejor que País de espías, probablemente la peor de su currículum.



La versión original de esta reseña fue publicada en Prospectiva.