Cada vez que el viejo, inexpresivo y mirando hacia otra parte, se metía en el bolsillo otro iPod, Tito advertía el oro oscuro de su reloj de pulsera, su dial y sus manecillas casi perdidas tras la gastada esfera de plástico. El reloj de un muerto, como los que se ofrecen en cajas de puros abolladas en los mercadillos. Sus ropas eran también las de un muerto, hechas con tejidos que Tito imaginaba exudando su propio frío, un frío distinto al del final de este irregular invierno neoyorquino. El frío del equipaje sin reclamar, de los pasillos de las cárceles, de las taquillas de acero atornilladas al metal desnudo.
Así que, se dijo Robert Wilson, lo que pasa es que ella le está tomando el pelo, ¿no? ¿O quizá es la manera que tiene de montar el numerito? ¿Cómo ha de comportarse una mujer cuando descubre que su marido es un maldito cobarde? Es condenadamente cruel, pero todas son crueles. Son las que mandan, desde luego, y para mandar a veces hay que ser cruel. Sin embargo, ya estoy hasta las narices de su maldito terrorismo.