sábado, 20 de febrero de 2010

Ángel González. Para que yo me llame Ángel González

Ahora que el maestro Serrat vuelve a rescatar a Miguel Hernández, cuando parece darse un regreso a la poesía, clásico retorno en tiempos marcados por la pérdida de la identidad social y de los valores culturales y morales, por la huída hacia el individualismo como método de supervivencia, recupero yo aquí, y recomiendo con vehemencia, la poesía de Ángel González. Descubrí al poeta hace un par de años, gracias al disco Sólo o en compañía de otros, del cantante Miguel Ríos, penúltimo eslabón en la reciente y creciente cadena de homenajes al escritor.
En coincidencia con la entronización de su coetáneo, Gil de Biedma, la admiración por la obra de Ángel González crece año tras año, al igual que las muestras públicas de reconocimiento.  En la wikipedia puede leerse este escueto resumen:
González colaboró con los cantautores Pedro Ávila en el disco "Acariciado mundo" (12 poemas de Ángel González, 1987) y Pedro Guerra en el libro-disco La palabra en el aire (2003) y también con el tenor Joaquín Pixán, el pianista Alejandro Zabala y el acordeonista Salvador Parada en el álbum Voz que soledad sonando (2004). En 2009 Joaquín Sabina le dedica la canción "Menos dos alas" incluida en su disco Vinagre y rosas, escrita junto a Benjamín Prado.
Me quedo con la interpretación de Miguel Ríos, quien supo mezclar con acierto la pieza que viene a continuación con "La vida en juego", composición con la que el cantautor Pedro Guerra musicalizó otra de las muchas joyas poéticas a las que el genio ovetense supo conferir emoción y carga de profundidad. Es verdaderamente difícil elegir sólo uno de entre sus muchos y memorables poemas, inigualables reclamos de emoción, plenos de una belleza profunda y honesta, pero me decanto por éste que tenéis a continuación. No sólo por ser el primero que le conocí, sino también porque la descomunal fuerza de su conclusión, de esas dos frases finales, embravecidas, indefensas, me afecta hasta desbordarme.


Para que yo me llame Ángel González


Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...


En su propia voz:






Si desean leer otras piezas de este gran poeta e indagar un poco en su vida, pueden acudir a Cervantes Virtual.

sábado, 13 de febrero de 2010

Imágenes de cf. IV


"Durmió aquella noche pegado a su padre y lo abrazó pero al despertar por la mañana su padre estaba frío y tieso. Se quedó allí sentado llorando mucho rato y luego se levantó y atravesó el bosque hasta la carretera. Cuando regresó se puso de rodillas al lado de su padre y cogió su fría mano y pronunció su nombre una y otra vez."





jueves, 11 de febrero de 2010

2012 y País de espías

El ínclito Santiago L. Moreno, tras más de un año de ausencia, ha vuelto a escribir un par de reseñas, pero ha decidido publicarlas en casa ajena. Ignoro qué habrá estado haciendo estos meses tan oscuro personaje, en qué asuntos, en qué extravagantes negocios habrá empleado su tiempo. Ciertamente, no es que me importe mucho, pero en recuerdo de la buena relación mantenida en el pasado, doy fe de esta noticia.
Ya puestos, y dado que, seguramente, pasará algún tiempo hasta que esos textos encuentren aquí hospedaje, les facilito a continuación ambos enlaces. Por si algún extraño tipo de locura se ensaña con ustedes y les obliga a leerlos.

2012, de Whitley Strieber, en Stardust.

País de espías, de William Gibson, en Prospectiva.

Ustedes mismos.

domingo, 31 de enero de 2010

Walter M. Miller Jr. Cántico por Leibowitz

Desde el famoso "principio del iceberg", ese con el que Hemingway intentaba explicar la potencia oculta de sus cuentos, hasta la (muy dolorosa para mí) confesión que hace Rodrigo Fresán en el epílogo de su magistral El fondo del cielo (la novela tenía una extensión de tres o cuatro veces la que tiene actualmente e incluía una larga descripción de los club de fans de la ciencia ficción en los años 30), hay una amplia mayoría de escritores que cumple escrupulosamente con la teoría de la omisión, esa que asegura que lo publicado ha de provenir de la destilación final de páginas y páginas que no acabarán viendo la luz. Si quieren ejemplos cercanos, hay escritores de ciencia ficción, como Rodolfo Martínez, que tienen confeccionados organigramas enteros sobre la historia del universo en el que transcurren sus space operas. El pujante escritor de terror Marc Soto reconocía hace tiempo que el salto de calidad en sus cuentos se produjo cuando comenzó a dar más importancia en ellos a la parte oculta que a la explícita. Este principio suele ser lugar común, materia conocida entre los escritores cuando comienzan a dominar el ejercicio de su profesión para encaminarlo hacia la búsqueda del arte.
Naturalmente, el mundo de la literatura es tan amplio que da lugar a excepciones. No todos los escritores cumplen con la norma, y sus textos publicados son exhaustivos, enciclopédicos. Entre ese tipo de escritores que priman la docencia, la demostración de sus amplios conocimientos al lego por encima del efecto literario, se cuenta Neal Stephenson. Anatema, su última y gargantuesca novela, es un nuevo ejemplo de ello. Su lectura exige una inmersión sin apoyos en un universo ajeno, en el que incluso el vocabulario es extraño. El lector se ve impelido a hacer un ejercicio de fe desde la primera página, a creer en el autor y en su promesa. Con Stephenson, el escritor es la estrella. Sus libros son auténticos Titanics que, tratando de revertir su pesantez en virtud, navegan ausentes por los oceanos de la narrativa, ignorando majestuosamente tanto a icebergs como a lectores.
Particularmente, no desestimo esa brutal ambición, la de recrear... no, la de crear un universo entero, al detalle, desde la imaginación, pero, desgraciadamente, no atravieso un momento personal propicio para esos esfuerzos; no estoy por la labor. Tras dos infructuosas intentonas, he acabado por acomodar a este diplodocus en cartoné en el fondo de mi librería. Y ya sé que las comparaciones son odiosas, pero no he podido evitar que me haya venido a la memoria, pura anécdota, la gran obra que sobre monjes postapocalípticos y su guardado cultural ha dado la ciencia ficción, Cántico por Leibowitz. Una obra maestra incontestable, una maravilla de aparente sencillez.
Según el conocido principio, tan sólo eso, aparente.





Que el género ha evolucionado en los últimos cuarenta años no es un hecho que se pueda poner en duda. Nuevas temáticas, nuevos estilos, y en definitiva, nuevas inquietudes, han venido a transformar la ciencia-ficción y a convertirla en lo que es hoy en día. Algunos autores como Gibson, Simmons o Egan han introducido importantes novedades en las dos últimas décadas, llegando a crear en algunos casos subgéneros -el ejemplo más notable sería el del ciberpunk- dentro del género madre. Otros incluso han intentado ir más allá, tratando de dotar a sus novelas de una calidad literaria que pudiera acercar las cotas estilísticas de la ciencia-ficción escrita a la corriente principal, el famoso mainstream.
Curiosamente, la persecución de la dignidad del género como "gran literatura" ha conseguido en la mayoría de los casos lo contrario. La excesiva pomposidad unida a las ordenanzas editoriales de nuestro tiempo, cuyo primer mandamiento es engordar las novelas para así poder cobrar más por ellas, ha provocado que la pesadez se haya apoderado de muchos de los libros publicados en la pasada década. Por eso no es extraño que uno sienta la necesidad, de vez en cuando, de oxigenarse con una buena dosis de sencillez (que no simplicidad), para lo cual la mejor opción es siempre mirar hacia atrás y sumergirse en la refrescante lectura que proporciona cualquier novela de la década de los 50.
El libro que nos ocupa es un doctorado sobre la mencionada sencillez: cómo contar algo realmente importante de manera amena, con una estructura muy sencilla y en apenas trescientas cincuenta páginas. La carencia de pretensiones de estilo hace que se lean en un suspiro los varios temas que Cántico por Leibowitz ataca, eso sí, de forma pacífica. El motor central es el eterno viaje paralelo de las dos creaciones humanas más significativas, la ciencia y la religión, antagonistas eternas, pero como nos cuenta el autor, condenadas a complementarse. Esta batalla de amor y odio es el instrumento del que se vale Miller Jr. para enseñarnos las dos caras de la moneda y presentarnos a su vez otras tramas menores que en realidad no lo son tanto. El libro, dividido en tres capítulos principales, desplaza al lector por más de mil doscientos años de historia humana. Los nombres de cada parte dan la clave de lo que nos encontraremos en su interior.
Comienza el viaje con "Fiat homo", cientos de años después de un holocausto nuclear que ha sumido al mundo en una nueva edad oscura. La ciencia, causante de todos los males, es perseguida, y sólo encuentra cobijo, curiosamente, en la Orden Albertiana de San Leibowitz, dedicada a cuidar los libros que sobrevivieron a la quema posterior a la guerra, convirtiendo el cuidado de la Memorabilia en su razón de ser. No más de cinco personajes bastan y sobran para presentarnos rotundamente cómo es el mundo superviviente. Magistralmente, se marcan las pautas de lo que será el nuevo comienzo de la Humanidad.
Transcurridos seiscientos años, abordamos la segunda parte del libro, "Fiat lux", y nos encontramos con una incipiente civilización que vuelve a despertar por el único camino que el hombre conoce: la guerra. Y gracias a la religiosa Orden de Leibowitz, curiosamente, también por la ciencia. El conflicto es evidente para los monjes que tan bien han guardado el saber durante centurias: puesto que la ciencia es la causante de la destrucción de la Humanidad, ¿deberían dejar que saliera de su refugio? Y por otra parte, ¿qué sería de ellos si todo el mundo tuviera los conocimientos cuya custodia da sentido a la existencia de la Orden?
Finalmente, seiscientos años después, en "Fiat voluntas tuas", el Hombre ha recuperado su antiguo esplendor, aunque la amenaza de la destrucción volverá a estar más presente que nunca, y la última esperanza reposará, como siempre fue, en la religiosa Orden que da nombre a la novela, aunque sea más allá de las estrellas.
La religión como soporte de la civilización. Los supersticiosos monjes de Leibowitz como guardianes de la ciencia, del monstruo exterminador que duerme en sus sótanos, cuidando el recipiente del saber humano, del enemigo, en sus entrañas. A lo largo de toda la narración pervive el conflicto moral entre los dos grandes protagonistas del progreso humano, para bien o para mal, compenetrándose y finalmente combatiendo en un maravilloso último capítulo, en el que además Miller Jr. regala la inteligencia del lector con las dudas morales de los monjes, meros guardianes que ven impotentes cómo su criatura se les escapa de las manos, y a los que no les queda otro camino que la resignación y aceptación de su papel en el destino de la raza humana. El instante más intenso aparece en esa última parte, con la eutanasia como excusa, presentándonos el verdadero dilema que separa religión y ciencia, creencia y saber.
Mención aparte merecen el personaje del judío errante, cuya vivencia de la trama corre paralela a la del lector, y los buitres, imperecedera representación del paso del tiempo, que todo lo devora. Cuando termina la novela, un ciclo más de la evolución humana ha sido expuesto a los afortunados ojos del lector. Aun así, el libro no presenta un destino cíclico cerrado, porque el final, por muchas razones, abre nuevas expectativas para el futuro. Al fin y al cabo, no somos el centro del Universo.
Más de mil años de historia, los conflictos morales humanos y, sobre todo, la inevitabilidad de la estupidez del Hombre, presente en sus genes, y por tanto imposible de extirpar, son algunos de los elementos de estudio de este Cántico por Leibowitz. Todo contado a través de la más sublime sencillez, valiéndose nada más que de una docena de personajes, efímeros pero perfectamente descritos. Sencillamente, una extraordinaria novela, premio Hugo de 1961, escrita por un auténtico conocedor del espíritu humano, a la que Nova debería haber otorgado en su tiempo una portada a su altura.




Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.

Criminal Blurbs

Bajo la garra de piedra, de Theresa Crater
"Arroja luz sobre muchos personajes y momentos históricos interesantes, entre ellos los conocidos illuminati, los masones o la orden rosacruz y muchos más."

-Literary Times

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Imágenes de cf. III


"El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto."



viernes, 13 de noviembre de 2009

Reflexiones a la luz de un buen libro

Algunos de los Futurianos en 1938
Acabo de terminar la lectura de El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán. Compleja, maravillosa, argentina. Un canto de amor a la ciencia ficción que comienza como roman à clef centralizada en la Edad de Oro y concluye como artefacto metanarrativo. Por el camino, un repaso nostálgico a las bondades del pasado del género y una atinada crítica a los defectos de su dubitativo presente interno. Este libro es, en cierto modo, una sonora bofetada para todo aquél (si aún quedara alguno) que mantenga que sólo se podrá ser un auténtico entendido si se vive o se ha hecho noche alguna vez en los dominios del aficionado, un rapapolvo para quienes crean, en su ignorancia, que las editoriales del género les deben el alma por ser ellos sus únicos clientes.
Hay vida ahí fuera, otro tipo de lectores, gente tan entendida en la historia y conceptos de la cf como lo pueda ser cualquier fandomita al uso. Fresán, de hecho, da un recital de conocimientos en las páginas de este libro, poniendo en boca de sus personajes muchas de las últimas cuestiones a debate en los foros de internet. Ballard, Lovecraft, Clarke, Dick, incluso Loriga, personajes y pedazos de la breve historia del género, trasuntados o citados directamente, campan a sus anchas por las páginas de una novela que, elaborada mediante un estilo ni fácil ni complaciente, exhibe un fondo tan profundo como el del cielo.
Cerradas sus páginas, me he lanzado raudo a buscar otras opiniones en la Red, ya saben, para confrontar pareceres y hurgar un poco en las mentes de los otros lectores. Poco hay aún, pero aquí he encontrado una apreciación que me ha conducido, por caminos diferentes a los que pretendía, hacia una reflexión al margen del libro mismo. En la web La periódica revisión dominical , dentro del párrafo que cierra la reseña, destaca esta parte del texto:

Es cierto que el escritor argentino se nutre de múltiples influencias (imposible no pensar en, por ejemplo, Roth o Bellow cuando se narra en la primera parte la historia de estos dos primos judíos, y más cuando se relata la historia de la muerte del padre de Isaac), pero (...)


Y automáticamente he pensado: se equivoca. El chaval se llama Isaac, es judio, vive en Brooklyn (no en Newark), lee ciencia ficción y va con un tal Ezra a las reuniones de los Futurianos. Así, blanco, en botella. Cierto, lo que parece sugerirse no es exactamente que los dos genios judíos se correspondan con los personajes escondidos dentro de los protagonistas, sino que en su creación quizás hayan estado ambos presentes de algún modo. Sabiendo esto, he pensado que ni aún así, que esa presunción parte de alguien al que le faltan datos, que carece del background que reclama una novela que se sumerge en reconocidos episodios históricos de la ciencia ficción. Eso es lo que he pensado en un principio y luego rectificado.
Hace tiempo que escribo críticas, reseñas, textos o como quieran ustedes llamarlos sobre libros que he ido leyendo, la mayoría de ellos, pura anécdota para el caso, de ciencia ficción. Con los años he adquirido, supongo que como todos los que las escriben, mis propias ideas sobre crítica literaria. Me sitúo muy próximo en algunos puntos a los conceptos del new criticism y, en resumen, creo que un libro se explica por sí solo, independiente a las intenciones del autor o a otros factores externos. Estos pueden ser considerados, y pueden, también, no ser considerados. Es decir, que esa interpretación que apuesta por Bellow/Roth pudiera ser tan correcta como la mía, que lo hace no sólo por Asimov, sino también por su contexto.
Fresán incluye una coda final en el libro en la cual enumera la lista de referencias sobre las que está construida la historia. En esa larga lista no están incluidos ni Roth ni Bellow. Aunque, por otra parte, nadie que haya seguido las reseñas y artículos escritos por Fresán a lo largo de los años podría negar su debilidad por ambos autores, así que nunca sabremos la influencia consciente o inconsciente que éstos hayan podido tener en la creación de los protagonistas de este libro. Porque, tal como señala J. M. Coetzee en la crítica que escribió sobre La conjura contra América, la gran ucronía escrita, precisamente, por Philip Roth:

De todas maneras, un novelista tan experimentado como Roth sabe que las historias que nos disponemos a escribir a veces comienzan a escribirse solas, después de lo cual su verdad o falsedad quedan fuera de nuestras manos y las declaraciones de intenciones de los autores no tienen ninguna relevancia. Más aún, una vez que un libro se lanza al mundo se convierte en propiedad de sus lectores, quienes, a la mínima oportunidad, alterarán su significado de acuerdo a sus propios preconceptos y deseos.


Así pues, ¿cómo quitarle la razón?
Sea como fuere, lean este libro. Si de principio les cuesta, peléenlo. Si son aficionados a la ciencia ficción no se arrepentirán.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Pellizcos

Esta no es una novela de ciencia-ficción, pero sí se nutre de la ciencia-ficción y de mi amor por un género al que, como lector, llegué temprano y del que no me iré hasta el final.


-Rodrigo Fresán-

martes, 10 de noviembre de 2009

William Gibson. Mundo espejo

Dos años hemos tenido que esperar los seguidores de William Gibson a que alguna editorial española se decidiera a volcar a nuestra lengua su última obra, Spook Country. Al final no ha sido Minotauro, su editorial de siempre en castellano, sino Ediciones Urano, dentro de Plata Negra, filial dedicada al noir, la que ha publicado la novela con traducción de Rafael Marín. País de espías -así la han titulado- pertenece, como todas las novelas escritas por Gibson, a una trilogía temática, en este caso anclada en una realidad que va apenas unas décimas de segundo por delante de la nuestra. Esta última serie, que carece aún de nombre y en cuya mitad se sitúa el nuevo volumen, comenzó con Mundo espejo, una gran novela a la que dediqué en su día la reseña que tienen ustedes a continuación, cuyo título es Días del futuro pasado.




Durante el primer lustro de los ochenta, William Gibson previó el futuro. La serie de cuentos del Sprawl, que culminaría en formato largo con la seminal y germinal Neuromante, constituía un adelanto de lo que le esperaba al mundo en un futuro ultra cercano. Tras finalizar aquella visionaria serie de cuentos y novelas, fundadores oficiales del ciberpunk, Gibson inició un viaje temporal en sentido inverso, en dirección a nuestro presente. Mientras la realidad cotidiana avanzaba, la ficción contenida en sus nuevas creaciones literarias retrocedía. Era pues, inevitable, que ambas se encontrasen en esplendente colisión, evento que ha tenido lugar, al fin, en este Pattern Recognition, novela cuyo título ha sido (incorrectamente) reconvertido en su versión española como Mundo espejo.
Aunque podía presuponerse lo contrario, la huida hacia el presente no ha alejado a Gibson de la ciencia ficción. Su capacidad visionaria para encontrar la extrañeza en lo que nos rodea, representada con el poderío estilístico que caracteriza toda su obra, transmite al lector la misma sensación de futuro que en novelas anteriores. Su forma de describir el presente provoca la impresión de que se vive ya en el porvenir. En el presente especular de Gibson, la realidad tecnológica va por delante del hombre, crea nuevas actitudes sociales (como en el Japón moderno, rendido a ese consumismo que predijera Yasuo Tanaka en los ochenta) y propicia formas de pensar modernas edificadas sobre los desechos de las viejas fórmulas (como en la nueva Rusia). Así presenta Gibson a esos países, en los que sitúa a su protagonista Casey (auto homenaje evidente) Pollard, cazadora de tendencias que se gana la vida gracias a un don peculiar: Casey es capaz de reconocer las pautas que anuncian cambios en la moda —de nuevo nos hallamos ante el punto nodal gibsoniano— y distinguir si una nueva idea lanzada al mercado tendrá éxito o no. Como contrapartida, padece una extraña fobia a las marcas, una patología que la conduce a episodios repentinos de pánico ante la visión de populares iconos publicitarios (como, por ejemplo, el orondo muñeco de Michelín).
Casey es, sin duda, uno de los mayores aciertos de la novela. Provoca una formidable respuesta empática en el lector y, a pesar de su disfuncionalidad (o por ella), despierta la simpatía inmediata de todo aquel que haya sufrido el acoso de la publicidad y el marketing actuales (es decir, de cualquier persona). La trama principal se asienta sobre la principal afición de Casey: el denominado metraje, los trozos sueltos de una película anónima que aparecen esporádicamente en distintos sitios de Internet. La obsesión por el metraje ha creado una corriente de seguidores a lo largo de toda la Red, y Casey es contratada por un magnate empresarial para encontrar a los creadores de lo que él considera la campaña de marketing de mayor éxito del nuevo siglo. A través de esa búsqueda, Gibson sitúa al lector en el mundo futurista actual. Lo hace mediante su estilo trabajado, detallista, hábil en la construcción atípica de las frases, inmediato gracias al uso que hace del tiempo narrativo en presente, que junto a la referencia continua a la cultura de marcas entronca con el mejor Brett Easton Ellis, aunque carente de su escabrosidad. Esa referencialidad comercial confiere una pátina de autenticidad necesaria a la trama sin la cual Mundo espejo perdería gran parte de su enfoque realista. En ese mismo afán, se incluyen referencias al 11 de septiembre, que carecen de gratuidad y aportan una sensación de tremendismo sin que, de ese modo, haga falta echar mano de la ficción.
Se trata, sin duda, de la obra más redonda de Gibson desde Neuromante. Sus novelas se han caracterizado generalmente por concederle una mayor importancia a la singladura que al desenlace. Los libros de Gibson se disfrutan por su original estilo literario, por su forma vanguardista de contar y ver nuestra realidad, y por la posibilidad que ofrece de poder circunnavegar, junto a él, parajes tecnológicos extraños y decadentes. Pero en esta ocasión, además, hay una culminación significativa que nos empuja a reflexionar sobre la importancia del arte en nuestra cultura posmoderna y la transformación a la que la han sometido la tecnología actual —con Internet a la cabeza— y la «nueva economía». La novela evalúa la importancia de la Red en nuestras vidas y en cómo está cambiando la cultura mundial, creando nuevas escalas de valores y formas de vida. Gibson se ha acercado esta vez al presente para mostrarnos la transformación de la conciencia social actual.
Mundo espejo ha supuesto todo un éxito para Gibson. Será llevada al cine próximamente, parece que con un presupuesto elevado. La crítica generalista norteamericana la ha cubierto de elogios, sin saber realmente dónde situarla: thriller tecnológico, mainstream vanguardista, obra pynchoniana o No Logo en clave de ficción... Epígrafes para todos los gustos. Lo cierto es que Gibson no es etiquetable y su ficción sigue creciendo. Cabría preguntarse por otro lado, si me permiten una reflexión tan anecdótica, si quienes le negaron a Neuromante la pertenencia a la ciencia ficción por las lagunas informáticas del autor calificarán Mundo espejo como obra hard por su rigurosa descripción de Internet y su funcionamiento.
Volviendo al libro, la editorial Minotauro, que ha editado en exclusiva toda la obra de Gibson en castellano, cambia por primera vez de traductor. Esto no es motivo de queja. Sí lo es el cambio de título, menos apropiado que el original. Pattern Recognition hace referencia a la habilidad de la protagonista, cuya profesión es el consabido reconocimiento de pautas o patrones. El nuevo título proviene de una cita de la novela que sólo se refiere al Reino Unido, donde transcurre un tercio de la acción y que, en opinión de Casey, es una distorsión especular de los EE.UU., y no del mundo, como pretende el texto de contraportada. No está prohibido cambiar un título cuando procede, pero sí es reprochable hacerlo innecesariamente, por criterios comerciales, como viene haciendo Minotauro en los últimos tiempos.


La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 41 de la revista Gigamesh.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Imágenes de cf. II

"Pensé en todos aquellos desperdicios, en los plásticos que se agitaban entre las ramas, en la interminable ristra de materias extrañas enganchadas entre los alambres de la valla, y entrecerré los ojos e imaginé que era el punto donde todas las cosas que había ido perdiendo desde la infancia habían arribado con el viento, y ahora estaba ante él, y si esperaba el tiempo necesario una diminuta figura aparecería en el horizonte, al otro extremo de los campos, y se iría haciendo más y más grande hasta que podría ver que era Tommy, que me hacía una seña, que incluso me llamaba."