lunes, 31 de octubre de 2011

A medianoche

Caspar David Friedrich, The Cemetery Entrance
Si llevan tiempo siguiendo este blog sabrán que esta es una de mis fechas favoritas. Hay algo en la Noche de Todos los Santos que me fascina, el eco de un terror infantil que me impelía entonces, tras pasar el ritual del Tenorio en TVE, a esconderme debajo de las mantas y a buscar en la radio, girando la ruedecilla, algún programa especial en el que novelaran las obras características de Becquer o Espronceda. Nunca he sido un amante de las tradiciones. Disfruto de la belleza estética contenida en la celebración, pero, generalmente, no del significado. Esta de hoy, sin embargo, me parece que cuenta con un matiz literario que no tienen otras; de hecho, me parece la fiesta de todo un género.
Aunque el terror actual no me llama en absoluto, sigo disfrutando enormemente con todo lo escrito de Lovecraft hacia atrás. La estética y la elocuencia gore acabaron con todo el atractivo que el terror tenía para mí. Si buscan complacerme, denme terror sobrenatural; gótico, romántico oscuro o decimonónico. Pero no me den a leer a tipos como Jack Ketchum o Rampsey Campbell. Piensen en mí como en un tierno infante que, fascinado por la atmósfera, huye de la narración si esta se vuelve desagradablemente sangrienta. Búsquenme algo como el cuento que viene a continuación. Está escrito por Santiago L. Moreno, un habitual de esta bitácora, y su intención, al igual que la mía, es que sientan un poco de miedo. Miedo espiritual, provocado por la ambientación y por el concepto, no por la casquería.



A medianoche


Es lugar común que la muerte es la peor de las desgracias. Sin embargo, ciertos sucesos acaecidos en el pasado me invitan a poner en duda tal sentencia. Durante un período de mi vida marcado a fuego en mi memoria tuve la certeza de que el ser humano puede verse expuesto a penas mayores en algún momento de su existencia. A lo largo de dos terribles años, mi esposa, mi adorada Adele, sufrió en cuerpo y alma los rigores de un cruel padecimiento. En nuestro viaje nupcial, realizado por tierras africanas, contrajo unas extrañas fiebres que invadieron su cuerpo, sumiéndola en un estado de postración y dolor cercano a la muerte. Una debilidad progresiva se apoderó de ella, absorbiéndole la vida de forma lenta e impiadosa. Presa del dolor y la preocupación, puse mi fortuna en juego y no reparé en gastos. Los mejores médicos de Europa pasaron por la mansión a lo largo de aquellos dos años, pero poco pudieron hacer. A pesar de los gravosos tratamientos, su piel se fue cuarteando, su carne mermó hasta la insignificancia y sus ojos, antaño llenos de vida, se fueron apagando al igual que lo hace una llama a la que se le niega el aire.
Cuántas noches maldije mi propia debilidad, mi rendición ante sus requerimientos. Fue ella, precisamente, quien sugirió el destino de nuestro viaje, quien insistió en visitar aquel remoto país ecuatorial. Había algo en esas tierras que le interesaba, algo relacionado con su más querido pasatiempo, el cual yo consideraba, sin decírselo, una engañifa para incautos. Cuando me enseñó las fotos, incluidas en uno de sus extraños libros, no me parecieron otra cosa que simples avalorios. Hacía meses que buscábamos un lugar exótico para nuestra luna de miel, y aquel destino, afirmaba ella, colmaba ambas expectativas. Quise negarme, pero mis reticencias perdieron toda su fuerza ante los argumentos de sus ojos claros. Viajamos, al fin, y bordeamos el desastre. Tormentas marítimas, caminos enlodados, condiciones insalubres, junglas oscuras y hombres extraños. No sé en qué momento ni cómo los obtuvo, seguramente en una de sus inexcusadas y peligrosas ausencias, pero a la vuelta nuestro equipaje contaba con elementos nuevos: dos sacos repletos de objetos tribales, sumamente extraños, y la terrible enfermedad que, en estado de incubación, esperaría a nuestro desembarco en Inglaterra para dar muestras de su existencia.
Los primeros meses fueron malos, pero suaves en comparación con lo que vendría después. Sus libros esotéricos, por los que siempre había sentido auténtica devoción y que yo consideraba un pasatiempo inocuo, parecían mantenerla animada. Pero el paso de los días no fue el aliado que esperábamos, sino todo lo contrario. Desgraciadamente, la enfermedad fue ganando terreno, restándole fuerzas y confinándola al limitado espacio de su dormitorio. El último año de vida de mi esposa fue un tormento para ella y también para los que la cuidábamos. En las escasas ocasiones en las que me retiraba a mi cuarto a descansar, podía oír, a pesar de los gruesos tabiques, su sufrimiento nocturno. Las cuidadoras se afanaban en su descanso, pero sin aparentes resultados. Su respiración trabajosa, la agitación continua y los lamentos de dolor convertían las noches en un suplicio infernal.
La aurora traía un cierto consuelo, pues la luz del día parecía devolverle un pálido reflejo de sus antiguas fuerzas. Mi Adele las malgastaba en la enfebrecida lectura de sus libros. Pidió que le llevaran los ejemplares más antiguos, guardados en un arcón del desván desde antes de nuestro viaje. Con ellos se había iniciado su interés por ese espacio misterioso que sucede a la vida. Se los había comprado hacía unos años a un buhonero viejo cuya mirada torva y aspecto desaliñado sugerían algún tipo de trastorno. Todos ellos trataban el tema de la muerte. En algunos se ofrecían extrañas visiones del más allá y en los más desgastados se daba cuenta de los métodos utilizados por las más antiguas culturas para burlarla. Textos profanos, extrañas letanías y una serie de macabras ilustraciones adornaban las amarillentas páginas.


A veces, cuando entraba en la habitación para conocer su estado, un extraño desasosiego se apoderaba de mí. La depauperada imagen de Adele, casi en los huesos y con el pelo ahora blanco, las desagradables encuadernaciones de aquellos libros repartidos por la enorme cama, los objetos africanos con los que había ordenado decorar el cuarto, algunos de los cuales manoseaba durante horas..., todo conformaba en mi mente un cuadro de aspecto macabro. Cuanto más intentaba convencerla de dejar aquella actividad obsesiva, más se volcaba ella en la lectura. Leía en voz baja, susurrando palabras desconocidas, pasaba las páginas con una notable agitación y cambiaba caprichosamente de libro, estirando los brazos con una cierta violencia, tanteando en la cama con furia. Los sonidos que salían de su boca eran, a veces, ininteligibles.
Tan morbosa actividad fue, sin embargo, la última pasión de mi esposa, cuya alma pareció contagiarse del deterioro que sufría su cuerpo. La mujer a la que tanto quería fue desapareciendo poco a poco. La sonrisa dulce y la mirada limpia de las que me había enamorado fueron abandonando su rostro. Durante los últimos meses su desgracia se me hizo insoportable y me limité a entrar en su cuarto al anochecer. Rezaba por ella y me despedía hasta el día siguiente dándole un delicado beso en la frente, un beso que, Dios me perdone, provenía a esas alturas más de la conmiseración que del amor. Yo posaba mis labios en su arrugada y pálida frente y me retiraba a mi dormitorio hasta el alba, dejándola el resto de la noche al cuidado de las enfermeras.
En los días previos a su muerte, sin embargo, sucedió algo que me perturbó enormemente. Una noche, al acercar mi rostro al suyo, me sujetó del brazo con sus huesudas manos y me susurró al oído: “No quiero besos piadosos, no me tengas lástima. La muerte es mejor que la vida”. Mi sorpresa fue tan grande que, por puro acto reflejo, me separé de ella con cierto apresuramiento. Había un brillo mortecino en sus ojos y creí ver en ellos una convicción absoluta. Volvió a sus libros y yo me dirigí a mi cuarto, sintiendo un extraño desasosiego que después consideré absurdo. No volví a besarla en vida. Cuando lo hice de nuevo habían pasado dos semanas, y Adele yacía fría e inmóvil en su ataúd. Había fallecido apenas hacía unas horas, y en su rostro, libre ahora de dolor, destacaba una enigmática sonrisa. Quiso el diablo, en su última burla, que Adele muriera a las doce en punto en la noche más oscura, una hora difícil de olvidar, una hora que en adelante me señalarían todos los relojes y que, allá donde fuera, me recordaría su suplicio, día tras día, durante el resto de mi vida.
Tras dar sepultura a mi amada en el panteón familiar, en una ceremonia discreta y a la que apenas acudieron los sirvientes y unos pocos amigos, hice lo imposible por no volver a pisar aquellas desdichadas tierras. Dejé la mansión al cuidado de los guardeses y me embarqué sin elegir destino. Viajé sin rumbo durante meses persiguiendo el olvido, con la firme intención de no regresar jamás. La tristeza me había convertido en otro hombre, pero el recuerdo no me abandonaba. Pasado un año, sin embargo, me vi obligado a volver. Un vecino me informó por carta de un hecho insólito. Corrían rumores de que en las noches de luna nueva, similares a aquella en la que murió Adele, extraños acontecimientos alteraban las cercanías del panteón donde reposaban sus restos. Al leer aquello, la ira se apoderó de mí. Ni siquiera muerta permitían su descanso. Regresé inmediatamente a mi antiguo hogar para acabar con aquella farsa de una vez por todas. Con la intención de desvelar la superchería que importunaba el eterno descanso de mi esposa determiné que, en la próxima noche de luna nueva, acudiría al cementerio en compañía de un par de amigos y de algunos policías.
Logré reunir un grupo de siete personas, ocho contando mi presencia. Llegada la fecha, atravesamos los muros del camposanto en una noche sin luz. Nos situamos en una pequeña loma cercana al panteón y, sentados en la oscuridad, en silencio, esperamos en vano durante dos horas. La ausencia de iluminación lunar dificultaba la visión, aunque las siluetas, tanto de las tumbas como del panteón, eran fácilmente reconocibles. Sólo el murmullo de algunos insectos se entrometía en la extraña serenidad nocturna. Había una gran humedad y el frío era intenso. Nuestra paciencia comenzaba a declinar cuando, inesperadamente, el campanario de la aldea cercana repicó señalando las doce de la noche.
No tuve tiempo de sentir el peso del recuerdo. Sin previo aviso, un viento helado se alzó de la nada barriendo las hojas del suelo. Un torbellino de bruma se dirigió hacia nosotros pasando por encima de las tumbas, recorriendo los alrededores del panteón y creando furiosos remolinos a su paso. Llegó hasta nuestra posición y nos envolvió en un frío atroz. Un vocerío ululante emanaba de los alrededores. Colérico, mientras los demás gemían y temblaban de terror, decidí adelantarme desafiante en medio de aquél tumulto. Ningún meteoro, por furioso que fuera, me impediría velar por el descanso de mi amada. Bastaron, sin embargo, unos segundos a solas para que todo mi valor desapareciera, la sangre se me helara en las venas y saliera huyendo, tropezando tras los pasos de mis compañeros, de aquel maelstrom vociferante.
En años posteriores, durante las frías y oscuras noches de luna nueva, recordaría entre escalofríos el horror de aquel instante. No por las ráfagas heladas, ni por los horribles sonidos, tan similares a la risa de un demente, sino por aquel contacto blando y húmedo, grotescamente delicado, que sentí en mi rostro antes de salir corriendo. Justo en la frente, en el mismo punto en el que yo había besado su agonizante cuerpo tantas noches.



Santiago L. Moreno



viernes, 28 de octubre de 2011

Una mirada a la Nada

Hoy he cometido un acto visceral como lector. El autor del libro se ha mostrado tan persuasivo, tan inexorable en su argumentación, que no he podido resistirme a su discurso: me ha convencido del todo. A principios de los años 70, el gran Stanislaw Lem, al igual que tantos otros escritores a lo largo del tiempo, se vio aquejado por un síndrome que suele ser más habitual que proclamado. Trabajar la ficción comenzó a producirle un cierto cansancio. Como vía de escape, decidió crear la Biblioteca del Siglo XXI, conformada por varios volúmenes en los que juega con el concepto de la creación literaria. Sólo con el concepto puro, no con ese producto posterior ya refinado que son los libros.
En uno de esos volúmenes, titulado Magnitud imaginaria, Lem hace un canto al ninguneado arte de la Introduccionística. Se trata de una colección de prólogos, cuatro en total, a los que no complementa texto alguno. Esos prólogos, puerta de entrada a cuatro libros ficticios, estan a su vez prologados por una presentación en la que Lem hace gala de su proverbial persuasión narrativa. Su idea al escribir el libro, explica, es la de ofrecer al lector un Prólogo a la Nada. La Nada, el único lugar que nos está vedado y al que él nos da libre acceso merced a este artificio, pues tras estos prólogos no hay, efectivamente, nada. Es la imaginación del lector, apoyada en esos capítulos previos que en realidad configuran el todo, quien debe asumir desde la interioridad ese espacio vacío.
En palabras del autor, Magnitud imaginaria es, en concreto, un intento de "precipitar al lector a la Nada y no perturbar su oído en plena ascensión". El motivo por el que Lem utiliza el Prólogo como herramienta para conseguir tal objetivo no se reduce al potencial intrínseco en éste, sino que responde también al deseo de reivindicar una parte del libro que ha sido menospreciada por la Literatura a lo largo de su historia. En su búsqueda de justicia, Lem quiere involucrar al lector y, así, pide su ayuda.

"Por eso, precisamente, la Prologología no puede seguir sometida al anatema de la esclavitud, ajena a todo esfuerzo de liberación. De modo que llamo a la rebelión (...)"

Como dije, Lem ha sido tan persuasivo que me ha convencido. Pero ya me conocen, suelo aprovechar ciertas coyunturas en favor propio. Me he dado cuenta de que mi apoyo a Lem me servía en bandeja la posibilidad de tomar, por segunda vez desde que abrí el blog, una actitud vilamatiana, algo que ya estaba echando de menos. No sé cuán cerca me coloca esto de ser calificado como lector Bartleby, pero he decidido, una vez terminado el prólogo de presentación, no leer los prólogos subsiguientes, la tétrada que constituye el corpus principal de la obra. He preferido no hacerlo y me he rebelado como pedía el autor, asomándome con ello a la Nada más absoluta. Dos pájaros de un tiro.
Debe de ser la primera vez en mi vida que renuncio a una lectura por respeto, por ser consecuente con el mensaje del libro, y no por aburrimiento.


(Si les pica la curisidad, aquí tienen mi primera actitud vilamatiana: Leyendo a Vila-Matas (I): vida y ficción.)



viernes, 21 de octubre de 2011

Imágenes de cf. XI


"–¡Batís, no lo haga! ¡Usted no es un asesino!

No me escuchaba. Yo me hallaba a las puertas de la muerte y la cabeza no me respondía. Sólo se me presentaban, absurdamente, las imágenes de un sueño antiguo y banal. Pero cuando Batís ya estaba levantando el hacha, sufrió un fenómeno extraño. Una debilidad interior, y a la vez un destello de lucidez, que iluminaba su expresión igual que un meteorito atravesando la atmósfera. Aún con el arma alzada, me miró con la felicidad desgraciada de aquel científico que un día abrió los ojos al sol hasta que la exposición le quemó las retinas, sólo para saber cuánto tiempo podía la vista humana resistir la luz.

–El amor, el amor... –dijo.

Bajó el hacha con una dulzura triste. Escuchaba violines. Era un hombre que cierra silenciosamente la puerta tras la cual duermen sus hijos.

–El amor, el amor... –repitió, suavemente, con algo en la expresión del rostro que recordaba a una sonrisa."





jueves, 20 de octubre de 2011

Banana Yoshimoto. N.P.

La lectura de esta novela me ha supuesto una pequeña decepción. Esperaba encontrarme a la misma escritora que tanto me hizo disfrutar con los relatos incluidos en Sueño profundo, pero la Banana Yoshimoto aquí presente, la que escribió N.P., no muestra el mismo pulso en la tarea de encauzar su desbordante sensibilidad. Hay una falta de mesura en el elemento sentimental de esta obra que la sitúa repetidas veces en las lindes de la ñoñería. Y es extraño, porque aunque este es anterior, la publicación de ambos libros fue consecutiva.
En esta historia se echa en falta el elemento fantástico, no por un afán genérico, sino más bien porque la oscuridad que éste aportaba a aquella colección de cuentos servía a la vez de contrapunto y complemento y creaba un efecto fascinante que aquí no se da. La fatalidad, sello de identidad de la japonesa, está muy presente en esta novela, pero de manera embrionaría, como fondo argumental más que atmosférico. El destino de los personajes los condena a la separación, pero sólo en boca de ellos. Yoshimoto no logra hacerlo presente mediante el contexto narrativo. Aunque lo intenta, no logra extraer toda la carga dramática de las implicaciones que la relación incestuosa de la hijastra con su padre, y más tarde con su hermano, debería tener.
Kazami, una joven estudiosa de literatura, investiga el misterio que rodea al libro de cuentos, titulado N.P., de un escritor japonés, Sarao Takase, que escribía en inglés, vivió gran parte de su vida en Estados Unidos y se suicidó a los cuarenta y ocho años, dejando dos hijos, Saki y Otohiko. Poco a poco el lector va sintiendo la fascinación letal que ejerce la obra de Takase sobre quienes se acercan a estudiar N.P., en especial sobre sus traductores al japonés, uno de los cuales, Shoji, novio de Kazami, se quitó la vida después de traducir el relato número noventa y ocho. En cuanto a Kazami conoce en una fiesta a los hijos del escritor, detecta inmediatamente una estela de locura en los ojos de esos hermanos tiernamente incestuosos. Otohiko advierte a Kazami de que otra joven, una auténtica «maniaca», obsesionada por el mismo libro, se cruzará, antes o después, en su camino.
La narración arranca con un misterio que no es tal cosa. En realidad, N.P., el libro, no es mas que un macguffin que permite a los personajes encontrarse y relacionarse, ya que el verdadero protagonismo de esta obra lo ejercen los encuentros entre Kazami y los hermanos. El libro ni está embrujado ni guarda oscuros secretos, pero se constituye en el eje sobre el que giran los componentes de la peculiar familia y su amiga, más como un elemento del que hablar que como objetivo relevante. Ni siquiera la aparición del cuento noventa y nueve aporta intriga alguna a la historia.
Ocurren tan poquitas cosas, es tan remarcada la extrema sensibilidad de los personajes, que todo parece demasiado artificial. Las páginas se centran en el desarrollo de la educación sentimental de Kazami, una veinteañera extremadamente sensible que, a lo largo de todo un verano, se relaciona con otros veinteañeros aún más saturninos. Esto no sería un problema visto desde fuera, pero la novela está narrada en primera persona, de modo que involucra al lector administrándole la carga glucémica de forma demasiado directa. Sólo en el tramo final, la parte más emotiva en cualquier narración, parece venir a cuento el tono melodramático de toda la novela.
Ni la estructura ni la confección de las distintas tramas me parece sobresaliente, y la voz narrativa es excesivamente meliflua. Aunque la narración contiene pasajes de gran belleza, como el desarrollado en el tejado de un antiguo edificio, o el que cierra la novela con un emotivo intercambio de confesiones en la intimidad de una playa en la noche, la confección de los diálogos y la sensibilidad machacona y un tanto cargante de los personajes hacen que el texto parezca a veces una imitación bastante sensiblera del estilo que ha hecho tan sumamente popular a Haruki Murakami. Para recuperar el escritura hipnótica de Yoshimoto tal vez haya que acudir a obras posteriores a Sueño profundo, no a las anteriores. Aunque si son ustedes de natural melancólico, quizás sea esta su novela.
Para acabar, hay un tema de la edición del libro al que quiero referirme. En la contraportada, cerrando la sinopsis, encontrarán la siguiente frase: 
Así es como Kazami se ve envuelta en un inextricable laberinto del que nacerá un amor salvaje, desenfrenado.
No hagan ni caso. Quizás haya algo desenfrenadamente adolescente en esta historia, pero ni por asomo hay nada salvaje. Más bien lo contrario.


martes, 18 de octubre de 2011

Las opiniones y los culos

Decía Harry Callahan que las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno. Esa sentencia nunca había sido tan fácil de contrastar como en estos tiempos de internet. El nuevo medio ha multiplicado las posibilidades de que tu opinión sea leída por un gran número de personas. Y no importa quién seas, ni la calidad o ideología contenidas en tu comentario; ni siquiera cómo lo expreses. Todo vale en la Red. Protegido por el anonimato, sin necesidad de enfrentar físicamente a tu oponente, sin que tu podredumbre interior se vea expuesta a tus conocidos, tienes vía libre para soltar toda la cicuta que lleves dentro, para difamar, zaherir o insultar directamente a aquella persona o idea contra los que sientes algún tipo de animadversión.
Cuando se menciona el ombliguismo del fandom en la ciencia ficción, suele ser debido a la defensa a ultranza que sus feligreses hacen de las bondades del género. El aficionado cree que el suyo es un entorno especial, que lo que ocurre en su círculo no ocurre en ningún otro, pero esa convicción no sólo abarca factores positivos, se extiende también a las facetas negativas. Luis G. Prado, editor y factótum de Bibliópolis, mostraba hace un tiempo su descontento por esa creencia compartida dentro del fandom de que sólo en el género de ciencia ficción se presentan libros tan horriblemente editados. Basta echar una mirada ahí fuera para darse cuenta de que, si bien es cierto que quizás (con toda probabilidad) en la cf se dé un mayor número de casos, también hay ejemplos de mala factura dentro de las colecciones dedicadas a cualquier otro tipo de literatura. Corre también la idea de que el grado de impresentabilidad en los foros de cf, esto es, de que el número de trolls presentes en las diversas webs dedicadas al género, no tiene parangón en otros campos. Como tantas otras impresiones que los aficionados arrastran desde hace años, ésta no puede ser más falsa. Échenle, si no, un vistazo a las siguientes líneas.
En los pasados días, el mundillo literario español ha visto alterada su tranquilidad por uno de esos eventos que, con una cierta cadencia, vienen a revolverlo todo y a no aportar nada. La publicación de "Mi madre es un pez", una antología de cuentos conformada por una mezcla heterogénea de escritores ya consagrados, como Eduardo Mendoza o Rodrigo Fresán, y nuevos valores en alza, como Jon Bilbao o Javier Avilés, fue presentada por el suplemento cultural Tendències como presunta génesis de un naciente movimiento literario denominado Nuevo DRAMA. Resulta que los diversos autores no sabían nada del asunto. La responsabilidad real de la proclama se debe, según parece, a los antólogos y a los firmantes del artículo. Alguno de los escritores involucrados, como Javier Calvo, presente tanto en la imagen como en el texto del reportaje, se han apresurado a desmentir su participación en el asunto; los comentarios han proliferado en bitácoras y páginas personales y, en resumen, se ha montado la de Dios es Cristo.
Se me hace difícil no estar de acuerdo con las premisas de este movimiento fantasma, puesto que propone una vuelta a la literatura de siempre, a colocar al lector, y no a los otros escritores, como receptor del libro, y, en definitiva, a erigirse como una fuerza reaccionaria anti-nocilla. En palabras de Sergi Bellver, quien parece ser el ingeniero del asunto, la presunta nueva corriente busca "renegar de la versión más vacua de la posmodernidad", frase que, en mi opinión, define perfectamente la mayoría de las creaciones de la Generación Nocilla. En la entrada que titulé Postpoesía tienen ustedes una anécdota referente a Agustín Fernández Mallo, el autor enseña de la generación, que aun no siendo mas que eso, pura anécdota, puede servir como indicio especulativo sobre la presunta profundidad de sus creaciones. Si les interesa todo este asunto del Nuevo DRAMA, encontrarán una explicación más completa en el blog La medicina de Tongoy. Pero, por favor, no presten atención sólo al texto informativo. Lean, sobre todo, los comentarios, porque de eso va el asunto que intento abordar en esta entrada.
No les voy a pedir que den cuenta de las casi 400 opiniones. Si la cosa les parece tan interesante como a mí, lo harán, pero si no, basta con que lean diagonalmente, o con que al menos echen un vistazo a los primeros 100 mensajes. Van a entender perfectamente lo que les explicaba en el primer párrafo de esta entrada. El 90% de los opinadores se esconde bajo el anonimato, la mayoría de ellos para escribir desde el desprecio, e incluso en algún caso, para insultar con mayor o menor gracia a todo aquello que se mueva. Naturalmente, el nivel de los ataques se corresponde con el nivel de lo atacado, es decir, que no sólo verán trolls en acción, no; verán trolls "cultos", de esos a los que el fandom siempre le ha gustado calificar (autocalificándose él mismo) de manera despectiva  como gafapastas. Se darán cuenta pronto de que la diferencia entre impresentables, se muevan en el círculo que se muevan, es casi inexistente. En uno de los mensajes, un Anónimo llega a confesar que cada vez que ve a cierto escritor (cuyo nombre cita), siempre tiene la impresión de que éste no ha (perdón) follado en su vida.



¿Sorprendente? No, al contrario. Precisamente, este tipo de conducta proviene tanto del alto concepto que muchos tienen de sí mismos como del complejo de inferioridad de otros tantos, y de un afán de sentar cátedra, exhibir los propios conocimientos y mostrar la superioridad personal sobre el resto. Es lógico pensar que cuanto mayor sea el nivel cultural y la creencia en uno mismo, con mayor intensidad urgirá la necesidad de demostrarlo. Podría pensarse, por otra parte, que se trata de un defecto muy español, pero no, no se circunscribe a nuestro carácter nacional. Precisamente, todo este asunto de los comentarios navajeros me ha traído a la memoria otro que tuvo lugar hace un par de años en el Reino Unido. En 2009, el diario The Guardian promovió una suerte de encuesta en la que se preguntaba por los peores libros de la década. Lean los comentarios de los lectores (casi 900). Libros magníficos como El atlas de las nubes, de David Mitchell, o Chesil Beach, de Ian McEwan, son puestos a caldo con saña por los propios lectores británicos; también son vilipendiados muchos de los autores y novelas galardonados con el mismísimo Man Booker Prize. Lo peor es el tono de muchos de los mensajes.
El crítico John Sutherland hizo el siguiente extracto significativo. Por ejemplo, sobre  la alabada novela Sábado, de McEwan, se puede leer lo siguiente en la sección de comentarios:
"...está empapada en su propia mierda"
"...hace ya tiempo que me cagué en mi ejemplar, le prendí fuego y lo arrojé al jardín"
"...es pura mierda para el cerebro".
Naturalmente, Sábado era, en las fechas en las que se realizó la encuesta,el fenómeno literario del momento. Ya saben, la envidia, el complejo de inferioridad, los egos erectos..., en fin, todo eso que he citado antes. Pero no es McEwan el único maltratado, hay caña para todos:
"Un estudiante de 8 años se avergonzaría de entregar La vida de Pi como trabajo de clase"
"Nunca me abandones, de Ishiguro, es de hecho una mierda"
"El mar, de Banville, no es más que onanismo literario"
"Desgracia, de Coetzee: personajes inexplicables y diálogos sorprendentemente malos".
En fin, que ese defectillo de carácter no es exclusivamente nuestro, sino que se extiende, más bien, a toda la especie humana. Así que ya lo saben. Si algún día son bendecidos con el éxito o la fama, no les extrañe darse de bruces en internet con los improperios de gente a la que no conocen pero a la que parece que les deben la vida. Aunque la tecnología es coyuntural, el odio gratuito es eterno, y siempre acaba encontrando un camino para expresarse.






domingo, 16 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Paul Auster. Un hombre en la oscuridad

Paul Auster pertenece a ese reducido y selecto grupo de escritores que cuentan con un ajuar narrativo propio, particular. La cualidad de "austeriano", labrada con talento y tesón por el neoyorquino a lo largo de su extensa bibliografía, es una realidad cuyas bondades disfrutan tanto lectores como críticos. De hecho, las claves de su iconografía narrativa, sobre todo el consabido azar, son conocidas y reconocidas por una legión de admiradores que compran sus obras sin solución de continuidad, según van apareciendo en el mercado.
En la última década, raro ha sido el año en el que no hayamos visto aparecer una nueva novela de Paul Auster. Tal circunstancia ha facilitado la persistente evaluación de su capacidad creativa, la ocasión continua de atisbar hacia dónde se mueven tanto la imaginación como el estilo del escritor y calibrar su posible evolución. Si hacemos caso a la opinión generalizada, la suma de estas dos características -universo narrativo propio y decenio prolífico- ha jugado en contra del autor: Auster, según gran parte de su público, se repite. Tras haber leído Un hombre en la oscuridad, comparto ese criterio, aunque aclaro que, en mi opinión, no es causa suficiente para el menoscabo. La novela cuenta con otras bondades, algunas de ellas sobresalientes.

August Brill ha sufrido un accidente de coche y se está recuperando en casa de su hija, en Vermont. No puede dormir, e inventa historias en la oscuridad. En una de ellas, Owen Brick, un joven mago, despierta en el fondo de un foso. Aparece entonces el sargento Serge, que le ayuda a salir. América está inmersa en una guerra civil. Los atentados del once de septiembre no han tenido lu­gar, y tampoco la guerra de Irak. Los Estados Unidos combaten desde hace tiempo, pero contra ellos mismos. Unos cuantos estados han declarado la independencia. Brick no entiende nada. Pero su misión es asesinar a un tal Blake, o Block, o Black, un hombre que no puede dormir, y que, como un dios, inventa en la noche esa guerra que no acabará nunca si él no muere.

Esta novela de Paul Auster guarda relación de un modo podríamos decir que oblicuo con Viajes por el scriptorium, su anterior trabajo. Las dos conforman un pequeño díptico del que, en lo que a calidad se refiere, sale vencedora, y por mucho, la que nos ocupa. Los elementos comunes de fondo se solapan y pasan a engrosar la sensación reiterativa que sobrevuela los escritos del de Newark en sus últimas obras. De nuevo tenemos a un hombre en los albores de la senectud, en soledad, tocado por alguna desgracia personal que oficia de elemento pivotante en la ficción metaliteraria. De nuevo sus rutinas narrativas toman el mando y se suceden y mezclan en el desarrollo de la historia. Tramas engarzadas en mise en abyme, escenas cinematográficas maravillosamente recreadas en boca de los personajes, escritores dedicados al ensayo o la biografía e incluso pinceladas del antiguo toque noir. Quizá más que de repetitivo se le pueda acusar de endogámico. Sí, he aquí a Auster con sus temas de siempre, sus estrategias de siempre, pero también, y desmintiéndose a sí mismo (recordemos que se situó al borde del retiro hace unos años, argumentando que como autor ya lo había dicho todo), aún con cosas que decir, con capacidad para sorprender.
El primer tercio de la novela transcurre por vericuetos decepcionantes. Parece un Auster agotado, enquistado en su repetitivo universo creativo. Nos cuenta lo habitual, una historia contenida dentro de otra. La más original, perteneciente al género de ciencia ficción, está compuesta con pinceladas más bien pobres. Se trata de una ucronía algo desnuda, que resalta el hecho personal sobre la descripción del entorno imaginario, esos Estados ahora Desunidos de América. Sólo algunas connotaciones dickianas, o algún homenaje entrevisto (a La carretera, de McCarthy) parecen aportar algo. Sin embargo, a punto de caer en lo anodino, justo antes del ecuador de la novela, el elemento metaficcional impone su presencia e impulsa la narración hacia un nivel superior. Con el ascendiente de Dick y Pirandello (o, hagamos patria, de Unamuno) en la trama, el solazamiento entre ambas líneas argumentales, con el protagonista ejerciendo de eje central, se torna fascinante. El narrador, August Brill, se entromete en la historia interna, no sólo en calidad de tal, sino en su faceta de creador, en lo que constituye un interesante juego literario. Hasta que al cabo, abrupta, insospechadamente, la ucronía finaliza.
A partir de ese punto, desposeída de su careta, la narración desvela su artificio. La función del cuento ucrónico no es otra que la de ofrecer al lector acceso al ethos del auténtico protagonista en tanto que narrador. Como ocurre en toda creación, lo que August Brill pone en ese relato proviene en parte de su propia historia. Gracias a esa narración breve, el lector llega a conocer, al indagar en su diseño creativo, en sus anécdotas y en el contexto inventado, parte de la problemática interna del protagonista, a la que se tiene acceso, ya directo, tras su finalización. Desde ese instante, la historia se desarrolla en breves episodios textuales, remembranzas de breves tragedias ajenas, pequeñas joyas en las que el azar busca su propio espacio, e interesantes reflexiones alrededor de grandes momentos cinematográficos y diálogos en los que Auster sabe tocar con maestría las teclas de la emotividad. La confesión, por parte del protagonista, de una vida marital echada a perder y más tarde reencontrada alcanza, en las manos de Auster, niveles de emoción considerables.




Esta novela cuenta con la cantidad suficiente de valores intrínsecos como para hacerla disfrutable, pero además se abre a una serie de conjeturas literarias interesantes. Como complemento a su disfrute, Un hombre en la oscuridad reaviva un par de cuestiones que rescato aquí como anecdóticas, aunque tengan en realidad una gran importancia, acerca de la cuestión literaria, y más concretamente, de la crítica. Dudas que me parecen de relevancia en la determinación de ciertos valores a la hora de encarar una crítica literaria. Por un lado, está la cuestión taxonómica. Tenemos dos historias complementarias, pero distintas. La, podríamos decir, interna, pertenece claramente al género de ciencia ficción. Sin embargo, la externa no, y ese es el motivo por el que la obra entera, Un hombre en la oscuridad, no es considerada tal cosa. Bien, eso me hace preguntarme por el etiquetaje de obras como Las 1000 y una noches o La princesa prometida, en las que un narrador externo introduce el corpus de ambas historias, convirtiéndolas en algo semejante a las vivencias de nuestro Owen Brick austeriano. El género de esos clásicos, ¿depende del narrador que introduce las historias (realismo) o de las historias mismas (aventuras, fantasía)?
En otro orden de cosas, tenemos la faceta crítica. Pongamos como ejemplo al autor y la novela aquí comentados. Auster repite algunas de las constantes de sus últimas obras, lo que incurre en una cierta falta de originalidad, que es uno de los valores a tener en cuenta. Bien, quien acuda primero a esta obra sin conocer las anteriores, no valorará este aspecto como negativo. Quien no cuente en su acervo lector con ningún libro austeriano, quizás acabe la lectura encantado. Entonces, ¿son las obras anteriores de un autor determinantes para la valoración de un libro posterior? ¿Lo es el orden de lectura de esas obras? ¿Es que un libro no tiene vida autónoma, no se explica por sí mismo? Desde luego, no es eso lo que el movimiento formalista preconiza.


jueves, 13 de octubre de 2011

La nostalgia


Todos los domingos a la salida de misa, las señoras del barrio, dechado de virtudes cristianas, llevan a cabo la misma rutina. Bajan la escalinata, se acercan hasta el final de la calle y le hacen una sugerencia a la florista: “Mercedes, póngase en la puerta de la iglesia, que sacará más”.
La anciana, por costumbre, les sonríe y mueve la cabeza. Prefiere mantener su puesto de flores en la esquina, junto a la cafetería, pues hay algo que ellas ignoran. Los fines de semana, mientras se oficia la homilía, un camarero piadoso le acerca una taza de té y una bandejita con pastas. Allí, durante unos minutos, guarecida del presente entre fragancias y colores, la anciana revive una vieja costumbre y escucha, con los ojos húmedos, los ecos del ayer. A su mente acuden imágenes de un suntuoso pasado y del fatuo amor que lo destruyó.
Mercedes las mira, pero jamás contesta. No se moverá de allí. Ellas, tan bien vestidas, tan adornadas, no pueden entenderlo. Cómo explicarle a aquellos que no han sufrido, a los que siempre vivieron en la abundancia, que el hogar de quien todo lo ha perdido se encuentra en sus recuerdos.








martes, 11 de octubre de 2011

Rodrigo Rey Rosa. Severina

Le he cogido gusto a los libros pequeños, en realidad novelas cortas, breves en longitud, porque son materia ideal para esos periodos en los que te cuesta leer, ya sea por falta de concentración o por algún tipo de insuficiencia anímica. También rinden estupendamente como interludio refrescante entre dos obras de mayor exigencia. Pero si cada vez los busco con más frecuencia es porque suelen, en los casos más afamados, validar ese dicho tan popular que asegura, con la firmeza usual del refranero, que "las mejores esencias se guardan en frascos pequeños". Cierto en ejemplos como los de 84, Charing Cross Road o Paradero desconocido, que así me lo han confirmado.
Hay ocasiones en las que esto no se cumple, y la novela es mala. Pero incluso en esos casos la percepción que se obtiene no es la de haber leído algo horrible, sino insustancial. No deja poso, ni mal regusto, sólo la sensación de haber perdido el tiempo, que por tratarse de una narración breve, no es mucho. Severina cuenta con apenas 100 páginas, y es un libro que se sitúa claramente más cerca del primer extremo que de su opuesto. No es una joya, pero cuenta con algunas virtudes que la definen como una buena novela. De hecho, si al comienzo no acababa de encontrarle el gusto, al final he tenido que reconocer que su lectura me ha sido muy placentera.
Rodrigo Rey Rosa fue galardonado en 2004 con el Premio Nacional de Literatura de su país, Guatemala. Viajero impenitente, se cuenta entre los numerosos casos de escritores (me vienen a la memoria Marcelo Cohen o el mismísimo Haruki Murakami) que le deben mucho a su labor de traductor. En su caso, la influencia de Paul Bowles parece haber sido decisiva. A nivel personal, lo que se me ha hecho evidente, más que su filiación con Bowles, es su herencia literaria, claramente latinoamericana. Rey Rosa, editado durante muchos años por Seix Barral, se estrena en Alfaguara con esta atractiva y enigmática obra.

La monótona existencia de un librero se ve conmocionada por la irrupción de una consumada ladrona de libros. Como en un sueño obsesivo en el que se difuminan las fronteras entre lo racional y lo irracional, el protagonista se va adentrando en las misteriosas circunstancias que rodean a Severina y en la equívoca relación que mantiene con su mentor, a quien presenta como su abuelo, al tiempo que alimenta la esperanza de que la lista de libros sustraídos la ayudará a entender el enigma de su vida.

El autor nos cuenta la historia de una obsesión amorosa. Desde el primer contacto, el librero cae presa de una fascinación que se convierte, con el curso de sus pesquisas, en devoción romántica. En un proceso casi detectivesco, el protagonista va abandonando su vida anterior para volcarse en la resolución de los misterios que van apareciendo ante él: quién es esa mujer de actitud desenfadada, quién es el personaje que la acompaña y, sobre todo, por qué roba libros a lo largo de toda la ciudad. Cuando culmine el proceso de investigación y todo concluya, habrá sido atrapado como un insecto curioso en la tela de una araña.
Lo más sorprendente es que quien oficia esa atracción no es un personaje malvado. Es una buena mujer, de actitud desenfadada y peculiar belleza, y cuyo único objetivo es seguir con su actividad de ladrona de libros. Su pasado es tan misterioso como su presente, pero no hay una actitud perversa en su comportamiento; hurta en las librerías porque así es su naturaleza, no por maldad. Y tampoco busca encandilar al protagonista de forma intencionada. Es él quien se muestra servil y quien se ofrece a compartir su vida con ella, como compañero enamorado, pero en realidad a su servicio. Si ella tiene algo de súcubo, es de manera involuntaria.
El aspecto más sobresaliente de la novela se encuentra en la sutileza con la que es incluido el elemento fantástico en la trama. A la manera de Bioy-Casares, Rey Rosa no hace partícipe al lector de la condición genérica del relato hasta, literalmente, la última línea. Y aunque esa revelación final se veía venir con anterioridad, está apurada hasta tal extremo que cuando ocurre, sorprende. Y una vez más se comprueba con ello la peculiaridad del género literario como herramienta, pues gracias a su condición de literatura fantástica, el misterio principal no necesita ser resuelto al desvelarse como algo accesorio.
Poco más les puedo decir. Lean Severina, es una novela pequeña, pero muy disfrutable.

jueves, 6 de octubre de 2011

Robert C. Wilson. Spin

Tras publicar la reseña de La chica mecánica, el excelente libro de Paolo Bacigalupi, algún amigo me pregunto en petit comité acerca de mi referencia a Spin, de Robert Charles Wilson. Le llamaba la atención la valoración negativa que expresaba, cuando lo cierto es que fue una novela muy valorada por casi... no, en realidad por absolutamente todo el mundo. Bien, ahí van mis razones.



Las referencias que acompañaban a Spin eran inmejorables. Más que el Premio Hugo ganado en 2006, un galardón que en los últimos tiempos había malgastado el prestigio que tuviera antaño, era la etiqueta de “más literaria”, concedida por algunos críticos y lectores, lo que la hacía interesante. Tras la inclusión de las temáticas del género en las últimas novelas de algunos de los mejores autores contemporáneos, cabía esperar una respuesta de algún tipo por parte de los escritores de ciencia ficción, algún indicio de influencia o integración, algún signo de mejora. En ese orden de cosas Spin es, sin duda, un intento loable, pero también fallido.
Robert Charles Wilson ha sido, durante los últimos años, uno de los pocos escritores que han sabido mantener con acierto los valores de la ciencia ficción más clásica. En la estela de autores como Arthur C. Clarke, Frederik Pohl o Charles Sheffield, Wilson ha sabido conjugar en sus historias, con notable habilidad, misterios cósmicos, personajes sencillos y buenas dosis de sentido de la maravilla, creando con ello novelas amenas, exentas de esa sobrante complicación que muchos de los escritores actuales han confundido con sofisticación. Se trata, seguramente, de quien mejor ha sabido adaptar al siglo XXI la dorada década de los 50. Ideas “maravillosas”, exposición clara y sencilla, y personajes al servicio de un misterio de origen científico.
Su modus creandi parte siempre del mismo punto, la aparición o desaparición de algo colosal de forma sorprendente. El relato suele dividirse, así, entre la resolución del enigma y el efecto que éste causa en la Humanidad, un doble juego que posee la virtud de captar el interés del lector. Sin embargo, las novelas de Wilson presentan también una deficiencia característica, un error radicado en la estructura narrativa que a la postre trastoca el disfrute completo de la obra. Ambas facetas están presentes en Spin, junto al intento de crear una historia de mayor empaque literario, una obra en la que los personajes cobren más protagonismo que el propio misterio científico. Lamentablemente, el libro sólo se queda en eso, en un intento prometedor, pero decepcionante. La usual aparición misteriosa viene dada esta vez por una esfera que aparece repentinamente alrededor de la Tierra, una membrana que opaca el firmamento por las noches e ilumina como un Sol falso los días. Encerrado en ella, como una mariposa en un capullo, el planeta adquiere velocidad temporal debido a la ralentización de su propio tiempo con respecto al del resto del universo. Así, mientras en la Tierra transcurren días, el cosmos envejece miles de años. La historia es narrada en primera persona por uno de los vértices del triángulo conformado por Jason y Diane Lawton, dos hermanos mellizos y Tyler Dupree, hijo de la sirvienta de los padres de aquellos. En realidad, parecen tres hermanos, e incluso así se llega a proponer en cierto momento.
Como lector bregado en el género, la idea de situar a estos tres personajes anónimos, hermanos y amigos desde la infancia, en el centro de un misterio mundial, me produjo de inicio un cierto incomodo, pues me recordó otras lecturas (el Ender de Card, Paz interminable de Haldeman) en las que el artificio resultaba al final demasiado forzado. Afortunadamente, la impresión resultó ser errónea, pues sólo uno de los personajes tiene una relación decisiva con la resolución del misterio. Aunque a Wilson se le escapan ciertas implicaciones del suceso (no hay, por ejemplo, una sola alusión a la claustrofobia que podría producir un hecho semejante en muchas personas), muestra una cierta originalidad al presentar sus consecuencias, pues huye de la usual visión apocalíptica del género. Al contrario, describe un futuro pragmático en el que se conjugan los intereses económicos y políticos con el fanatismo religioso, dosificando con cuenta gotas los datos científicos. En todo caso, la originalidad no es tanta si miramos el sustrato temático de ciencia ficción propiamente dicho, pues aunque alguna idea nueva hay, está conformado en su mayor parte por elementos de reciclaje mil veces vistos. Uno se maravilla con las posibilidades que ofrece el desfase temporal, con la utilización de Marte como campo exterior de pruebas, con la imagen de un Sol envejecido y con el posterior proyecto para recabar información estelar. Pero también decepciona la enésima aparición de máquinas Von Neumann, las drogas alteradoras que elevan a la persona a un nivel superior, y, sobre todo, el artefacto final, que sólo se diferencia en tamaño de una de las creaciones más conocidas del género.
La novela cuenta además con dos problemas aún más reseñables. El primero, al que ya me he referido, es el viejo enemigo de Wilson, su incapacidad para estructurar correctamente las novelas. Spin no es una narración ab ovo, sino más bien in extremis, que comienza al borde de su finalización. Eso hace que el lector parta con una información que resta suspense a la trama (por ejemplo, se sabe desde el principio que Tyler y Diane acabarán juntos, siendo ese, sin embargo, uno de los principales suspenses propuestos a lo largo de la narración). Por otro lado, la mayor parte de la historia que transcurre en el presente carece casi por completo de nueva información y se desarrolla con una morosidad que rompe el ritmo de lo que ocurre en el pasado. El segundo asunto negativo tiene que ver aún más directamente con las limitaciones del escritor. Wilson quiere, desde el primer momento, poner a los personajes en el eje de la historia, hacer buena literatura en el sentido estricto del término. Pero para ello, en vez de talento utiliza páginas, lo que sumado al problema anterior da una obra sobredimensionada que, para colmo, no es mas que la primera parte de una serie, y que por tanto termina justo cuando debería comenzar lo realmente interesante, la resolución del misterio de la esfera, el siguiente paso de la Humanidad y, seguramente, su Primer Contacto. Si Wilson hubiera logrado dotar a sus personajes de una gran profundidad, eso no habría sido un problema, pero no es así.
Tras 500 páginas de caracterización, ¿qué conclusión sacamos de ellos? ¿Qué complejidades se nos hacen evidentes? Jason no es mas que un estereotipo mil veces visto en el género, el tipo súper inteligente sin vida personal cuya única motivación es la ciencia, un cerebrito que le hace ascos incluso al sexo; de Diane desconocemos al completo sus motivaciones, por qué una persona dotada de una gran inteligencia decide malgastar su vida en una fe que no profesa y al lado de quien no es su verdadero amor; el protagonista, Tyler, carece de personalidad propia, su vida es atender a los dos hermanos, sin iniciativas personales. En realidad, su devoción por la chica que nunca le hace caso es un rasgo con el que se identificarán bastantes lectores adolescentes. La construcción de los personajes funciona mejor en su infancia que en la época adulta. Buena muestra de ello es la imagen de Jason sobre una bicicleta, lanzado a tumba abierta por una inclinada pendiente. Ese detalle dice más sobre su manera de ser que decenas de páginas dedicadas a él posteriormente. O el primer recuerdo de infancia de Tyler, unas cortinas mecidas por la brisa, que se repetirá alguna vez más. Cuanto más avanza la novela, menos  cuidado pone Wilson en los detalles. De hecho, el precipitado final, en el que en apenas unos párrafos, inesperadamente, Jason desvela el resultado de ciertos misterios planteados a lo largo de toda la novela, tiene, por lo acelerado, un efecto anticlimático.
El trabajo realizado en la edición española tampoco ayuda. La traducción deja mucho que desear y no sólo por la errónea (o inexistente) traslación al castellano de algunas palabras ("dipolares", "IQ"). En bastantes ocasiones, el traductor construye mal las frases, muchas veces cayendo en la anfibología, y hay bastantes errores de concordancia. Sumándolo todo, la calidad media de la novela y su peor edición, no dejo de preguntarme cuál es el motivo por el que Spin ha obtenido la consideración de tanta gente. Robert C. Wilson tiene novelas bastante mejores, como Los cronolitos o incluso Darwinia, a pesar de su enorme error estructural. Volviendo al principio, creo que ese deseo compartido por todos de ofrecer algo en respuesta al reciente bombardeo mainstream ha provocado una sobrevaloración de este libro. 



martes, 4 de octubre de 2011

Imágenes de cf. X



"La ciudad de la noche era vasta e intrincada, con sólo unas cuantas luces dispersas rasgando las tinieblas y asemejándola a una gema pálida sobre un blando fieltro negro. De todas las ciudades, era la única que se erguía en la comarca salvaje más allá de la pared montañosa, ése era el marco más apropiado para ella, entre bosques de estranguladores, árboles fantasma y viudos azules. Desde la oscuridad del bosque las esbeltas torres blancas se alzaban como espectros hacia las estrellas, enlazadas por gráciles puentes colgantes que centelleaban como telarañas escarchadas. Cúpulas bajas se erguían como vigías solitarios entre una red de canales cuyas aguas reflejaban las luces de las torres y el parpadeo de estrellas aisladas y remotas, y alrededor de la ciudad había una serie de extraños edificios que parecían manos descarnadas y angulosas tratando de aferrar el cielo. Los árboles que había eran árboles de los mundos exteriores; no crecía hierba, sólo gruesas alfombras de musgo fosforescente que irradiaban un fulgor opaco.
Y la ciudad tenía una canción.
No se parecía a ninguna música que Dirk hubiera oído antes. Era inquietante, salvaje, inhumana, y se elevaba y caía y ondulaba constantemente. Era una oscura sinfonía de la vacuidad, de noches sin estrellas y sueños atribulados. Se componía de gimoteos y susurros y aullidos, y una nota baja y extraña que sólo podía ser el sonido de la tristeza. Pese a todo era música.
Dirk se volvió hacia Gwen, perplejo.
—¿Cómo?
Ella escuchaba mientras conducía, pero la pregunta la arrancó de los flotantes acordes y le hizo sonreír.
—Esta ciudad la construyó Oscuralba, y los oscuralbinos son un pueblo extraño. Hay una grieta en las montañas. Los ingenieros climáticos de ese mundo obligaron a los vientos a soplar a través de la grieta. Luego erigieron las torres, y en la cima de cada una hay una apertura. El viento tañe la ciudad como un instrumento. La misma canción una y otra vez. Los artefactos de control climático guían los vientos, haciendo que algunas torres canten mientras otras guardan silencio."


lunes, 3 de octubre de 2011

El árbol de la vida

No recuerdo la última vez que una película me ofendió tanto, ni ninguna otra que me ofendiera en sus dos vertientes, narrativa e ideológica. “El árbol de la vida” es una obra absolutamente personal, es la manera que tiene Terrence Mallick, director y guionista de este panfleto católico, de entender a Dios. Un acto evangelizador servido al mundo entero en 141 minutos de brainwashing global. Un paso más en esta nueva ola de adoctrinamiento religioso que hace unos meses pudimos vivir en directo (para nuestra desgracia) los madrileños. ¿Por qué me ofende? Por la misma razón por la que lo hace cualquier programa magufo dedicado al esoterismo. Porque me molesta la propaganda camuflada. Porque, una vez capturado en la trampa que anima a visionarla he bajado las defensas, y el mensaje católico, con toda su soberbia y pomposidad, con toda su patética loa al servilismo, me ha llegado sin filtros. Como la píldora amarga que una madre esconde en el centro del pastel de chocolate para engañar al infante enfermo con la idea de que éste se la trague. 
La película comienza con la presencia de una luz rojiza y una propuesta susurrada: hay dos maneras de tomarse la vida, la de la Naturaleza, fría, cruel y egoista, o la otra, en la que damos sentido al mundo desde nuestra riqueza interior. Hay una pérdida, la muerte de un hijo. Los padres, muy creyentes ellos, se preguntan por qué Dios consiente esto, por qué comete tal acto. La madre está destrozada. El hermano, varios años después, también. Revive esa pérdida entre paisajes y enormes construcciones humanas, carentes sin embargo de humanidad. A continuación asistimos a un proceso macrocósmico de violenta belleza, tan convulso como las entrañas emocionales de esa madre y ese hermano dolientes; una bella metáfora. Luego vemos imágenes del principio de los tiempos, de un saurio perdonándole la vida a otro, quizás esa piedad por el débil que en nuestro mundo capitalista actual, de arquitecturas inhumanizadas, hemos perdido.
El corpus central se extiende durante más de una hora, una crónica de la infancia, del despertar al mundo de un niño que se hace mayor, que comienza a darse cuenta de que los mayores actúan en sentido opuesto a como a él le obligan a actuar, que mienten, que perjuran, que usan modales que a ellos les prohiben. Hay una cosa extraña en esta parte de la película. El temor al padre que muestran los niños parece exagerado. No los maltrata físicamente, sólo es bastante autoritario. Pero les acaricia, los cuida, se desvive por ellos. Sin embargo, los niños le temen. No hay muestras de afecto entre él y su esposa, pero sí con los niños. La visión del hermano mayor nos hace recordar la desilusión ante el descubrimiento de ese mundo real al que accedemos tras la infancia, lleno de falsedades y máscaras.
Llega el final, y aquí culmina la trampa. Hasta aquí, la voz del narrador se ha mantenido neutral durante todo el filme. Aunque la lectura de la película ha caminado en la cuerda floja entre el potencial interior humano (las emociones, los sentimientos y el anhelo de trascender) por un lado y la religión por otro, jamás se ha decantado, ha permitido la doble lectura del argumento, religiosa y atea. Los personajes creen en Dios, pero pueden ser el material de estudio o una simple excusa de la narración, el seguimiento a una de las muchas maneras de interpretar nuestra riqueza interior y nuestro intento de interpretación del mundo. Quién sabe. El narrador omnisciente en ningún momento ha mencionado Su nombre, ni explícita ni implícitamente. Ha primado la ambigüedad.




Pero en los últimos diez minutos, la narración elimina la neutralidad del filme mostrando varias imágenes que contienen una simbología inequívocamente cristiana. El protagonista se hinca de rodillas y dirige sus manos a los mojados pies de la persona que tiene enfrente; la madre eleva su mirada al cielo y, en plena iluminación, pronuncia la bochornosa frase: “Te entrego a mi hijo”. Y el director, en lo que seguramente cree un acto de genialidad, deja que sea el espectador quien vea la luz al acabarla mentalmente: “…como tú nos entregaste al Tuyo”. Punto. La felonía ha sido realizada. Como una bomba de relojería, la revelación final emite ondas de retroceso que transmutan toda la realidad anterior de la película hasta su principio. Y todo cobra sentido. 
Esos minutos finales suponen un Nuevo Testamento. Todo lo visto anteriormente remite al Antiguo. Marcha atrás, todo va tornándose transparente. La historia de la familia media americana contiene episodios bíblicos, desde Caín al angel caído. Los padres no son otra cosa que la doble dimensión de Dios, su autoridad incomprendida, personificada por el padre, y su amor incondicional, encarnado en la madre (ahora se comprende que el padre no exprese violencia auténtica, pues juega el papel de Dios, y Dios, como todo el mundo sabe, jamás ha echado mano de la violencia). La rebeldía del niño, su deriva entre el bien y el mal originada por la incomprensión ante la conducta de su padre es la de los pobres humanos ante los ignotos designios de Dios. La recreación del pasado de la Tierra se realiza sin fechas (podrían ser 7 días, por qué no), sin aparición de simios. El raptor piadoso está libre del pecado original. El fondo cósmico no es otra cosa que la grandeza de Dios. La luz rojiza es luz divina, Dios en persona. 
Cuando los títulos de credito comienzan a desfilar, tengo la misma impresión que si hubiera dejado entrar a mi casa a alguno de esos siniestros personajes que van en parejas, vestidos de igual modo, y que intentan venderte la salvación divina desde el sofá de tu salón. Entiéndanme, no es el fondo lo que me solivianta, que también, sino la forma. Disfruto estéticamente de algunas películas de la Riefenstahl, por muy nazis que sean, y adoro el peplum cristiano. Lo que no soporto bien es la engañifa y la pretenciosidad. Mallick se emplea durante dos horas para hablar de nuestra realidad existencial interior, del misterio universal de nuestra condición humana para, en los diez minutos finales, sacarse de detrás de la espalda su producto y descubrirse como un vulgar vendedor de feria. Como señalan en algunas de las miles de páginas católicas dedicadas a la película en la Red, “El árbol de la vida” se pregunta qué somos para Él y por qué seguimos creyendo. 
Para quien está libre de religiosidad, ¿hay algo salvable en este panfleto religioso? Desde luego, aunque sólo si uno es capaz de abstraerse del mensaje. Algunas imágenes son magníficas. El tramo cósmico, acompañado por el Lacrimosa de Zbigniew Preisner, es perturbador. La crónica de la infancia muestra momentos fraternales con una gran sensibilidad. Las piezas clásicas contenidas en la banda sonora podrían ser mejores, pero juegan su papel a la perfección. Tanto ellas como la música de Alexandre Desplat están bien integradas. Y por otra parte, hay una última cuestión por la que la película me parece interesante. “El árbol de la vida” no es mas que una respuesta consciente, hecha desde la religiosidad, a “2001, una odisea en el espacio”, la obra maestra de Stanley Kubrick, la mejor película de ciencia ficción jamás rodada. Me divierte comprobar cómo utiliza sus mismas herramientas formales para construir algo opuesto, pero con resultados acordes a su correspondiente orígen. Si la obra de Kubrick permite dos lecturas opuestas, científica y religiosa, la obra de Mallick es dogmática y unívoca.
Así es la religión, no contempla alternativas.